Capítulo 9
J ACKSON
Pongo los ojos en blanco cuando veo a Kilian llegar en su Cadillac negro. Tiro el cigarro al suelo y ni siquiera me molesto en pisarlo. Cierra la puerta de su coche y camina hacia mí con chulería. Menos mal que no me va a entrenar él.
—Llegas tarde —le intento provocar.
—No me toques los huevos —responde sin siquiera mirarme.
Entra en el pabellón, supongo que esperando que yo le siga, así que eso hago.
El entorno es más noble de lo que me pensaba. Mucho más. Una madera oscura cubre las paredes del lugar, decoradas con algún que otro póster. Distingo a Kilian en alguno y apenas logro contener la risa. Él entra en un despacho mientras yo me aferro a mi macuto como si fuera un salvavidas.
Ando lento tras él. La tarima cruje bajo mis pies y niego con la cabeza. ¿Así entrena la estrella de boxeo?
Varios niños están pegando a los sacos que están repartidos por la sala. Las cadenas de hierro que los sujetan al techo chirrían al unísono, como si fueran almas en pena cada vez que se balancean.
Me quedo en el vestíbulo sin saber muy bien qué hacer, esperando a que Kilian salga del pequeño despacho en el que se ha metido hace un momento.
La pierna empieza a temblarme por la ansiedad, impaciente. Odio esperar. Me agobia mucho. Mi mente empieza a maquinar preguntas insufribles sin sentido.
Me relajo un poco cuando veo a Kilian asomarse por la puerta.
—Ven, porfa —me pide… ¿con dulzura?
En su mirada veo que ha bajado la barrera de prepotencia que tenía hace unos segundos, y no tardo ni un segundo en saber el motivo.
Estoy aquí porque él me necesita. Porque él me lo ha pedido, incluso casi suplicado…
Me acerco lentamente y me doy cuenta de que otra vez huele a café.
Se me ponen los pelos de punta. ¿Este chico quiere volverme loco?
Entro en el pequeño despacho y me envuelve de nuevo el olor a café, pero esta vez localizo una cafetera en un escritorio al fondo, cosa que me tranquiliza. Porque si el gel ese hace que huela tanto y tan bien, voy a tener que comprármelo.
Kilian apoya un brazo en el escritorio. Por instinto, mis ojos viajan por él y, sin esperarlo, hago contacto visual con su tatuaje. Como si se diera cuenta, retira el brazo y me tiende un papel.
—Necesito que rellenes esto.
Lo cojo y lo leo lentamente mientras lo relleno. Según lo que pone, simplemente es un documento para ver cómo estoy físicamente y para dejar constancia de que he entrenado aquí.
Cuando firmo el papel, me siento como si hubiera firmado un pacto con el diablo.
—Gracias —dice cuando se lo doy. Lo mete en una carpeta amarilla y la guarda en el cajón—. ¿Estás listo? —pregunta al salir del despacho, retándome con una mirada pícara.
Dudo dos segundos en qué responderle, porque no sé si he escuchado bien. Joder, ¿me he quedado embobado mirándolo? El muy cabrón me absorbe de todas las maneras, y verlo como un compañero me va a costar demasiado.
Me pregunto qué coño hago aquí. Porque no quiero que Kilian sea mi compañero y ya está, lo tengo más que claro. Porque si me preguntan qué quiero con él, tengo claro lo primero que se me vendría a la mente.
Niego con la cabeza, como si eso fuera a borrar la imagen de Kilian haciéndome suyo.
—Eh… Sí —logro decir.
Lo sigo en piloto automático por el pabellón.
—Aquí están los vestuarios. Hay una ducha, por si luego quieres…, ya sabes —dice. ¿Acaba de insinuarse? ¿O simplemente mi mente está creándome fantasías?—. Ducharte.
Tuerzo el gesto y sonrío. Yo también sé jugar a ese juego.
Entramos a los vestuarios y dejo mi macuto. Él espera mientras me mira desde la puerta de la entrada con los brazos cruzados.
Me quito la sudadera y, sin querer, la camiseta se me sube con ella.
Tras dejarla en el banquillo, pillo a Kilian mirándome el abdomen con descaro.
Noto cómo la vergüenza hace que se me tiñan las mejillas de rojo.
Alzo la mirada y sus ojos se cruzan con los míos.
Él exhala mientras yo me bajo la camiseta de tirantes.
—Ponte las vendas y saca los guantes. Te espero fuera —me ordena antes de cerrar la puerta rápidamente con un portazo.
Está claro que él también nota la puta tensión.
