Amor contra las cuerdas
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Capítulo 1
J ACKSON
Antes de que llegue el golpe, sé que su puño va a acabar en mi cara, al igual que anoche sabía que sus labios acabarían comiéndose los míos. Para mi sorpresa, las mismas manos que ayer se aferraban a mis caderas con deseo hoy quieren golpearme.
El primer puñetazo me lo esperaba. Debería haberlo esquivado más rápido, pero he sido incapaz. Solo oigo a la gente en las gradas gritando el nombre de mi oponente.
—¡Kilian! ¡Kilian! ¡Kilian!
¿Cómo coño no lo reconocí cuando me lo dijo en la discoteca? Joder, si su nombre salía en mayúsculas en el cartel del torneo.
Esquivo otro golpe y contraataco por el lado que tiene descubierto.
Sus casi dos metros de altura no me intimidan. Al igual que no me intimidaron ayer cuando clavó sus ojos grises en los míos. Se acercó con chulería. Yo le sonreí sin miedo. Y así de simple, me cogió de la nuca para chocar mis labios contra los suyos.
Cuando consigue acertar el primer golpe, me doy cuenta de que todo está perdido. El público grita cuando acierta a propinarme uno de los mejores ganchos que me han dado jamás. La mandíbula me late con fuerza.
Aturdido por el impacto, recuerdo cómo ayer deslicé la mano desde su cuello hasta su hombro tatuado, palpando sus músculos con descaro.
Esos mismos tatuajes, ahora brillantes por el sudor, anoche parecían cobrar vida bajo la luz de los neones.
Y aunque tuviera un cuerpo de infarto, en este mismo momento el deseo que sentí ayer se esfuma como vapor en el aire.
No cabe duda: el muy capullo ansía venganza. Me ha reconocido. Y ahora quiere demostrar que manda él, aunque solo se trate de un combate amistoso. Pero está muy equivocado.
Nada más volver a Las Vegas con mi madre, me informé sobre veladas de boxeo y me apunté a lo primero que vi sin prestarle mucha atención.
Un torneo amistoso gratis sin complicaciones y sin muchas reglas.
Encima participan boxeadores de renombre.
Si gano el combate, podría darme a conocer fácilmente en el mundillo e incluso podría volver a ganar dinero.
Necesito currar de nuevo y esta parecía la mejor opción.
¿Qué podría salir mal?
Pues aquí tengo la respuesta. Porque he olvidado que la vida me la tiene jurada desde hace unos meses. Y, cómo no, el regreso a Las Vegas no iba a ser una puta excepción.
Él me fulmina con la mirada a través de los guantes, cubriéndose. Yo le lanzo un puñetazo directo a la cara, pero lo detiene con los brazos.
No tiene sentido que combata contra él. La organización ha sido pésima.
¿Cómo pueden enfrentar a dos personas tan distintas?
Todo ha sido un puto malentendido. Uno que solo me perjudica a mí, porque no medimos ni pesamos lo mismo, y el boxeo, por muy crudo y frío que sea, sigue siendo un deporte con reglas. Muchas reglas.
No pegues en la espalda, no uses las piernas, nunca al cuello…
Mientras me las enseñaba, mi entrenador de Londres me decía constantemente que era muy bueno, que tenía buena técnica y que se notaba que llevaba prácticamente la mitad de la vida boxeando, pero, joder…, mi formación parece ser incomparable a la suya…
Todos los presentes que sepan un mínimo de boxeo estarán enterados de la situación: está siendo un combate injusto.
Eso significa una sola cosa y explica la razón por la que me habían admitido tan rápido en el torneo: quieren un espectáculo.
Y yo solamente necesito darme a conocer de nuevo en el mundo del boxeo.
En Londres todo era mucho más fácil, pero aquí, en Las Vegas, la cumbre de este deporte, es infinitamente más difícil hacerse un hueco.
Ganar a una leyenda no parecía tan difícil.
Al fin y al cabo, siguen siendo personas.
Pero, en el momento en el que esa persona mide casi dos metros y está mazado como un toro, yo dejo de ser un rival para él.
Ahora mismo soy una presa, y eso tiene que cambiar.
Kilian me guiña un ojo antes de devolverme el ataque, pero no me dejo distraer. Lo esquivo y vuelvo a contraatacar.
Uno-uno, dos-dos.
Este esquiva los puñetazos como quien esquiva a su perro por su casa.
Monótono. Fácil. Sencillo pero preciso.
La gente grita con cada golpe que él acierta. Está claro de qué parte están. ¿Quieren un espectáculo? Pues lo van a tener.
