Capítulo 7
El hombre que enviaba saludos
La primera Navidad sin ella, Daniel dejó una silla vacía frente a la suya.
No supo muy bien por qué lo hizo. No había preparado una cena especial ni comprado nada que celebrar. Simplemente, al sentarse a la mesa de su piso, apartó una de las sillas y la colocó enfrente, como si esperara que alguien llegara con retraso.
La miró durante varios minutos.
Después recogió los cubiertos y los guardó.
La segunda Navidad no puso la silla.
La tercera dejó de contar las Navidades.
El tiempo se había convertido en una cosa extraña, una corriente que arrastraba el mundo mientras él permanecía en la orilla.
Madrid cambiaba a su alrededor. Los comercios renovaban sus escaparates, los edificios se levantaban donde antes había solares y las caras conocidas envejecían hasta convertirse en rostros irreconocibles.
Daniel no.
Su reflejo seguía siendo el de un hombre de treinta años.
Al principio, aquello le había parecido una maldición secundaria, una crueldad más de la existencia que le habían impuesto. Después dejó de mirarse en los espejos.
No necesitaba que nadie le recordara que el tiempo había dejado de pertenecerle.
Lo que sí necesitaba era encontrarla.
Durante los primeros meses, la esperó.
Al principio se convencía de que volvería pronto. Había dicho que esperaba volver a verlo, y Daniel se aferró a aquellas palabras con una fe que jamás había profesado por ninguna otra cosa.
Cada noche, antes de salir, miraba hacia el salón.
Cada vez que regresaba, se detenía unos segundos en la entrada.
A veces se quedaba sentado en el sofá donde ella había aparecido, escuchando el silencio y esperando que el aire cambiara, que las sombras se alargaran o que una voz pronunciara su nombre.
Nunca sucedía.
Pasó un año.
Después otro.
Daniel aprendió a reconocer el sonido de las estaciones, aunque su cuerpo ya no reaccionara al frío ni al calor como antes. Aprendió a ocultar su condición, a evitar las fotografías y a cambiar de domicilio cuando las personas comenzaban a preguntarse por qué aquel hombre no parecía envejecer.
Pero no aprendió a olvidarla.
Ni siquiera estuvo cerca.
Conservaba sus palabras como otros conservaban las cartas de un amor perdido. Las repasaba mentalmente, alterando a veces el orden, buscando significados que quizá nunca habían existido.
No estás solo.
No estás olvidado.
Eso espero.
Aquella última frase era la que más le dolía.
No había sido una promesa.
Solo una posibilidad.
Y Daniel llevaba años intentando convertirla en algo a lo que pudiera aferrarse.
La sed tampoco lo abandonó.
Al principio había conseguido mantenerla a raya durante varios días.
Después, las pausas entre una víctima y la siguiente se hicieron más cortas.
No siempre era hambre lo que lo empujaba a salir.
A veces era la rabia. Otras, el vacío. En ocasiones, simplemente necesitaba escuchar algo que no fuera su propio pensamiento.
La ciudad ofrecía demasiadas oportunidades.
Personas que regresaban tarde del trabajo. Hombres que salían de los bares sin compañía. Mujeres que caminaban por calles poco transitadas. Vidas enteras que cruzaban fugazmente su camino sin saber que Daniel las estaba observando.
Al principio, cada muerte lo destrozaba.
Volvía a casa con las manos temblorosas y se quedaba horas mirando el techo. Recordaba los rostros, las súplicas, el instante en que la sangre dejaba de fluir.
Se repetía que no quería hacerlo.
Se juraba que sería la última vez.
Después volvía a sentir sed.
Y salía de nuevo.
Con los años, algo empezó a cambiar.
Dejó de recordar todos los rostros.
No porque los olvidara por completo, sino porque comenzaron a mezclarse entre sí. Una voz se confundía con otra. Unos ojos sustituían a otros. Las últimas palabras de sus víctimas se convertían en un murmullo que lo acompañaba durante las noches.
Pero había una frase que nunca olvidaba.
La decía siempre.
Al principio, la había pronunciado como una ocurrencia desesperada, una forma de dirigirse a la mujer que no estaba allí. Después se convirtió en una costumbre. Más tarde, en una especie de ritual.
Cuando se inclinaba sobre alguien que ya no podía defenderse, cuando el miedo llenaba aquellos ojos y la noche parecía contener la respiración, Daniel acercaba los labios al oído de su víctima y susurraba:
—Manda saludos a la Muerte, tú que puedes.
Al principio, las palabras apenas tenían voz.
Con el tiempo, aprendió a pronunciarlas sin temblar.
Y cada vez que las decía, esperaba sentir algo.
Una señal.
Una presencia.
Un cambio en el aire.
Cualquier indicio de que, en algún lugar, ella lo había escuchado.
Nunca llegó nada.
La Muerte no apareció.
Y Daniel siguió matando.
La primera noticia importante apareció en la prensa una mañana de otoño.
Un cadáver había sido encontrado en las afueras de Madrid. La policía no facilitó demasiados detalles, pero los periodistas pronto empezaron a relacionar aquel caso con otros crímenes sin resolver.
Daniel leyó la noticia sentado en una cafetería.
