Amor contra las cuerdas Capítulo 5
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Capítulo 5

J ACKSON

Me subo en la moto y arranco con la bolsa de deporte a la espalda.

He quedado con Dean para entrenar con él, a ver qué tal.

Tengo que empezar a moverme. Apuntarme a un gimnasio y recuperar la fuerza de hace unos meses.

He pasado la mañana echando currículums y estoy algo cansado mentalmente, pero necesito volver a entrenar y, desde que se lo comenté a Dean, se ha mostrado de lo más interesado en ayudarme con eso.

Cuando llego a la dirección que me ha enviado, lo encuentro fumando en la puerta.

—Buenas —dice, y suelta el humo con una mueca divertida.

—Buenas, tío.

Nos saludamos con la mano y él tira el cigarrillo al suelo.

—¿Preparado?

—Por supuesto —respondo, aunque en realidad tenga la cabeza a tope por toda la presión de tener que encontrar un curro como sea.

Entramos en el gimnasio y veo que está decorado con los colores negro y amarillo. Eso me recuerda a mis guantes de boxeo y sonrío. Dejamos las cosas que no necesitamos en las taquillas.

—¿Aquí hay saco? —le pregunto, y él me mira curioso.

Señala con la barbilla al fondo y sigo la dirección con la mirada. Bingo. Cojo los guantes y salgo con él.

De camino me fijo en el estado de todas las máquinas: nuevas y modernas, de última generación. Limpias y relucientes. De puta madre. Me saco las vendas del bolsillo y empiezo a cubrirme las manos y muñecas con ellas.

—Se me hace raro verte aquí —dice sin mucho reparo.

—Tenía ganas de volver —confieso. Al ver que no va a decir nada más, añado con curiosidad—: Sarah me contó que estás saliendo con Raven…

Dean pone los ojos en blanco y niega con la cabeza.

—Es solo un lío largo. No somos nada más.

—Bueno, pero cuéntame cómo surgió eso, porque si yo llego a estar aquí, créeme que hubiera hecho lo posible porque no pasase.

Dean se ríe, pero noto que las comisuras de sus labios no se extienden del todo.

—Bueno, pero no estabas —suspira, echándomelo en cara. Sé que para él resultó difícil que me fuera—. Así que… me tuve que juntar con otro gilipollas.

—Eh, eh, no me compares con ese engendro —le advierto—. ¿Cuánto tiempo llevas con él?

Abro y cierro la mano para comprobar que las vendas están bien apretadas y empiezo a calentar.

Dean coge dos mancuernas y se pone a mi lado.

—Pues casi dos años… —confiesa, tímidamente.

Dos. Putos. Años.

—Vamos, desde que me piré.

—No te enfades, anda —me pide mientras empieza a trabajar los bíceps, que están claramente más desarrollados que la última vez que lo vi en persona.

Poco quedaba del Dean delgaducho que recordaba.

—No me enfado, pero me sorprende por razones obvias. Con que sepas dónde te metes…

Él acaba su serie y deja las mancuernas en el suelo.

—Ha cambiado, créeme.

—Ya, eso decía yo cuando estaba con Sylas —le recordé.

Dean me fulmina con la mirada.

—«No lo compares con ese engendro» —dice usando las mismas palabras que yo en tono de burla.

—Son iguales —afirmo mientras me coloco los guantes y suspiro—. No quiero que lo pases mal. Tú solo avísame si necesitas que le parta las piernas.

Dean niega con la cabeza y vuelve a coger las mancuernas para seguir con su serie.

—Tú y tu lado sobreprotector.

—Yo y mi manera de mostrar cariño —le rebato.

Empiezo a pegarle al saco.

Uno-dos. Uno-uno. Dos-dos. Croché. Gancho.

En boxeo, el número uno se usa para referenciar al primer golpe, que se da siempre con la mano no prioritaria, en mi caso, la izquierda. A su vez, el dos se usa para nombrar al contrario.

Así se crean las combinaciones de golpes: intercalando estos cuatro golpes y la intensidad de lanzarlos.

Dean me mira con aprobación mientras descansa entre series. Eso me reconforta. No era consciente de lo mucho que lo echaba de menos.

Los golpes resuenan por todo el gimnasio. Estoy dándole como nunca. Lanzo golpes potentes, con cabeza, rítmicamente. Cuando noto que me estoy quedando sin respiración, paro.

—Qué intenso… —señala Dean, y yo le sonrío mientras me seco el sudor con una toalla.

Dean coge las mancuernas y vuelve a su entrenamiento.

De reojo, veo que la pantalla de mi móvil no para de parpadear con notificaciones de Instagram. Hace una semana que Kilian subió el comunicado y desde entonces no he parado de ganar seguidores.

Si me llegan a decir que todo esto sucedería porque Kilian me partiese la nariz no me lo habría creído. Porque siempre he pensado que ganar seguidores era bastante más complicado.

Aunque, pensándolo bien, esto me viene de perlas para empezar a dar mis primeros pasos en el deporte. Puede que sea verdad que no hay mal que por bien no venga.

Tras darle varias rondas más al saco, decido unirme al entrenamiento de fuerza de Dean.

La camiseta de tirantes que llevo se me pega al pecho por el sudor.

