Amor Carmesí Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Daniel la miró una última vez, intentando conservar cada detalle de su rostro. Quería recordar sus ojos, el contorno de sus labios, la sombra de su cabello sobre la piel. Quería llevarse aquella imagen consigo, aunque no sabía si al otro lado de la muerte existirían recuerdos.

—Te habría esperado mil años más —murmuró—. Pero me alegro de no tener que hacerlo.

Su sonrisa se volvió apenas visible.

—Gracias por volver.

La mujer apretó su mano contra la suya.

Daniel sintió que sus dedos perdían fuerza.

Ya no escuchaba los sonidos de Madrid. No oía coches, ni voces, ni el rumor distante de la lluvia que comenzaba a caer de nuevo.

Tampoco podía sentir la sangre de las personas que dormían al otro lado de las ventanas.

La sed había desaparecido.

Por primera vez, no había nada dentro de él que reclamara alimento.

Solo quedaba ella.

Daniel intentó decir su nombre, pero nunca había llegado a conocerlo.

Así que pronunció lo único que podía ofrecerle.

—Mi querida Muerte…

La mujer inclinó el rostro hacia él.

Daniel sintió que una lágrima caía sobre su mejilla.

Una sola.

Caliente.

Se quedó mirándola con una sorpresa que, durante un instante, pareció devolverle la vida.

Ella también estaba llorando.

La Muerte, que había acompañado a incontables seres hasta el final, que había contemplado ciudades levantarse y desaparecer, que había visto extinguirse generaciones enteras sin derramar una lágrima, lloraba por él.

Daniel quiso sonreír.

No supo si lo consiguió.

—Lo sabía —susurró.

La mujer negó suavemente con la cabeza, como si quisiera impedirle aquella última esperanza.

Pero ya era demasiado tarde.

Él había visto la lágrima.

Había sentido su mano temblar.

Había escuchado, en el silencio que ella no podía romper, una respuesta que había esperado durante toda su existencia.

No sabía si aquello era amor.

No sabía si habría bastado para salvarlos.

Pero, por primera vez, dejó de necesitar una explicación.

Sus ojos se cerraron lentamente.

La mujer lo sostuvo con más fuerza, como si pudiera retenerlo mediante aquel abrazo. Apoyó la frente contra la de él y permaneció así mientras la oscuridad terminaba de envolverlo.

Daniel exhaló un último aliento.

Y después, nada.

No hubo una última palabra.

Ni un gesto.

Ni un latido que regresara para contradecir al silencio.

Daniel Bennett había muerto.

De verdad.

La mujer no se movió.

Siguió arrodillada sobre el pavimento, con el cuerpo de Daniel entre sus brazos, mientras la lluvia le mojaba el cabello y resbalaba por su rostro.

La lágrima permaneció un instante sobre la mejilla de él antes de perderse entre las gotas de agua.

Ella le apartó un mechón de la frente.

Después acarició su rostro con una delicadeza que nadie había visto jamás.

—Daniel… —susurró.

Su nombre se quebró en sus labios.

No añadió nada más.

No podía.

Al cabo de un tiempo que no habría sabido medir, levantó la mirada hacia el cielo. Las primeras luces del amanecer comenzaban a dibujarse sobre los tejados de Madrid.

El mundo despertaría pronto.

La policía encontraría un nuevo misterio. Los periódicos tendrían una noticia que contar. La ciudad seguiría hablando del monstruo que había sembrado el miedo durante años.

Nadie sabría que, al final, aquel hombre había muerto en brazos de la única persona a la que había querido.

Nadie sabría que la Muerte había llorado.

Ella inclinó la cabeza y apoyó los labios sobre la frente de Daniel.

Fue un gesto breve, casi imperceptible.

Una despedida que no podía permitirse.

Cuando se apartó, su rostro había recuperado la serenidad de siempre. La tristeza seguía allí, pero ya no tenía lágrimas.

Se levantó lentamente.

Por un instante, miró el cuerpo que descansaba sobre el pavimento.

Después extendió la mano.

La oscuridad se cerró a su alrededor.

Y ambos desaparecieron de aquella calle.

La lluvia continuó cayendo sobre Madrid.

Al amanecer, no quedó rastro de Daniel Bennett.

Solo una pequeña rosa roja, tendida sobre el suelo mojado.

Mucho tiempo después, alguien encontraría aquella rosa entre las páginas de un libro antiguo, guardada como si hubiera sido el recuerdo más preciado de una vida que nadie llegó a comprender.

No habría ninguna nota.

Ningún nombre.

Ninguna explicación.

Solo una flor seca, de pétalos oscuros, que parecía conservar algo de su color original a pesar de los años.

Y quizá, si alguien hubiera sabido mirar con suficiente atención, habría descubierto que aquella rosa no se había marchitado del todo.

Porque hay amores que no consiguen vencer a la muerte.

Amores que llegan demasiado tarde, que nacen en el lugar equivocado y que deben despedirse antes de haber tenido la oportunidad de comenzar.

Pero incluso esos amores dejan algo atrás.

Una lágrima.

Una promesa que nunca llegó a pronunciarse.

Un recuerdo que la eternidad no consigue borrar.

Y una última verdad, tan sencilla como cruel:

Daniel había pasado toda su existencia intentando encontrar a la Muerte.

Y, cuando por fin la encontró, descubrió que lo más triste no era morir.

Era haber tenido que morir para saber que ella también podía llorar por él.

Fin.