Amor Carmesí Capítulo 6
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Capítulo 6

Cien maneras de morir

Daniel Bennett había descubierto tres cosas desde su regreso de entre los muertos.

La primera: la sangre sabía demasiado bien.

La segunda: la mujer de negro era una experta en aparecer cuando le daba la gana y desaparecer cuando él necesitaba respuestas.

La tercera, que empezaba a resultarle especialmente irritante, era que no podía sacársela de la cabeza.

Habían pasado seis días desde su última visita.

Seis días mirando el sofá donde se había sentado, recordando sus palabras y preguntándose si aquella despedida significaba que volvería pronto o que acababa de condenarlo a una eternidad de soledad.

Había intentado distraerse.

Leyó un periódico de principio a fin, aunque no consiguió recordar una sola noticia. Escuchó la radio durante horas. Incluso puso en orden los cajones de la cocina, una actividad tan impropia de él que, de haberlo visto su madre, habría llamado inmediatamente a un médico.

Nada funcionó.

La mujer seguía allí, instalada en su cabeza como una inquilina que no pagaba alquiler y encima se negaba a marcharse.

Daniel empezó a hablarle cuando estaba solo.

—Buenos días —decía al despertarse, por pura costumbre, antes de recordar que ya no dormía.

Otras veces se sentaba en el salón y le contaba las cosas que había hecho durante el día, como si ella estuviera en la habitación contigua.

—Hoy he intentado comer una manzana. Ha sido una experiencia lamentable. Si vuelves, te lo contaré con más detalle.

Se detenía entonces, avergonzado de sí mismo.

—Estoy hablando solo. Fantástico.

Lo peor era que, en ocasiones, le parecía notar una presencia al otro lado de la habitación.

Se volvía rápidamente.

Nunca había nadie.

La sed tampoco ayudaba.

Después de su primera víctima, había descubierto que la sangre podía mantenerla a raya durante un tiempo. No la eliminaba, ni convertía su existencia en algo soportable, pero le permitía pensar sin que cada latido humano se transformara en una invitación.

Había intentado resistirse.

De verdad.

Durante dos días apenas salió de casa. El tercero, la necesidad lo arrastró de nuevo a la calle.

Y aquella noche volvió a ocurrir.

No hubo un gran plan ni una decisión meditada. Solo una mujer que caminaba sola, un callejón oscuro y una sed que terminó imponiéndose a cualquier razonamiento.

Cuando Daniel recuperó la claridad, ella yacía inmóvil a sus pies.

Él retrocedió, respirando por costumbre, con las manos temblorosas y la boca manchada de sangre.

Otra víctima.

Otro rostro que no conseguiría olvidar.

Se quedó mirándola durante un largo rato. Después se arrodilló junto a ella y bajó la cabeza.

—Lo siento —murmuró.

No sabía si se lo decía a ella o a sí mismo.

Entonces recordó algo.

La primera víctima había sido un hombre. Aquella vez, en mitad de su desesperación, había deseado que alguien pudiera llevar un mensaje a la única persona que parecía conocer su condición.

Ahora, mientras observaba a la mujer muerta, aquella idea regresó con una claridad absurda.

Se inclinó un poco más y susurró:

—Mándale saludos a la Muerte de mi parte.

La frase quedó flotando en el callejón.

Daniel se incorporó lentamente.

Y se quedó quieto.

Mándale saludos a la Muerte.

La Muerte.

Su Muerte.

La mujer de negro.

La única persona a la que deseaba ver.

Una sonrisa incrédula apareció en su rostro.

—Un momento.

Miró el cuerpo. Después miró el cielo oscuro, como si esperara encontrar allí una explicación escrita entre las nubes.

—Un momento, un momento…

Comenzó a caminar en círculos.

—Si la Muerte viene a buscar a los muertos…

Se detuvo.

—Y yo estoy muerto…

Volvió a detenerse, esta vez con el ceño fruncido.

—Bueno, técnicamente estoy muerto. Aunque camino, hablo y puedo abrir puertas. Es un detalle que habrá que discutir.

Se pasó una mano por la cara.

La conclusión era tan sencilla que no entendía cómo no se le había ocurrido antes.

Si quería volver a verla, tenía que morir.

No morir como la primera vez, cuando un coche lo había arrojado al otro lado de la existencia. Morir de verdad. De una manera definitiva.

Daniel contempló sus manos.

Después levantó la mirada.

—Tengo que morir.

Lo dijo con una seguridad que habría resultado admirable de no ser porque llevaba muerto varios días.

Y, por primera vez desde que había despertado en el hospital, sintió algo parecido a la esperanza.

Al llegar a casa, Daniel se sentó a la mesa de la cocina y tomó una hoja de papel.

Escribió en la parte superior:

FORMAS DE MORIR Y VOLVER A VERLA.

Lo contempló unos segundos.

Luego añadió, debajo:

Importante: comprobar que funciona antes de pasar al siguiente método.

Se quedó mirando la frase.

—No me puedo creer que esté haciendo esto.

Aun así, siguió escribiendo.

La lista creció rápidamente. Al principio, sus propuestas eran razonables dentro de lo razonable. Después empezaron a adquirir un carácter cada vez más desesperado.

Cuando terminó, había llenado las dos caras de la hoja.

La dobló cuidadosamente y la guardó en el bolsillo.

—Muy bien, Daniel. Vamos a resolver esto como personas civilizadas.

Hizo una pausa.

