Amor Carmesí Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Nada parecía hacerlo.

Pero Daniel llevaba años soportando la frustración, la sed y la soledad. Aquella noche, la resistencia del agente le pareció una agresión más del mundo, otra barrera que se interponía entre él y la única persona a la que quería encontrar.

Lo apartó.

El policía cayó de espaldas y golpeó el borde de la acera.

Su cabeza quedó inmóvil.

Daniel se levantó.

Durante un instante, no comprendió lo que había ocurrido.

—Levántese —dijo.

El hombre no respondió.

Daniel se arrodilló junto a él y le tocó el hombro.

—He dicho que se levante.

Nada.

Se quedó mirándolo, con el agua resbalándole por la cara.

Había visto morir a muchas personas. Había provocado aquellas muertes con sus propias manos. Pero aquel hombre llevaba un uniforme, una placa y una vida que no tenía nada que ver con él.

No era una víctima elegida en la oscuridad.

Era alguien que había intentado cumplir con su trabajo.

Y Daniel acababa de matarlo.

Al otro lado de la calle, el segundo agente se incorporó con dificultad. Sacó su arma y apuntó, aunque sus manos temblaban.

—¡No se mueva!

Daniel levantó la cabeza.

El policía lo miraba con un terror que ya no intentaba ocultar.

Daniel podría haber avanzado.

Podría haberle quitado el arma, haberlo derribado y haber terminado aquella confrontación en unos segundos.

En cambio, se quedó junto al cuerpo.

—No quería hacerlo —dijo.

El agente no bajó el arma.

—¡Aléjese de él!

Daniel miró al hombre muerto.

Después volvió a mirar al policía.

—No quería hacerlo —repitió, esta vez más bajo.

Y echó a correr.

No porque tuviera miedo de las balas.

Sino porque, durante un instante, había vuelto a ver el rostro de su primera víctima.

La noticia se extendió antes del amanecer.

Un agente de policía había muerto durante un enfrentamiento con el hombre al que los medios llevaban años relacionando con una sucesión de homicidios. Otro había resultado herido. Las autoridades confirmaron que el sospechoso había escapado y pidieron colaboración ciudadana.

La reacción fue inmediata.

Las imágenes del lugar aparecieron en todos los informativos. Los periodistas hablaron de una escalada de violencia, de un peligro sin precedentes y de la necesidad de encontrar al responsable cuanto antes.

Los titulares fueron más contundentes que nunca.

EL VAMPIRO DE MADRID MATA A UN POLICÍA.

LA POLICÍA ADMITE QUE NO SABE CÓMO DETENERLO.

EL MONSTRUO QUE NO PUEDE MORIR.

Daniel vio la noticia desde un piso vacío que había encontrado para refugiarse.

La pantalla iluminaba su rostro.

Un periodista describía el enfrentamiento mientras, detrás de él, aparecía una fotografía del agente fallecido. Era un hombre joven. En la imagen sonreía junto a una mujer y un niño pequeño.

Daniel apartó la mirada.

No pudo soportarlo.

Se levantó y apagó el televisor.

La habitación quedó a oscuras.

Durante varios minutos permaneció de pie, con los puños cerrados y la cabeza inclinada. No intentó justificarse. No se dijo que había sido un accidente ni que el policía había sido el primero en atacarlo.

Sabía lo que había hecho.

Y sabía que, a partir de aquella noche, la policía ya no lo buscaría únicamente por los crímenes que había cometido en secreto.

Ahora lo buscarían por haber matado a uno de los suyos.

Todo cambiaría.

Habría más agentes en las calles, más controles, más cámaras y más personas aterrorizadas al escuchar su nombre. La ciudad se convertiría en un lugar cada vez más difícil para esconderse.

Daniel no podía morir.

Pero eso no significaba que no pudiera perderlo todo.

Se sentó en el suelo y se cubrió la cara con las manos.

—¿Cuánto más? —susurró.

No estaba hablando de la policía.

Ni de la sed.

Ni siquiera de la culpa.

Hablaba de los años.

De las noches.

De aquella espera que se había convertido en el centro de su existencia.

—¿Cuánto tiempo más tengo que esperar?

Nadie respondió.

Daniel permaneció inmóvil hasta que el silencio empezó a parecerle insoportable.

Entonces se levantó y salió del piso.

Necesitaba caminar.

Necesitaba alejarse de las imágenes del policía, de su familia y de aquella fotografía que ahora recorrería todos los informativos.

La lluvia había cesado.

Madrid se extendía bajo un cielo oscuro, con las farolas encendidas y las calles casi vacías. A lo lejos, una sirena se acercaba y después se alejaba, tragada por las avenidas.

Daniel caminó sin rumbo.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando llegó a una calle estrecha, flanqueada por edificios antiguos. Allí, el ruido de la ciudad parecía haberse apagado.

Se detuvo.

Había algo extraño en el aire.

Una quietud que reconoció antes de comprenderla.

El viento dejó de mover las hojas de los árboles. Los sonidos lejanos desaparecieron, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre él y el resto del mundo.

Daniel levantó lentamente la cabeza.

Al otro lado de la calle había una mujer.

Vestía de negro.

Su cabello oscuro caía sobre los hombros. Su rostro conservaba aquella palidez imposible y sus ojos claros lo observaban con una tristeza que Daniel había intentado olvidar durante años.

No había envejecido.

No había cambiado.

Era exactamente como la recordaba.

Daniel dejó de moverse.

Durante un instante, sintió que todo el tiempo transcurrido se deshacía a su alrededor. Los asesinatos, los periódicos, la policía, la sangre y las noches interminables desaparecieron de su mente.

Solo quedó ella.

La mujer no se acercó.

Tampoco sonrió.

Se limitó a mirarlo desde el otro lado de la calle, inmóvil bajo la luz de una farola.

Daniel abrió los labios, pero no consiguió pronunciar su nombre.

Había esperado aquel momento durante años.

Había matado, había suplicado y había intentado morir para conseguirlo.

Ahora que por fin estaba allí, no sabía qué hacer.

La mujer dio un pequeño paso hacia él.

Daniel sintió que algo dentro de su pecho, algo que creía muerto desde hacía mucho tiempo, volvía a doler.

Y permaneció inmóvil, mirándola, mientras la distancia entre ambos seguía intacta.

Por primera vez en años, la Muerte había regresado.

Y no dijo una sola palabra.