Capítulo 13
J ACKSON
No puedo explicar por qué cojones llevo con un nudo en el estómago desde que gané el puto combate. Sabía que iba a ganar. ¿Por qué me siento así?
Es como si cayera y cayera sin parar en un abismo. Un vértigo desconocido me come y odio sentirme así porque, en realidad, tengo claro que esa sensación no viene del combate. Ni siquiera está relacionada con el boxeo.
Viene porque él me besó.
¿Por qué leches tuvo que tomarse esa libertad?
No es lo mismo que yo le bese a él que él me bese a mí . Y menos cuando, para mi sorpresa, eso me afecta. Me desestabiliza, y no quiero sentirme así. No puedo sentirme así. Tengo muchas cosas en la cabeza y, como le dije, no quiero tener nada más que gestionar.
Suficiente tengo con mi madre, la muerte de mi padre y la parte económica. No quiero volver a abrirme en canal. No quiero bajar la coraza. Porque, como salga mal, me rompo del todo, y ahora mismo mi cordura pende de un hilo. Y de ese hilo pende todo lo demás.
Así que ya está.
Arranco la moto y llego al mirador en el que habíamos quedado Sarah, Dean y yo.
Solíamos venir aquí cuando éramos pequeños. Aquí me di el primer beso con Sarah y también me enfadé con Dean por una tontería que ya no recuerdo.
—¡Por fin! —oigo que dice Sarah al verme llegar.
Me quito el casco, me bajo de la moto y saco las cervezas del compartimento de atrás.
—Buenas —les digo a ambos.
Le doy un beso en la mejilla a Sarah. Dean se limita a darme un apretón de manos, a pesar de ser la persona más cariñosa del mundo.
Y lo agradezco, porque sabe que no estoy preparado para que me abrace.
No ahora, cuando les he pedido reunirnos aquí.
El sol se une con el horizonte y tiñe el cielo con el atardecer.
Dean se apoya en la barandilla.
—¿No deberías estar entrenando con Kilian? —me pregunta.
Me da un pinchazo en el estómago en cuanto oigo su nombre.
—Parece que has dado en la tecla —dice Sarah, y me mira curiosa—. ¿También entrena los sábados?
Saco una birra y la abro con las llaves.
Pego un largo sorbo mientras ambos se quedan mirándome, expectantes.
El alcohol de la cerveza no es suficiente; necesito quitármelo de la cabeza.
—¿Y bien? —pregunta Dean, impaciente, mientras coge otro botellín de la bolsa. Sarah se ha traído su bebida, ya que odia la cerveza.
—Dame un segundo —le pido mientras vuelvo a la moto y saco del compartimento de atrás un paquete de tabaco de reserva que sigue ahí, intacto.
Cojo un cigarrillo con manos temblorosas y el nudo se aprieta un poco más por el sentimiento de culpa. Pero lo necesito. Necesito nicotina si quiero respirar.
—Madre mía… El paquete de reserva. Esto pinta mal —oigo que le susurra Sarah a Dean.
Se me tensan los músculos. «Sí, esto pinta mal». Porque desde que me dijo que dejase de fumar, tiré todos los paquetes de tabaco que tenía.
Me doy la vuelta hacia ellos y me apoyo en la moto.
Me pongo el cigarro en la boca e intento encenderlo con el mechero.
Giro la piedra una vez. Otra más. Me impaciento.
Las manos temblorosas y sudorosas no ayudan nada.
Se me resbala el mechero justo cuando sale la llama y, frustrado, le doy una patada. También me quito el cigarro de la boca.
—¡Ni siquiera puedo fumar sin pensar en él! —exploto, hundido y con lágrimas en los ojos—. No se me va de la puta mente. Necesito sacármelo como sea.
Dean hace una mueca de pena y Sarah niega con la cabeza.
—Ven aquí y cuéntanos qué ha pasado —pide Dean, sentado en un banco al lado de ella.
Me acerco a ellos, pero no me siento, porque no puedo estar quieto. Necesito moverme.
