Capítulo 4 #2
Intento golpearle aún más fuerte y él no logra cubrirse, así que acabo acertándole.
El árbitro nos separa y empezamos la segunda ronda. En esta, él logra darme en varias ocasiones, pero en seguida vuelvo a sacarle ventaja. Es fácil, predecible. Mucho peor que Jackson.
«¿Por qué cojones pienso ahora en Jackson?».
Recuerdo la amenaza de Will y la rabia ruge por mis venas.
«¿Ese gilipollas puede quitarme el puesto?».
«Para», me ordeno. Tercera vez que le insulto.
Lanzo un puñetazo directo y mi oponente es tan débil que no logra pararlo y se da con su propio guante en la cara.
No me río, pero, joder, ¿qué leches hago luchando contra este parguela?
«Controla a la bestia». Las palabras de Will me vienen a la cabeza.
Mi contrincante intenta darme con un gancho que yo bloqueo y, con impulso, se lo devuelvo con la mano izquierda. El estruendo suena por todo el pabellón, pero mi ansiedad no cesa.
Doy otro. Y otro. Otro más.
El cuerpo sudoroso de Jackson aparece en mi mente. Pienso en su lengua enredándose con la mía, igual que parecen estar a punto de hacer nuestras carreras…
«Olvídate de Jackson».
¡Pum!
«¿Sabes que dicen que ya no estamos juntos?».
Ojalá poder gritárselo yo mismo.
¡Pum!
«Controla a la bestia».
¡No tengo nada que controlar!
Lanzo un croché.
El impacto me sacude el brazo hasta el hombro. El sonido es seco, apagado, como si el golpe hubiera ocurrido bajo el agua. Durante un segundo, no pasa nada. Mi puño sigue suspendido en el aire y pienso, absurdamente, que quizá no ha sido tan fuerte.
Luego su cabeza se ladea.
Sus ojos se apagan un poco antes de que lo haga su cuerpo. Las piernas le fallan y cae hacia atrás, pesado, torpe, sin intentar protegerse.
Cae.
El mundo se ralentiza.
El público se convierte en un murmullo lejano, irreconocible. Las luces del ring me ciegan. Me cuesta parpadear. Siento el sudor resbalar por mi sien, meterse en el ojo, pero no me atrevo a apartar la mirada. No ahora.
El árbitro corre hacia él.
Sus pasos golpean la lona una y otra vez, marcando un ritmo que no consigo seguir. Se arrodilla a su lado. Le toca el hombro. Le habla.
—¿Estás bien?
Espero.
Contengo la respiración.
Un segundo.
Otro más.
No responde.
«No responde».
El silencio se estira, se vuelve insoportable. Me zumban los oídos. El corazón me golpea demasiado fuerte en el pecho, como si intentara escapar. Siento las manos entumecidas, inútiles. Las piernas me pesan.
No.
Por favor, no.
Y, sin quererlo, mi mente se quiebra y retrocede.
Seis años atrás.
El mismo vacío repentino.
La misma sensación de estar mirando algo que no debería estar pasando.
La misma espera antes de saber si aún queda algo que salvar.
Busco a Will con la mirada, desesperado, necesitándolo más de lo que estoy dispuesto a admitir. Lo encuentro entre la multitud.
Solo veo su espalda.
Se aleja del ring.
Camina despacio, como si no tuviera prisa, como si esto ya no fuera asunto suyo. Niega con la cabeza. Decepción. Cansancio. Renuncia.
No se gira.
No me busca.
No se queda.
Se marcha.
Me está dejando solo.
El ruido regresa de golpe, como una ola rompiendo contra mí. Las voces, los gritos, las órdenes. Pero ya no consigo sostenerme. El cuerpo cede antes que la mente.
Las rodillas me fallan y caigo al suelo.
No reacciono.
No porque no pueda, sino porque algo dentro de mí se ha apagado con él.
Me ha abandonado.
Entre varios, cogen a mi oponente y lo sacan del ring. Yo los sigo lentamente. La gente empieza a murmurar.
—¡KILLER HA VUELTO! —grita alguien.
«No…».
Mi corazón se parte en dos. Odio ese mote.
Odio ese puto mote porque ellos no lo saben, pero es lo que soy en realidad.
