Capítulo 6 #2
Lo dijo con convicción.
Después cogió la lista y añadió una nueva propuesta.
Número 24: dejar de pensar en ella.
La contempló durante unos segundos.
La tachó inmediatamente.
—Imposible.
La idea de que la Muerte acudía a buscar a los muertos empezó a convertirse en una obsesión.
Daniel repasó mentalmente su primer encuentro. Recordó la oscuridad, la ausencia de suelo, la voz de aquella mujer y la sensación de haber llegado al final de todo.
Ella le había dicho que estaba muerto.
Después lo había devuelto.
Quizá aquella era la clave.
Tal vez no podía morir porque ella había hecho algo que iba más allá de cualquier regla natural. Quizá su cuerpo ya no obedecía las mismas leyes que el de los demás.
Pero si aquello era cierto, ¿por qué no se lo había explicado?
Daniel empezó a sospechar que la mujer disfrutaba deliberadamente de mantenerlo confundido.
—Claro —murmuró una noche—. Te convierto en un monstruo inmortal, te dejo sin instrucciones y luego desaparezco. Muy profesional.
Se levantó del sofá y comenzó a caminar por el salón.
—Ni un manual. Ni una dirección de contacto. Ni siquiera una tarjeta de visita.
Se detuvo frente a la ventana.
—Servicio posventa pésimo.
Por primera vez, se rio de verdad.
Fue una risa breve, inesperada, que le salió antes de poder contenerla.
Le sorprendió tanto que permaneció inmóvil, escuchando el sonido desaparecer en la habitación.
No recordaba la última vez que había reído.
Durante unos segundos, casi consiguió sentirse como antes.
Después volvió a mirar la calle.
Y la echó de menos.
Al cabo de una semana, Daniel había abandonado la idea de morir de manera convencional.
No porque hubiera renunciado a su objetivo, sino porque había empezado a sospechar que la palabra imposible tenía un significado especial cuando se trataba de él.
La lista alcanzó las cuarenta y siete propuestas.
La mitad estaban tachadas.
Una tercera parte llevaba comentarios sarcásticos.
El resto permanecía pendiente, aunque Daniel empezaba a perder la confianza en su propia creatividad.
Se sentó a la mesa con una taza de café que había preparado por costumbre. El sabor le seguía resultando desagradable, pero había descubierto que sostener algo caliente entre las manos le ayudaba a sentirse menos extraño.
Repasó las anotaciones.
—A ver…
Leyó la primera.
—No.
La segunda.
—Tampoco.
La tercera.
—Absolutamente no.
Llegó a la número cuarenta y siete y se detuvo.
No había escrito nada junto a ella.
Simplemente había dibujado una pequeña rosa.
Daniel frunció el ceño.
No recordaba haberlo hecho.
Pasó el dedo por el dibujo. Era una rosa sencilla, trazada con tinta negra, con los pétalos ligeramente inclinados.
La contempló durante un largo rato.
Entonces recordó una de las primeras cosas que había pensado después de conocerla: que, pese a la oscuridad que la rodeaba, había algo cálido en ella. Algo que no encajaba con el final de todas las cosas.
Cerró los ojos.
—¿Dónde estás?
La pregunta salió en voz baja.
No esperaba una respuesta.
Nunca la esperaba.
Por eso, cuando oyó una voz detrás de él, se quedó completamente inmóvil.
—Aquí.
Daniel abrió los ojos.
La taza se le resbaló de las manos y se hizo añicos contra el suelo.
Se volvió tan deprisa que estuvo a punto de tropezar con la silla.
Ella estaba allí.
De pie junto a la puerta del salón, vestida de negro, con el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros y aquellos ojos claros que Daniel había intentado olvidar sin conseguirlo.
Durante unos segundos no pudo hablar.
La mujer miró los pedazos de porcelana en el suelo.
Después observó la mesa, las hojas tachadas, los comentarios escritos a toda prisa y la rosa dibujada en el margen.
Por último, volvió a mirarlo a él.
—¿Qué has estado haciendo?
Daniel siguió mirándola, incapaz de apartar los ojos de su rostro.
Había imaginado aquel momento tantas veces que ahora no sabía cómo comportarse. Una parte de él quería abrazarla. Otra quería gritarle. Una tercera, mucho más sensata, le recomendaba no hacer ninguna de las dos cosas hasta comprobar que no estaba sufriendo otra alucinación.
Finalmente, señaló la mesa.
—Investigación.
La mujer se acercó y tomó una de las hojas.
Leyó el encabezado.
FORMAS DE MORIR Y VOLVER A VERLA.
El silencio se prolongó.
Daniel se pasó una mano por la nuca.
—Antes de que digas nada, quiero dejar claro que el método de organización es provisional.
Ella levantó la mirada.
—¿Has intentado morir?
—En repetidas ocasiones.
—¿Por qué?
Daniel abrió la boca.
La cerró.
No iba a responder que por ella. No después de haber pasado días fingiendo que todo aquello era una investigación racional, un problema que podía resolver con suficiente perseverancia.
Pero la mujer seguía mirándolo.
Y mentirle le resultó imposible.
—Porque quería verte.
La expresión de ella cambió apenas un instante.
Daniel lo advirtió.
No supo interpretarlo, pero lo advirtió.
—Daniel…
—Ya sé que es absurdo.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Mírame. Soy un cadáver que hace listas.
La mujer bajó los ojos hacia el papel.
Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.
