Amor contra las cuerdas Capítulo 12
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Capítulo 12

K ILIAN

— Bueno, chavales, este es Jackson —lo presenta Will al grupo.

Estamos en Asylum, uno de mis bares favoritos, siguiendo la tradición del gimnasio.

Desde que conozco a Will, siempre que alguien entrena en su gimnasio y gana un torneo, la victoria se celebra ahí al día siguiente.

Por supuesto que Jackson ganó a su contrincante.

Verlo luchar por primera vez fue una sensación agridulce: lanza golpes fuertes y directos, y además sabe predecir bien los movimientos del contrincante y los esquiva fácilmente.

Por ese lado, da gusto verlo luchar. Incluso puedo decir que sentí algo de orgullo.

Pero, a su vez, ver cómo le parten la nariz a tu alumno no debe de hacerle gracia a nadie, y yo no contaba con ello.

De hecho, sentí ganas de meterme yo en el ring y partirle la cara a ese imbécil.

No sé qué generó ese sentimiento, pero quería defenderlo, que no le hicieran daño ni le tocasen un pelo. Mucho menos que lo hicieran sangrar.

Pero el boxeo es así.

Ignoro el pensamiento de que, si no lo hubiera besado, no me sentiría de esta manera.

—Hola… —dice tímidamente al grupo de chicos. Estrecha la mano a todos y se sienta a mi lado.

—¿Cómo estás? —le pregunto.

—Tirando.

—¡Oye, Kilian! ¡Yo también quiero que me entrenes! —dice uno de los chicos, cuyo nombre no recuerdo.

Llega el camarero con una bandeja llena de botellines de cerveza y las va dejando enfrente de cada uno de nosotros.

—Dejadlo tranquilo, ya tiene suficiente —interviene Will.

Jackson frunce el ceño a mi lado, coge la cerveza y se la lleva a los labios. Pega un trago largo. Se nota que está incómodo.

—¿Qué tal es como entrenador? —le pregunta un chico que entró en el gimnasio el año pasado, pero que aún no se atreve a competir.

Jackson me mira de reojo antes de responder. Sonríe con cierta maldad.

—La verdad es que es un poco tocapelotas.

Will se ríe.

—¿Perdona? —respondo, riendo—. Eres tú, que me lo pones difícil con tus manías.

—¿Qué manías?

—Eso. Delante de todos: diles qué ha hecho bien y en qué puede mejorar —pide Will.

Jackson me desafía con la mirada mientras bebe de su botellín. Su nuez baja con cada trago.

Mi cuerpo se tensa.

—Lanzas golpes perfectos, directos y fuertes. Esquivas bien, pero luchas desde la ira, y eso no te va a llevar a ningún lado.

Jackson deja de beber cerveza y la deja en la mesa.

—¿Qué más te da de dónde salga la fuerza? Lo importante es que gane limpiamente , ¿no?

Me está intentando provocar.

—Es algo en lo que tienes que trabajar —ignoro su comentario—. ¿Vas al psicólogo?

Veo en su expresión que mi pregunta lo pilla totalmente desprevenido.

—¿De qué vas? —pregunta nervioso, e inmediatamente me siento mal. No debería de haberlo preguntado así y menos delante de tanta gente.

—Tienes razón, ya…, ya lo hablaremos.

—No, no, estamos aquí para eso, y la psicología es una parte muy importante del boxeo y del mundo del deporte en general. Cuéntanos, Jackson, ¿de dónde sacas esa ira?

Su mirada se ensombrece por completo. Comienza a mover la pierna inconscientemente. Está de los nervios.

—No te voy a responder —dice secamente.

—Hijo…, quiero que aprendan de…

—No quiere hablar de eso —corto a Will.

—Bueno, perdóname —se disculpa él.

Jackson asiente.

—Deberíais animaros más a competir. Le vendría bien al gimnasio —dice Will para despejar la atención de Jackson.

Miro de reojo a Jackson y veo cómo su pierna se agita involuntariamente bajo la mesa. Seguramente esté deseando largarse de aquí y fumarse algún que otro cigarro a mis espaldas para calmar la ansiedad.

Le pongo una mano en la rodilla para intentar tranquilizarlo, pero él frunce el ceño y me la aparta. Echa para atrás la silla y se levanta.

—Voy al baño.

Un sentimiento de culpabilidad me inunda.