Me quito los guantes y los dejo en el suelo, junto a las vendas. Tengo la fea manía de no doblarlas cuando me las quito. Odio que se queden compactas con el sudor.

—Veo que sigues a tope con el boxeo —apunta Dean.

—Eso intento…

Cojo las mancuernas que él levanta para entrenar bíceps y lo imito. Cuando veo en el espejo su mirada, me temo que sé lo que va a decir. Lo conozco demasiado bien. Mis músculos se tensan y destensan mientras muevo los kilos.

Adoro esa sensación.

—Y… ¿vas a seguir con las P. I.? —pregunta con discreción.

No podemos hablar de esto así libremente por si hay algún policía cerca.

—Creo que sí. En casa vamos mal de pasta y de momento no me cogen en ningún lado.

—Joder, Jackson… —bufa Dean.

—Sé que esperabas otra respuesta, pero no ha cambiado mucho la situación desde que me fui. De hecho, ha empeorado después de que mi padre muriera.

Lanzo un beso al cielo. Como cada vez que lo menciono desde que pasó.

—Pero tiene que haber otra solución, ya sabes que eso es peligroso de cojones. Y Sylas…

—Sylas está muerto para mí —lo corto radicalmente—. Me da igual todo lo que tenga que ver con él. Vamos a dejar de nombrarlo…

Sylas. Aquel hijo de puta se metió en mi vida cuando tenía dieciséis para destruirla a su gusto, por si no era ya lo suficientemente dura cuando empecé a trabajar a esa edad; cuando empecé a notar el agotamiento de estudiar y trabajar a la vez; cuando todos mis amigos me dejaron de lado porque apenas podía sacar tiempo para ellos; cuando empecé a descubrir mi sexualidad…

—Jackson…

—Estoy bien —lo vuelvo a cortar.

Otra cosa que se me había olvidado mientras estaba en Londres era que Dean puede leerme como un libro abierto.

Tiene la capacidad de saber exactamente lo que pienso y lo que siento, y parece que eso no ha cambiado con el tiempo.

Al igual que no ha cambiado el respeto que nos tenemos el uno al otro. Por eso no insiste.

Me acaricia la espalda dándome a saber que, si lo necesito, él está aquí, y en el fondo sabe de sobra que se lo agradezco.

Tras varias series de bíceps y pecho, Dean vuelve a casa en autobús y yo me vuelvo en moto como siempre, arrepintiéndome al instante de no haberme puesto una sudadera, porque es tarde y, aunque no hace frío, el viento me hiela la piel a través de la camiseta sudada cada vez que acelero.

Cuando llego a casa, saludo a mi madre, que ni siquiera se molesta en responderme.

Saco los tápers del frigorífico y caliento uno en el microondas. Se lo pongo a mi madre en la mesa de enfrente del televisor junto con un vaso de agua y, tras ducharme, me caliento el mío.

Mientras ceno en la cocina, saco el móvil. Porque, por lo que parece, todo ha cambiado. Aunque, si me agobio, lo mando a la mierda y punto.

Entro en Instagram y veo que mi bandeja de entrada está repleta de mensajes de gente desconocida. Automáticamente, le doy la vuelta al móvil.

«Hostia puta», pienso para mis adentros. Esto es algo muy grande. ¿Qué cojones tiene que hacer una persona con tantos seguidores? ¿Esperan algo de mí?

Decido borrar las dos únicas fotos que tenía publicadas y subo una del entreno con Dean.

Nuevo comienzo.

Suspiro mientras me como el pollo con arroz. Busco el perfil de Kilian y no me es muy difícil encontrarlo.

Cuatrocientos setenta mil seguidores…

Joder, el cabrón es bastante más famoso de lo que pensaba, pero, claro, en comparación a los sesenta mil seguidores que he ganado yo en unos días…, tampoco es tanto, ¿no?

Veo que él ya me sigue y pongo los ojos en blanco.

Cuando leí el comunicado que subió mientras estaba en casa de Sarah, sinceramente, me dio igual.

Porque aún sigo con la nariz rota. Aún tengo un párpado morado que…

Cada vez que me miro al espejo entiendo perfectamente por qué no me han llamado para trabajar en ningún sitio.

¿Quién querría tener en su empresa a un tío como yo?

Tatuado hasta las trancas, con piercings más que visibles y, para colmo, con la nariz rota.

Suspiro de nuevo. Estoy perdiendo la esperanza.

Lo odio, pero no me queda más remedio que volver a pelear ilegalmente si quiero conseguir algo de dinero, por lo menos para cubrir este mes.

De pronto, un vídeo de Kilian duchándose y preparándose para ir al gimnasio aparece en la pantalla del móvil.

Sus músculos brillan con la baja exposición de la luz; su calavera vuelve a mirarme a través de la pantalla de mi móvil mientras se enjabona el cuerpo con un…

¿Gel de olor a café?

Me tapo la boca para contener una carcajada.

«¿En serio?».

Busco la descripción del vídeo y confirmo que lo que estoy viendo es un puto anuncio.

Niego con la cabeza por lo surrealista que se me hace la situación.

Me meto en Twitter para ver si encuentro algo más y me quedo helado con lo primero que leo:

«Kilian Fierce: descalificado de la liga por dejar inconsciente a Louis Gómez con un golpe prohibido».