Capítulo 3
J ACKSON
—¿Quién te ha hecho esto?—me pregunta mi madre refiriéndose a la nariz partida. Desganada, saca una bolsa de guisantes del congelador.
—Un chico con el que me lie anoche —le respondo. Cojo la bolsa que me tiende y me la pongo en la nariz con cuidado. Al instante, noto cómo me palpita por el frío.
—¿Y te lo merecías?
—Pues, si te soy sincero, eso creo.
Mi madre pasa a mi lado y vuelve a sentarse en el sofá. Coge el mando y reanuda la serie que estaba viendo. La ansiedad reaparece en mi pecho. Sé que no va a volver a hablarme más.
Siempre igual. Se despierta, se sienta en el sofá y pierde el día entero mirando la pantalla. Con un poco de suerte, coge el portátil y avanza algo de curro. Pasa todo el día en casa desde que mi padre falleció y apenas puede sacar adelante artículos para el periódico.
Sinceramente, tenía la esperanza de que al volver a Las Vegas todo cambiase, pero no. Ni siquiera parece que la medicación le esté haciendo efecto. Puede que incluso le esté perjudicando. Y parece no darse cuenta de que poco a poco se le está yendo la vida.
Y yo lo intento, ayudarla de todas las maneras posibles, pero siento que la depresión le impide dejarse ayudar. Así que en estos dos meses he aceptado que lo mejor que puedo hacer para apoyarla es hacer las tareas de casa: cocinar y limpiar. Quitarle labores y preocupaciones.
Y, joder…, entiendo su dolor con toda mi alma, pero es una situación que, sumada a todo lo demás, me cuesta manejar.
Intento no ser egoísta, pero a mis veintiún años debería tener de vez en cuando un respiro.
Porque, vale, no estudio. En Londres trabajaba ocho horas al día en una obra de mierda.
Vivimos allí tres años por un traslado del trabajo de mi padre y, tras su muerte, aguantamos dos meses hasta que decidimos volver a Las Vegas por temas de dinero.
Porque ese era otro gran problema. El dinero de los cojones.
Facturas, deudas, medicaciones y más mierdas.
Mi padre no nos lo había dejado nada fácil.
De hecho, nunca fuimos una familia adinerada; todos los meses sudábamos por llegar a final de mes.
Y por eso hemos vuelto. Porque mi madre, que era profesora, tuvo que renunciar al trabajo porque se pasaba todas las clases llorando sin parar.
Y sin los ingresos de mi padre, no podíamos seguir pagando el alquiler de Londres.
Por lo que, finalmente, volvimos a nuestra casa comprada de Las Vegas y mi madre ha acabado escribiendo artículos para el periódico de su amiga.
O por lo menos lo intenta. Mientras tanto, yo busco curro donde sea, aunque lo que de verdad me gusta siempre ha sido el boxeo.
Vivo con la fe de llegar algo lejos, por lo menos lo justo para vivir de ello.
Pero la vida es eso, sueños, y los sueños, sueños son.
Me cae una gota de agua en el pecho. La bolsa se está derritiendo. Suspiro mientras la vuelvo a dejar en el congelador y luego saco algo para preparar la cena.
Busco el móvil por la cocina. No está. Pongo los ojos en blanco.
Siempre me despego del móvil como si fuera algo tóxico.
Apenas lo uso. Y luego pasa lo que pasa: que no me entero de nada nunca, porque aunque tenga redes he desactivado todas las notificaciones.
Odio que me vibre el teléfono y me corte lo que esté haciendo.
Lo siento como un perro saltando en tu pierna para llamar la atención aunque tú estés a otras cosas.
Y la verdad es que para la ansiedad y la facilidad que tengo para distraerme, no me viene muy bien.
Subo a mi habitación y por fin lo encuentro sobre mi escritorio.
Bajo con él y busco cómo hacer un plato nuevo. Me gusta cocinar, pero me aburre hacer siempre lo mismo. Que si macarrones, que si estofado…
Suspiro otra vez. Mi madre merece algo más que eso.
Pongo un tutorial sobre lo primero que me sale: pollo al limón con alguna que otra especia. Y acto seguido lo empiezo a preparar. Una vez listo en la bandeja, lo meto en el horno.
Me acerco a mi madre y me siento al lado de ella en el sofá.
—Tienes la cena en el horno. Sácalo en veinte minutos, ¿vale?
Ella asiente y yo le doy un beso en la mejilla.
—Voy a salir con Dean y estos. Volveré tarde.
—Vale, cariño. Ten cuidado y avísame cuando llegues, ¿eh?
Esa respuesta hace que me sienta mucho mejor. Suena a quien era antes de que mi padre se fuera.
—Por supuesto —digo antes de levantarme.
