Capítulo 10 #2
Daniel miró hacia la calle. Madrid seguía allí, indiferente, con sus edificios antiguos y sus ventanas oscuras.
En algún lugar, la gente dormía. Alguien se despertaría temprano para ir a trabajar.
Un niño lloraría porque no quería levantarse.
Una madre prepararía el desayuno. Un hombre besaría a su mujer antes de salir de casa.
El mundo continuaría.
Siempre continuaba.
Daniel volvió a mirarla.
—Hay una cosa que quiero pedirte.
—Dime.
—Cuando todo esto termine, cuando ya no tenga que seguir caminando por estas calles ni escuchar los corazones de los demás… no me recuerdes por lo que he hecho.
La mujer lo observó sin moverse.
—No te pido que me perdones. No te pido que olvides a las personas a las que he hecho daño. No merezco eso.
Daniel tragó saliva.
—Solo quiero que recuerdes que, antes de todo esto, fui alguien. Que tuve una familia. Que tuve una hermana que me llamaba para contarme tonterías y una madre que se preocupaba cuando llegaba tarde a casa.
Una sonrisa temblorosa apareció en su rostro.
—Que una vez fui un hombre normal que se quejaba de su trabajo y pensaba que tenía toda la vida por delante.
Miró los ojos de la mujer.
—Y que, cuando te conocí, me enamoré de ti antes de saber siquiera quién eras.
Ella permaneció inmóvil.
Daniel respiró hondo.
—Si alguna vez piensas en mí, aunque sea durante un instante, no recuerdes al monstruo de los periódicos.
Su voz se volvió apenas un susurro.
—Recuerda al hombre que te esperaba.
La mujer apartó la mirada.
Y Daniel supo que aquella era la última vez que podía pedirle algo.
Ella extendió la mano.
En su palma apareció un cuchillo.
No lo sacó de ninguna funda ni lo extrajo de sus ropas. Simplemente, estuvo allí, como si hubiera existido desde siempre y la oscuridad acabara de permitirle tomar forma.
La hoja era negra.
No reflejaba la luz de la farola. Parecía absorberla, tragándose los pequeños destellos que alcanzaban su superficie.
A lo largo del filo se movían unas líneas oscuras, semejantes a grietas llenas de humo.
Una tenue energía violeta palpitaba en su interior, tan débil que parecía el último resplandor de una estrella moribunda.
Daniel lo contempló sin comprender.
La mujer sujetaba el arma con una serenidad que le heló la sangre.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—El final.
Daniel levantó los ojos.
No necesitó que ella explicara nada más.
Por primera vez en muchos años, sintió miedo de verdad.
No miedo al dolor. No miedo a la policía, ni a las balas, ni a la posibilidad de pasar otro siglo solo.
Miedo a perderla.
—No —susurró.
La mujer no se movió.
Daniel retrocedió un paso.
—No, espera.
Ella lo miró con una tristeza que parecía atravesar siglos.
—Daniel.
Él negó con la cabeza.
—No puedes hacerme esto.
La frase salió de su boca con una desesperación infantil. Por un instante volvió a ser el hombre que había despertado en el hospital, aterrorizado por su propia naturaleza y convencido de que alguien, en algún lugar, podría explicarle lo que estaba sucediendo.
—Has venido a verme —continuó—. Después de todos estos años, has vuelto. No puedes venir solo para…
No terminó la frase.
La mujer apretó el cuchillo.
La energía oscura recorrió la hoja y se extendió por su mano como una sombra líquida.
—No puedo dejarte continuar.
Daniel la miró.
—¿Y si no quiero terminar?
Ella bajó los ojos.
—Lo sé.
—¿Y si todavía puedo cambiar?
La mujer cerró los dedos alrededor del mango.
—Ojalá.
Aquella palabra fue peor que cualquier condena.
Daniel sintió que algo se rompía dentro de él.
—Entonces, ¿por qué?
La mujer levantó la mirada.
Durante un instante, toda la tristeza de su rostro pareció concentrarse en sus ojos.
—Porque te he dejado demasiado tiempo aquí.
Daniel se quedó inmóvil.
No comprendía del todo aquellas palabras. No sabía si hablaba de su sufrimiento, de la eternidad que le había concedido o de algo mucho más profundo que ella nunca llegaría a explicarle.
Pero comprendió que la decisión estaba tomada.
Y que no había nada que pudiera hacer para cambiarla.
Miró el cuchillo.
Después la miró a ella.
