Capítulo 6
K ILIAN
Suena la campana de la puerta del gimnasio en cuanto entro. El olor a humanidad y a cuero me golpean en la nariz, como siempre.
Will se cruza de brazos en cuanto me ve entrar.
Tres días han pasado desde lo que ocurrió en los Locales. Desde que Will me dejó solo sin saber cómo actuar delante de cientos de personas. Enfrentándome a mi trauma más recurrente completamente solo.
Ese día salí corriendo de allí. Me dio igual todo lo demás. Solo me importaba que aquel chico, Louis, sobreviviera. No podía permitirme volver a sentirme tan culpable, pero, aun así, me siento igual desde entonces: devastado, asqueado… Odiándome a mí mismo cada vez más.
Me he encerrado en casa estos tres días. Apagué el puto móvil. No quería saber nada de nadie. Absolutamente nada. Me daba completamente igual que me echasen de la agencia, que Ann me despidiera por haberle fallado de la manera más fuerte en la que lo podría haber hecho.
Quería que la ansiedad parase. Solamente quería eso. Y me daba igual todo lo demás.
Pero Will… Will sí me importa. Por eso he tardado tanto en reunir el coraje para venir.
—Me dejaste tirado —le recrimino. Porque no sé qué más decirle después de lo que hizo.
—Y tú tiraste mi trabajo de meses a la basura. —Se gira hacia los alumnos más pequeños y grita—: ¡A los sacos!
—Sabías exactamente cómo me iba a sentar lo que me dijiste. Nadie puede ganar una puta batalla sin estar tranquilo mentalmente.
—¡Tú nunca estás tranquilo mentalmente! Y no se te ocurra echarme la culpa de lo que pasó.
Tiene razón, nunca lo estoy.
—Menos si mi entrenador amenaza con reemplazarme —le gruño.
—¡Quería que salieras con un poco de rabia!
—Pues te salió el tiro por la culata.
—Te salió a ti, ¡a ver si te enteras!
Resoplo por lo bajo.
—¿Quieres un café? —pregunta mientras yo lo sigo por el pabellón, hacia su despacho.
—Que te den.
—Me lo tomaré como un sí.
Pongo los ojos en blanco. Tregua.
Dejamos atrás el barullo de los chavales hablando y golpeando los sacos.
—Siéntate, chiquillo… —me pide, tranquilamente.
Yo le hago caso porque no me queda otra. En unos segundos, escucho el ruido que hace la cafetera y Will cierra la puerta.
—Lo siento —dice de pronto. Alzo la mirada y lo veo apenado—. No tendría que haberme marchado.
Se me encoge el corazón. No tengo respuesta para eso. Por lo menos siento que no soy el único que la ha cagado.
—Me necesitabas y no estuve. Ni antes ni después, y si hubiera hecho las cosas de otra manera…
—Yo tendría que haber sido fuerte mentalmente y no lo fui.
—Nadie lo es cuando tu referente te dice que te va a sustituir y que…
—¿Que dome a la bestia? —termino por él—. Porque está claro que no fui capaz de hacerlo.
La cafetera emite un pitido y Will procede a servir un par de cafés antes de sentarse en frente.
—Kilian…
—Por algo me llaman Killer, ¿no?
—No. —Zanja dando un golpe en la mesa y derramando un poco de los cafés. Me quemo la mano, pero no dejo que él se dé cuenta. De hecho, apenas lo noto.
Miro al frente, pero no a Will. No lo veo a él, porque en realidad no veo nada. Solo veo y reproduzco una y otra vez el maldito accidente de hace años.
Siempre que salgo al ring, me pasa. Vuelve a mi mente el recuerdo y no me abandona hasta que acaba el combate.
Porque cada vez que me subo, temo que vuelva a suceder.
—No fue tu culpa. ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? —dice tras tomar un sorbo del café, y se mancha un poco el bigote. Lo que no dice es quién cree que la tuvo. Ninguno lo mencionamos.
No era consciente de lo mucho que necesitaba oír esas palabras. Me tiembla un poco la mano al llevarme la taza de café a los labios. Ni siquiera le ha echado azúcar…
Suspiro tras tragar. Odio el café caliente y sin azúcar.
—Esa es tu opinión.
Will desvía la mirada y vigila que los chicos sigan con el saco a través de la ventana.
—Dame un segundo —me pide, y sale del despacho.
Les dice a los alumnos que pueden descansar, pero que cuando suene la campana tienen que seguir con los sacos.
Vuelve a entrar y cierra la puerta.
—Kilian…, voy a serte totalmente sincero…
Asiento para incitarle a que siga hablando.
—Tú eras mi principal fuente de ingresos y me aterraba que la cagaras y que pasase justo lo que ha pasado.
Lo sabía. Desde que rechazó seguir trabajando para mi padre, Will ha vivido exclusivamente de su gimnasio y a la vista estaba que dar clases a un puñado de críos no le reportaba más que unos pocos dólares al mes. Si yo caía, él caía conmigo. ¿Cómo había podido olvidarlo con tanta facilidad?
—¿Y ahora qué? —empiezo a preguntar con la voz temblorosa.
—Ahora necesito tu ayuda. He estado pensando… Que tú no vas a competir es un hecho, y tenemos que aferrarnos a ello. Así que para partir de aquí, yo, como entrenador, tengo que buscar a otro luchador.
—Jackson —gruño, y él asiente.
—Él aún no ha competido. La liga del grupo de los de su peso empieza pronto, y si lo convencemos para que luche, puede llegar a ser la nueva estrella, como lo fuiste tú.
Me imagino a Jackson, el niñato con el que me lie y que ni siquiera ha tenido los huevos de seguirme de vuelta, siendo la nueva estrella del boxeo y se me revuelve el estómago.
Cuarta vez que lo insulto.
—No —me niego.
—No ¿qué? —me pregunta él, confundido.
—Que no, que no puede ser él. Tiene que haber otra persona mejor que él…
—¿Qué coño te pasa con él? Vamos a ser realistas: es fuerte y tiene buena técnica… Y además es lo suficientemente guapo como para que venda entradas.
—No me gusta —le freno.
—Pues resulta que tú no tienes ni voz ni voto en esto.
—¿Y qué papel tendría yo? —le pregunto.
—Tú lo vas a entrenar mientras yo intento que te vuelvan a admitir en la liga —dice justo cuando tomo un sorbo de café que casi le escupo en la cara.
Trago rápido.
—Ni de coña, Will, eh, mírame —le digo haciéndole gestos con las manos—. Que ni se te pase por la cabeza. No quiero a ese chaval cerca de mí otra vez.
—Eh, eh, tranquilo. ¿Me vas a decir qué te pasa con él o vas a seguir evadiendo la pregunta?
—¡Que es un niñato! —grito con la voz temblorosa.
—¡Aquí el único que se está comportando como un niñato eres tú!
Me callo. Pienso unos segundos y vuelvo a mirarlo seriamente.
—A ver si te entiendo… ¿Quieres que convenza a Jackson, que lo entrene y meterlo en la liga de ochenta kilos?
—Así es —asiente con una sonrisa porque sabe que va a conseguir lo que quiere y porque no me queda otra opción.
Durante un segundo, me planteo qué haría si tuviera que buscarme una alternativa al boxeo, pero borro ese pensamiento al momento. Ojalá pudiera, pero mi padre nunca me lo permitiría.
Le doy la mano a Will para sellar el trato.
—Voy a necesitar su dirección.
Luego le pido su ficha a los de la organización. Lo quiero aquí la semana que viene, ¿vale?
—No te prometo nada.