Tumban al chico en una camilla y, aún con los guantes puestos, le hacen un electroshock. Los ojos se me llenan de lágrimas mientras su cuerpo vibra por las descargas.
Se me hacen insufribles los minutos que paso ahí. Veo la escena con el corazón encogido hasta que oigo la gran bocanada de aire que da el chaval y entonces siento que soy yo que el vuelve a respirar.
Suenan tres pitidos que indican que el combate ha terminado.
Él sigue vivo, pero creo…
Creo que mi carrera ya no.
Siete años antes
Tengo diecisiete años y las manos me pesan tanto que parece que llevo dos bloques de hormigón pegados a las muñecas.
El frío de los muelles de Las Vegas —ese frío seco que se te mete en los pulmones y te quema al respirar— no es nada comparado con el hielo que siento ahora mismo en la boca del estómago.
Es un vacío negro, un abismo que amenaza con devorarme en cualquier momento.
Camino por el callejón trasero del gimnasio de Will.
Mis pasos suenan extraños, pesados, como si estuviera aprendiendo a andar de nuevo.
No hay nadie. Solo el parpadeo errático de un cartel de neón que zumba sobre mi cabeza, bañando el asfalto de un rojo sangriento que me revuelve las tripas.
No quiero mirarme las manos. Sé que están calientes.
Sé que están manchadas. Pero lo que no puedo quitarme de encima es el sonido.
Ese puto crujido.
Si cierro los ojos, lo oigo otra vez. Es seco, como una rama de árbol partiéndose.
Un sonido limpio, definitivo. Y después, el silencio.
Un silencio que se ha tragado el ruido de los coches a lo lejos, el viento y hasta los latidos de mi propio corazón.
He visto cómo se quedaba ahí, tirado en el suelo gris, sin moverse.
Me he quedado mirando el hilo de sangre que empezaba a serpentear entre las grietas del cemento hasta que el pánico me ha estallado en las costillas y me ha obligado a correr.
He escapado hasta que me han ardido los pulmones, hasta que el sabor a hierro me ha llenado la boca, sin mirar atrás. Mi padre me había abandonado.
Y ahora estoy aquí, frente a la puerta de metal desconchada del gimnasio.
Tardo una eternidad en empujar la puerta.
Los dedos no me obedecen, resbalan sobre el pomo.
Cuando por fin entro, el olor a sudor rancio, cuero viejo y desinfectante me golpea la cara.
Normalmente, este olor me da paz. Es mi casa.
Pero hoy me da ganas de vomitar. Todo está a oscuras, excepto por la luz que se filtra por debajo de la puerta del despacho de Will, al fondo de la sala.
Los sacos de boxeo cuelgan del techo como cadáveres que esperan su turno, balanceándose apenas con una corriente de aire invisible.
Cruzo el gimnasio. Cada paso sobre la lona suena como un cañonazo en este silencio. Me detengo frente a su puerta. Noto que el temblor me ha empezado en las rodillas y se extiende por todo mi cuerpo.
Doy tres toques flojos. Casi espero que no me oiga. Pero la silla cruje dentro y la puerta se abre.
Will aparece ahí, con su camiseta gris manchada de café y una toalla al hombro.
Al principio no dice nada. Me contempla de arriba abajo, con esa mirada suya que parece que me esté leyendo la mente.
Sus ojos se detienen en mis nudillos, en el barro de mis vaqueros, en mi cara, que debe de ser un terrorífico poema.
—Kilian… —su voz es ronca, tranquila—. ¿Qué haces aquí a estas horas, chico? ¿Ha pasado algo?
Niego con la cabeza. Abro la boca, pero no sale nada. Solo un jadeo seco. Me apoyo en el marco de la puerta porque siento que el suelo se está inclinando hacia la derecha.
—Entra —me ordena, y su tono cambia. Ya no es curiosidad; es una alerta silenciosa.
Me siento en la silla de madera frente a su escritorio, lleno de papeles y trofeos viejos. Will se sienta frente a mí, pero no habla. Me deja espacio. Sabe que estoy a punto de explotar. Me miro las manos. La sangre se ha secado bajo las uñas y tiene un color oscuro, casi negro.
—Lo he matado, Will —suelto de golpe. Las palabras me salen de la garganta como trozos de cristal que me desgarran al salir—. He…, he matado a alguien.