—Lo besé el día de antes del combate —suelto sin más. No necesito ningún rodeo, no con ellos.
Dean abre los ojos como platos por la sorpresa y Sarah asiente.
—¿Y dónde está el problema? —pregunta ella antes de beber de su botella de tinto.
—¡Que me besó él al día siguiente! —grito, frustrado.
Sarah mira a Dean y esta se ríe.
—Sigo sin ver el problema.
—Que se le ha ido de las manos y ahora está acojonado porque no sabe cómo gestionarlo —afirma Dean, y sus palabras calan en mí.
No es lo mismo que yo inconscientemente lo sepa a que tu mejor amigo te conozca tan bien que pueda leerte la puta mente a pesar de los años que habéis estado separados.
—Bueno, pero yo no veo ningún problema con que se hayan besado. Es normal, os ponéis y pasáis mucho tiempo juntos. Era cuestión de tiempo, Jacky —dice Sarah.
—No. No tendría que haber pasado nunca. No debería haberme besado… Yo…
—¡Le besaste tu primero, imbécil! —me grita Dean, y casi se me cae la botella al suelo—. Ahora, asume las consecuencias.
No me molesta que me insulte, estamos más que acostumbrados a eso, pero ver a Dean tan directo, tan rudo, me choca.
Suspiro.
—Además, ¿qué es lo peor que te puede pasar? ¿Que te pilles de un tío rico, buenorro y famosísimo? —añade Sarah.
—No me voy a enamorar —corto su pensamiento.
—Jackson, lo de Sylas…
Miro directamente a Dean. El corazón amenaza con salírseme por la boca.
—¡QUE NO LO NOMbrES, JODER! —le grito con rabia.
Lo que veo en su mirada me descoloca porque no es enfado, es tristeza.
Dean deja la cerveza en el suelo antes de levantarse del banco.
—Lo primero, a mí no me grites —dice señalándome con un dedo y penetrándome con la mirada—. Y lo segundo…
Me abraza, pillándome totalmente desprevenido. Sus brazos se aferran a mí.
—¿Q-qué coño haces…?
—Abrázame y cállate.
—Ya sabes que no me gustan los abra… —Dean aprieta el agarre.
Suspiro incómodo, pero es mi mejor amigo. Así que hago la excepción y rodeo su torso con los brazos. Él entierra la cabeza en mi hombro.
—¿Me dejas decirte una cosa? —me pide susurrando—. Siempre he querido decírtelo, pero…
—Di.
Tarda un momento en hablar. Afloja el agarre y se separa un poco de mí.
—Lo que te pasó con Sylas no fue tu culpa ni te lo merecías. Y tampoco fue algo por lo que deberías haber pasado…
Suspiro mirándolo a los ojos y asiento, un poco más calmado.
—Perdón por haberte gritado. No…, no la tengo que tomar contigo.
Sarah se levanta y se acerca a nosotros.
—No tienes que tomarla con nadie , Jackson.
Pego otro sorbo de la cerveza.
—Lo sé. Pero esto me queda grande. No se me va de la cabeza y no sé qué hacer. Me da miedo verlo y que esto empeore… Ayer le hablé fatal y en el fondo sé…, sé que le hice daño.
—Te estás pillando —señala Dean, pero lo ignoro con todas mis fuerzas.
—¿Qué le dijiste? —me pregunta Sarah a su vez, cerrando la botella.
El sol ya está escondiéndose. Los mechones rubios de Dean cada vez se ven más oscuros conforme la luz se atenúa a nuestro alrededor.
—Me porté como un imbécil y le dije que no volviera a besarme sin mi consentimiento…
—¡Joder, Jackson! Pero ¿fue sin tu consentimiento?
—¡No!
—Eres imbécil.
—¿Y por qué dices que le has hecho daño? —pregunta Dean.
—¡No lo sé! ¡No lo sé, joder! —exclamo.
Suspiro de nuevo cuando la mirada derrotada de Kilian me vuelve a la mente. El gris de sus ojos es una puta pasada, pero verlo por primera vez en su mirada triste… fue como sentir el frío de Alaska.
