Capítulo 10
Donde termina la eternidad
Daniel había imaginado aquel momento de mil maneras distintas.
En algunas, corría hacia ella y la abrazaba antes de que pudiera desaparecer. En otras, le exigía respuestas, le gritaba por todos los años de silencio y le preguntaba cómo había podido abandonarlo después de devolverlo a la vida.
También había imaginado que se arrodillaría ante ella.
Que lloraría.
Que le confesaría todo lo que había hecho para conseguir que regresara.
Pero ahora que la tenía delante, al otro lado de aquella calle desierta, no encontraba nada que decir.
La mujer seguía inmóvil bajo la farola.
Daniel dio un paso.
Después otro.
Tenía miedo de que desapareciera si se acercaba demasiado deprisa. Miedo de que fuera una alucinación, una última crueldad de su mente agotada, otro espejismo en una existencia que había dejado de tener sentido hacía mucho tiempo.
—Eres tú —susurró.
Ella no respondió.
Daniel soltó una risa nerviosa. Se pasó las manos por el rostro y volvió a mirarla, como si necesitara comprobar que seguía allí.
—Eres tú.
Esta vez su voz se quebró.
—He esperado tanto tiempo…
La mujer bajó ligeramente la mirada.
Daniel cruzó la calle.
Se detuvo frente a ella, tan cerca que pudo distinguir cada detalle de su rostro. No había cambiado. Ni una arruga, ni una sombra distinta en sus ojos. Era como si para ella aquellos años no hubieran existido.
Para él, en cambio, habían sido una eternidad.
—Pensé que no volverías —dijo.
Ella lo observó en silencio.
—A veces creí que te había imaginado. Que quizá nunca habías existido y que todo aquello había sido una última alucinación antes de morir. Después comprendí que daba igual. Aunque hubieras sido un sueño, habría seguido buscándote.
Daniel tragó saliva.
—Supongo que eso dice bastante de mí.
La mujer no sonrió.
Él intentó hacerlo, pero no pudo.
—¿Por qué has tardado tanto?
Ella apartó la mirada hacia los tejados de Madrid.
—Tenía que hacerlo.
—¿Qué tenías que hacer?
—Dejarte solo.
Daniel recibió aquellas palabras sin moverse.
Había esperado reproches. Explicaciones. Quizá una disculpa.
No aquello.
—¿Dejarme solo? —repitió—. ¿Sabes lo que he pasado?
—Sí.
—No. No lo sabes.
La mujer volvió a mirarlo.
Daniel sintió que la rabia acumulada durante años comenzaba a abrirse paso entre la emoción del reencuentro.
—No sabes lo que es despertarse cada día sin saber si sigues siendo humano.
No sabes lo que es escuchar el corazón de una persona y tener que luchar contra ti mismo para no hacerle daño.
No sabes lo que es matar a alguien y descubrir que, aunque te arrepientas, nada puede devolverte lo que has destruido.
Se le tensó la mandíbula.
—Y no sabes lo que es pasar años esperando a alguien que no vuelve.
La mujer soportó sus palabras sin apartar los ojos.
—Tienes razón —dijo finalmente—. No sé lo que has sentido cada noche.
Daniel se quedó desconcertado.
—¿Eso es todo?
—No.
Ella dio un pequeño paso hacia él.
—Sé lo que has hecho.
El silencio se volvió insoportable.
Daniel comprendió que ella no había venido a escuchar una lista de sus desgracias. No había aparecido para absolverlo, ni para decirle que todo lo ocurrido estaba justificado por su sufrimiento.
Sabía quién era ahora.
Y sabía lo que había hecho para llegar hasta allí.
—He perdido el control —murmuró Daniel.
—Algunas veces.
—No sabes lo que era aquella sed.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero también sé que hubo momentos en los que podías haberte detenido.
Daniel bajó los ojos.
No intentó negarlo.
Durante años había buscado excusas, aunque nunca se atreviera a pronunciarlas en voz alta. Había culpado a su hambre, a su condición, a la soledad y a la mujer que lo había devuelto de la muerte.
Sin embargo, debajo de todas aquellas razones, permanecía una verdad que había intentado evitar.
Había elegido seguir.
No siempre.
No en cada instante.
Pero sí demasiadas veces.
—¿Por eso has vuelto? —preguntó—. ¿Para juzgarme?
—No he venido a juzgarte.
—Entonces, ¿por qué?
La mujer tardó en responder.
—Porque ya no puedes continuar así.
Daniel soltó una risa amarga.
—Llevo años diciéndome lo mismo.
—Lo sé.
—Y cada vez que intento acabar con esto, vuelvo a encontrarte en mi cabeza. Me acuerdo de tu voz. De tus ojos. De aquella noche en la que me tomaste de la mano y me hiciste creer que todavía quedaba algo bueno esperándome al otro lado.
La miró directamente.
—¿Por qué me devolviste?
Por primera vez, ella pareció incapaz de sostener su mirada.
Daniel lo advirtió.
—Mírame.
La mujer levantó los ojos.
—¿Por qué yo?
Ella abrió los labios, pero no habló.
—Necesito saberlo —insistió Daniel—. He pasado años imaginando respuestas. He pensado que me elegiste por casualidad, que viste algo en mí, que querías castigarme por algo que todavía no había hecho. Incluso llegué a pensar que había alguna razón para que tú y yo nos encontráramos.
Respiró hondo.
