Capítulo 10
K ILIAN
No sé cómo he conseguido cumplir mi promesa. Desde que me dijo en el primer entrenamiento que no lo tocase, todo se complicó. Y la cosa empeoró cuando yo mismo le dije que no íbamos a llegar a nada más y que se ciñera a verme como lo que soy: su entrenador.
Pero un entrenador no debería ver a su alumno como yo lo veo a él. Porque cada vez es más difícil ignorar la tensión que hay entre nosotros.
Sí, lo he asumido ya.
Jackson Blake me pone como nadie me ha puesto en la vida.
Su piercing en la ceja brillando con el sudor, su mirada de cazador mientras golpea el saco, cómo las venas se le marcan en los músculos cuando va a finalizar el entreno, su olor corporal…
Me vuelve loco. Completamente loco.
Él no lo pone fácil. Y menos cuando mi trabajo consiste solamente en mirarlo e instruirlo.
Mirar cómo pega. Mirar cómo sus músculos se tensan con cada impacto.
Mirar la técnica que usa en cada uno de sus movimientos…
Así, entreno tras entreno. Y ahora que han pasado tres semanas desde el primer día, me pregunto si seré capaz de aguantar todo el año.
Sí, todo el año.
Porque Will está encantado con él, y finalmente seguimos con el plan. Vamos a llevar a Jackson a la liga de máximo ochenta kilos, que más o menos es lo que él pesa.
En los entrenamientos, se comporta bastante mejor de lo que esperaba.
Sigue mis indicaciones sin rechistar y, aunque los primeros días me cuestionaba alguna cosa, poco a poco ha ido abriendo su mente a mis recomendaciones, sobre todo cuando Will le dijo que teníamos pensado apuntarlo a la liga al finalizar la primera semana de entrenamiento.
A partir de ahí, Jackson empezó a dejar de insinuarse, pero esa semana fue un infierno para mí. Sin embargo, estos días he descubierto que no hacen falta palabras para nada. Por lo menos, no con él. Porque su mirada de fuego sabe comunicarme perfectamente todo lo que quiere decirme.
Pero no es suficiente.
Quiero escucharlo de nuevo. Quiero volver a probar esos labios, coger esas caderas…
—¿En qué leches piensas? —me pregunta Dawn, que me coge del brazo antes de pasar a la alfombra roja.
Nos indican que es nuestro turno y posamos delante de las cámaras.
Pero no la beso. Ya no. Me limito a quedarme a su lado como si ella fuera un complemento más.
Porque en realidad así se siente. Porque por muy conocida que sea en redes, de no ser por el acuerdo que firmó con mi padre para fingir ser mi novia, el mundo entero la habría olvidado tiempo atrás.
Yo no tuve ni voz ni voto en aquel trato.
Me limité a ser la marioneta que se esperaba de mí y no hacer preguntas.
Mi padre siempre ha sabido que soy gay. No hizo falta una conversación para salir del armario. Cuando empecé con las peleas y vio que podía sacar beneficio con sus apuestas, decidió encerrar esa parte de mí para evitarnos problemas. Para que encaje en su mundo. Para venderme mejor.
Por eso ahora llevo a una mujer de mi brazo… Como si fuera lo que quiero. Lo que deseo. Y así ha sido desde hace cuatro años.
De pronto, me sorprendo a mí mismo preguntándome cómo sería hacer estas cosas con alguien a quien quisiera de verdad.
Ir al estreno de una película con él, besarlo delante de todas las cámaras, no resistirme si quiero tocarlo cuando estén las luces apagadas…
Suspiro. Supongo que eso es algo que nunca sabré.
—En nada —respondo, y me separo de ella como si su cuerpo me quemase cuando dejamos las cámaras atrás.
Unos azafatos nos guían hacia los periodistas, que aguardan con cámaras, grabadoras y micrófonos en mano, pero yo no me detengo.
No quiero remover más las aguas. Hoy es la primera vez que me ven en público desde que me descalificaran de la liga y sé que todos estarán hambrientos por preguntarme.
Lo siento, no estoy de humor para ser carne de piraña.
—Llevas raro unas semanas. Me estoy empezando a cansar —me advierte ella mientras yo cojo unas palomitas que nos acaban de dar al entrar a la sala de cine.
Echo un rápido vistazo por las butacas y reconozco las mismas caras de siempre. Los mismos actores, los mismos influencers… Todos visten sus mejores galas.
Pongo los ojos en blanco.
«Menuda pereza».
—Si tan cansada estás, ahí tienes la puerta —le respondo, y ella me mira con una expresión de sorpresa.
Sé que no esperaba que me rebelase, pero repito: no estoy de humor.
—Pregúntale a tu padre, a ver qué opina.
De repente, me vibra el móvil. Nos sentamos donde nos asignan y me lo saco del bolsillo.
Ignoro el comentario de Dawn por mi salud mental.
Puede ser que esté un poco nervioso.
Se me encoge un poco el corazón al ver la notificación. Sonrío.
Mañana, mi alumno empieza el torneo y parece que ha dejado su ego a un lado para escribirme. Me da cierta ternura.
Todo va a ir bien, vas bien preparado
Veo como Dawn mira de reojo la pantalla y apago el móvil por instinto. Ella se reclina hacia atrás y exhala irritada.
—Amor, desde que conoces a ese crío todo ha ido a peor.
Suspiro antes de responderle.
