Capítulo 4
K ILIAN
—¿Sabes que dicen que ya no estamos juntos? —pregunta Dawn al otro lado de la línea.
Pongo los ojos en blanco, aunque ella no pueda verlo. Ojalá me importase lo más mínimo.
—Y ellos qué saben…
—Pues eso, bebé, que hace mucho que no nos ven juntos fuera de los combates. La gente se está pensando que es puro show.
Intento controlar el sentimiento de repulsión que me da la nueva forma que le ha dado por llamarme.
Apoyo las manos en el lavabo y me miro al espejo. Menudas ojeras tengo…
Hago memoria e intento recordar cuándo fue la última vez que quedé con Dawn. Juraría que no ha pasado tanto tiempo.
—Mándame la noticia, que la lea —le pido, porque sinceramente me huele a gato encerrado.
Ella suspira. Me vibra el móvil en cuestión de segundos.
Leo el artículo.
No me puedo creer lo rápido que ha pasado. Con todas las cosas que tengo en la cabeza últimamente, he olvidado por completo que tengo una puta relación falsa y que, a su vez, hay que alimentarla. No soy capaz ni de mantener en pie mi reputación, como para mantener dos…
—¿Te viene bien comer mañana? —propongo con intención de solucionarlo para no provocar a mi padre.
—Perfecto, rey.
—Pues ya está, solucionado.
Mientras Dawn me cuenta cómo le ha ido en el balneario en el que acaba de estar, suelto a Sombra en el jardín interior, cierro la puerta de casa y me subo al coche.
Hoy empieza todo. De nuevo. Ponerme los guantes. Subirme al ring. Que griten mi nombre. Ganar el combate.
Espero que hoy no haya ningún niñato para distraerme. Porque llevaba una racha de tres años sin perder ni un solo combate, y lo del otro día me sentó como una patada en el estómago. Y el dolor aún no se ha ido. Sigue ahí.
—¿Me has oído?
—¿Qué? —respondo. Y me doy cuenta de que no me he enterado de nada de lo que me ha dicho en el último minuto.
—Kilian, ¿estás bien?
No.
—Agotado y sin ganas de nada, pero no me queda otra.
Arranco el coche y activo el manos libres para seguir hablando.
—Te va a ir bien, ya verás. Aunque, después de esto, a lo mejor te conviene un descanso.
Sí, justo ella va a saber lo que me conviene.
Voy a responder justo cuando me entra una segunda llamada.
—Me llama Ann. Te tengo que dejar —le digo mientras salgo de la urbanización de chalets y conduzco hacia el pabellón en el que empieza el torneo de los Locales.
—¡Suerte!
Cuelgo y le cojo la llamada a Ann.
—¡Buenas, buenas! ¡Hoy empezamos! ¿Tienes ganas?
Sonrío inconscientemente. Su buen rollo se me contagia al instante. Ella es la única a la que puedo considerar una amiga hoy en día.
—Pues no muchas. Tengo un cansancio acumulado…
Últimamente, las pesadillas se están intensificando hasta el punto de apenas dejarme dormir.
—¿Tú sabes que existen los cafés, las bebidas energéticas, los…?
—Cansancio mental, Ann. Me muero de ganas de poder apagar el cerebro por un día.
—Bueno, cariño, te entiendo. Tú solo recuerda que hoy, a la vez que empiezas, acabas una parte. Así que esfuérzate, que después estarás mucho más tranquilo.
—Gracias —respondo un poco más aliviado.
Cuando deja de lado la actitud de jefa, me cae cinco veces mejor.
—Pero tengo que hacer mi trabajo y recordarte alguna que otra cosilla.
A esto me refiero.
—Te odio.
—Lo sé, pero tienes que ganar ese combate. Quiero más campañas, y ya sabes que Venom quiere promocionarte y para eso tienes que ganar.
—Lo haré lo mejor que pueda. Pero, sí, ya sabes que eso está hecho.
Porque el contrincante que me ha tocado no parece muy duro.
Will y yo hemos estudiado durante la última semana sus combates, y creo que tengo la victoria más que asegurada.
De eso trata el boxeo: de conocer a tu oponente, de saber sus puntos débiles para así hacerte con la victoria.
Yo no tengo ningún punto débil. No físicamente. Mi padre se encargó de eso.
—Venga, mucho ánimo. Sé que están siendo unas semanas duras, pero esta es la parte mala.
«¿Y cuál es la parte buena?», siento el impulso de preguntar, pero no lo hago.
—Gracias, estoy llegando ya. Hablamos luego.
—¡Chao!
Salgo del coche y a través de las gafas de sol veo que empieza a acumularse la gente en la entrada del pabellón, por lo que decido ir por la puerta trasera para que ningún fan se acerque. No estoy de humor y lo último que necesito es más estrés.
El segurata me abre la puerta y me guía hacia los vestuarios, aunque sé perfectamente dónde están. Conozco casi todos los gimnasios de Las Vegas como si fueran mi segunda casa.
El olor a sudor me llega al entrar en los vestuarios, y ahí me encuentro a todos los contrincantes. Reconozco varias caras de boxeo y me anima ver que algunos de los que fueron mis rivales vuelven a presentarse. Habré ganado a más de la mitad.
Entre el gentío, encuentro a Will, que viene hacia mí.
—¡Buenas, crack! ¿Listo para ganar? —dice, y me da una palmada en el hombro.
Está de buen humor, no como yo. Cuando me ve encogerme de hombros, salta:
—Venga, macho, ¡si ni siquiera hemos empezado!
