Amor Carmesí Capítulo 8
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Capítulo 8

Los vivos también desaparecen

Daniel encontró la fotografía en una caja que llevaba años sin abrir.

Estaba en el fondo del armario, debajo de varias camisas que ya no se ponía y de unos documentos cuyo propósito había olvidado. La caja era de cartón marrón, con una esquina aplastada y una mancha de humedad en la tapa.

La reconoció enseguida.

Había guardado allí algunas cosas de su antigua vida antes de abandonar su primer piso. Entonces se había dicho que no quería perderlas, aunque tampoco soportaba tenerlas a la vista.

Durante años no había vuelto a tocarla.

Aquella noche no recordaba qué lo había llevado hasta el armario. Quizá buscaba algo con lo que distraerse. Quizá estaba cansado de las noticias, de los periódicos y de escuchar su propio nombre convertido en una amenaza que recorría las calles de Madrid.

O quizá, después de tantos años, necesitaba comprobar que alguna vez había sido alguien distinto.

Sacó la caja y la dejó sobre la cama.

Dentro había una entrada de cine, un reloj que ya no funcionaba, varias cartas y una fotografía en papel brillante.

Daniel la tomó entre los dedos.

En ella aparecían cuatro personas.

Su padre, con una camisa demasiado grande y una expresión seria que no había cambiado ni siquiera cuando intentaba sonreír.

Su madre, sentada junto a él, tenía una mano apoyada en el hombro de Olivia.

Y Olivia, que entonces apenas levantaba unos palmos del suelo, estaba subida a la espalda de Daniel, rodeándole el cuello con los brazos.

Él tendría unos diecisiete años.

Su hermana se reía a carcajadas.

Daniel recordaba aquel día. Habían ido a pasar una tarde a la costa y Olivia se había empeñado en que la llevara a caballito por la arena. Él había protestado, fingiendo que pesaba demasiado, hasta que ella le tiró del pelo y amenazó con contarle a su madre que había suspendido un examen.

La fotografía se había tomado justo después.

Daniel sonrió.

Fue una reacción pequeña, casi involuntaria.

Después la sonrisa desapareció.

Pasó el pulgar por el rostro de su hermana.

—¿Qué habrá sido de ti?

La pregunta quedó suspendida en el dormitorio.

Olivia ya no era aquella niña. Habrían pasado años suficientes para que se hubiera convertido en una mujer adulta, para que hubiera terminado sus estudios, encontrado un trabajo, conocido a alguien. Quizá se había casado. Quizá tenía hijos.

Daniel no sabía nada.

No sabía si seguía viviendo en la misma ciudad, si conservaba el número de teléfono de sus padres o si todavía guardaba alguna fotografía de su hermano desaparecido.

No sabía siquiera si lo recordaba con cariño.

Habían pasado demasiados años.

Y él no había estado presente en ninguno.

La última vez que había hablado con su madre, Daniel todavía creía que podía regresar a su vida anterior.

Recordaba aquella conversación con una claridad dolorosa. El teléfono junto a la ventana, la voz de su madre preguntándole dónde estaba, el miedo que había sentido al escuchar su corazón al otro lado de la línea.

Había colgado.

Después se había convencido de que era lo correcto.

No podía acercarse a ella. No podía arriesgarse a escuchar de nuevo aquel latido, a sentir cómo la sed se abría paso entre sus pensamientos. Si perdía el control con un desconocido, ¿qué le impediría hacerlo con su propia madre?

La respuesta lo había perseguido durante años.

Nada.

Por eso no volvió a llamar.

Al principio pensó que bastaría con esperar unos días. Que encontraría una explicación, una forma de controlar su condición, alguna manera de volver a casa sin poner en peligro a nadie.

Pero los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses.

Después empezaron las noticias sobre el asesino.

Y Daniel comprendió que ya no podía regresar.

Su familia habría visto los titulares. Habría escuchado las declaraciones de la policía. Quizá habrían relacionado los crímenes con su desaparición, aunque nunca hubieran imaginado la verdad.

No podía presentarse en la puerta de sus padres y explicarles que el hijo al que habían buscado durante años era el monstruo al que toda España temía.

Tampoco podía seguir fingiendo que algún día lo haría.

Dejó la fotografía sobre la cama y se sentó a su lado.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió el impulso de llamar a Olivia.

No a su madre.

A Olivia.

Su hermana siempre había sido más insistente.

De pequeña lo llamaba para pedirle ayuda con los deberes, para quejarse de sus amigas o para contarle cosas que él fingía no escuchar.

Cuando se hizo mayor, siguió buscándolo por motivos que a Daniel le parecían igualmente absurdos: preguntarle qué regalo comprarle a su madre, pedirle consejo sobre un trabajo o simplemente contarle cómo le había ido el día.

Él solía responder con bromas.

Le decía que era una pesada.

Y ella siempre acababa riéndose.

Daniel se llevó una mano a la boca.

No recordaba el sonido de su risa con suficiente precisión.

Aquello lo asustó.

Había olvidado detalles de su vida que, en otro tiempo, habría jurado conservar para siempre. No las cosas importantes, sino las pequeñas: el tono exacto de una voz, la manera de caminar de alguien, la expresión que ponía su padre cuando intentaba ocultar que estaba preocupado.