—O como cadáveres civilizados.

No estaba seguro de cuál de las dos opciones lo describía mejor.

El primer intento fue el más evidente.

Daniel se presentó en un puente poco transitado y observó el agua durante varios minutos.

Era una noche fría. El viento agitaba su abrigo y el río avanzaba bajo él con una indiferencia absoluta.

—Esto debería funcionar —murmuró.

Se asomó un poco.

Después se apartó.

Volvió a asomarse.

—¿Y si la corriente me arrastra hasta otra provincia? ¿Qué hago entonces? ¿Me paso la eternidad muerto en Guadalajara?

Se quedó mirando el agua unos segundos más.

—No. Sería ridículo.

Finalmente se marchó.

En la lista escribió: Puente. Descartado por problemas logísticos.

El segundo intento consistió en comprobar si podía morir de frío.

Daniel pasó buena parte de la madrugada expuesto al aire helado, esperando que su cuerpo terminara por rendirse.

No ocurrió absolutamente nada.

A la mañana siguiente seguía de pie en el mismo lugar, con la ropa húmeda y una expresión de profundo resentimiento.

—Ni siquiera un resfriado —se quejó—. Mi madre estaría orgullosa.

El tercer intento fue el fuego.

No salió como esperaba.

Después de descubrir que las llamas no conseguían acabar con él, se encontró en su propia cocina, rodeado de humo, con varios objetos chamuscados y una alarma que no dejaba de sonar.

Daniel contempló los desperfectos.

—Perfecto. Inmortal y sin sentido de la responsabilidad.

Abrió las ventanas y pasó el resto de la mañana limpiando.

Aquel día aprendió dos cosas: que su cuerpo parecía recuperarse de cualquier daño y que los vecinos eran mucho menos comprensivos de lo que cabría esperar ante una persona que intentaba suicidarse en su propia cocina.

El cuarto intento fue menos espectacular.

Se encerró en el baño, convencido de que existía alguna forma de obligar a su cuerpo a detenerse.

Una hora después salió con el pelo mojado, el orgullo herido y la misma expresión de frustración que habría tenido un hombre incapaz de abrir un tarro de conservas.

—No pienso hablar de ello.

Nadie le había preguntado.

El quinto intento fue una caída accidental cuidadosamente organizada.

El resultado fue idéntico al de los anteriores: ningún cambio, ninguna liberación, ninguna aparición de la mujer de negro.

Daniel permaneció un rato en el suelo, mirando el techo.

—Empiezo a sospechar que esto no va a funcionar.

Se incorporó de un salto.

—No. No, no. No voy a rendirme después de cinco intentos.

Volvió a sacar la lista.

—Todavía quedan noventa y cinco.

Se detuvo.

—Dios mío.

Durante los días siguientes, su piso se convirtió en un laboratorio de ideas cada vez más absurdas.

Daniel probó todo lo que se le ocurrió, desde remedios populares que había escuchado de niño hasta métodos que solo tenían sentido a las cuatro de la madrugada, cuando uno llevaba demasiado tiempo sin dormir y empezaba a discutir consigo mismo.

Nada funcionó.

Las heridas desaparecían.

Los golpes no dejaban consecuencias duraderas.

El dolor, cuando aparecía, era breve y terminaba por desvanecerse.

Y la Muerte no venía.

Aquello último era, con diferencia, lo más ofensivo.

Una tarde, Daniel se sentó frente al espejo del baño y se observó durante varios minutos.

—Vamos a ver, amigo mío.

El reflejo lo miró con la misma cara de cansancio.

—Has sobrevivido a un accidente de tráfico. Te has despertado en un hospital con colmillos. Has matado a dos personas y ahora intentas suicidarte para recuperar a la mujer que te convirtió en esto.

Hizo una pausa.

—Si esto fuera una película, nadie se creería el argumento.

Se inclinó hacia el espejo.

—Y, por cierto, tienes una pinta horrible.

El reflejo no protestó.

Daniel levantó un dedo.

—Eso sí. La cara sigue siendo estupenda.

Se quedó callado.

—Estoy perdiendo la cabeza.

No obtuvo respuesta.

—Fantástico. Tampoco puedo volverme loco. Seguro que es otra de las ventajas del paquete.

Se apartó del espejo y salió del baño.

En la cocina, la lista descansaba sobre la mesa.

Había tachado veintitrés propuestas.

Algunas habían resultado inútiles desde el primer momento. Otras le habían provocado daños que desaparecieron con una rapidez insultante. Dos eran tan absurdas que ni siquiera se había atrevido a probarlas.

Junto a una de ellas había escrito: Consultar primero si los vampiros pueden morir por causas naturales.

Debajo, otra anotación:

¿Qué causas naturales? Si no estoy vivo.

Daniel dejó caer la frente sobre la mesa.

—Necesito un abogado.

Se incorporó de golpe.

—No. Necesito a la Muerte.

Y allí estaba otra vez.

Siempre ella.

Podía intentar destruir su cuerpo de cien maneras distintas, pero lo que realmente quería era verla aparecer en la puerta, con su vestido negro y aquella expresión que nunca terminaba de comprender.

Quería escucharla decir su nombre.

Quería preguntarle por qué lo había elegido.

Quería sentarse a su lado y descubrir si alguna vez sonreía cuando no estaba triste.

Y, sobre todo, quería saber si ella sentía algo cuando lo miraba.

Daniel cerró los ojos.

—Esto es una estupidez.