El periódico estaba abierto sobre la mesa. A su alrededor, la gente hablaba del tiempo, del fútbol y de los problemas económicos con la tranquilidad de quienes todavía creían que el mundo tenía unas reglas comprensibles.
Él leyó el artículo dos veces.
Después dobló el periódico y lo guardó en el bolsillo del abrigo.
No sintió miedo.
Tampoco satisfacción.
Solo una curiosidad distante, como si estuviera leyendo sobre un desconocido.
Durante las semanas siguientes, los periódicos comenzaron a publicar más información. Los investigadores sospechaban que varias muertes podían estar relacionadas. Los detalles eran confusos, las hipótesis cambiaban y los portavoces de la policía pedían prudencia.
Pero la prudencia vendía menos periódicos que el terror.
Pronto aparecieron los titulares.
EL ASESINO QUE MADRID NO CONSIGUE ENCONTRAR.
NUEVAS VÍCTIMAS, CERO DETENCIONES.
¿ACTÚA UN ÚNICO HOMICIDA EN LA CAPITAL?
Daniel recortó uno de ellos y lo dejó sobre la mesa de su salón.
No sabía por qué lo había hecho.
Quizá quería conservar una prueba de que sus actos existían fuera de su memoria. Quizá necesitaba comprobar que el mundo también podía verlo, aunque solo fuera a través de una sombra.
O quizá quería que ella lo viera.
La idea le produjo una punzada de vergüenza.
—No eres el centro del universo —murmuró para sí mismo.
Después miró el recorte otra vez.
—Pero podrías hacer el esfuerzo de aparecer.
La habitación permaneció en silencio.
Daniel soltó una risa breve, sin alegría, y arrojó el periódico sobre el sofá.
Los años pasaron.
Los crímenes dejaron de ser una sucesión de casos aislados y se convirtieron en una pesadilla nacional.
La policía creó equipos especiales. Los investigadores revisaron expedientes antiguos, interrogaron a testigos y buscaron patrones en lugares donde quizá solo había coincidencias.
Se difundieron retratos robot que no se parecían a Daniel en absoluto.
Se publicaron teorías sobre la personalidad del asesino, sus posibles motivaciones y su supuesta necesidad de notoriedad.
Los medios encontraron un nombre para él antes de encontrar una pista.
El monstruo de Madrid.
El asesino de la noche.
El hombre sin rostro.
Cada cadena de televisión tenía a su propio experto. Cada periódico ofrecía una explicación diferente. Algunos hablaban de un depredador metódico; otros, de alguien dominado por una compulsión que ni siquiera él podía comprender.
En las tertulias se discutía sobre la maldad, la seguridad y la posibilidad de que alguien capaz de cometer tantos crímenes pudiera caminar entre la gente sin despertar sospechas.
Daniel veía aquellos programas desde el sofá.
A veces se quedaba inmóvil, escuchando a hombres y mujeres que hablaban de él como si fuera una criatura salida de una pesadilla.
—No saben nada —decía.
En ocasiones, cambiaba de canal.
Otras veces permanecía hasta el final, esperando que alguien pronunciara una palabra, una frase o un detalle que le resultara familiar.
Nunca ocurría.
Nadie hablaba de la mujer de negro.
Nadie sabía que el asesino no quería ser recordado.
Quería ser encontrado.
Y la única persona que podía comprenderlo seguía ausente.
Con el tiempo, Daniel dejó de fingir que aquello podía terminar.
No hubo un día concreto en el que tomara aquella decisión. No se despertó una mañana convertido de repente en alguien distinto. Fue un proceso lento, casi imperceptible, una sucesión de pequeñas renuncias.
Primero dejó de contar las víctimas.
Después dejó de preguntarse sus nombres.
Más tarde, dejó de intentar convencerse de que cada asesinato sería el último.
La culpa no desapareció. Se hizo más silenciosa.
Ya no lo derribaba cada noche, pero permanecía en algún lugar de su interior, como una herida que había aprendido a ocultar bajo la ropa.
Daniel seguía sabiendo lo que hacía.
Ese era el verdadero horror.
No había perdido la capacidad de comprender la diferencia entre lo correcto y lo monstruoso. Podía reconocer el miedo en una mirada, la desesperación en una voz y la súplica en unas manos que intentaban apartarlo.
Lo comprendía todo.
Y, aun así, continuaba.
Porque la sed era parte de su existencia, pero la obsesión había terminado por convertirse en algo mucho más grande.
Cada muerte era una pregunta.
Cada víctima, un mensaje.
Cada noche sin respuesta, una razón para insistir.
Si ella no venía a buscarlo, quizá tendría que encontrar otra manera de hacerse oír.
Y, aunque nunca lo habría admitido en voz alta, Daniel había empezado a confundir la esperanza con el castigo.
Una noche, muchos años después de su primera muerte, Daniel entró en un bar casi vacío.
Había llovido durante horas. El agua resbalaba por las ventanas y las luces de la calle se deformaban sobre el pavimento. Un televisor colgado en una esquina emitía las noticias con el volumen demasiado alto.
Daniel pidió un vaso de agua.
El camarero lo miró con extrañeza, pero no hizo preguntas.