Amor contra las cuerdas Capítulo 7
13%

Capítulo 7

J ACKSON

¿Qué coño hace en la puerta de mi casa?

Sus ojos grises se cruzan con los míos en cuanto me quito el casco y me bajo de la moto. La tensión que siento me hace dudar de si quiero acercarme o alejarme de él.

¿Cómo ha conseguido mi dirección?

Va vestido con una camiseta de tirantes negra y unos pantalones de chándal de color gris en los que intento no fijarme demasiado.

Me dirijo hacia la puerta y al pasar por su lado lo ignoro, aunque percibo su olor a café. Se me ponen los pelos de punta en cuanto oigo su voz.

—Tenemos que hablar.

Me doy la vuelta lentamente y lo enfrento. ¿Qué cojones?

—No tenemos nada de lo que hablar —lo corto—. No vaya a ser que se te vuelvan a ir las manos.

Suficiente tuve con que me partiera la nariz. Aún me molesta de vez en cuando, por no hablar de que encima he ganado una fama que nunca he querido tener. Y aunque a largo plazo pueda beneficiarme de ella, ha sido totalmente impuesta.

—No voy a hacerte daño —promete tomando distancia.

Suspiro. Apoyo la espalda en la puerta y me cruzo de brazos.

—Escúchame —insiste—. Tengo una propuesta.

—Te doy lo que me dure el cigarrillo. —Y me saco del bolsillo trasero el paquete de tabaco junto con el mechero.

Él abre los ojos como platos. Joder, qué bonitos son, parece un puto husky.

—¿Fumas siendo deportista?

Por respuesta, enciendo el cigarro y le doy una calada que me tranquiliza.

Echo el humo por la boca despacio por si no lo he dejado suficientemente claro.

Kilian resopla y se recompone.

—Por muy poco que me guste, mi entrenador quiere representarte y que entrenes con nosotros.

Me atraganto con el humo.

¿Perdón?

Veo en su mirada que está nervioso y vuelvo a darle una calada al cigarro mientras pienso en una respuesta.

—Estás de mierda hasta el cuello. ¿Por qué coño querría meterme en algo contigo?

Él suspira, resignado.

—¿Tienes ya a alguien que te pueda apuntar a la Liga?

Se acerca un paso. Un metro nos separa y, de pronto, me parece demasiado poco para lo que debería ser.

Que tome distancia, me está poniendo nervioso.

—Eso no es de tu incumbencia.

Porque no, no tengo a nadie y, aunque me pase día y noche buscando un buen gimnasio donde entrenar, no encuentro una mierda.

—Créeme que lo es.

—Te recuerdo que no me conoces de nada…

—Jackson, nos besamos hace nada —gruñe.

Por segunda vez, me deja sin palabras. Tiene más huevos de lo que me pensaba. No esperaba que lo admitiera.

—Como si comerme la boca hiciera que me conocieras al instante —respondo.

Él asiente con ironía.

—Vuelves a demostrarme que eres un niñato.

Tiro el cigarro al suelo, harto de la situación.

—Y tú vuelves a demostrarme que eres un mierdas —digo, y me doy la vuelta, cortando la conversación.

No tengo tiempo para estas gilipolleces.

Saco las llaves del bolsillo cuando le oigo resoplar.

—Joder, espera.

Me agarra de la muñeca antes de que me dé tiempo a meter la llave en la cerradura.

Lo fulmino con la mirada.

—No me toques —le advierto.

Está demasiado cerca. Su olor altera todos mis sentidos y su altura me intimida por un instante.

No voy a bajar la guardia.

Kilian se percata de la fuerza que está ejerciendo en mi muñeca y me hace caso al instante. Da un paso atrás.

—Necesito que por lo menos te lo pienses —me pide, frustrado.

Dejo la llave en la cerradura y lo encaro.

—¿No te dan suficiente dinero recomendando geles? —lo intento provocar.

Una sonrisa asimétrica se dibuja en su rostro.

Mierda. Acabo de revelarle que lo he stalkeado.

—¿Te gusta cómo huele? —responde acercándose lentamente.

—¿Tan desesperado estás que hasta me tiras la caña? —le pongo una mano en el pecho para apartarlo un poco.

Al momento, me doy cuenta de que tocar sus pectorales no ha sido buena idea.

—A lo mejor me están amenazando con matarme si no consigo que te unas —dice sonriendo, sin retirarme la mano de su pecho. Noto cómo este sube y baja con cada respiración y cómo su corazón acelerado me golpea la palma. La retiro al instante.

«Menuda sonrisa tiene el hijo de puta…».

Doy un paso atrás y me alejo de él como puedo. Mi espalda choca con la puerta. Él niega con la cabeza. Alzo un dedo en su dirección.

—¿Si te digo que me lo pienso, me dejarás en paz? Tengo muchas cosas que hacer.

Sus ojos se iluminan y su composición, antes tensa, se relaja.

—Puede ser… —dice, metiéndose las manos en los bolsillos.

Suspiro.

—Pues vamos hablando, Killer —digo dándome la vuelta para por fin abrir la puerta de casa.

Vuelvo a girarme para verlo, pero ahí sigue.

Juraría que su mirada está cinco veces más fría que hace unos segundos.

Me contempla por última vez y aprieta la mandíbula.

—No vuelvas a llamarme así —pide antes de darse la vuelta e irse.

Pongo los ojos en blanco sin entender nada y, antes de entrar en casa, cojo aire. Quiero entrar con buen pie y no transmitirle el mal rollo a mi madre.