¿Me he pasado de la raya? ¿Me he venido arriba y en realidad no tenemos tanta confianza?

Me llevo el botellín de cerveza a los labios y pego un largo sorbo mientras lo veo dirigirse al baño.

Suspiro, estresado.

—Parece un chico con muchos problemas —observa Will, al darse cuenta de que me he quedado mirándolo.

—Hay algo que no puede dejar ir, pero… es difícil —confieso.

—Estás haciendo un gran trabajo. No te culpes.

—¡Sí! ¡El gancho del final del combate fue increíble! Seguro que se lo has enseñado tú —dice uno de los más pequeños del grupo, y le sonrío.

—Eso es todo suyo —lo apremio aunque no esté—. Yo solo intento que no se pierda en el camino…

Cojo de nuevo la cerveza y miro por la ventana cuando, de pronto, lo distingo fuera.

Frunzo el ceño y veo que Will también se ha dado cuenta de que ha salido.

—Dadme un segundo —les pido a los chicos, y me levanto de la mesa rápidamente antes de que Will tome cartas en el asunto.

Salgo del local y no me creo lo que veo. Acaba de cerrar el compartimento de su moto tras sacar el casco.

—¿Qué leches estás haciendo? —le pregunto en cuanto lo tengo delante.

—Me piro. ¿No lo ves?

«Pero ¿quién se cree?».

—No, no te piras. ¿Qué estás diciendo? ¿Ibas a dejarnos aquí tirados? —le pregunto con el corazón latiéndome a mil por la rabia.

—Will es un mierdas y no conozco a esa gente. Tengo mejores cosas que hacer —me recrimina.

Acorto aún más la distancia que nos separa. Mis muslos están a nada de rozar su moto.

—Ni se te ocurra volver a llamar a Will así. ¿Tú sabes cuánto ha invertido en ti?

—Que invierta menos y me respete más.

Ignoro su comentario y suspiro resignado.

—Además, ¿qué quieres hacer ahora? ¿Irte de fiesta y emborracharte cómo en la noche que te conocí?

Sus ojos marrones parecen negros por la falta de luz.

—Eso no te incumbe —responde secamente.

—Sí que me importa.

Coloco una mano en su moto.

—¿Como entrenador o como algo más? —añade, descolocándome por completo—. Ah, y no toques mi moto.

Quito la mano de ahí como si me hubieran pillado robando algo.

—Me importa como persona que lleva gastando su tiempo y energía más de dos meses en ti —respondo sin tapujos.

Él coge aire y lo suelta lentamente.

—Necesito fumar —me advierte.

—No lo vas a hacer. Y no cambies de tema —le digo entre dientes.

Está empezando a cabrearme.

—Espero que esta vez no me beses sin mi consentimiento…

«¿Cómo tiene tanta cara?».

—Es exactamente lo que hiciste tú hace dos días —me defiendo.

—No quiero que vuelvas a hacerlo —dice mirándome a los ojos—. Esto no funciona. Me…, me agobia.

Noto cómo la decepción y la desilusión se apoderan de mí.

—Jackson…

—No quiero tener otra cosa más que gestionar.

Me doy la vuelta, exasperado.

—No hay nada que tengas que gestionar —intento rebatirle entre dientes, pero sé que no llega a ningún lado—. Mira…, déjalo, no volverá a pasar.

—Gracias —dice con una expresión seria.

Se coloca el casco sin pensárselo dos veces y arranca la moto.

—¿Te vas a ir así sin más? ¿No te vas a despedir? —pregunto, incrédulo.

Veo que suspira porque se le empaña la visera del casco. La levanta para mirarme bien.

—Te recuerdo que no somos amigos, Killer.

Killer.

Finalmente lo consigue. Al oír cómo me llama, me estampo contra la realidad y siento cómo me rompo.

Me parto en dos y la culpabilidad y la pena me devoran.

Nunca debería haber pasado nada entre nosotros.

¿Cómo he sido tan idiota de pensar que, por haberle entrenado, haberle tendido los guantes, haberle felicitado, me vería distinto a los demás?

Me siento gilipollas. Tendría que haberme ceñido al plan.

He cruzado el límite. Esta relación no es la que se suponía que debíamos tener.

Él es un alumno y yo su entrenador, nada más.

Pero no pude contenerme. No pude evitar besarlo.

Lo vi agobiado de cojones, lo vi… en peligro y, sin yo quererlo, salió mi instinto protector con él.

