Amor Carmesí Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Se quedó esperando, como si aquella confesión pudiera llegar hasta ella a través de la noche.

No sucedió nada.

La ciudad continuó a lo suyo.

Daniel soltó una risa amarga.

—Claro. ¿Por qué ibas a aparecer ahora?

Se puso en marcha.

Había dejado de contar los años desde que la conoció. También había dejado de contar las víctimas, aunque de vez en cuando los periódicos le recordaban que el mundo seguía construyendo una leyenda a su alrededor.

Pero aquella noche comprendió que había otra cuenta que nunca podría dejar de llevar.

Los años que le quedaban a su familia.

Los cumpleaños a los que no asistiría.

Las conversaciones que nunca tendría.

Los últimos días de sus padres, que quizá pasaría sin conocer.

Y la infancia de unos sobrinos que tal vez nunca llegarían a saber que habían tenido un tío.

La idea le provocó una punzada de dolor tan intensa que tuvo que detenerse.

Había pasado años intentando llamar la atención de la Muerte.

Y, mientras tanto, se estaba perdiendo todo lo que todavía seguía vivo.

La llamada llegó tres noches después.

Daniel estaba sentado en el salón cuando el teléfono empezó a sonar.

Se quedó inmóvil.

El aparato llevaba mucho tiempo sin recibir llamadas. Apenas lo utilizaba, y la mayoría de las veces prefería dejarlo desconectado. No le gustaba escuchar voces inesperadas. No le gustaba que el mundo encontrara maneras de entrar en su casa.

El teléfono volvió a sonar.

Daniel se levantó lentamente.

Por un instante, pensó que podía ser ella.

La idea fue tan inmediata que casi le dolió.

Cruzó el salón y descolgó.

—¿Sí?

Al otro lado se oyó una respiración breve.

Después, una voz de mujer.

—¿Daniel?

Él dejó de moverse.

No era su madre.

No era la Muerte.

Era Olivia.

Habían pasado tantos años que, durante un instante, su mente se negó a reconocerla. Pero después escuchó el pequeño quiebro al final de su nombre, aquella manera de pronunciarlo cuando estaba nerviosa.

—¿Quién eres? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Hubo un silencio.

—Soy Olivia.

Daniel cerró los ojos.

La fotografía que llevaba días guardando en el bolsillo parecía pesarle de repente sobre el pecho.

—Olivia…

Su hermana soltó el aire al otro lado de la línea.

—Dios mío. Eres tú.

Daniel no pudo responder.

—No sabes cuánto tiempo llevo intentando encontrar este número. Me lo dieron hace poco. No estaba segura de que siguiera siendo tuyo. No sabía si… —Se interrumpió—. No sabía si ibas a contestar.

Él apretó el auricular.

—¿Cómo estás?

Era una pregunta ridícula. Una pregunta pequeña para tantos años de ausencia. Pero no encontró otra.

Olivia tardó en contestar.

—¿Cómo estoy? Daniel, llevamos años sin saber nada de ti.

Él bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Mamá pensó que te había pasado algo. Papá fue a la policía muchas veces. Durante un tiempo creímos que volverías, que aparecerías un día por la puerta y nos contarías alguna historia absurda sobre dónde habías estado.

Daniel se llevó una mano a la boca.

—Lo siento.

—No quiero que me pidas perdón. Quiero saber qué pasó.

Él miró hacia la ventana.

No podía contarle la verdad.

No podía decirle que había muerto y que había regresado convertido en algo que se alimentaba de la sangre de otras personas.

No podía contarle que los periódicos hablaban de él, que la policía llevaba años buscando a un hombre que no envejecía, que cada noche salía a la calle con la esperanza de encontrar a una mujer que parecía haberlo olvidado.

—Me ocurrió algo —dijo finalmente—. Algo que no sé cómo explicarte.

—Pues inténtalo.

Daniel cerró los ojos.

—No puedo.

Al otro lado, Olivia guardó silencio.

Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.

—¿Estás en problemas?

Daniel miró sus manos.

Recordó las manchas de sangre que había intentado borrar. Los rostros que se habían convertido en sombras dentro de su memoria. Las noches en las que había pronunciado aquella frase junto a los cuerpos de sus víctimas.

—Sí —respondió.

Olivia inspiró con fuerza.

—¿Qué clase de problemas?

Daniel no contestó.

—Daniel, por favor.

La voz de su hermana se quebró.

Y aquella pequeña grieta fue peor que cualquier reproche.

—No puedo volver —dijo él.

—¿Por qué?

—Porque no sería bueno para vosotros.

—¿Qué significa eso?

Daniel se apoyó contra la pared.

Quería decirle que la echaba de menos. Que conservaba una fotografía suya. Que todavía recordaba cómo se reía cuando era niña y cómo le tiraba del pelo para obligarlo a llevarla a caballito.