Por segunda vez, hago lo que me pide. Me pongo las vendas negras y cojo los guantes. La puerta chirría cuando la abro.
El ruido del ambiente vuelve a envolvernos.
—Bien —dice Kilian al verme—. ¡Will!
Dirijo la mirada al centro del local y veo cómo un hombre de mediana edad se gira hacia nosotros. Cuando me ve, se le ilumina el rostro.
—Este es mi entrenador —nos presenta Kilian, y él me estrecha la mano.
—¡Encantado, Jackson! —dice con más ánimo de lo normal.
—Igualmente.
—¿Cómo estás? —pregunta cortésmente.
—Bien…
Will frunce el ceño y Kilian sonríe, como si se hubiera percatado de mi incomodidad.
—Bueno, vamos a entrenar —interviene él y Will asiente.
Espera, ¿él y yo?
—Te dejo en buenas manos. ¡Cualquier cosa estoy aquí! —dice antes de volver con los chicos.
—¿Me vas a entrenar tú? —le pregunto, incrédulo, siguiéndole por la pista principal hasta que llegamos al ring.
—Créeme, a mí tampoco me hizo mucha gracia cuando me lo dijo.
Kilian se sube al cuadrilátero con destreza, demostrando que esto es para él como un recreo.
Resoplo por lo bajo. Pongo el pie derecho y me impulso, paso la espalda por debajo de la cinta y…
«Mierda».
El pie izquierdo se me queda pillado en la cinta baja y empiezo a caer. Me preparo para chocar contra el suelo acolchado del ring, pero no llega el impacto. Al revés: noto cómo unos fuertes brazos me rodean rápidamente.
—Joder… —oigo como gruñe Kilian, pero no me suelta. Intento incorporarme, meto por fin el pie izquierdo y, cuando ve que estoy estable, se separa—. No te ibas a librar tan fácilmente de mí… —dice por lo bajo.
—Como si lo hubiera hecho a propósito… —susurro entre dientes y pongo los ojos en blanco.
—Bueno, quiero ver cómo entrenas por tu parte. Tus costumbres, tus ejercicios…
Asiento y le lanzo mis guantes, que coge al instante.
Caliento un poco y empiezo a lanzar golpes no muy fuertes al saco.
Kilian me observa atentamente con ojos felinos mientras gira a mi alrededor. Dudo que se le escape algo.
—Bien —dice tras un momento y me tiende los guantes—. Póntelos…
Mi corazón late desenfrenado por el esfuerzo.
Y solo acabamos de empezar.
Meto las manos en los guantes y él los abrocha. Mi mente viaja al pasado y me pregunto cuándo fue la última vez que alguien que no fuera yo mismo me ató los guantes. Y, la verdad, me avergüenza reconocer cuánto echaba de menos ese pequeño gesto.
—Sigue —indica con firmeza, y hago lo que me dice, ignorando la tensión de hace un segundo.
Ataco al saco como si de una presa se tratase.
Doy golpes fuertes y directos hasta que no puedo más. Crochés, ganchos…
Uno-uno, dos-dos, dos-uno, uno-dos…
El sonido que hace el guante contra el saco es de lo más melódico que he escuchado hoy.
De repente, noto dos manos en la espalda. Aprietan fuerte y hacen que se me estremezca todo el cuerpo.
—Relaja los hombros —oigo que dice con voz grave detrás de mí.
Suspiro y paro el movimiento del saco con el guante firme. Me doy la vuelta y lo encaro. Esto no puede seguir así.
—Vas a tener que dejar de tocarme —le digo alzando mi mirada hacia la suya.
—Es lo que hace un entrenador —se justifica con la mandíbula tensa.
—Me debes un favor, ¿recuerdas? Así que conmigo vas a tener que controlarte…
Doy un paso al frente. Él vuelve a tensar la mandíbula. Sus fríos ojos viajan de mi mirada a mis labios. Mi pecho sube y baja con cada respiración.
—Yo no soy muy de controlarme, Blake .
Escuchar mi apellido de sus labios hace que note un pinchazo en el estómago.
Da un paso hacia mí acortando la distancia que nos separa y, si hace unos días tenerlo a dos metros me parecía poco, ahora…
—Pues uno va a tener que hacerlo por los dos…
Su risa grave me cala en lo más hondo.
—Grábate esto en la cabeza: entre tú y yo no hay ni va a haber nada más que esto. ¿Entendido? —Y posa un dedo en mi pecho—. Y ahora, al saco, alumno.
«No se lo cree ni él».