Amor contra las cuerdas Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Me levanto del asiento y salgo rápidamente de la sala. Nadie me obliga a tragarme la película. Y menos cuando ya me han visto aquí y he hecho acto de presencia.

Cojo el coche, aparcado en una calle colindante, y me dirijo al gimnasio. Al llegar, veo que las luces están encendidas.

Sonrío. Mi corazón late un poco más rápido de lo normal.

Abro la puerta con las llaves que me confió Will hace unos meses y me lo encuentro ahí.

Solo ha encendido una luz: la del ring. Todo a su alrededor se difumina en sombras como si fuera un dibujo y lo único bien trazado fuera él.

Me acerco lentamente. Parece que no me ha oído. El sonido de sus golpes retumba por toda la sala. Me detengo a unos metros de él y me doy el gusto de mirarlo.

El saco se balancea con sus golpes, él aprovecha el movimiento para pivotar y esquivarlo propinándole distintos puñetazos.

Está sudando. Su pecho sube y baja con cada respiración y las venas se le marcan en los hombros y brazos. Veo su abdomen contraerse con los golpes, cada uno más fuerte que el anterior, esforzándose como en los últimos entrenos.

Camino y acorto la distancia que nos separa, aunque lo miro desde abajo del ring.

Cuando se percata de mi presencia, detiene el movimiento del saco con los guantes y frunce el ceño.

—Tú… —dice escaneándome con la mirada. Cuando me ve con el traje que llevo puesto, su expresión se relaja—. ¿Qué haces aquí? Pensaba que estabas…

—Al saco —le corto.

Porque no quiero hablar con él ahora mismo. No puedo . No después de haber estado observándolo como si fuera el último plato de comida en el mundo.

No después de querer ser el único que se lo coma.

—¿Estás bien? —pregunta antes de enfrentarse al saco.

—Ha sido una noche larga —confieso.

—Yo no podría aguantarlo. El aparentar, el glamour, la falsedad … — Hace énfasis en esta última palabra al dar el primer golpe.

—Te acostumbras.

—¿Y por eso… —esquiva el saco y le pega un gancho— estás aquí?

Me apoyo en las tiras del ring y lo miro desde abajo.

—Quería asegurarme de que mi luchador favorito no se lesionaba esta noche.

—Ya…, claro —responde sin parar de golpear el saco.

Tras algunos minutos en silencio, se detiene. Con la respiración agitada, abraza al saco para detenerlo y se gira hacia mí.

Se quita los guantes.

—¿Qué…?

—Te toca —me corta.

«¿Se ha vuelto loco?».

—¿Tú has visto cómo voy vestido?

Desde arriba del cuadrilátero se quita los guantes y los deja en el suelo.

Se acerca lentamente y se acuclilla, quedando así a la misma altura que yo.

Sus mejillas siguen rojas por el esfuerzo cuando desciende su mirada a mi traje.

Coge las solapas con ambas manos y noto una corriente que hace que me quiera alejar, pero no lo hago.

Roza con los nudillos la tela de la camisa negra cuando retira con cuidado la chaqueta.

—Que yo sepa, la ropa siempre se puede quitar…

Baja del ring y yo aprovecho para quitarme la chaqueta del todo. Él no pierde un segundo y alza las manos a mi corbata. Doy un paso atrás. Mi espalda baja choca con la pared del ring y me deja acorralado. Su mirada vuelve a comunicarme cosas que no debería.

—No me mires así, Blake —le advierto.

—¿Así cómo? —pregunta mientras deshace el nudo de la corbata con destreza.

El sonido de la tela deslizándose sobre el cuello de la camisa antes de caer al suelo parece una advertencia.

Sin pensárselo dos veces, vuelve a atacar. Esta vez, al botón superior de la camisa. Sus manos no tiemblan. No temen. No se avergüenzan de lo que están haciendo.

—Sé quitarme la ropa solo… —susurro.

Porque su cercanía, su olor corporal, él en sí mismo me están volviendo loco y, como no pare, no voy a poder ser responsable de mis actos. El control y yo nunca nos hemos llevado bien, y menos si la sangre está distribuyéndose por otros sitios…

—Dame el gusto —me pide. Y es por su tono de voz, su seguridad pero a la vez la gran delicadeza con la que desabrocha los botones por lo que lo dejo continuar.

Suspiro, inhalando su olor corporal mezclado con mi colonia.

Sus nudillos, envueltos en las vendas que hace unos segundos lo protegían de los golpes, rozan inocentemente mi torso desnudo mientras abren la camisa.

Cuando llega al último botón, alza la mirada y conecta sus ojos con los míos.

Por pura inercia, coloco una mano en su cuello. Mi corazón late a mil ahora mismo. Ignoro todas las advertencias que me dicen que no me acerque más a él.

—¿Vas a besarme? —pregunta.

«No lo sé. ¿Vas a besarle, Kilian?».

— No lo sé.

—¿ Quieres besarme? —rectifica.

Cojo su mano derecha firmemente y la coloco en mi pecho, ahora desnudo.

Sé, por cómo se ensombrece su mirada, que nota mis latidos golpeando contra la parte libre de sus dedos.

—No lo sé —le gruño—. Yo solo sé que…

No me da tiempo a terminar la frase, porque sus labios ya están sobre los míos.

Su mano sigue entrelazada con la mía sobre el pecho. Con la otra me agarra de la nuca para atraerme hacia él con firmeza, pero a su vez con delicadeza felina.

Una oleada de placer recorre todo mi cuerpo y me esfuerzo al máximo por no hacer ningún ruido de satisfacción. Aún no.

Entreabro un poco los labios con la intención de profundizar el beso, pero Jackson se separa al instante como si yo fuera fuego y él se hubiera quemado.

—Al saco —ordena con firmeza, cambiando nuestros roles por completo.

Sus palabras calan en mí como un vaso de agua fría y lo fulmino con la mirada.

—No vuelvas a hacer eso —le advierto subiéndome al ring, con la intención de que con la distancia se me baje la erección que se marca en mis pantalones de traje, dejándome en evidencia—. Aquí lo que se empieza, se acaba.

Cojo los guantes de boxeo del suelo y me los pongo.

—Por eso. Tenemos que terminar el entreno, profesor — dice, juguetón, y yo suspiro—. Por cierto, da el favor por hecho…

Este chico me va a llevar al mismísimo infierno.