—Solo sé que no sé nada… y que veo la hostia y no puedo seguir adelante. No estoy preparado aún.
—Bueno, ya está —dice Sarah dando una palmada—. Yo creo que deberías dejarte llevar. Solamente te ha besado. No te ha pedido matrimonio, así que si te pone, yo fluiría.
—Pero sin ser un mierdas, Jackson. Trátalo bien y habla las cosas con él, que al fin y al cabo es tu entrenador —añade Dean.
Me siento en el banco y saco otra cerveza de la bolsa.
—Lo intentaré —digo, encogiéndome de hombros. Ambos se sientan a mi lado mientras yo abro la cerveza—. Bueno, ¿y vosotros qué tal?
Dean sonríe y enciende el móvil.
—Ayer Raven y yo hicimos dos años juntos.
Tenso la mandíbula cuando veo la foto que me enseña. Aún no me fio de él.
—Me alegro —consigo decir.
—Sé que no, pero no me importa demasiado.
—A mí también me da mal rollo —añade Sarah.
—Para mal rollo, las peleas ilegales —se defiende Dean, atacándome.
Sarah se queda helada. Yo frunzo el ceño. Tenía que sacar el tema.
—¿Cuándo empiezas? —pregunta ella tras un momento de silencio.
Pego un gran sorbo a la cerveza. Veo la preocupación de ambos en sus ojos.
—Esta noche —respondo muy a mi pesar. Se me había olvidado que eran hoy.
—Madre mía… —susurra Dean—. No había echado nada de menos esto.
—Yo tampoco. ¿No hay ninguna manera…?
—No —digo radicalmente—. Ya está. Es lo que hay… —me levanto del banco y miro la hora.
De nuevo, el corazón me late a mil tras haber recordado que hoy son las putas peleas.
—¿Te vas ya? —pregunta Sarah, y yo asiento.
—Tengo que prepararme.
Dean se levanta.
—Todo va a ir bien —dice, aunque no sé si lo dice por mí o para convencerse a sí mismo.
—Esperemos que sí.
—Ten cuidado y avísanos con cualquier cosa. ¿Sigues compartiéndonos la ubicación del móvil?
—Sí. Pero ni se os ocurra venir. Es peligroso —digo yendo hacia la moto—. Ya os contaré.
Abro el compartimento de esta y saco el casco.
Dean se acerca a mí.
—¿Puedo darte un abrazo? —me pregunta con cuidado. En sus ojos veo el miedo y la preocupación, y se me encoge un poco el corazón.
—Ven aquí, imbécil —digo, y le abrazo yo.
Sé que se sorprende porque tarda un momento en reaccionar y rodearme con los brazos, pero acaba haciéndolo. Respiro y huelo su aroma dulce. Por primera vez en un tiempo, un abrazo no me incomoda. Me separo y vuelvo a mirarlo a sus ojos verdes.
—Abrázame siempre que te dé la gana, ¿vale?
Él da un paso atrás.
—Pensaba que…
—Los tuyos puedo soportarlos.
Sarah se acerca.
—Tú no te vengas muy arriba, no vaya a ser que no te controles —bromeo.
Ella sonríe con un poco de tristeza y se pone de puntillas para darme un beso en la mejilla, apoyando una mano en mi pecho.
—Todo va a ir bien, chicos —les digo antes de ponerme el casco y cerrar la visera.
Al arrancar, me pregunto si esta es la vida que quiero o si es simplemente la que conozco.
Pero retiro ese pensamiento. Esta es la vida que tengo ahora y es lo único que puede salvarnos a mi madre y a mí.
Y me da completamente igual poner mi vida en riesgo si eso significa avanzar y poder pagar el alquiler.
Dean me dedica una mirada triste, y Sarah se queda absorta en sus pensamientos cuando hago un gesto de despedida.
Arranco la moto y el viento me atrapa.
Y no sé por qué, pero siento que voy directo a la muerte.