Cojo el móvil para poner música y me encuentro con que tengo varias llamadas perdidas de Dean de hace unos minutos. Tenía el móvil en el modo no molestar. Odio hablar por teléfono, pero acabo llamándolo, por si las moscas.
Dean no suele llamarme.
Mientras, subo a mi habitación. Suenan los primeros tonos.
—Tío, mira Twitter —me indica apurado.
—¿Qué?
—¡Que mires Twitter!
—No tengo Twitter —respondo mientras abro el grifo de la ducha para empezar a prepararme para esta noche—. ¿Qué te vas a poner?
—¡No me cambies de tema! Mira lo que te voy a pasar, porque sigues teniendo el Was instalado, ¿no?
—Sí.
Oigo cómo él suspira por el altavoz.
—Gracias a Dios… —dice, nervioso.
—¿Qué cojones te pasa?
Saco del armario unos vaqueros negros, una camiseta de tirantes blanca y unos bóxers.
Me vibra el móvil, y me lo aparto del oído para mirar la pantalla.
—¿Qué coño…?
Leo las barbaridades que están poniendo sobre Kilian y mi corazón empieza a latir más fuerte. Fotos y vídeos del momento exacto en el que me partió la nariz con miles y miles de likes, con comentarios despectivos hacia él y, a su vez, buenos para mí.
—¡Te has vuelto famoso! —grita Dean, animado. Me masajeo la sien.
—Sigo sin entender nada… —confieso mientras me quito la ropa para ducharme—. Ahora te escribo y me cuentas bien. Estoy en nada.
—Genial. ¡Hoy es en casa de Sarah!
—Que sí, peque. Ahora te veo —digo antes de colgar.
Me parece curioso todo el revuelo que ha causado lo del puñetazo. Me descargo Twitter y leo algún que otro titular que me hace negar con la cabeza.
Dudo mucho que esto le joda la carrera a Kilian. Por muy imbécil que haya sido, en realidad ha sido una gilipollez. ¿Cuántos boxeadores se pelean a diario?
Es que ni siquiera creo que sea tan grave, pero me entretengo tanto leyendo comentarios que me apoyan y que dejan a Kilian por los suelos que el espejo del baño se llena de vapor. Apago el móvil y me meto en la ducha.
Me imagino un escenario en el que la gente escucha lo que le dije en el ring. Mis provocaciones. Donde la gente sabe que, en realidad, el culpable soy yo y que me lo merezco. ¿Se liaría muy parda si se enterasen de que le puso los cuernos a su novia conmigo?
Seguramente sí, y más tras todo el revuelo que está teniendo la tontería. Supongo que ese es el precio que pagar por ser famoso. Que, si das un paso en falso, la gravedad de este se multiplica por mil.
Cuando por fin acabo de arreglarme, me pongo la chupa de cuero que me regaló mi padre y salgo de casa. Saco del compartimento de la moto el casco, me lo pongo y me subo en ella.
Vivo a las afueras de Las Vegas, así que dependo principalmente de ella o del transporte público.
Pero me encanta la sensación. Acelerar y notar el viento cálido en el pecho. Porque en Londres tenía que abrigarme hasta las trancas, pero aquí el clima es mucho más agradable.
En unos veinte minutos de trayecto, llego al edificio de Sarah, una de mis primeras follamigas de cuando era un adolescente.
El recuerdo fugaz de cómo follábamos casi a diario en el instituto me hace sonreír.
Tengo ganas de verla de nuevo. Este es el primer momento libre que tengo después de todo.
Aparco la moto malamente en el rellano del edificio antes de llamar a Dean. Me lo coge y me dice que acaba de subir, así que yo hago lo mismo.
Cuando entro al edificio, una serie de recuerdos se proyectan en mi mente. Menuda puta nostalgia. Aquí han pasado tantas cosas…
Llamo al ascensor.
Sarah López siempre ha sido quien hacía las fiestas de clase. Incluso algún que otro cumpleaños mío he celebrado aquí. Creo recordar que fueron mis diecisiete. Ella juntaba a todos sus amigos en su ático situado en el centro de Las Vegas, y nos pegábamos unas fiestas increíbles.
Tras tres años fuera, me pregunto si quedará algo de lo que fuimos. Lo que tengo claro es que a mí me apetece mucho jugar.
—¡Jacky! —grita ella al abrir la puerta, entusiasmada. Su abrazo me pilla desprevenido.
—Había olvidado ese mote tan horrible —le digo sonriente, apartándome.
No me siento a gusto con las muestras de cariño, no desde…
Sarah me coge del brazo y me arrastra hacia la fiesta.
—¡No me creo que estés aquí! Vamos a ponernos al día. ¡YA! —grita por encima de la música.
