Amor Carmesí Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Haberlo matado. Tengo miedo de que un día vuelva a tener sed, encuentre a alguien y lo haga otra vez. Y que la siguiente vez no me importe. Que termine acostumbrándome.

Por primera vez, la expresión de ella se volvió verdaderamente dolorosa.

—No dejes que eso ocurra.

—¿Y cómo se supone que voy a impedirlo?

Ella lo miró durante un largo momento.

—Recordando.

Daniel levantó los ojos.

—¿Recordando qué?

—Esta noche. Su rostro. Lo que sientes ahora. No apartes de ti lo que ha ocurrido solo porque te resulte insoportable.

Él tragó saliva.

—Eso no va a devolverle la vida.

—No.

La mujer no intentó suavizar la respuesta.

Y Daniel agradeció que no lo hiciera.

Se quedaron callados. Por primera vez, el silencio no le pareció una amenaza. Podía escuchar la lluvia, el leve crujido de los muebles, el rumor lejano de un coche que pasaba por la calle.

La presencia de ella no hacía desaparecer lo ocurrido.

Pero conseguía que Daniel pudiera mirarlo sin sentir que iba a desmoronarse.

Después de un rato, él preguntó:

—¿Volverás?

La mujer bajó los ojos hacia sus manos.

Daniel se arrepintió de haberlo preguntado. La cuestión había salido de su boca antes de que pudiera detenerla, demasiado sincera para disimularla con una broma.

—No lo sé —respondió ella.

—¿No lo sabes?

—No puedo prometerte que estaré aquí cada vez que me necesites.

Daniel asintió, aunque la respuesta le produjo una decepción inesperada.

—Ya.

Ella lo observó unos segundos.

—Pero no estás olvidado, Daniel.

Él sintió que el corazón, aquel órgano que ya no latía como debía, se le encogía de una manera absurda.

—¿Por quién?

La mujer no contestó.

Se levantó del sofá.

Daniel también lo hizo, casi por instinto.

—Espera.

Ella se detuvo.

Él no sabía qué pedirle. Que se quedara un poco más. Que le contara algo de sí misma. Que le dijera su nombre, aunque fuera uno de tantos. Que le asegurara que no volvería a despertarse solo con aquella hambre.

Quería hacerle tantas preguntas que ninguna conseguía salir.

—Gracias —dijo finalmente.

La mujer lo miró con una leve sorpresa.

—¿Por qué?

Daniel se encogió de hombros.

—Por venir.

Algo cambió en sus ojos.

Fue tan fugaz que él no llegó a comprenderlo. Una vacilación, quizá. Una sombra de dolor que desapareció antes de que pudiera preguntarse de dónde procedía.

—Descansa, Daniel.

Él estuvo a punto de decirle que ya no podía descansar.

Pero no lo hizo.

La mujer caminó hacia la puerta.

Daniel la siguió con la mirada, sintiendo cómo el miedo a quedarse solo regresaba con cada paso que ella daba. Cuando llegó al umbral, se volvió una última vez.

—Una cosa más —dijo.

—¿Qué?

Daniel dudó.

—¿Te volveré a ver?

Ella lo contempló en silencio.

Durante un instante, pareció que iba a responder con alguna de sus evasivas. Sin embargo, esta vez habló con una delicadeza que él no le había escuchado antes.

—Eso espero.

Daniel se quedó inmóvil.

Ella abrió la puerta.

Al otro lado no había nadie. Solo el pasillo oscuro del edificio, iluminado por una bombilla amarillenta que parpadeaba de vez en cuando.

La mujer salió.

Daniel avanzó rápidamente hasta el umbral.

—¡Espera!

Pero el pasillo estaba vacío.

Bajó unos escalones, miró hacia la entrada del edificio y abrió la puerta de la calle.

No había nadie.

La lluvia caía sobre la acera y las farolas dibujaban reflejos alargados sobre el asfalto. Un taxi pasó al fondo de la calle. En algún lugar, una ventana se cerró con un golpe.

La ciudad seguía allí.

Ella no.

Daniel regresó al piso y cerró la puerta.

Durante un rato permaneció de pie en el salón, mirando el lugar donde la había visto por primera vez aquella noche.

Después se sentó en el sofá, justo donde ella había estado.

El cojín conservaba un ligero hundimiento.

Daniel apoyó la mano sobre la tela, aunque sabía que no encontraría nada. No esperaba sentir calor, ni un perfume, ni una señal que demostrara que la visita había sido real.

Solo quería permanecer un momento más en el lugar donde ella se había sentado.

Le avergonzaba reconocerlo.

La había conocido dos veces. La primera, en el instante de su muerte. La segunda, unas horas después de haber asesinado a un hombre.

No sabía su nombre.

No sabía qué era realmente.

Ni siquiera sabía si podía confiar en ella.

Y, aun así, cuando pensaba en la posibilidad de no volver a verla, algo dentro de él se resistía a aceptarlo.

Daniel se recostó lentamente en el sofá.

Por primera vez desde que había regresado de la muerte, dejó de pensar en la sangre.

Pensó en sus ojos.

En la forma en que había escuchado sus palabras sin juzgarlo. En aquella sonrisa que apenas había durado un segundo. En la voz con la que había pronunciado su nombre.

No sabía si aquello era gratitud, soledad o el comienzo de algo que no estaba preparado para comprender.

Solo sabía que quería volver a verla.

Y, mientras la lluvia golpeaba los cristales de su piso, Daniel descubrió que podía tener miedo de muchas cosas.

De su sed.

De sí mismo.

De lo que llegaría a ser.

Pero había empezado a temer una más.

Que la única persona capaz de comprender lo que le estaba ocurriendo desapareciera de su vida para siempre.