La eternidad no le había arrebatado sus recuerdos de golpe.

Se los estaba quitando poco a poco.

Daniel recogió la fotografía y la guardó en el bolsillo interior de su abrigo.

Aquella noche iba a salir.

Pero, por primera vez en muchos años, no tenía intención de buscar una víctima.

Encontró el número de teléfono de sus padres entre los papeles de la caja.

Estaba escrito en el reverso de un sobre, con la letra de su madre. Junto al número había una pequeña anotación: Llamar a casa si llegas tarde.

Daniel se quedó mirándola.

Recordaba aquella frase. Su madre la había escrito cuando él empezó a salir con sus amigos por las noches. Durante una temporada la llevaba en la cartera, aunque nunca admitió que lo hacía para evitar que ella se preocupara.

La guardó de nuevo.

Después salió del piso.

No podía llamar desde allí. No estaba preparado para escuchar una voz que quizá no reconocería, ni para explicar por qué el hijo desaparecido seguía teniendo la misma edad que en la última fotografía familiar.

Necesitaba verlos.

Solo una vez.

Desde lejos.

Se dijo que sería suficiente.

No hablaría con ellos. No se acercaría a la puerta. No intentaría recuperar algo que ya no le pertenecía.

Solo quería comprobar que estaban vivos.

El trayecto hasta el barrio de sus padres le pareció más largo de lo que recordaba.

Algunas calles habían cambiado. Donde antes había un pequeño comercio ahora había una sucursal bancaria. La fachada de un edificio estaba cubierta de andamios y un bar había cambiado de nombre.

Pero el portal seguía allí.

Daniel se detuvo al otro lado de la calle.

Las ventanas del segundo piso estaban iluminadas.

Se quedó mirando aquella luz, inmóvil, con las manos en los bolsillos del abrigo.

Podía marcharse.

Había llegado hasta allí, había encontrado la casa y había comprobado que seguía en pie. No necesitaba nada más.

Sin embargo, no conseguía moverse.

Una sombra cruzó detrás de la cortina del salón.

Daniel reconoció la manera de andar de su madre.

No tenía sentido que pudiera reconocerla después de tantos años, pero lo hizo. Había algo en su postura, en el movimiento de los hombros, que seguía siendo el mismo.

Ella se detuvo junto a la ventana.

Durante un instante, Daniel creyó que lo había visto.

Retrocedió inmediatamente.

Se ocultó en la entrada de un edificio cercano y esperó, con una mano apoyada contra la pared.

Cuando volvió a mirar, su madre ya no estaba.

Se obligó a respirar, aunque no lo necesitara.

—Está bien —murmuró—. Está viva. Eso es lo que querías saber.

Pero no se marchó.

Al cabo de unos minutos, la puerta del portal se abrió y apareció un hombre con el cabello completamente gris. Llevaba un abrigo oscuro y caminaba despacio, como si le dolieran las rodillas.

Su padre.

Daniel sintió que algo se cerraba dentro de él.

Lo recordaba con el pelo castaño, la espalda recta y una voz que llenaba cualquier habitación. El hombre que tenía delante parecía mucho más pequeño. Caminó hasta el contenedor de la esquina, depositó una bolsa y se quedó un momento mirando la calle antes de regresar a casa.

Daniel no apartó los ojos de él.

Había imaginado muchas veces cómo sería ver envejecer a las personas que había querido. Había pensado que sería una imagen triste, una confirmación de que el tiempo no se detenía por nadie.

No había comprendido lo que significaba hasta aquel instante.

Su padre estaba envejeciendo.

Su madre también.

Y él no podía hacer nada.

No podía devolverles los años perdidos. No podía sentarse con ellos a la mesa ni escuchar las historias que se habían contado durante su ausencia. No podía decirles que seguía allí, que recordaba sus voces y que todavía era capaz de sentir algo parecido al amor.

Porque también sabía que acercarse sería una forma de crueldad.

Ellos merecían seguir viviendo sin miedo.

Daniel apoyó la cabeza contra la pared.

—Perdonadme.

Nadie lo oyó.

Permaneció allí hasta que las luces del salón se apagaron.

Después se marchó.

No volvió a casa inmediatamente.

Caminó durante horas, sin un destino claro, dejando que las calles se sucedieran a su alrededor. Había visto a sus padres y, sin embargo, sentía que acababa de perderlos de nuevo.

Quizá era eso lo que significaba su condena.

No bastaba con no envejecer.

Tenía que aprender a contemplar cómo todo lo demás desaparecía.

La idea le recordó a la mujer de negro.

Se detuvo bajo una farola.

Hacía años que no la veía. Había pasado tanto tiempo desde su última visita que a veces dudaba de los detalles de su rostro. Sin embargo, bastaba con cerrar los ojos para recordar su voz, la forma en que lo había mirado cuando él confesó que tenía miedo de convertirse en un monstruo.

No dejes que eso ocurra.

Daniel abrió los ojos.

—Lo he intentado —susurró.

La farola zumbó sobre su cabeza.

—De verdad que lo he intentado.