Amor Carmesí Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Seguir adelante? ¿Cómo? ¿Salgo mañana a comprar el periódico, voy a trabajar y saludo a mis compañeros como si nada hubiera pasado? ¿Vuelvo a llamar a mi madre y le digo que estoy bien? ¿Qué hago cuando vuelva a tener sed? ¿Busco a otro hombre y le clavo los dientes en el cuello?

—No tiene por qué volver a ocurrir así.

—¿Cómo lo sabes?

Ella no respondió inmediatamente.

—Porque ahora sabes lo que te espera si te dejas llevar.

Daniel la observó con una mezcla de desconcierto y furia.

—¿Eso es lo que has venido a decirme? ¿Que la próxima vez intente hacerlo mejor?

—He venido a decirte que no estás solo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Daniel sintió que algo cedía dentro de él.

No era una solución. No era una explicación. Ni siquiera era una promesa de que las cosas fueran a mejorar.

Pero llevaba días sin escuchar nada que se pareciera a una respuesta humana. Nadie había visto lo que él había visto. Nadie había sentido lo que él sentía.

Y aquella mujer, que había aparecido en el instante de su muerte, estaba allí diciéndole que no estaba solo.

Se llevó una mano a la boca y apartó la mirada.

—He matado a un hombre.

—Lo sé.

—No puedo dejar de ver su cara.

—Lo sé.

—¿Vas a dejar de decir eso?

Ella guardó silencio unos segundos.

—No sé qué decirte, Daniel.

Él volvió a mirarla.

Aquella confesión tenía algo extraño. Hasta entonces, la había imaginado como una criatura incapaz de dudar, alguien que conocía las respuestas a todas las preguntas y que simplemente elegía cuáles revelar.

Pero allí, en su salón, parecía una mujer que no encontraba las palabras adecuadas para consolarlo.

Y eso la hacía parecer más cercana.

Más real.

—Podrías decirme la verdad —murmuró.

—Hay verdades que no puedo darte todavía.

—¿Y si no quiero esperar?

Ella sostuvo su mirada.

—Entonces tendrás que aprender a vivir con las preguntas.

Daniel dejó escapar el aire lentamente.

Quería odiarla.

Habría sido más sencillo. Si la odiaba, podía responsabilizarla de todo lo que había ocurrido. Podía verla como una enemiga y convencerse de que cualquier sentimiento que despertara en él era una consecuencia más de lo que le había hecho.

Pero ella no se defendía.

No intentaba justificarse.

Simplemente permanecía allí, soportando su rabia y su dolor sin exigirle nada a cambio.

Daniel no sabía qué significaba aquello.

Solo sabía que, por primera vez desde que había despertado en el hospital, ya no deseaba que alguien desapareciera de su vista.

Deseaba que ella se quedara.

La mujer se sentó en el sofá.

Lo hizo con naturalidad, como si aquel lugar le resultara familiar, y dejó las manos sobre el regazo. Daniel se quedó de pie unos segundos, sin saber si debía acompañarla.

Finalmente, se sentó en el extremo opuesto.

Entre ambos quedó una distancia prudente.

A Daniel le pareció ridículo fijarse en eso. Había matado a un hombre unas horas antes, estaba muerto sin estarlo y compartía su salón con una desconocida que podía aparecer en una habitación cerrada.

Y, aun así, se preguntaba si estaba demasiado lejos de ella.

—¿Siempre estás así? —preguntó.

La mujer ladeó la cabeza.

—¿Así cómo?

—Triste.

Ella miró hacia la ventana.

La lluvia había vuelto a empezar y las gotas resbalaban por el cristal, deformando las luces de la calle.

—No siempre.

—¿Cuándo no?

—No lo recuerdo.

Daniel frunció el ceño.

—¿De verdad?

—Hay cosas que el tiempo termina borrando.

—Creía que tú no tenías problemas con el tiempo.

Ella volvió la mirada hacia él.

—Precisamente por eso.

Daniel no supo qué contestar.

Se quedó observándola en silencio. Había algo profundamente solitario en aquella mujer, algo que no dependía de que estuviera sola en una habitación. Parecía llevar consigo una distancia que ninguna persona podría cruzar por completo.

Y, de pronto, Daniel sintió deseos de hacerlo.

No sabía de dónde venían. No sabía por qué le importaba que aquella desconocida estuviera triste ni por qué quería ser capaz de arrancarle una sonrisa.

Solo sabía que, cuando estaba cerca de ella, el ruido del mundo parecía alejarse.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.

—Ya lo estás haciendo.

Daniel sonrió a pesar de sí mismo.

—¿Siempre tienes que ser tan difícil?

Esta vez la mujer sí sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, casi tímida, que duró apenas un instante antes de desaparecer.

Pero bastó.

Daniel sintió algo cálido en el pecho, un reflejo de una vida que creía haber perdido. No era la sed. No era el alivio de haber bebido sangre.

Era algo más sencillo y, por eso mismo, mucho más peligroso.

Le gustaba verla sonreír.

—Ahí está —murmuró.

Ella lo miró con desconcierto.

—¿Qué?

—Nada.

—Daniel.

Le sorprendió la suavidad con la que pronunció su nombre.

—¿Qué?

—No tienes que fingir conmigo.

Él bajó la mirada.

—No estoy fingiendo.

—Sí, lo estás.

Daniel se quedó callado.

Ella no parecía acusarlo. Lo decía con la misma serenidad con la que habría señalado que estaba lloviendo.

—Estoy intentando entender qué me pasa —admitió finalmente—. Antes creía saber quién era. Tenía un trabajo que no me gustaba, una familia que me esperaba los domingos y un montón de cosas que llevaba años prometiéndome hacer algún día. No era una vida extraordinaria, pero era mía.

Se detuvo.

—Ahora no sé qué soy. No sé qué voy a hacer mañana. Ni siquiera sé si debería seguir aquí.

La mujer no apartó la mirada.

—Sigues siendo Daniel.

Él soltó una risa apagada.

—No después de lo que he hecho.

—Lo que has hecho no borra todo lo que eras.

—Pero cambia lo que seré.

Ella no respondió.

Daniel se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.

—Tengo miedo de que, con el tiempo, deje de importarme.

La mujer permaneció inmóvil.

—¿Qué cosa?