Capítulo 9
El rostro del monstruo
Madrid había aprendido a pronunciar su nombre sin conocerlo.
Durante años, Daniel Bennett había sido una fotografía borrosa, una silueta captada por una cámara de seguridad y una colección de testimonios contradictorios.
Nadie sabía con certeza dónde vivía, de dónde venía ni por qué parecía inmune al paso del tiempo.
Las descripciones cambiaban de un testigo a otro, pero había algo en lo que todos coincidían: aquel hombre no era normal.
Al principio, la prensa lo había llamado el asesino de la noche.
Después llegaron los apodos más imaginativos, las reconstrucciones televisivas y los documentales que intentaban explicar cómo podía un solo individuo sembrar tanto miedo sin dejarse atrapar.
Con el tiempo, dejaron de preguntarse quién era.
Empezaron a preguntarse qué era.
Daniel encontró la respuesta una mañana de invierno, en la portada de un periódico.
¿HOMbrE O MONSTRUO?
Debajo, una fotografía mostraba su rostro con una nitidez que le resultó desagradable. Alguien había conseguido una imagen reciente, quizá tomada desde lejos, quizá extraída de alguna grabación que la policía todavía no había difundido oficialmente.
Era él.
Su cabello oscuro. Sus ojos. La expresión cansada que llevaba años sin abandonar su rostro.
Daniel dejó el periódico sobre la mesa.
—Podrían haber elegido una foto mejor.
La frase le salió por costumbre.
Nadie se rio.
En la televisión, un presentador hablaba de las últimas investigaciones.
Las autoridades habían confirmado que varios casos atribuidos a distintos responsables podían estar relacionados con el mismo individuo.
Los expertos discutían sobre su posible psicología, sus motivaciones y la inquietante ausencia de un patrón comprensible.
Daniel apagó el aparato.
No soportaba escucharlos.
No porque estuvieran equivocados en todo.
Sino porque ninguno sabía lo que buscaba realmente.
A veces, mientras los periodistas pronunciaban su nombre, Daniel imaginaba que ella también podía estar escuchándolos. Que quizá, en algún lugar, la Muerte se detenía ante una pantalla y reconocía al hombre que había tomado de la mano tantos años atrás.
Quería creer que su ausencia no significaba olvido.
Pero ya no estaba seguro de nada.
Había dejado de llamar a Olivia. Su hermana tampoco había vuelto a intentarlo, al menos no a aquel número. Daniel ignoraba si había aceptado su desaparición o si seguía buscando respuestas en alguna parte.
No se permitía averiguarlo.
Había comprendido que podía soportar muchas cosas, pero no otra conversación en la que alguien a quien amaba le pidiera regresar.
Así que permanecía solo.
La ciudad hablaba de él.
Su familia intentaba vivir sin él.
Y la única persona a la que deseaba escuchar seguía guardando silencio.
La primera vez que vio su propio rostro en una pantalla gigante, estaba en una estación de tren.
Había entrado para refugiarse de la lluvia. No tenía ningún destino en mente; simplemente caminaba por la ciudad cuando el agua había empezado a caer con demasiada fuerza.
En el vestíbulo, varios viajeros observaban un televisor colocado sobre un mostrador. Un periodista informaba de una nueva comparecencia policial y, detrás de él, aparecía una fotografía de Daniel acompañada de una advertencia para la población.
Daniel se detuvo a unos metros.
—Las autoridades consideran que el sospechoso es extremadamente peligroso —decía el periodista—. Se recomienda no intentar acercarse a él y avisar inmediatamente a la policía ante cualquier avistamiento.
Un hombre que esperaba junto a una máquina expendedora negó con la cabeza.
—Hay que estar loco para hacer algo así.
Una mujer, a su lado, respondió en voz baja:
—Dicen que no pueden detenerlo.
—Todo el mundo puede detenerse.
Daniel volvió lentamente la cabeza.
El hombre no había advertido que lo tenía detrás.
—¿Usted cree? —preguntó Daniel.
El desconocido se sobresaltó.
—¿Qué?
—Que todo el mundo puede detenerse.
El hombre lo miró con impaciencia.
—Hombre, si alguien quiere hacerlo, claro que puede.
Daniel observó su propia fotografía en la pantalla.
Después volvió a mirar al desconocido.
—No siempre.
El hombre frunció el ceño, incómodo por la conversación, y se apartó sin responder.
Daniel siguió caminando.
No sintió satisfacción al comprobar que podía permanecer entre decenas de personas sin que nadie lo reconociera. Tampoco miedo.
Solo una especie de cansancio.
Había llegado a convertirse en un rostro conocido en toda España y, sin embargo, seguía siendo un desconocido para el mundo.
La gente conocía sus crímenes.
No conocía su voz cuando hablaba con la mujer de negro.
No sabía que conservaba una fotografía de su familia en una caja.
No sabía que, en ocasiones, todavía recordaba las llamadas de Olivia y se preguntaba qué habría sido de su vida.
Nadie sabía que el monstruo de los periódicos seguía esperando a alguien.
Y quizá eso era lo más terrible de todo.
Los rumores empezaron a cambiar cuando aparecieron las primeras imágenes claras de sus ataques.
Las grabaciones eran breves, de mala calidad, pero mostraban lo suficiente para alimentar el miedo.
Daniel se movía demasiado deprisa. Los golpes que recibía no parecían afectarlo.