—Ahora es mi alumno, Dawn.
—Pues deja de mandarle guiñitos.
Me vuelve a vibrar el móvil entre las piernas.
—¿Ahora me vas a decir lo que puedo mandar o no?
—Yo solo te digo lo que es mejor para ti.
Cojo el móvil y veo la notificación.
¿Qué haces? Creo que voy a ir al gimnasio un rato.
Le mando una foto del cine.
Intenta descansar. Mañana vas a necesitar energía.
Entiendo perfectamente cómo se siente. El hecho de imaginármelo en el gimnasio pegándole al saco sin estar yo allí hace que me sienta un poco extraño.
Vas a tener que empezar a asumir que soy un ansioso. No puedo descansar así como así. Ah, y se me olvidaba que eras un influmierder de esos.
Río con su comentario.
¿Cómo que influmierder?
Dawn resopla y las luces empiezan a atenuarse. Debería guardar el móvil, pero solo le doy la vuelta y lo apoyo en mi muslo.
—¡Muy buenas tardes a todos! —dice el presentador del evento—. ¡Bienvenidos al estreno de Banderas blancas !
Todo el mundo aplaude efusivamente.
—Os presento la historia de una guerra, de un amor imposible, de un…
Me vibra el móvil de nuevo y pierdo el hilo del presentador. Le doy la vuelta discretamente y le bajo el brillo para no molestar a nadie.
¿En serio te consideras alguien por recomendar geles de ducha?
La gente empieza a aplaudir y vitorear. Alzo la cabeza para ver que los actores y productores principales acaban de subir al escenario para presentar la película; creo que está hasta el autor del libro en el que se basa.
Solamente es una forma fácil de ganar dinero, Blake. Te dejo, que va a empezar la película. Mañana te quiero a tope, aunque sé que lo vas a hacer genial.
Ya me contarás cómo, no me vendría mal un poco de pasta, aunque, siendo sinceros, prefiero quedarme con la dignidad.
Ahí está su ego otra vez.
Apago el móvil y veo cómo el presentador hace preguntas triviales a los artistas, momento que aprovecho para echar alguna que otra foto para subirla luego.
Me meto un puñado de palomitas en la boca y trato de ignorar las miraditas que me dedica Dawn. Sé perfectamente lo que está pensando y lo que quiere decirme, pero mi mala respuesta de antes la ha dejado sin el valor de rebatirme nada.
Tras terminar esta ronda de preguntas, empieza la película.
Me pongo tenso en cuanto noto cómo una mano se desliza por mi muslo. Miro hacia la derecha, incrédulo. Me incorporo para coger la botella de agua, pero esto no hace que Dawn quite su mano de ahí. Empiezo a mover la pierna, fingiendo un acto reflejo ansioso, pero ella sigue sin pillar la indirecta.
—¿Puedes quitar la mano? —le pregunto susurrando, un tanto irritado.
—Nos están viendo. Compórtate.
Escaneo rápidamente la sala y tenso la mandíbula.
—Nadie nos está mirando. Quita la mano —le pido, notando una incomodidad que hacía mucho tiempo que no sentía.
Ojalá no estuviera ella aquí.
Todo sería mucho más fácil. Tendría amigos de la industria, hablaría con más gente, estaría cómodo ahora mismo…
Incluso podría ser yo mismo si ella nunca hubiera existido. Aunque en realidad no es culpa suya: mi padre hubiera encontrado la manera de ponerme a otra mujer al lado.
Esto tiene que acabar, porque si no…
Le aparto la mano educadamente y noto cómo ella se tensa bajo mis dedos.
—Intenta no extralimitarte.
Dawn me mira con sus ojos marrones abiertos como platos, como si de verdad le estuviera afectando esto. ¿Es que no se da cuenta?
¡La habitación está más que oscura! Nadie nos ve, ni nos vería aunque quisiera.
Ella se agacha y coge su bolso del suelo.
—Me piro —anuncia.
Pero antes de levantarse se pega a mi oído, invadiendo mi espacio vital con su perfume, y me susurra:
—Espero que sepas lo que estás haciendo.
No me molesto en responderle. Ella cruza la fila de butacas entre disculpas hasta desaparecer.
No voy a caer en su trampa, igual que tampoco voy a dejar que me toque y que abuse así de la situación.
Al principio, todo era divertido. Un beso tonto por aquí, otro por allá delante de cámaras, un abrazo íntimo, una caricia inocente…, pero todo acabó cuando se le subió la fama a la cabeza.
Empezó a utilizarme para ganar más y más seguidores. Y le funcionaba. Pero cuando todo lo que hacíamos juntos se convirtió en eso, la cosa cambió. Porque ya no era un: «Vamos a cenar». Era un: «Vamos a cenar para que vean que estamos juntos y así reposteas mi historia y gano seguidores».
Y ahora…, ahora me cuesta mucho estar cómodo a su lado y más si encima me toca así, sin ningún motivo ni consentimiento.
Suspiro con la intención de relajarme, pero no lo consigo.
Intento centrarme en la película. Hay una escena en la que un militar le enseña a un chico cómo sujetar un arma adecuadamente. Pero… le sujeta por detrás, juntando la espalda de él con su pecho, rodeándolo con los brazos y colocando las manos sobre las suyas.
Las palabras de Jackson me vienen a la mente:
«Vas a tener que dejar de tocarme».
A la mierda.