Amor contra las cuerdas Capítulo 2
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Capítulo 2

K ILIAN

—¿Seguro que no quieres que vaya contigo? —me pregunta Dawn saliendo del coche.

—Seguro —afirmo, seco.

Ella se echa el bolso de marca al hombro y frunce el ceño. Es la primera vez que la veo con ese bolso. Noto un pinchazo en el corazón. ¿Se lo habrá comprado con el dinero que le da mi padre?

—¿Es que te has propuesto cagarla en todos los ámbitos de tu vida o qué?

Su comentario me deja petrificado. Ahora suena como él.

—Pero ¿de qué vas?

—No sé. Nunca pasamos tiempo juntos, le partes la nariz a ese crío, ya no subes campañas… —Dawn suspira—. Te estás jodiendo la vida. Abre los putos ojos.

—Mi vida ya está jodida desde hace tiempo. Esto es lo último que necesito ahora mismo.

Sabe lo agobiado que estoy. Sabe que necesito centrarme. Sabe todo lo que está pasando en mi cabeza, ¿y aun así me lo reprocha? Es como si no hubiera vivido a mi lado todo lo malo que he pasado estos años, como si se hubiera olvidado de la mochila que llevo en la espalda.

—Solamente me preocupo por ti…

Me pongo las gafas de sol, exasperado.

—Nos vemos, Dawn —digo maniobrando con el coche. Sé que si me quedo voy a enfadarme más y no quiero decir cosas de las que luego puedo arrepentirme.

—Avísame cuando llegues.

Suspiro y subo la música en cuanto acelero. Le doy al botón para quitar la capota del coche y el viento me da en la cara.

No quiero pensar más en lo sucedido en el ring. Dawn ha estado echándome la bronca todo el camino a su casa y a mí solamente me apetece estar en la mía antes de tener que enfrentarme a ello.

Porque he sido un completo imbécil. ¿Cómo leches se me ocurre pegarle con el combate terminado?

Da igual que fuera un amistoso. Da igual que mi contrincante fuera el mismo chico con el que me lie en la discoteca y que se haya ganado el puñetazo provocándome.

Todo eso da igual. Porque, a diferencia de él, yo tengo una reputación que mantener y esto podría fastidiarme la carrera, incluso la vida. Ya me había avisado mi padre. No me quedaban más oportunidades. El gato se ha quedado sin vidas.

¿Cómo he podido meter la pata así? Que era yo el invitado especial de la velada. Que he cobrado dos mil dólares simplemente por ese mísero combate.

Según Will, la mitad de los espectadores estaban ahí para verme ganar. Una vez llego a casa, empiezo a notar la ansiedad en el pecho mientras cierro la puerta del coche con desgana.

Vivo solo en un chalet en Summerlin, un barrio adinerado de Las Vegas, cerca de la casa de Dawn.

Lo único que me ha dejado mi padre a cambio de todo por lo que pasé por su culpa.

Como si joderle la vida a un hijo pudiera solucionarse con una casa moderna y gigantesca en la que no podría sentirme más solo.

Otra cosa con la que me premió fue con su desaparición. Yo solo tenía que ceñirme al plan y él no volvería a verme. Seguiría moviendo los hilos desde las sombras sin molestarme.

Pero, cómo no, he tenido que cagarla así por un chico que ni siquiera conozco.

Por suerte, cuando entro en casa, Sombra aparece para recibirme. Sus ladridos y llantos de felicidad al verme me tranquilizan un poco. Ella hace que no me sienta solo y le da razón a mis días. Incluso puede ser que sea lo único que me mantiene cuerdo.

—Ya está, ya está… —trato de calmarla, aunque sé que el pomerania negro va a seguir saltando igualmente le diga lo que le diga.

Entro en el dormitorio mientras noto cómo el móvil me vibra sin cesar en el bolsillo.

Dejo la bolsa de deporte de marca en el suelo y me siento en la cama.

Sombra se sube a mi lado, eufórica. Empieza a lamerme el antebrazo en el que tengo tatuado un cuervo con tres ojos, símbolo de una de mis sagas favoritas.