En una de las imágenes, un vigilante intentaba detenerlo y terminaba retrocediendo, aterrado, mientras Daniel avanzaba sin mostrar dolor.
La secuencia se repitió una y otra vez en los informativos.
Algunos espectadores aseguraban que las imágenes estaban manipuladas.
Otros afirmaban haber visto algo parecido en persona.
Hubo quien habló de experimentos secretos, de enfermedades desconocidas o de una persona que había perdido por completo su humanidad.
Y hubo quien empezó a utilizar una palabra que Daniel conocía demasiado bien.
Vampiro.
La primera vez que la escuchó en televisión, se quedó mirando la pantalla.
El presentador la pronunció con una sonrisa escéptica, como si quisiera ridiculizar a quienes habían empezado a emplearla. Sin embargo, el término se extendió rápidamente por periódicos, programas nocturnos y conversaciones de bar.
Vampiro.
La palabra aparecía en titulares, debates y artículos que mezclaban leyendas antiguas con especulaciones modernas.
Daniel apagó el televisor.
Durante un rato permaneció inmóvil en el salón.
Después se acercó a la ventana y contempló su reflejo en el cristal.
—No soy un vampiro —murmuró.
Su reflejo no respondió.
Daniel abrió la boca y observó los colmillos.
Cerró los labios.
—Bueno. Quizá un poco.
La broma murió antes de convertirse en una sonrisa.
Había dejado de importarle cómo lo llamaran. Podían inventar cien nombres, escribir mil artículos y llenar las pantallas con su rostro.
Nada de aquello lo acercaba a ella.
Y, al final, todo volvía a lo mismo.
La ausencia.
El silencio.
Los años.
La policía comenzó a buscarlo de otra manera.
Los agentes que antes investigaban sus crímenes como homicidios aislados recibieron nuevas instrucciones. Se revisaron los protocolos, se reforzaron los equipos y se organizaron dispositivos para localizarlo.
Daniel supo que algo estaba cambiando cuando empezó a ver patrullas estacionadas cerca de los lugares que frecuentaba.
Al principio, se limitó a evitarlas.
No tenía interés en enfrentarse a la policía. No le importaba demostrar que era más fuerte que ellos, ni pretendía convertirse en una leyenda mayor de lo que ya era.
Pero una noche, en una calle estrecha del centro, un agente lo reconoció.
Daniel caminaba bajo la lluvia cuando escuchó una voz a su espalda.
—¡Eh! ¡Usted! ¡Deténgase!
Siguió andando.
—¡He dicho que se detenga!
Daniel cerró los ojos durante un instante.
No quería aquello.
No aquella noche.
Se volvió lentamente.
Dos policías se acercaban desde el extremo de la calle. Uno llevaba la mano cerca del cinturón; el otro observaba a Daniel con una mezcla de tensión y desconcierto.
—Necesitamos que nos acompañe —dijo el primero.
Daniel los miró.
—No.
—Está siendo investigado en relación con varios homicidios.
—Lo sé.
Los dos agentes intercambiaron una mirada.
El segundo dio un paso hacia él.
—Ponga las manos donde podamos verlas.
Daniel obedeció.
Durante unos segundos, ninguno se movió.
La lluvia golpeaba los adoquines. Una ventana se cerró en algún piso cercano. Al fondo de la calle, el motor de un coche sonaba al ralentí.
—¿Cómo se llama? —preguntó el primer agente.
Daniel lo observó con una expresión cansada.
—Ya lo sabe.
El policía no respondió.
—Daniel Bennett —dijo finalmente—. Está detenido.
Daniel bajó la mirada hacia las esposas que el agente había sacado del cinturón.
Por un instante, recordó su primera noche en el hospital. El terror de escuchar los latidos de otras personas. La huida. La sangre. La voz de la mujer de negro diciéndole que no estaba solo.
Había pasado tanto tiempo desde entonces.
Y, sin embargo, seguía sin comprender nada.
—No deberían acercarse a mí —murmuró.
—Dese la vuelta.
Daniel levantó los ojos.
—Se lo estoy diciendo por su bien.
El segundo agente intentó sujetarlo del brazo.
Todo ocurrió en un instante.
Daniel reaccionó por reflejo. Se apartó del agarre y el policía perdió el equilibrio, golpeándose contra la pared. El primero sacó el arma y le ordenó que se arrodillara.
Daniel se quedó quieto.
—No quiero hacerles daño.
—¡Al suelo!
El agente avanzó.
Daniel retrocedió, pero el policía volvió a intentar sujetarlo. Hubo un forcejeo breve, confuso, lleno de órdenes y golpes que resonaron entre los edificios.
El arma cayó al suelo.
El segundo agente se levantó y se lanzó contra Daniel. Consiguió inmovilizarlo durante unos segundos, hasta que Daniel lo apartó con una fuerza desproporcionada.
El hombre salió despedido contra un vehículo estacionado.
El sonido del impacto fue seco.
Daniel se volvió hacia él.
—¡Quédese ahí!
El primer agente intentó recuperar su arma.
Daniel lo vio moverse y se abalanzó sobre él antes de que pudiera apuntar. Ambos cayeron al suelo. El policía gritó una orden, después otra, y Daniel sintió que las manos del hombre se cerraban alrededor de su cuello.
No le hizo daño.