Capítulo 11
J ACKSON
¿Cómo coño no lo iba a besar? ¡Si me lo estaba pidiendo con los ojos!
Y, joder, yo también lo estaba deseando.
Entrenar con él ha sido… intenso. Y no, el beso de ayer no calmó las aguas como yo pensaba. La tensión no se ha ido. Ahora irradia entre nosotros con una nueva intensidad.
El sol calienta el asfalto de la carretera de Las Vegas sin piedad. Es lo que tiene vivir en mitad de un desierto. Estamos yendo al torneo y estoy nervioso de cojones. Mi pierna se mueve inquieta. Y lo cargado que está el ambiente no ayuda lo más mínimo.
Miro por la ventana, veo pasar las palmeras y sonrío. Lo echaba de menos. Decido centrarme en eso. En el calor, en la brisa, en los turistas paseando en tirantes…
De pronto, Kilian pega un frenazo cuando ve a un chaval correr para cambiar de acera. El coche de atrás pita estruendosamente y me sobresalto.
Lo miro y veo que aprieta la mandíbula y suspira. Su camiseta negra se ajusta a su torso como si estuviera hecha a medida y, al cambiar de marcha, sus músculos se tensan.
—Pon música —me pide.
Busco con la mirada la radio o una pantalla, pero me encuentro con las rendijas del aire acondicionado.
Vuelvo a mirarlo extrañado, él me mira de reojo a través de sus gafas de sol y su expresión se relaja un poco.
—En la guantera tienes algunas cintas o CD.
Abro el compartimento y sobre mis muslos caen algunas cintas, apiladas a la fuerza ahí dentro hasta ese momento.
Veo títulos de artistas tan variados como Lana del Rey o Eminem.
—¿Taylor Swift? —le pregunto, extrañado, mostrándole una portada de la artista con un vestido morado.
—No lo entenderías —dice él, encogiéndose de hombros—. De hecho, ponlo, me apetece escucharlo.
—No te pega nada escuchar a Taylor Swift —destaco mientras guardo el resto de los casetes en la guantera.
Abro la pequeña caja y veo que incluye varias cintas.
—Tienes que poner la cara A mirando hacia arriba.
Hago lo que me dice, y empieza a sonar una canción, pero no por el principio.
—¿Y eso de que coleccionas cintas?
—Espera, que es justo el puente —dice levantando una mano en mi dirección para que me calle, mucho más animado que hace unos segundos.
—No irás a…
Me ignora y canta sin ningún pudor.
Noto cómo me sonrojo por vergüenza y miro por la ventana. ¿Y esta confianza?
A ver, ayer lo besé, pero es que esto me resulta infinitamente más íntimo que ese beso.
Sigue cantando el puente de la canción, coge aire y, de pronto, percibo su mano en mi muslo. Noto un calor efímero en el estómago antes de que acabe de cantar el verso.
Retira la mano de mi pierna para cambiar de marcha como si fuera un gesto de lo más mundano, y sigue tarareando la letra sin tapujos.
Instintivamente, saco el móvil y le grabo, porque sé de sobra que esto lo voy a querer recordar.
Con la mano izquierda en el volante, detiene el coche en un semáforo en rojo y se gira hacia mí.
—¿Qué?, ¿te gusta Taylor Swift? —pregunta con una ceja enarcada y una expresión de pillo que no puede con ella. Cuando se da cuenta de que le estoy grabando, se ríe, pero no me dice que deje de grabar.
Bajo el móvil.
—Sin duda, tú cantas mejor que ella —afirmo en broma, y él vuelve a reírse.
—¿Verdad? —Alza la mano hacia el panel de control y baja un poco la música—. Llevo coleccionando música desde pequeño. Mi madre siempre lo hacía y, al final, cuando nos dejó, solo me quedó una caja con toda su colección como herencia.
Suspiro. Al final no voy a ser el único con una familia de mierda.
—La siento más cerca escuchando música así.
Subo la música por inercia. No me apetece este tipo de intimidad ahora mismo. No quiero escuchar ni hablar sobre el abandono. No ahora que estoy tan bien.
Empiezan los acordes de una nueva canción.
—Intenta escuchar la letra de esta. Creo que te puede gustar.