La cojo en brazos y la acaricio, más por tranquilizarme a mí que a ella.

No sé qué haría sin Sombra.

Por un momento, deseo poder teletransportarme a una isla desierta con mi perra, infinitos libros y comida. Sería tan feliz…

Pero no. Por desgracia, mi móvil sigue sonando y vibrando hasta que no puedo más y acabo apagándolo. No sin antes ver que tengo varias llamadas perdidas de mi representante y de mi entrenador.

Suspiro y me levanto de la cama. Sombra me mira desde el colchón con la cola inquieta y la lengua fuera.

Agradezco que mi padre me prometiera hace años no volver a escribirme, porque, si no, sé que entre todas las llamadas habría una suya.

Me quito la camiseta de camino al baño, que está comunicado con mi habitación.

Abro el grifo de la ducha y le pido al asistente digital que reproduzca «Born to Die», de Lana del Rey. Necesito este rato para mí. La psicóloga siempre me lo ha recomendado, y la verdad es que desde que me dedico tiempo llevo todo mucho mejor.

La música empieza a sonar. El vapor indica que el agua ya está lo suficientemente caliente, así que me desnudo por completo y entro. En cuanto el agua choca con mi cuerpo, noto un placer indescriptible. Todos mis músculos se relajan.

«A ver, Kilian…, ¿qué es lo peor que puede pasar?».

Al instante me viene mi padre a la cabeza, pero me obligo a bloquear ese pensamiento.

Pienso en Ann, mi representante de redes sociales, gritándome por haber abandonado el gimnasio sin despedirme. Seguramente también me eche en cara que yo era el invitado, que tendría que haberme quedado ahí dando buena imagen. Y yo he hecho todo lo contrario.

Porque pegar a un contrincante fuera de tiempo de lucha es una falta grave, pero para ella haberme marchado es mucho peor. Ann no se mete en temas de boxeo, para eso ya está Will.

Menos mal que ha sido en un amistoso…

Pero es que, joder, en cuanto lo vi en el ring mi mundo se puso bocabajo. No me gusta reconocerlo, pero me asusté mucho. Porque, a ver, no es lo mismo liarme con un chico en un garito pordiosero donde nadie me reconoce que de pronto este sea mi contrincante y que, encima, tenga ganas de juerga.

Es que literalmente me ha amenazado con destrozarme la vida entera sin saberlo. ¿Qué clase de persona hace eso?

¿Que yo no ayudé y que me lo había ganado a pulso liándome con Dawn delante de sus narices? Pues puede ser, pero no sé… Me daba morbo la situación. Y se me fue de las manos.

En cuanto vi la mirada de celos de Jackson, supe que le había dado demasiado poder.

Y, encima, me ha ganado justo en el combate que todo el mundo esperaba que ganase yo.

Mis fans habían venido a verme ganar a un cualquiera, y sé que los he decepcionado por todos lados…

Suspiro.

Menudo niñato…

No suelo insultar, pero es que lo ha demostrado con creces.

¿Quería ganar? Pues ya está. Ya tiene lo que quería.

Y encima el muy tramposo ha jugado sucio.

Pero, bueno, no tenía manera de ganarme si yo hubiera estado centrado.

Al menos, ha demostrado tener buena técnica física y de manipulación, eso es innegable.

Me río sin creerme aún la situación. Me enjabono el cuerpo con un gel que tengo que promocionar más tarde en un post y me sorprende la cantidad de espuma que hace.

Luego está mi entrenador: Will, a quien sé perfectamente que también he decepcionado.

Pero, bueno, en resumidas cuentas, respecto a Jackson no puedo hacer nada más que esperar que no se vaya de la lengua.

Lo demás lo resolveré estos días rápidamente con cualquier tontería que se me ocurra.

La gente se olvida muy rápido de estas movidas en las redes.

Con que no me la tengan jurada los de la parte de boxeo, me sobra, aunque en el fondo me da miedo.