Quería decirle que la había visto desde la otra acera, que sabía que sus padres seguían vivos y que había tenido que marcharse antes de que su madre lo descubriera.

Quería decirle que seguía siendo su hermano.

Pero ninguna de aquellas cosas podía arreglar lo que había hecho.

—Significa que tienes que olvidarte de mí —susurró.

Olivia tardó unos segundos en responder.

—No puedo hacer eso.

Daniel apretó los ojos.

—Tienes que hacerlo.

—¿Estás vivo?

La pregunta lo atravesó.

No había ninguna manera de contestarla sin mentir.

—No lo sé —dijo.

Al otro lado se hizo un silencio absoluto.

Daniel comprendió que aquella respuesta era peor que cualquier explicación. Su hermana intentaba encontrar una razón, algo que pudiera comprender, y él solo le estaba dando más motivos para tener miedo.

—Voy a ir a buscarte —dijo Olivia.

—No.

—Daniel…

—¡No vengas!

El grito resonó en el salón.

Daniel se quedó inmóvil, horrorizado por su propia voz.

Bajó el tono.

—Por favor. No me busques.

—No voy a abandonarte otra vez.

Él sintió que algo se rompía dentro de sí.

No había sido ella quien lo había abandonado.

Había sido él.

—Olivia, escúchame. Hay cosas que no sabes. Cosas que no puedes imaginar. Y si me quieres, si de verdad me quieres, no intentes encontrarme.

Su hermana empezó a llorar.

Daniel reconoció el sonido de inmediato. Era el mismo llanto que recordaba de su infancia, cuando ella se caía y se hacía daño, cuando se enfadaba con sus padres o cuando tenía una pesadilla y aparecía en su habitación buscando consuelo.

Siempre había sabido qué hacer entonces.

Se sentaba junto a ella, le apartaba el pelo de la cara y esperaba a que se calmara.

Ahora no podía hacer nada.

—Te echo de menos —dijo Olivia.

Daniel se cubrió la boca con la mano.

No contestó.

—Solo quería saber si estabas bien.

Él miró la fotografía que había dejado sobre la mesa.

—No estoy bien.

Fue la verdad más sincera que había pronunciado en años.

Olivia lloró en silencio al otro lado de la línea.

Y Daniel, que había conseguido soportar el hambre, la culpa y la eternidad, descubrió que no podía soportar escucharla.

—Tengo que colgar —susurró.

—No. Por favor, no vuelvas a desaparecer.

Daniel apretó el auricular.

—Lo siento.

—Daniel…

Colgó.

El teléfono quedó en silencio.

Él permaneció inmóvil, sosteniendo el auricular contra el oído, escuchando una línea que ya no transmitía nada.

Después lo dejó en su sitio.

No volvió a sonar.

Aquella noche no salió a cazar.

Se quedó sentado en el suelo, junto a la mesa, con la fotografía familiar delante de él. La miró durante horas, deteniéndose en cada rostro, en cada detalle que todavía podía recordar.

Su madre.

Su padre.

Olivia.

Y él mismo, con diecisiete años, una sonrisa despreocupada y una vida que aún no sabía que iba a perder.

Daniel pasó el dedo por el borde de la fotografía.

—No era esto lo que quería —murmuró.

Había creído que la eternidad le daría tiempo para encontrar respuestas. Que, tarde o temprano, la Muerte volvería a aparecer y le explicaría por qué lo había elegido, qué esperaba de él y si existía alguna manera de escapar de aquella hambre.

Pero los años habían pasado.

Su familia había envejecido.

Él se había convertido en una historia de terror.

Y la mujer de negro seguía sin volver.

Daniel guardó la fotografía en la caja y cerró la tapa.

Después se levantó, caminó hasta la ventana y contempló las luces de Madrid.

En algún lugar de la ciudad, su hermana quizá seguía sentada junto al teléfono. Tal vez esperaba que él volviera a llamar. Tal vez estaba buscando una explicación, intentando convencerse de que su hermano seguía siendo el hombre que recordaba.

Daniel quiso regresar.

Quiso abrir la puerta, caminar hasta su casa y abrazarla como hacía cuando era pequeña.

Pero no lo hizo.

Porque había aprendido que algunas cosas podían destruirse mucho antes de que uno las tocara.

Y porque, por primera vez en años, comprendió que la Muerte no era la única persona a la que había perdido.

Había perdido a su familia mientras seguía vivo.

Y lo peor era que había sido él quien había elegido desaparecer.

Esa noche, cuando el silencio volvió a llenar el piso, Daniel no pronunció el nombre de la mujer de negro.

No le pidió que regresara.

No le envió saludos.

Se quedó mirando la caja cerrada, con la fotografía en su interior, hasta que las primeras luces del amanecer aparecieron sobre los tejados.

Entonces comprendió algo que no había querido aceptar durante todos aquellos años.

La eternidad no le había dado tiempo para recuperar lo que amaba.

Le había dado tiempo para verlo desaparecer.