—He visto cosas más extrañas.
Daniel se quedó mirándola.
—¿Más extrañas que esto?
Ella alzó una ceja.
—Muchísimas.
—No sé si eso debería tranquilizarme.
—Probablemente no.
Y entonces ocurrió.
La mujer sonrió.
No mucho. No como alguien que hubiera olvidado la tristeza, ni como si de pronto se hubiera vuelto otra persona. Fue una sonrisa pequeña, contenida, casi involuntaria.
Pero era real.
Daniel sintió que todas las semanas de desesperación, todas las noches de soledad y todos los intentos absurdos de recuperar lo que había perdido quedaban, por un instante, suspendidos en el aire.
Solo pudo pensar una cosa.
Ha merecido la pena.
Después miró la taza rota.
—Aunque, si vas a seguir apareciendo así, agradecería que avisaras antes. He perdido una taza bastante buena.
La mujer lo observó.
—¿Eso es lo que te preocupa?
Daniel se encogió de hombros.
—Ahora mismo, sí.
Ella volvió a mirar la lista.
—Cuarenta y siete intentos.
—Cuarenta y siete ideas. No todas se han llevado a la práctica.
—Me alegra saberlo.
—A mí también. Algunas eran francamente malas.
La mujer dejó la hoja sobre la mesa.
—No puedes morir de esa manera.
Daniel sintió que la sonrisa desaparecía de su rostro.
—¿De ninguna manera?
Ella no respondió.
Él se acercó un paso.
—¿Soy inmortal?
La mujer lo miró durante un largo momento.
—Tu cuerpo ya no responde como el de un hombre vivo.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—Es lo que puedo decirte.
Daniel soltó una risa incrédula y señaló la lista.
—¿Te haces una idea de lo útil que habría sido saberlo hace una semana?
—Lo siento.
Aquella disculpa volvió a desarmarlo.
Daniel se quedó callado.
La mujer bajó la mirada hacia la rosa dibujada en el papel y pasó un dedo por el borde de la hoja.
—No deberías haber hecho todo esto.
—¿Por qué? ¿Porque no sirve de nada?
Ella tardó en responder.
—Porque tu vida no tiene que terminar para que puedas volver a verme.
Daniel sintió que algo se detenía dentro de él.
No era exactamente esperanza. Era una emoción más delicada, más peligrosa, porque dependía de una frase que quizá no significaba lo que él quería creer.
—¿Eso significa que vas a volver?
La mujer levantó los ojos.
—No he dicho eso.
—Pero tampoco has dicho que no.
—Daniel…
—Lo sé. Preguntas para las que no estoy preparado. Verdades que no puedes contarme. Respuestas que no son respuestas.
Ella lo observó en silencio.
Daniel suspiró.
—Voy a acabar escribiendo un libro sobre ti.
—¿Un libro?
—Sí. Se titulará La mujer que nunca contesta. Aunque quizá venda más si lo llamo Cómo desesperar a un hombre en tres sencillos pasos.
La mujer volvió a sonreír.
Y Daniel, que llevaba días intentando encontrar una manera de morir, comprendió que en realidad había estado buscando algo muy distinto.
No quería desaparecer.
Quería encontrar un lugar en el que ella pudiera quedarse.
La mujer dejó la hoja sobre la mesa y se acercó a él.
—No vuelvas a intentarlo.
Daniel bajó la mirada.
—No puedo prometerte que no vuelva a tener ganas.
—No te lo estoy pidiendo.
Él levantó los ojos.
—¿Entonces qué me estás pidiendo?
La mujer vaciló.
Fue un gesto mínimo, pero Daniel sintió que había una respuesta detrás de aquella duda. Algo que ella quería decir y que, por algún motivo, no podía permitirse pronunciar.
Finalmente, extendió una mano y le rozó el brazo.
El contacto fue leve.
Daniel se quedó inmóvil.
No sintió la sed. No escuchó ningún corazón. Durante aquel breve instante, el mundo pareció reducirse al lugar exacto donde los dedos de ella habían tocado su piel.
—Quédate aquí —dijo la mujer.
Daniel la miró.
—¿En mi piso?
Ella apartó la mano.
—En tu vida.
Las palabras lo dejaron sin respuesta.
La mujer pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Su expresión se cerró ligeramente y dio un paso atrás, recuperando aquella distancia que siempre parecía interponerse entre ambos.
Daniel no intentó acercarse.
No quería asustarla.
No quería que desapareciera.
Por primera vez, comprendió que había cosas que deseaba preguntarle no por necesidad, sino porque quería conocerla. Y que, quizá, si esperaba lo suficiente, algún día ella decidiría responder.
Miró la lista una última vez.
Cuarenta y siete intentos.
Ninguno había funcionado.
La Muerte seguía allí, delante de él, y su presencia hacía que todos aquellos esfuerzos parecieran aún más absurdos.
Daniel cogió la hoja, la dobló cuidadosamente y la guardó en un cajón.
—Voy a necesitar una lista nueva —murmuró.
La mujer lo miró con alarma.
—¿Para qué?
Daniel sonrió.
—Cosas que hacer mientras espero a que vuelvas.
Ella no respondió.
Pero tampoco desapareció.
Y aquella noche, por primera vez desde que había regresado de la muerte, Daniel dejó de buscar una manera de acabar con su existencia.
No porque hubiera dejado de querer verla.
Sino porque empezaba a sospechar que, para conseguirlo, tendría que aprender a vivir con la suya.