¿Y así me lo devuelve?

Jackson arranca la moto y se pierde por la carretera, dejándome más que confuso, frustrado y solo. Completamente solo. La imagen de Will saliendo del pabellón me cala hondo.

¿Ahora cómo le digo a los demás que los ha dejado tirados?

Voy al coche y decido escribirle un mensaje a Will diciéndole que Jackson se encuentra mal y que lo he tenido que acompañar a casa.

Tras enviarlo, me doy cuenta del ridículo y la poca solidez de la mentira. Porque Will ha visto con sus ojos que él ha venido en su propia moto y cuando no la vea fuera…

Veo una piedra en el suelo y le doy una patada, frustrado.

No le presto atención al golpe que me he dado en el pie. No noto el dolor. El corazón me bombea en la cabeza.

Killer .

—A tomar por culo —maldigo antes de meterme en el coche y arrancar en dirección a casa.

El casete de Taylor empieza a sonar ya por el final y me pregunto qué coño ha pasado para que las cosas hayan cambiado tanto tan rápido.

A lo mejor solo lo he visto yo de esa manera.

¿Puede ser que yo haya sido el único en notar la tensión entre nosotros?

¿Que él…? ¿Que él haya estado incómodo todo este tiempo?

Apago la música y el casete cae al suelo.

«No quiero tener otra cosa más que gestionar».

Respiro hondo y me centro en la carretera. Odio conducir enfadado. Odio estar enfadado.

Un coche me adelanta por la izquierda y tenso el agarre del volante. Los nudillos se me ponen en blanco por la fuerza.

Me niego.

Me niego a que todo haya sido un malentendido. Ayer mismo lo tuve sentado a mi lado.

Joder, que la gente aún sigue hablando del vídeo nuestro que subió ayer. Se piensan…, se piensan que somos amigos. Que después de que le partiera la nariz, nos reconciliamos y ahora somos colegas.

Cuando ahora ni siquiera me deja tocarle la moto…

Resoplo.

No puedo hacer nada. Solo me queda esperar que no sean muy incómodos los próximos entrenos. Que todo lo que hemos logrado no haya sido en vano.

Pero en realidad sé de sobra que no es eso lo que me preocupa. Lo que me inquieta es no poder controlarme con él. Aunque, si lo pienso bien, ¡fue él quien me besó primero!

Freno en seco cuando veo el semáforo en rojo. Mi corazón late bastante rápido.

«Kilian, te preocupa que todo se vuelva frío».

Suspiro y niego con la cabeza. Las señales de tráfico se quedan atrás mientras el recuerdo de su cara me viene a la mente. Inevitablemente, me siento como si hubiera perdido algo.

«Me…, me agobia».

«No somos amigos, Killer».

Giro el volante y aparco de una en la parcela de mi casa. Abro la puerta del coche, pero veo de refilón la cinta de Speak Now . La cojo y la miro.

Por supuesto que no quiere profundizar conmigo. ¿Quién querría? No sé cómo he podido pensar que esto podría llegar a ningún lado.

Soy Killer, al fin y al cabo. Así que si eso quería que fuera, lo seré.

Guardo la cinta en su caja y la dejo en la guantera antes de salir del coche. Como siempre, me acerco al buzón antes de entrar a casa y lo que me encuentro me toca una parte de mí que no esperaba tener que gestionar tan rápido.

Una carta.

Pero no una carta cualquiera. Una carta de mi padre.

Querido hijo:

Sé de primera mano que has dejado la liga. Me alegro de que hayas tomado la decisión correcta, pero ya sabes lo que toca ahora: vuelves a la calle este mismo sábado. Ya sabes dónde.

Vamos a volver a ganar una pasta con esto, hijo.

Rompo la carta y la tiro al suelo con las manos temblorosas.

Bajo ningún concepto voy a volver a las peleas ilegales. No puedo volver a ese infierno. Yo… no puedo volver adonde me jodí la vida, donde todo es negro…

Después de más de seis años, sigo teniendo pesadillas. Y aunque diga que no…, sé de sobra que mi padre va a hacer de todo por volver a verme ahí.

Entro a casa totalmente abatido. Sombra me recibe, y yo me siento en el suelo con la vista embobada en él. Dejo que mi perra se suba a mi regazo y la abrazo.

Ahí es cuando rompo a llorar.