—Dime que no estaba equivocado.
La mujer permaneció inmóvil.
Daniel sintió que la esperanza comenzaba a dolerle.
—Por favor.
Ella cerró los ojos durante un instante.
—No todas las respuestas te traerían paz.
—La paz dejó de importarme hace mucho.
—Eso no es cierto.
Daniel quiso contradecirla.
Pero no pudo.
Porque la paz había sido precisamente lo que había encontrado, durante unos breves segundos, cada vez que ella se sentaba a su lado. No porque solucionara sus problemas ni porque le prometiera que todo saldría bien, sino porque su presencia hacía que el mundo pareciera menos extraño.
La mujer había sido lo único que le había permitido recordar cómo se sentía estar cerca de alguien sin tener miedo.
Y Daniel, desesperado por recuperar aquella sensación, había terminado convirtiéndola en el centro de su existencia.
—No quería estar solo —admitió.
Las palabras salieron tan bajas que casi se perdieron en la calle.
La mujer lo miró con una tristeza que él no supo interpretar.
—Nunca has sabido estar solo.
Daniel esbozó una sonrisa débil.
—Quizá por eso me gustaste desde el principio.
La confesión los sorprendió a ambos.
Él apartó la mirada, avergonzado.
—No sé cuándo empezó. Ni siquiera sé si tiene sentido. Apenas te conocía. No sabía tu nombre, ni de dónde venías, ni si eras siquiera humana. Pero cuando te vi, sentí algo que no había sentido nunca.
Volvió a mirarla.
—Y cuando desapareciste, no pude dejar de buscarte.
La mujer no se movió.
Daniel continuó, incapaz de detenerse ahora que había empezado.
—Al principio quería respuestas. Después quería que me ayudaras. Más tarde solo quería volver a verte. Y, cuando comprendí que no ibas a regresar, empecé a hacer cosas terribles con la esperanza de que algún día escucharas mi nombre y decidieras venir.
Su voz se quebró.
—Llegué a creer que, si mataba lo suficiente, conseguiría que volvieras a buscarme.
La mujer bajó la cabeza.
—Daniel…
—Lo sé. Es horrible.
—Sí.
Él asintió lentamente.
—Lo peor es que nunca funcionó.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Mira que soy idiota. Ni siquiera conseguí que la Muerte me hiciera caso.
Ella no sonrió.
Y Daniel comprendió que ya no podía seguir escondiéndose detrás de las bromas.
—Estoy enamorado de ti.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
No hubo música, ni viento, ni una señal del universo.
Solo una calle vacía y dos figuras enfrentadas bajo una farola.
Daniel había pronunciado aquellas palabras en su mente cientos de veces. Había ensayado confesiones más hermosas, frases capaces de expresar la magnitud de lo que sentía. Pero, llegado el momento, solo encontró aquellas cuatro palabras.
Estaba enamorado de ella.
De la mujer que lo había condenado a la inmortalidad.
De la desconocida que había aparecido en su momento más oscuro y que, durante unos minutos, había conseguido que la muerte pareciera menos aterradora.
De alguien a quien no podía comprender y que quizá nunca podría pertenecerle.
—No espero que sientas lo mismo —añadió—. Ni siquiera sé si puedes sentirlo. Solo necesitaba que lo supieras.
La mujer lo observó durante un largo rato.
Después se acercó y le tocó la mejilla.
Daniel cerró los ojos.
Aquel contacto era exactamente como lo recordaba. Su mano parecía fría, pero bajo aquella frialdad había algo que no conseguía explicar, una presencia que le resultaba familiar incluso después de tantos años.
No se apartó.
No hizo preguntas.
Durante unos segundos, se permitió imaginar que todo podía terminar de otra manera.
Que ella había vuelto porque también lo había echado de menos.
Que quizá había pasado aquellos años pensando en él.
Que, por una vez, el destino había decidido concederle algo sin arrebatárselo después.
Pero la mano de la mujer descendió lentamente.
Y la esperanza se apagó en sus ojos.
—No deberías haberme amado —susurró ella.
Daniel abrió los ojos.
—¿Por qué?
Ella no contestó.
Él la contempló, buscando una señal, una grieta en aquella expresión que siempre parecía ocultar algo.
—¿Porque soy un monstruo?
—No.
—¿Porque he matado?
La mujer guardó silencio.
—¿Porque no puedo morir?
Ella apartó la mirada.
Daniel sintió que la comprendía un poco más y, al mismo tiempo, que nunca había estado tan lejos de ella.
—Entonces, ¿por qué?
La mujer retiró la mano de su rostro.
—Porque yo no puedo darte lo que buscas.
Daniel bajó la cabeza.
Había temido aquella respuesta durante años.
Y, aun así, escucharla le dolió más de lo que había imaginado.
—Nunca te pedí una vida juntos —murmuró—. Ni una casa, ni promesas, ni siquiera que me quisieras. Solo quería volver a verte de vez en cuando. Saber que existías. Escuchar tu voz.
La miró de nuevo.
—Me habría bastado con eso.
Ella cerró los ojos.
Por un instante, pareció que iba a decir algo.
Algo que llevaba mucho tiempo guardando.
Pero cuando volvió a abrirlos, su expresión había recuperado aquella serenidad que Daniel conocía tan bien.
—Lo sé.
Él soltó el aire lentamente.
—Entonces, supongo que ya no queda nada más que decir.
La mujer no respondió.