Capítulo 8
K ILIAN
El sol me deslumbra cuando me quito las gafas de sol al ver a Ann. El bar está abarrotado de gente y el barullo nos rodea.
—Anda, que ya te vale —dice, no muy contenta, al darme un beso en la mejilla, y luego se sienta.
Me da pena al instante. Aunque Ann sea mi representante, a veces la siento como una hermana para mí. Me arrepiento por haberle fallado de esta manera.
—Buenas.
—Una copa de vino blanco, por favor —le pide a la camarera que acaba de acercarse.
Yo ya tengo mi cerveza, así que le doy un pequeño sorbo.
—Ay… ¿Qué voy a hacer contigo? —pregunta tras mirarme unos segundos.
—Más bien, qué voy a hacer yo conmigo.
Mi vida en estas últimas semanas ha cambiado de forma radical. Por fin parece que me he librado de competir. De hecho, durante estos días sin pensar en luchar, me he dado cuenta de lo mucho que me hacía falta esta pausa.
Despertarme, entrenar, comer bien constantemente, memorizar vídeos, llegar a conocer cómo una persona reaccionaría según sus combates anteriores… Competir consume mucho tiempo y energía. Por no hablar de que, a su vez, tengo que mantener viva una comunidad en redes sociales, que esa era otra.
La camarera deja la copa y me mira.
—Invita la casa —me guiña un ojo; yo resoplo mientras ella desaparece contoneando las caderas.
—Por Dios… —dice Ann haciendo una mueca mientras coge la copa de vino y la inspecciona con desagrado—. ¿Cómo estás?
—Mejor —confieso—. Me viene bien parar un poco.
—¿Y no podrías haber avisado antes? Venum nos ha mandado a la mierda.
—Como si eso fuera un problema… —Me encojo de hombros. El dinero nunca es difícil de conseguir. Al fin y al cabo, es lo único que tengo.
—Sabes que llevo meses intentando conseguirte eso, pero, bueno, lo hecho hecho está.
Ann se echa la trenza morena hacia atrás y vuelve a coger la copa.
—¿Qué quieres hacer ahora?
Apoyo la espalda en la silla tras suspirar.
—Pues parece ser que he convencido a Jackson Blake de que venga a entrenar con nosotros… —la informo, y ella abre los ojos como platos.
—¡¿Cómo, cómo, cómo?!
Cojo la cerveza y bebo un sorbo antes de empezar a explicarle todo. Desde por qué Will quiere que Jackson entrene con nosotros hasta la conversación (si puede llamarse así) que tuve con Jackson anoche.
—O sea, ¿que ahora eres entrenador?
—Eso quiere Will, pero no sé…
Ann entrecierra los ojos.
—¿Cómo que no sabes? ¿Tú sabes lo bien que nos puede venir esto? ¡Jackson tiene buenos números!
Otra más que se quiere subir al carro…
—Bueno, de momento vamos a ver si aguanta mis entrenamientos…
—Yo que tú lo trataba bien. Nos puede beneficiar muchísimo.
—No, si ya. Tengo que hacer que se quede sí o sí. Will lo quiere meter en la liga y demás.
Ann asiente, pensativa.
—Y… ¿sabes algo de tu padre?
Mierda. Noto cómo el corazón empieza a latirme más rápido en el pecho con su mera mención.
Pienso en él. En su forma de desaparecer y aun así seguir presente todos los días de mi vida.
—De momento, no ha aparecido, pero, conociéndolo, lo hará.
Siempre que algo no va como él espera, saca todas sus armas para que así sea.
Desde bien pequeño se ha encargado de que todo vaya como él quiere, de usar a la gente en su beneficio.
De usarme a mí como a un títere. Porque eso es lo que llevo siendo años: la marioneta de una persona para quien nada es suficiente.
Una persona deleznable. Sin pies ni cabeza.
Que es capaz de llevar a su hijo al límite hasta el punto de volverlo loco.
Así es cómo me siento cuando tengo pesadillas y me despierto a mitad de la noche solo, en medio de la oscuridad. Solamente tenía diecisiete años cuando…
Noto un golpe desde atrás y algo me empapa toda la espalda.
Arrastro la silla, sorprendido por el repentino frío.
—¡Perdón! —dice un camarero recogiendo del suelo el botellín de cerveza que se le ha caído encima de mí.
Me miro la ropa y maldigo por lo bajo. Tengo el pantalón encharcado en cerveza por la parte de la entrepierna. Ann se ríe, disfrutando del espectáculo, pero la verdad es que esto es lo último que necesito ahora mismo.
Intento secarme con unas servilletas, pero no consigo nada. Me pongo las gafas para que nadie vea la expresión enfurecida que llevo ahora mismo.
Miro el reloj y veo que ya son las doce de la mañana.
—Me voy a ir, que tengo que cambiarme y no quiero llegar tarde al psicólogo.
—No te preocupes, cariño. Yo ahora me iré de compras un rato, cuando me acabe el vinito.
—Muy bien que haces —digo cuando dejo un billete de veinte dólares en la mesa—. Invito yo esta vez.
—Si sabes algo de tu padre, avisa, que ya sabes…
A Ann siempre le ha acojonado mi padre por motivos más que comprensibles. Entiendo que se quiera preparar.
—Claro —me acerco para despedirme con un beso en la mejilla.
—¡Y trata bien a Jackson!
Pongo los ojos en blanco, aunque ella no lo vea a través de las gafas.
—Que sí…
—Nos vemos pronto, guapo.
—Seguro que sí.