La vista se me desvía por inercia. ¿Cómo puede alguien tener los abdominales tan marcados?
Un perfecto croché me cruza la cara y se me nubla la vista. Todo me da vueltas, pero consigo volver en mí en menos de dos segundos. Rápidamente, vuelvo a cubrirme la cara con los guantes negros desgastados.
Eso me pasa por distraerme.
Un dolor me atraviesa la cabeza como si de veinte agujas clavadas se tratase. Cómo me ha jodido ese golpe…
Tuerzo el gesto y saco a la bestia que llevo dentro. Me recuerdo por qué estoy aquí y me olvido de que el chico al que estoy pegando es la misma persona que ayer me besaba con fiereza.
Le gano terreno lanzándole puñetazos perfectos que le hubieran partido la cara de no ser porque los esquiva sin ningún tipo de dificultad. Me para el último, cambia de lado ganándome espacio y acierta un gancho directo al estómago que hace que se me corte la respiración.
El ruido de las gradas aumenta con los gritos de admiración hacia Kilian, y me siento pequeño por primera vez en un ring.
Doy un traspié. Mierda. No puedo respirar…
«Jackson, céntrate. Controla la puta ansiedad, que ya no tienes quince años…».
El árbitro se acerca rápidamente y nos separa. Nos da unos segundos de descanso antes de la próxima y última ronda. Llevamos nueve y me siento exhausto.
Me siento en el taburete que un chico de la organización ha colocado en el rincón opuesto. Abro la boca y este me acerca la botella de agua. En estos momentos echo de menos a Denny, mi entrenador en Londres.
Aquí no he encontrado aún a nadie que quiera entrenarme, por eso es un completo desconocido el que me echa agua por la cabeza para refrescarme.
No me puedo permitir perder el control de la respiración de nuevo.
Mientras bebo, miro al frente. La nuez de Kilian se mueve cuando traga el agua.
En su caso, una chica lo atiende. Me fijo en que no lleva la misma ropa de la organización.
La rubia, con un vestido negro que le queda como un guante, lo mira con deseo.
Se lo folla con la mirada, y, joder, ¿quién se va a resistir ante un chico de dos metros, tatuado hasta las trancas y con un cuerpo esculpido?
Pero lo que me sorprende es lo que hace a continuación: ella le pasa una mano por la nuca y Kilian la comprende al instante. Levanta la mirada y choca sus ojos grises con los míos mientras coge a la rubia y junta sus bocas.
Tienen química, y eso es innegable. Deben de ser pareja.
De pronto, siento un pinchazo en el estómago. Menudo hijo de puta…
No separa la mirada de la mía ni un segundo mientras la besa.
Oigo cómo una chica del público grita y lo confirma:
—¡La pareja del año!
Pongo los ojos en blanco antes de levantarme. Miro hacia el otro lado del ring.
Kilian me devora con la mirada mientras la chica le quita la bata de seda negra de los hombros. Sus fuertes músculos tatuados resplandecen con el reflejo de la luz en el sudor. Me mira como un cazador acecharía a su presa. Con hambre. Con ganas. Con ansia.
Que empiece el espectáculo.
Esa imagen va a ser difícil de olvidar. Pero este combate lo voy a ganar yo. Sea como sea, no le voy a dar el gusto a un puto infiel reprimido.
Me centro al máximo para retomar el control de la respiración. La ansiedad me come por dentro. Me levanto del taburete en cuanto el árbitro hace sonar el silbato. Tuerzo el gesto y me acerco a él en posición.
—¿No tuviste suficiente anoche? —pregunto, retándole con la mirada—. Igual te quedaste con ganas de más…
Le lanzo un golpe directo al estómago que cubre con el codo. Ese es el plan: distraerlo para poder ganarle.
—¿Qué pasó ayer?
Un fuego encendido por la ira empieza a crecer en mi interior. Estoy furioso y quiero partirle la cara.
—¿De verdad quieres que grite lo que hicimos ayer? —susurro.
La sala enmudece cuando le acierto un golpe directo a la nariz en el segundo en que se distrae. Empieza a sangrar al instante. Qué fácil ha sido bajarle la guardia.
—Anda, mira, parece que te acuerdas…
—Cállate —me advierte furioso.
Se limpia la sangre con el guante y escupe al suelo. La mirada de cachondeo que tenía se ensombrece por completo.
—Ya, porque si hablo…, ¿se va todo a la mierda? —Lo amenazo, lanzándole un golpe que para con el guante.