Podría haber huido. Podría haber intentado luchar, aunque sabía que nada de lo que hiciera serviría de algo. Había pasado años demostrando que su cuerpo no podía morir, pero aquella arma parecía pertenecer a un lugar distinto, a una oscuridad anterior a todas las leyes que conocía.
Sin embargo, no se movió.
No quería luchar contra ella.
No después de haberla esperado tanto tiempo.
—¿Dolerá? —preguntó.
La mujer tardó en responder.
—Sí.
Daniel asintió lentamente.
—Está bien.
Ella pareció estremecerse.
Fue apenas un movimiento en sus dedos, pero Daniel lo vio.
Y, a pesar del miedo, a pesar de la tristeza, sintió una ternura inesperada.
Hasta el último instante, seguía preocupado por ella.
—No llores —murmuró.
La mujer no estaba llorando.
Todavía no.
Daniel le dedicó una sonrisa pequeña, cansada, casi tímida.
—Siempre pareces triste cuando me miras.
Ella cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, Daniel comprendió que ya no podía esperar más.
Se acercó a ella.
—Si de verdad este es el final —dijo—, quiero que seas tú quien me acompañe.
La mujer alzó el cuchillo.
Daniel no apartó la mirada de sus ojos.
Y entonces la hoja oscura atravesó su pecho.
El dolor llegó después.
Primero hubo una presión helada, tan profunda que Daniel no supo si el cuchillo lo había atravesado o si había abierto un agujero en algo mucho más antiguo que su cuerpo.
Después sintió que la oscuridad entraba en él.
No era la oscuridad de una habitación sin luz. Era una presencia que avanzaba por sus venas, extendiéndose desde la herida hasta cada rincón de su existencia. Las líneas violetas de la hoja brillaron una última vez y se deshicieron en una nube de humo negro.
Daniel abrió la boca, pero no consiguió gritar.
Sus rodillas cedieron.
La mujer soltó el cuchillo justo antes de que cayera. El arma se desvaneció al tocar el suelo, convertida en cenizas oscuras que el viento arrastró por la calle.
Ella lo sostuvo entre sus brazos.
Daniel sintió que el mundo se inclinaba.
Por primera vez desde el accidente, su cuerpo parecía incapaz de obedecerle. Sus manos temblaban. La vista se le nublaba y el frío que se extendía por su pecho era distinto a cualquier sensación que hubiera experimentado durante aquellos años.
No podía regenerarse.
No podía apartarse.
No podía escapar.
La mujer se arrodilló con él sobre el pavimento.
—Mírame —susurró.
Daniel consiguió abrir los ojos.
Ella le sujetaba la cabeza con una mano y lo mantenía contra su pecho con la otra. Su cabello oscuro cayó sobre el rostro de él, y durante un instante Daniel volvió a sentir aquella extraña calidez que había experimentado la primera vez que ella lo tomó de la mano.
—No me dejes solo —murmuró.
La mujer apretó los labios.
Daniel intentó levantar una mano, pero apenas consiguió mover los dedos. Ella la tomó entre las suyas y se la llevó al rostro.
Él sintió su piel bajo la palma.
Tan fría.
Tan familiar.
—He pensado tantas veces en este momento —dijo con dificultad—. Creía que, cuando volviera a verte, sabría qué decirte.
La mujer inclinó la cabeza sobre él.
—Y ahora no sé ni siquiera cómo despedirme.
Sus palabras se deshicieron en una respiración temblorosa.
El frío avanzó hasta su cuello.
Daniel sintió que algo abandonaba su interior, algo que había permanecido allí durante años, atrapado entre la muerte y una vida que nunca había llegado a comprender.
Su visión comenzó a oscurecerse por los bordes.
La mujer seguía allí.
Eso era lo único que importaba.
—¿Puedo decirte una última cosa? —susurró.
Ella asintió.
Daniel sonrió débilmente.
—Si existe algún lugar al que van los muertos cuando terminan de morir… espero que sea un lugar donde no tengas que venir a buscarme.
La mujer bajó los ojos.
—Y si alguna vez vuelvo a nacer, si el mundo me concede otra oportunidad, no quiero ser un hombre importante. Ni un héroe. Ni alguien a quien todo el mundo conozca.
Le costaba cada vez más hablar.
—Solo quiero ser alguien a quien puedas mirar sin tristeza.
La mujer cerró los ojos con fuerza.
Daniel le acarició la mejilla con el pulgar.
—Y, si eso no puede ser…
Su mano empezó a caer.
Ella la sostuvo antes de que se deslizara.
—…entonces me basta con haberte conocido.
La mujer abrió los ojos.