Las personas que siguen los deportes suelen ser algo rencorosas respecto a los errores que cometen los deportistas.

Un jugador de fútbol se cambia de equipo y eso le seguirá por el resto de su vida.

Salgo de la ducha oliendo a café, cortesía del nuevo gel, me seco el cuerpo con una toalla y me la enrosco en la cadera. Paso una mano por el espejo para verme.

«En qué lío te has metido, Kilian…».

Tomo aire, lo suelto lentamente y decido hacer lo correcto, o mejor dicho, lo correcto para los demás, ya que no creo que sea muy bueno para mi salud mental.

Enciendo el móvil y dejo que cargue mientras me pongo ropa interior y la parte inferior del pijama.

Plin, plin, plin.

Me siento en la cama y reviso las notificaciones por encima.

Twitter arde. Mi WhatsApp revienta e Instagram ya ni te cuento.

Empiezo por las llamadas. Primero a mi representante, que no tarda ni medio tono en cogérmelo.

—Antes de que me chilles, déjame hablar —le pido mientras abro una ventana.

—¡Como vuelvas a apagar el móvil en plena crisis, te juro que te echo! —grita Ann, agobiada—. Empieza a contarme esa excusa que te has preparado. Más te vale que sea buena, ¡porque si no…!

—Que sí…, que me echas —digo con una sonrisa. Puedo imaginármela perfectamente en su casa dando vueltas de lo agobiada que está—. A ver, sé que lo he hecho mal.

—Bueno, ¡lo primero es reconocerlo!

—No lo entiendes… —le rebato. Porque es cierto.

—¡Pues explícamelo!

A la mierda.

—Nos liamos antes del combate —confieso. Porque a ella nunca le escondo nada.

—¡Serás caradura!

—¿Puedes dejar de gritar? —pregunto, separándome el móvil del oído—. Te cuento.

Y eso es lo que hago, no dejar nada en el tintero. Desde que lo vi bebiendo solo en la barra de la discoteca hasta que acabamos compartiendo el aliento. También le explico por qué me provocó. Y parece que lo entiende perfectamente.

—Madre mía, menuda fantasía homoerótica. Pero tú también lo provocaste liándote con Dawn en su cara. ¿Ella lo sabe? —pregunta divertida.

—No, aún no.

—Por supuesto que no. A ver, no voy a ser yo quien te diga lo que tienes que hacer ni cómo tienes que vivir tu vida, pero teniendo claro cómo es Dawn y el trato que tenéis con tu padre, quizá debes de llevar cuidado.

—Ya… Aunque no irá a más, y menos después de la que se está liando…

Al otro lado, Ann suspira.

—Mira, respecto a eso…, tienes suerte de que se haya hecho viral el puñetazo, porque la campaña con Everlast sigue adelante. Has hecho más números de lo que se esperaba y aun así están contentos con el resultado.

Esta vez soy yo el que suspira, aliviado.

—Pero pegar a un novato fuera de tiempo ha enfadado a muchos y esto te perjudica única y exclusivamente a ti. Puede que la gente ya no te vuelva a tomar como un tío que juega limpio, independientemente de que os hayáis liado.

Pasan unos segundos en los que digiero sus palabras.

—Ya, fue una cagada…, pero…

—Ni pero ni nada. Ahora me escuchas. Te voy a decir lo que tienes que hacer.

Me levanto de la cama para ponerme una sudadera mientras activo el altavoz.

—Dime.

—Sigue con las campañas que tienes como si nada. Pero quiero que subas un tuit pidiendo perdón a la gente y a Jackson por no haberte controlado.

—Imposible —respondo por acto reflejo—. No quiero que se me siga asociando con él.

—Por eso mismo. Hazlo y cierra el asunto de una vez. Baja el orgullo y el ego. No quiero que pierdas seguidores por esta gilipollez.

En parte, tiene razón. No tengo por qué volver a verle nunca más y, si cierro este capítulo ahora, no peligrará mi carrera en un futuro.

—¿Y bien? —vuelve a preguntarme.

—Ahora te mando lo que escriba.