—¡Ya estoy en casa! —grito al entrar.

Busco a mi madre, pero no la encuentro en el salón.

De pronto, oigo ruido en la cocina y me sorprendo. Corro hacia allí y me encuentro una imagen que no espero: a mi madre preparando la cena.

—¿Mamá? —pregunto con una sonrisa que no puedo esconder.

Ella se quita un auricular.

—¡No te había oído llegar! —dice, cansada, y se acerca para darme un beso en la mejilla.

La miro extrañado. Está claro que está de buen humor y eso hace que sienta un calor en el pecho que no sabía que necesitaba, pero que me tranquiliza bastante.

—¿Qué has cocinado?

—He hecho lasaña, pero no sé si estará…

—Seguro que está perfecta —la corto mirando hacia el horno—. ¿Cuánto lleva ahí?

—Unos minutos. Ahora la saco. —Me mira la nariz y noto un deje de nerviosismo en su mirada—. Eso está mucho mejor, ¿no?

—Ya está casi curada del todo, sí.

Mi madre asiente.

—Anda que tu padre no tenía nada mejor que enseñarte… —añade melancólica—. Si supieras cuantas veces lo vi igualito a ti, con la nariz rota… —Niega con la cabeza, emocionándose.

Me acerco a ella y la envuelvo en mis brazos.

—Era increíble —afirmo con el corazón encogido. Ella se separa un poco de mí y se limpia las lágrimas—. Tengo cosas que contarte —anuncio para distraerla un poco—. ¿Te apetece hablar un rato?

Ella asiente, y con ese simple gesto sé que está haciendo un esfuerzo por estar bien y escucharme. Hace mucho tiempo que no veía eso de su parte.

Me siento a la mesa del comedor junto a ella, que me escucha atentamente.

Le cuento cómo han ido mis primeros días en Las Vegas.

Todo. Porque mi madre y yo siempre hemos hablado sin tapujos.

Ni siquiera tuve la necesidad de salir del armario con ella.

Mis padres siempre me habían inculcado que les daba igual todo lo demás mientras yo fuera feliz.

Así que la primera vez que estuve con un chico, se lo dije y punto.

De lo único de lo que me arrepiento es de que ese chico fuera Sylas.

Mis padres sufrieron mucho mientras estaba con él.

Por esa misma razón, le cuento lo de Kilian. Desde el lío en la discoteca hasta su fama y el encuentro que tuvimos en el ring.

Saco el móvil para enseñarle fotos de él mientras le cuento lo que ha pasado con los seguidores y la viralización. Esto último es lo que más le llama la atención.

De pronto, suena el horno, que indica que la cena ya está lista. Mi madre se levanta para sacar la lasaña y la cocina se llena de un olor delicioso.

—Yo creo que deberías darle una oportunidad —dice mientras deja dos platos en la mesa. Yo me levanto y preparo el resto mientras ella pone las servilletas.

—No sé si mi ego me lo permite —confieso mientras dejo la jarra de agua y los vasos—. Sé que puede venirme bien, pero no sé si es buena idea.

—Jackson, independientemente de lo que pasase entre vosotros, es alguien que te puede ayudar, ¿no? —pregunta, cogiendo los cubiertos.

Asiento, porque sé de sobra que tiene razón.

—Pues ya está.

Ella sonríe con cierta tristeza.

—Me alegro de que las cosas te vayan algo mejor aquí.

—Ya, pero sigo sin encontrar trabajo…

—Hijo, ya has hecho suficiente durante estos años. Podría pedir un préstamo. Así te dedicarías a lo que te gusta…

—Ni de coña. Ya encontraré algo. Tú sigue así y no te preocupes por mí.

Me llevo un trozo de lasaña a la boca y, aunque la conversación me agobia un poco, el sabor de esta hace que por fin me sienta como en casa.

—He echado mucho de menos esto —le confieso, y mi madre asiente.

—Poco a poco, volverá todo a la normalidad —me promete, y yo le cojo de la mano mirándola a los ojos.

—Estoy muy orgulloso de ti, mamá.

—Y yo de ti.

Ella se seca otra lágrima de emoción y ambos seguimos cenando tranquilamente. Al acabar, me da las buenas noches y sube al dormitorio mientras yo me quedo recogiendo.

Después de una ducha rápida, me pongo unos bóxers y me tumbo en la cama con el móvil. Empiezo a viajar entre los chats de personas desconocidas que me han escrito por Instagram. Los leo sin gran interés.

Tengo que hablar con Kilian.

Por un instante, me imagino allí, peleando con él. Siguiendo las instrucciones y consejos de su entrenador. Y, oye, no me parece tan mal plan. Como mi madre ha dicho: si es un chico relevante y popular del que puedo sacar beneficio, ¿por qué no aprovecharme?

Me meto en su perfil.

Kilian Fierce.

Hasta su nombre le hace justicia. Duro y feroz.

Veo que ha subido varias historias. Una en el ring, otra en un jacuzzi sin camiseta y con el pelo mojado, y otra en toalla.

En las dos últimas se ve claramente lo trabajado que está su cuerpo.

De pronto, me imagino qué sentiría al tocarlo ahora, después de que todo haya cambiado de manera drástica. Me bajo el bóxer amenaza con crecer una erección, así que me obligo a salir de las historias y acto seguido le sigo de vuelta.

Veo el mensaje en el que me había mencionado en su post pidiéndome disculpas y sonrío.

«¿Cómo se puede ser tan sumamente imbécil?».

Tú.

Acepto, pero con una condición.

Di.

Me debes un favor.