El silencio que sigue es peor que el del muelle. Veo cómo Will se queda inmóvil. Sus manos, grandes, se cierran sobre la mesa. No se aparta de mí. No llama a la policía. Solo me mira, procesando el peso de lo que acabo de decir.
—Cuéntamelo todo —dice al fin. Su voz es una roca en mitad de mi tormenta—. Desahógate, Kilian. Suéltalo.
Y entonces, las compuertas se rompen.
—Solo era una pelea, una de esas apuestas de mierda en los túneles —empiezo a hablar rápido, atropelladamente.
Las palabras se me agolpan en la lengua—.
Él era más grande, Will. Mucho más grande.
Me ha acorralado y… me he asustado. He visto el odio en sus ojos y solo he querido que parara.
Le he pegado. Un solo golpe. En la mandíbula.
He puesto toda la rabia de mi padre, todo el asco que me tengo por hacer esto, en ese puto puño. Y he oído el crujido.
Me tapo la cara con las manos, pero no puedo borrar la imagen.
—Se ha caído hacia atrás. Ha golpeado el bordillo con la nuca.
El sonido ha sido distinto, entonces. No como un hueso roto, sino algo más definitivo.
Me he quedado esperando a que se levantara, Will.
Le he gritado que se levantara, que era un idiota, que no podía acabar así.
Pero sus ojos estaban…, estaban vacíos. No había nada ahí. Solo yo, reflejado en sus pupilas.
Empiezo a llorar. No es un llanto de película, es un sollozo feo, ronco, que hace que me vibre todo el pecho. Me siento pequeño. Me siento como un monstruo.
—Soy un asesino —grito, y el eco rebota en las paredes del gimnasio y me devuelve mi propia condena—. Mi padre tiene razón. Solo sirvo para destruir cosas. Soy basura, Will. Doy asco…
Will se levanta. No dice que todo va a estar bien, porque ambos sabemos que no es verdad. Rodea el escritorio y se arrodilla frente a mí. Me obliga a bajar las manos de la cara y me agarra por las muñecas con una fuerza que me ancla al presente.
—Mírame, Kilian —me ordena. Sus ojos están a centímetros de los míos.
Están llenos de una tristeza infinita, pero también de una protección feroz—.
Escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez.
Ese peso que sientes ahora mismo en el pecho…
no vas a cargarlo tú solo. A partir de este segundo, la mitad es mía.
—No puedes… —intento protestar, pero me corta.
—Puedo y lo voy a hacer. No eres un asesino de sangre fría, chico.
Eres un crío que ha nacido en un mundo que no nos deja otra opción que luchar.
Ha sido un accidente, una tragedia de las que Las Vegas escupe cada noche.
Pero yo no voy a dejar que esto te trague.
¿Me oyes? No te voy a soltar. Tienes mucho talento y potencial. ¡Eres mi mejor luchador!
Me agarra la nuca y me apoya la frente en la mía.
Su calor, el olor a tabaco y a sudor de su ropa es lo único que me mantiene unido a la realidad.
Siento que sus brazos me rodean, apretándome contra él, dándome el refugio que mi padre biológico nunca me ha dado.
En sus brazos no soy un asesino, no soy un activo para ganar dinero ni un estorbo.
Soy solo Kilian. Un chico de diecisiete años que acaba de romper su vida en pedazos y que parece que ha encontrado a la única persona en el mundo capaz de ayudarle a recoger los cristales.
—Quédate aquí —susurra contra mi pelo mientras sigo temblando—. Voy a cerrar. Nadie va a entrar. Mañana veremos qué hacer, pero esta noche, aquí, estás a salvo. Mañana negociaré algo con Arthur. Tú… no te preocupes. Me encargaré de que todo vaya bien.
Esa noche, mientras Will me limpia la sangre de los nudillos con una paciencia que me duele más que cualquier golpe, entiendo que mi lealtad hacia él no tiene límites.
Mi padre biológico me habría vendido a la policía antes de que el cuerpo de mi contrincante se enfriara, con tal de salvar su reputación.
Pero este hombre, en este gimnasio que se cae a trozos, acaba de elegirme a mí por encima de la ley, y con el paso del tiempo me demostrará que hará lo que sea con tal de no verme caer.
Me ha dado un hogar entre mis propias ruinas. Y eso, lo juro por lo que me queda de alma, es algo que nunca voy a olvidar.