Un pensamiento cruza su rostro, como si ahora tuviera miedo de algo.
«Genial, mi plan está funcionando».
—Jackson… —susurra antes de devolverme el puñetazo con todas sus fuerzas.
No podemos parar de luchar. Lo esquivo pasando por debajo. Pivoto hacia la izquierda.
Ignoro el hecho de que recurra a mi nombre.
—Blake —respondo, reafirmándome con el apellido de mi padre, del cual presumo con orgullo.
No me deja mucho margen; sigue mis movimientos como si fuera mi sombra.
—Te voy a matar… —amenaza en un susurro a la vez que empieza a flaquear.
Aprovecho para lanzarle una tanda de golpes que él intenta bloquear sin mucho éxito.
No existe nada más para mí en este momento. Centro toda la rabia en él.
Lanzo golpes que estoy seguro de que, si no suman puntos, al menos le hacen daño.
No lo miro. Me centro en sus guantes, en cómo se mueve y en cuándo deja de protegerse. Así consigo acertarle un puñetazo directo al abdomen.
Kilian esquiva mi último movimiento. Un poco más y me salgo del cuadrilátero a causa de la energía que estoy empleando. Le he pegado como una puta ametralladora disparando balas sin parar. Y eso ha sido un error. Porque ahora estoy exhausto.
Me mira desde la otra punta del ring. El pecho le sube y le baja debido a la respiración acelerada. No puedo descifrar en qué está pensando en ese momento. Pero ataca. Joder que si ataca.
En cuanto ve el cartel que indica que va a empezar la décima ronda y, por lo tanto, la última, Kilian se transforma en lo que todos esperan: una puta bestia del boxeo.
Pero no me achanto ni por un instante.
Flexiono las rodillas para volver a estabilizarme e intento volver a pegarle, pero desaparece de delante de mí, esquiva mi golpe y empieza a pegarme sin piedad. Tres puñetazos que no logro parar por mucho que bajase el codo para cubrirme el abdomen.
Golpes fijos. Limpios a la par que letales.
Pum. Pum. Pum.
Me acorrala hasta el rincón e intenta darme otro puñetazo.
—¿Tu novia sabe que ayer me comiste la boca? —pregunto al esquivarle.
Lo vuelvo a intentar y lo consigo. Gano espacio en el ring.
El sudor me llena los ojos, que me escuecen.
—Blake… —me advierte, pidiéndome con la mirada que no siga por ahí.
Y el hecho de que me llame por mi apellido me remueve.
Vuelvo a lanzar varios puñetazos. Sigo sumando puntos mientras él intenta defenderse, pero no lo consigue. Voy a ganar; estoy seguro.
El árbitro hace sonar su silbato y da por finalizado el combate justo cuando Kilian iba a lanzarme un gancho.
—¿Ahora es cuando nos comemos la boca? —le pregunto al oído, y su reacción me pilla desprevenido.
Me empuja para separarme y choca su puño contra mi nariz con fuerza.
«Crac».
Me cago en su puta madre. Creo que me acaba de partir el tabique. Hacía tiempo que no me pegaban fuera de un combate…, aunque me lo he ganado a pulso. ¿En qué estaba pensando?
Gruño de dolor mientras el árbitro pita repetidas veces y separa a Kilian de mí como puede.
Kilian me mira aterrado por lo que acababa de hacer.
Se gira sobre sí mismo para salir de aquí y, por primera vez, veo su espalda.
Doy un paso atrás, impresionado por el tatuaje que le cubre toda la piel: una calavera negra hiperrealista.
No me puedo imaginar la de dinero y dolor que le habrá costado.
Cuando desaparece de escena con la rubia pisándole los talones, miro al suelo y me doy cuenta de que lo estoy llenando de sangre.
—Mierda… —susurro para mis adentros.
Me quito los guantes rápidamente y los tiro al suelo antes de limpiarme la sangre de la nariz con la muñeca vendada.
El árbitro ni se molesta en llamar a Kilian para anunciar el resultado del combate. Lo deja ir mientras el público abuchea.
—¿Estás bien? —me pregunta, y yo asiento.
No muy convencido, me coge de la muñeca y me levanta el brazo. El público apenas aplaude porque está claro que esperaba que Kilian ganase. Pero, bueno, la victoria es mía y me la he ganado a pulso.
Me da igual que el precio a pagar haya sido una nariz rota, al igual que me la suda por completo haber jugado sucio.
Tendrían que haberme puesto a un contrincante adecuado.
Que se jodan.