Pasamos entre una multitud de gente bailando y berreando las canciones que suenan demasiado altas hasta llegar a la cocina.
—¿Y Dean? —pregunto tras escanear la estancia y no encontrarlo por ninguna parte.
—Por ahí estará con Raven.
No puede ser.
—¡¿Raven Race?!
Sarah asiente y saca del frigorífico una botella de alcohol.
—No me lo puedo creer. Ese gilipollas se metía con él en el colegio. ¿Cómo coño…?
—No has visto lo bueno que se ha puesto estos últimos años —me interrumpe—. Sus granos se esfumaron y, puf, Dean cayó bajo sus encantos.
Cojo la copa que me da y le pego un gran sorbo. Lo necesito. Esa información ya la gestionaré más tarde.
Ella se acerca y me coloca su mano libre en el pecho, dándome golpecitos rítmicamente con las uñas.
Atrapa mi colgante con la mano como si fuera una araña moviéndose por su telaraña.
Yo le paso la mano con la que no sujeto la copa por la cintura y la atraigo más hacia mí.
Así es nuestra dinámica, y me alegro de que no haya cambiado nuestra química.
—¿Y ese piercing? —pregunta, refiriéndose al que me hice en la ceja.
—Del año pasado. Me lo hice cuando me partieron la ceja por primera vez.
—¿Sigues con lo de las peleas? —dice llevando su mano al piercing con curiosidad. Lo acaricia con cuidado y juega con él. Solo me siento cómodo con el contacto físico si tiene alguna connotación sexual.
—Aún no he vuelto a las ilegales, pero ya sabes… —le respondo, bajando el tono de voz.
—Ya.
No hace falta que siga hablando. Dean y ella son los únicos que saben de mi situación.
Lo han vivido todo a mi lado. Hasta me acompañaron a la primera pelea ilegal con dinero de por medio.
Una noche que acabamos queriendo olvidar cuando apenas teníamos diecisiete años.
Volvimos a mi casa y fingimos que no había pasado nada.
Sarah convenció a mis padres para que nos dejasen quedarnos hasta tarde viendo películas.
Bajo la mano por su espalda y le acaricio la espina dorsal mientras ella la arquea sutilmente.
Me gusta no tener que explicarme. Me gusta no tener que cuestionar si tocarle el culo ahora mismo sobrepasa algún límite.
Porque nuestros cuerpos se reconocen y saben perfectamente quiénes somos el uno para el otro.
Y aunque Sarah fuera una follamiga, la segunda parte de esa palabra era la base de nuestra relación.
Y eso es lo que más me importa, porque ella era quien me curaba las heridas o incluso me maquillaba las más notables para que mis padres no se molestasen demasiado.
Ella era quien me ayudaba a evadirme cada vez que me metía entre sus piernas cuando no podía más. Y, joder, la había echado de menos.
Me acabo la copa del tirón y la dejo sobre la mesa donde estoy apoyado.
—¿Tú no tienes nada que contarme? —pregunto atrayéndola hacia mí con las dos manos.
—Pues, ya sabes, lo básico: sigo estudiando moda y tal.
Cuelo la mano derecha por la cinturilla del short azul que lleva y noto cómo se le eriza la piel ante mi tacto.
—¿Y te gusta? —le pregunto al oído. Quiero ver si sigue deseándome de la misma manera en la que lo hacía.
—¿La carrera o que me metas mano? —pregunta dejando la copa en la mesa tras de mí.
—La carrera. Lo segundo lo tengo claro…
Los pantalones ya empiezan a apretarme en la entrepierna.
—¡Ey! —oigo que grita alguien a nuestra espalda—. ¡No te había visto!
Dean aparece sonriendo y Sarah se separa de mí con cuidado para coger de nuevo su copa.
—¿Cómo estás, tío? —le pregunto, dándole la mano. Pero él la ignora y me abraza.
Doy un paso atrás, anhelando tener mi espacio.
—Súper, la verdad. ¿Tú cómo llevas tus cincuenta mil seguidores?
Me quedo helado.
—¡¿Mis cincuenta mil qué?! —pregunto a la vez que saco el móvil del pantalón lo más rápido que soy capaz. Noto cómo el corazón me late con rapidez.
Tiene que ser un error.
El teléfono no me reconoce la cara al instante y, nervioso, tecleo la contraseña.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Sarah, curiosa, y se asoma para ver la pantalla.
Me meto en Instagram.
No me lo puedo creer cuando entro en mi perfil y veo la cifra.
Cincuenta mil seguidores…
Entro en las notificaciones y veo que hay comentarios y menciones en una publicación.
Pongo los ojos en blanco cuando encuentro el motivo.
«@KilianFierce te ha mencionado en un post».