—¿Ves? A veces eres un amor.

—Siempre soy un amor contigo y lo sabes —le recrimino.

Que haya rebajado el tono hace que el nudo que se apretaba cada vez más en mi pecho se desate un poquito. Llevo muy mal que la gente esté enfadada conmigo.

—Llámame ahora, anda —me pide.

—A sus órdenes, comandante —le respondo en broma, y cuelgo con una sonrisa.

Miro hacia la cama y veo a Sombra dormir plácidamente. Suspiro de nuevo. Cuanto me encantaría ser ella ahora mismo.

Me siento a su lado y le acaricio entre las orejas mientras abro Twitter.

Lo primero que leo son titulares como: «Un nuevo luchador vence a Killer sin esforzarse». Se me contrae el corazón al leer mi mote. «Kilian Fierce pierde los estribos fuera de un combate y le parte la nariz a su contrincante». «Kilian baja la guardia por un tal Jackson Blake. ¿Es este su fin?».

Menudos exagerados… No me puedo ni imaginar qué pasaría si se enterasen de que, además de partirle la nariz, también le había comido la boca. Así es siempre el mundo de las redes sociales y, joder, yo en realidad no quiero entrar en él.

Normalmente, cualquier tipo de celebridad acaba obligada a subir cosas, porque así es como se mantiene a la audiencia. Si eres cantante, subes cosas sobre tu música. Si eres escritor, sobre tus novelas. Y, por consiguiente, si eres boxeador, sobre tus combates.

Lo bueno que tiene esto es que cada mes, por subir unos vídeos con tu cara bonita, puedes llegar a ganar una fortuna por diferentes campañas o eventos. Esa es la única razón por la que sigo en el mundillo.

Dawn, quien empezó siendo mi mejor amiga y acabó como mi novia de cara al público, también está metida en este mundo.

Ella es una barba, como suele decirse. Mi padre le paga una millonada para que así siga siendo.

Porque sí, no soy bisexual. No me siento nada atraído por las mujeres. Soy gay y punto, y, en realidad, no tengo ningún problema con ello, pero sí es cierto que aún no he encontrado ni el momento ni las ganas de contarlo. Total, que hago lo que quiera con quien quiera.

Empiezo a escribir un texto simple y directo, como hago siempre, y cuando termino se lo mando a Ann.

Mientras me responde, voy a la cocina a prepararme la merienda: un bol de fruta con yogur y un café con caramelo.

Normalmente, Will no me deja tomar azúcar, pero mi café con caramelo no me lo quita nadie.

Suficiente tengo con seguir su dieta estricta midiendo hidratos y proteínas constantemente. Llevo haciéndolo años.

De pronto, me vibra el móvil mientras abro el frigorífico y, antes de sacarlo del bolsillo, ya imagino de quién se trata.

—¿Te has caído de un árbol o es que eras gilipollas y yo no lo sabía? —me pregunta Will, mi entrenador, en cuanto descuelgo.

—Buenas tardes a ti también —respondo mientras corto la fruta. Sombra se sienta, me mira y me pide un trozo con la mirada.

—Joder, macho, te dejo solo porque es un amistoso, ¿y vas y la cagas de esa manera?

Ahora me toca escuchar su sermón.

—Perdona, Will, no quería…

—No sé qué coño querías, pero tienes los Locales la semana que viene. Por si lo habías olvidado, me representas. A mí y a mi gimnasio, y nos has dejado por los suelos. Más te vale arreglar lo que has hecho —añade antes de colgar sin dejarme responder.

Lo he decepcionado, me queda claro.

Y eso duele. Sobre todo cuando ha sido el único que creyó en mí desde el principio y no ha dejado nunca de entrenarme. Pero es lo que toca, porque esta vez me lo merezco y mucho.

El nudo en mi pecho vuelve a tensarse. Porque por muy duro, frío y estricto que sea Will, siempre lo he sentido como la figura paterna que mi padre nunca fue.

Así que, en cuanto veo que Ann me da el visto bueno al texto, lo copio en Twitter e Instagram y lo publico.