Amor Carmesí Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

En la pantalla apareció el rostro de un inspector de policía. Era un hombre de mediana edad, con el cabello gris en las sienes y unas ojeras profundas. Hablaba ante una fila de micrófonos mientras los periodistas se empujaban para conseguir una declaración.

—Estamos ante una investigación de una complejidad extraordinaria —decía—. No descartamos ninguna hipótesis. Nuestro objetivo sigue siendo identificar al responsable y evitar que se produzcan nuevas víctimas.

La imagen cambió.

Un presentador apareció en el estudio.

—Los investigadores consideran que podría tratarse de uno de los asesinos en serie más prolíficos de la historia reciente. La cifra exacta de víctimas sigue sin estar clara.

Daniel bajó la mirada hacia su vaso.

El agua estaba quieta.

Durante unos segundos, no escuchó nada más que la voz del presentador.

Después, el camarero dejó una servilleta junto a él.

—Menuda barbaridad, ¿eh? —comentó, señalando el televisor—. Hay que estar enfermo para hacer algo así.

Daniel levantó la cabeza.

El hombre no esperaba una respuesta. Se limitó a negar con la cabeza y regresó a la barra.

Daniel permaneció sentado.

Hay que estar enfermo.

Miró sus manos.

Se preguntó si alguna vez había estado cuerdo.

Se preguntó si la mujer de negro habría sabido lo que llegaría a ser cuando lo tomó de la mano en aquel lugar sin cielo ni suelo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de la respuesta.

Aquella misma noche volvió a salir.

No lo hizo porque necesitara alimentarse de inmediato. Había bebido sangre unas horas antes y la sed todavía estaba controlada. Sin embargo, permanecer en casa se había vuelto insoportable.

Los pensamientos se acumulaban.

La mujer.

La primera muerte.

El hospital.

La sangre.

Las noticias.

Los años que seguían pasando sin dejar huella en su rostro.

Caminó por calles cada vez más vacías hasta que encontró a una persona sola, lejos de las luces principales.

Daniel se detuvo.

Durante un instante, contempló la escena desde cierta distancia.

Podría haber seguido caminando.

Lo sabía.

Había momentos en los que todavía podía elegir.

Y esa certeza era lo que más le costaba soportar.

Se acercó.

La persona se volvió al escuchar sus pasos y trató de apartarse, pero Daniel ya estaba demasiado cerca. Todo ocurrió deprisa. Después, la calle volvió a quedarse en silencio.

Daniel permaneció junto a su víctima.

No había satisfacción en su rostro.

Tampoco sorpresa.

Solo aquella familiar ausencia que se instalaba en él después de cada muerte.

Se inclinó lentamente.

Y pronunció las palabras que llevaba años repitiendo.

—Manda saludos a la Muerte, tú que puedes.

Se quedó esperando.

Un segundo.

Dos.

Cinco.

Nada.

La lluvia resbaló por su cabello y le recorrió la cara. Daniel levantó la mirada hacia las ventanas oscuras de los edificios.

—Vamos —susurró—. Ya lo has oído.

El silencio continuó.

Algo se quebró en su expresión.

No era una esperanza nueva. Era la misma esperanza de siempre, gastada hasta el límite, que volvía a levantarse cada vez que él creía haberla perdido.

—He hecho todo lo que querías —dijo, sin saber siquiera si aquellas palabras tenían sentido—. He hecho todo lo que podía hacer.

Se arrodilló junto al cuerpo.

—¿Qué más quieres de mí?

La ciudad no respondió.

Daniel apretó los dientes.

Durante un instante, pareció que iba a gritar. Que iba a levantarse y golpear las paredes, romper los cristales, exigirle al mundo una explicación que nadie podía darle.

Pero no lo hizo.

Se quedó allí, inmóvil, escuchando el agua caer sobre el asfalto.

Después se levantó y se marchó.

Cuando llegó a casa, encendió la televisión.

No necesitaba hacerlo. Sabía lo que encontraría.

Los mismos titulares. Las mismas imágenes. Los mismos expertos que intentaban explicar lo inexplicable. Una nueva rueda de prensa, nuevas preguntas sin respuesta y una policía cada vez más presionada por una opinión pública aterrorizada.

Daniel se sentó en el sofá.

En la pantalla, el presentador hablaba de una nueva víctima.

La fotografía era borrosa. El nombre aparecía escrito en letras blancas.

Daniel apartó la mirada.

No quería verla.

No quería recordar.

No quería seguir haciendo aquello.

Pero, cuando cerró los ojos, el rostro de la mujer de negro apareció ante él con una claridad que ninguna otra imagen había conseguido conservar.

Su cabello oscuro.

Sus ojos claros.

La tristeza que parecía acompañarla incluso cuando sonreía.

Daniel abrió los ojos.

—No me hagas esto —susurró.

La televisión continuó hablando.

Por un momento, la voz del presentador pareció llegar desde muy lejos. Daniel dejó de escuchar las palabras y se concentró en el silencio que había entre ellas.

Esperó.

Quizá la Muerte estaba allí, en algún lugar de la habitación.

Quizá lo observaba desde la oscuridad.

Quizá había escuchado cada uno de sus mensajes y simplemente se negaba a responder.

Daniel se volvió hacia el rincón donde la había visto aparecer por última vez.

No había nadie.

Nunca había nadie.

Se inclinó hacia delante y se cubrió la cara con las manos.

Había matado a decenas de personas.

Había convertido su existencia en una sucesión de noches sangrientas, había obligado a una ciudad entera a vivir con miedo y había hecho que la policía dedicara sus esfuerzos a encontrar a un hombre que no podía envejecer ni morir.

Y, sin embargo, seguía siendo incapaz de conseguir lo único que deseaba.

Una conversación.

Una respuesta.

Una última sonrisa.

Se quedó sentado hasta que la televisión dejó de emitir noticias y comenzó la programación nocturna. Después apagó el aparato y permaneció en la oscuridad.

El silencio regresó a la habitación.

Daniel levantó la cabeza.

—Manda saludos a la Muerte de mi parte —dijo una vez más.

Esta vez no había nadie a quien decírselo.

Ni víctima.

Ni testigo.

Ni siquiera una esperanza a la que pudiera aferrarse.

Solo él.

Un hombre que había muerto hacía años y que seguía buscando a la única persona capaz de reconocerlo.

Y que, en algún lugar de aquella larga eternidad, había empezado a sospechar que quizá ella no había desaparecido por accidente.

Quizá lo estaba dejando solo a propósito.

La idea le atravesó el pecho con más fuerza que cualquier herida.

Por primera vez en años, Daniel no sintió sed.

Sintió miedo.

Y en la oscuridad de su piso, mientras Madrid dormía al otro lado de las ventanas, comprendió que todavía había algo peor que vivir para siempre.

Vivir para siempre sabiendo que la persona a la que amas no quiere volver a verte.