Con un resoplido, dejo el macuto con el material en el banquillo y me siento. Lo abro y saco las vendas.
Ese es el problema, que ni siquiera quiero empezar.
—Pues sí que tienes mal perder… —añade como quien no quiere la cosa, y yo lo fulmino con la mirada—. ¿Sabes algo de él?
Alzo la cabeza, asombrado. ¿Me está preguntando por Jackson?
—¿Por qué voy a saber nada de ese tío?
Lo último fue que le pedí disculpas delante de miles de personas, ¡incluso lo seguí! Y el muy capullo ni se ha dignado a responderme.
—Eh, calma —pide Will, advirtiéndome con la mirada.
—¿Qué pasa con él? —insisto. Porque que Will pregunte por una persona en concreto solo puede significar una cosa. En los seis años que lleva Will entrenándome, nadie le ha llamado la atención. Me temo lo peor.
—Pasa que lo del otro día fue una cagada y tengo que ver el modo de solucionarlo.
Me da un pinchazo en el corazón porque la culpa tras estos días no se ha ido.
—¿Y para qué lo quieres?
Will se quita la gorra y se pasa la mano por el pelo, resoplando. Hace calor aquí dentro.
—Me interesa. Daría buena imagen al gimnasio y creo que no tiene representante…
No puedo evitar soltar una carcajada, aunque no me hace ni pizca de gracia. ¿Cómo iba a tener representante alguien como él?
—¿Quieres entrenarlo?
—Tiene potencial. A las pruebas me remito…
Otro pinchazo por la ansiedad. Ya. Ya me ha quedado claro que perdí contra él, joder. ¿Por qué todo el mundo se ha empeñado en recordármelo constantemente justo antes de que salga a competir?
—Pero ¡si no es nadie! —exploto, y se me caen las vendas de la mano. Los luchadores desvían su atención hacia nosotros, curiosos.
—Pues para no ser nadie está ahora en el punto de mira de todo el mundo… gracias a ti —responde cogiéndome del suelo el ovillo de vendas y tirándomelo al pecho.
—¡Gracias a que es gilipollas! —digo bajando el tono de voz, y me levanto exasperado, encarándolo.
Esta es la segunda vez que insulto a Jackson.
—¡Eh! —me advierte apuntándome con el dedo. Sé que lo he cabreado. Los otros luchadores que hay en el gimnasio empiezan a murmurar—. Controla a la bestia.
Me intento tragar la rabia, pero me cuesta.
Porque sé perfectamente a lo que se refiere.
Mi mente viaja a la pesadilla de hoy. El mote de «La bestia» o «Killer» me seguirá hasta el fin de mis días.
Y porque es Will, que si no lo mandaría a pique ahí mismo.
¿Quiere entrenar a otro? Que lo haga, a ver qué pasa.
—Me ganó haciendo trampas.
—Me da lo mismo. Todo acto tiene sus consecuencias, así que hoy ganas y luego buscas al tal Jackson, a ver qué nos dice.
—Pero…
—¡No hay más que hablar! —corta, saliendo del vestuario y dejándome completamente solo entre mis contrincantes y sus entrenadores.
La gente vuelve a sus conversaciones en cuanto la puerta del vestuario se cierra. Joder, el puto pecho me va a estallar…
Estoy solo en esto. Lo he decepcionado y ahora quiere a otro.
¿Por qué cojones se le ha tenido que meter Jackson en la cabeza? Me ha ganado, pero él no sabe que fue porque me distrajo. Porque jugó sucio. Porque me chantajeó.
Guardo en una taquilla mis cosas y la cierro con estrépito.
Paso los siguientes veinte minutos sentado en el banquillo distraído con el móvil porque, a diferencia de los demás, que hablan entre ellos como si fueran colegas de toda la vida, yo no me llevo bien con nadie.
De hecho, nunca he intentado conocer a nadie.
Will siempre me lo ha dicho: «Centra toda tu energía en ti y en tu combate.
Crear vínculos con tus contrincantes es como cavar tu propia tumba».
La pierna se me mueve involuntariamente por los nervios. Me tiembla el móvil entre las manos mientras lo guardo en el macuto. Cuando me llaman por megafonía, me levanto y salgo en dirección al ring.
Tengo un nudo en la garganta por la puta ansiedad.
Noto cómo me gruñe el estómago y cómo se me nubla la vista mientras la gente corea mi nombre.
Nunca me ha gustado esa sensación. Solo tengo ganas de volverme y gritarles que se callen, que me olviden, que no quiero estar aquí. Que no soy lo que ellos creen.
Me tiembla la mano derecha al meterla en el guante negro que me tiende Will al llegar a mi esquina.
—Lo tienes —me dice.
Me quito la bata, salto para calentar varias veces y espero hasta que el árbitro nos presenta. Y cuando suena la campana, da comienzo la primera ronda.
Fulmino a mi contrincante con la mirada mientras me protejo la cara con los guantes.
Su nombre es Louis y me saca un par de dedos de altura, pero eso ya lo sabíamos.
Según sus vídeos, no es ni la mitad de ágil que yo.
Es algo más lento. Imagino que él también se habrá estudiado mis movimientos, pero a mí no me cabe la menor duda de que va a ser una victoria fácil… , si no me confío.
Me obligo a respirar. Él lanza un golpe que esquivo fácilmente, y le clavo uno en el costado, limpio y preciso.
Las gradas gritan. Mi pecho se encoge.
Dios, necesito soltarlo todo.