—Taylor Swift no es nada mi rollo —confieso.
—¡Venga ya! Seguro que debajo de esos tatuajes hay algo de sensibilidad —me mira de reojo.
Trago saliva.
—Quítate esa imagen de la cabeza —le advierto.
—¿Por qué? Todos tenemos nuestro lado…
—No —lo corto. Yo no.
Porque ese lado mío ya se lo llevaron y por más que intente recuperarlo no va a volver. Está más que muerto y enterrado.
Mi padre, cuando estuve con Sylas, me aconsejaba de la misma manera.
La razón era su filosofía de vida, y yo en aquel entonces era todo corazón.
Por eso, cuando todo resultó ser cierto y descubrí que mi ex estaba con mucha más gente a la vez que conmigo, todos los consejos de mi padre me vinieron a la mente.
«Jackson olvídate de él y ya está». «Si no te aporta, sal de ahí y a otra cosa».
Y así empecé a desarrollar esta especie de alter ego que solo me permite tener encuentros sexuales y no poner una pasión desmesurada en las cosas que no lo requieren.
—Pues es una pena —dice sin llevarme la contraria, pero su expresión le delata. Quiere añadir algo más, pero no lo hace. Frena y maniobra para meter el coche en la plaza de parking—. Ya hemos llegado.
Empiezo a notar el burbujeo de los nervios en la barriga, pero en realidad tengo bastantes ganas.
—Vamos a hacer una cosa —dice mientras coge una chupa y una gorra negra del asiento de atrás—. Vamos a ir por la puerta de atrás directos al vestuario, ¿vale?
Salgo del coche y cierro la puerta con cuidado.
—¿De verdad crees que no te van a reconocer por llevar unas gafas de sol y una gorra?
Anda como una flecha hacia la parte trasera del edificio, y deja atrás la gran multitud que espera para entrar de forma atropellada. Voy tras él, siguiendo su ritmo.
—Parece coña, pero créeme que esto me ha salvado en más de una ocasión.
Llegamos ante una puerta de hierro un poco oxidada y cutre teniendo en cuenta el evento que se celebra aquí. Kilian saca el teléfono del bolsillo y marca un número.
Aprovecho el momento para sacar un cigarro del macuto, pero, en cuanto me ve las intenciones, me lo quita de las manos y lo tira al suelo antes de pisarlo.
—Ya estamos aquí —dice al teléfono—. Genial.
Se lo guarda de nuevo en el bolsillo y, cuando me mira, frunce el ceño.
—¿Tú de qué vas? ¿En serio ibas a fumar antes de competir?
—Una calada. Estoy nervioso, joder…
—Me la suda que estés nervioso. Vas a dejarlo —afirma, acercándose a mí.
—Kilian, literalmente no puedo.
—Busca una alternativa, Blake, una que no te perjudique la salud…
—Déjame fumarme el…
No me deja terminar la frase porque justo entonces se acerca a mí y me besa.
Coloca una mano en el lateral de mi cuello, con delicadeza, y yo cierro los ojos por inercia.
Mi espalda toca la pared de al lado de la entrada.
Sus labios viajan por los míos suavemente, con cuidado, como si tuviera miedo de romperme.
Le devuelvo el beso, porque aunque no me lo esperaba, mi cuerpo reacciona perfectamente acorde a la situación: le pongo una mano en la cintura y entreabro los labios.
Él aprovecha para profundizar el beso y me acaricia la lengua con la suya.
De repente, noto una sensación de vértigo en el estómago, pero no me da tiempo a detectarlo porque se separa de mí, dejándome frío y con la sensación de tener las manos vacías.
Me la ha devuelto. Tuerzo el gesto.
—¿Más tranquilo? —pregunta con una sonrisa tímida.
Y aunque todo pensamiento sobre boxeo se ha esfumado de mi mente en cuanto me ha besado, no le voy a dar el gusto de oírlo de mi boca.
Y no tengo que hacerlo, porque justo cuando voy a responderle se abre la puerta metálica. Mis nervios crecen.
—Que empiece el show —le respondo una vez entramos al torneo y la puerta se cierra a nuestras espaldas.
Ya no hay vuelta atrás.