Amor Carmesí Capítulo 5
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Capítulo 5

La visita

Daniel no recordaba cómo había llegado a casa.

Tenía imágenes sueltas: la lluvia golpeándole la cara, el ruido de sus propios pasos sobre el asfalto, una mujer que se apartaba al verlo pasar. Después, las escaleras de su edificio. La llave entre sus dedos. La puerta cerrándose a su espalda.

Y, finalmente, el silencio.

Se quedó en mitad del salón, sin encender la luz.

La oscuridad era preferible. No quería ver sus manos, ni la ropa que llevaba puesta, ni las manchas que había intentado borrar durante el camino. Se había lavado en una fuente pública, frotándose la boca y los dedos hasta dejarse la piel enrojecida, pero seguía sintiendo el sabor de la sangre.

Lo llevaba dentro.

Como si una parte de aquel hombre muerto se hubiera quedado con él.

Daniel avanzó a tientas hasta el cuarto de baño y abrió el grifo. El agua cayó sobre la porcelana con un sonido demasiado fuerte. Se inclinó sobre el lavabo y se miró en el espejo.

Su rostro parecía el de siempre.

Los mismos ojos. La misma nariz. La misma cicatriz diminuta junto a la ceja izquierda, recuerdo de una caída de bicicleta cuando era niño.

Pero no era el mismo hombre.

Abrió la boca.

Los colmillos seguían allí.

Pasó la lengua por uno de ellos y se apartó del espejo, asqueado.

—¿Qué coño soy?

Su voz rebotó en las paredes.

No hubo respuesta.

Cerró el grifo y se quedó escuchando. A través de las ventanas llegaban los ruidos lejanos de Madrid: un motor, una persiana metálica, una voz que se apagó al doblar una esquina.

La ciudad continuaba viviendo.

Él había dejado de hacerlo.

Volvió al salón y se dejó caer en el sofá. Se quitó el abrigo y lo arrojó al suelo. Después se miró las manos, girándolas lentamente bajo la escasa luz que entraba desde la calle.

No había sangre.

Aun así, podía sentirla.

Cerró los puños.

—No quería hacerlo.

Lo dijo en voz alta porque necesitaba que alguien lo oyera, aunque no hubiera nadie para escucharlo.

—No quería matarlo.

Las palabras se deshicieron en el silencio.

Recordó el rostro del desconocido, la forma en que había intentado defenderse, el terror de sus ojos cuando comprendió que Daniel no iba a soltarlo.

Se llevó las manos a la cara.

Había querido detenerse.

Eso era lo que se repetía.

Había querido hacerlo, aunque fuera durante un segundo.

Pero también recordaba el instante en que la sed desapareció. El alivio que había sentido cuando la sangre llenó su boca. La paz que había seguido a aquella necesidad insoportable.

Y no podía perdonarse por ello.

Se levantó de golpe y empezó a caminar por el salón.

Tenía que hacer algo. Llamar a la policía. Presentarse en una comisaría y confesar lo ocurrido. Quizá todavía existía una manera de pagar por lo que había hecho.

Pero ¿qué les diría cuando descubrieran sus colmillos?

¿Qué ocurriría cuando intentaran detenerlo y descubrieran que no era como los demás?

¿Y si volvía a tener sed delante de ellos?

Se detuvo junto a la ventana.

Abajo, en la acera, una pareja caminaba bajo un paraguas. La mujer se apoyaba en el hombre mientras él le decía algo al oído. Ambos se echaron a reír.

Daniel apartó la mirada.

No soportaba ver a la gente haciendo cosas tan sencillas.

Vivir.

Reír.

Querer a alguien sin tener miedo de hacerle daño.

Se sentó de nuevo, esta vez en el suelo, con la espalda contra el sofá. No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando advirtió algo extraño.

El silencio había cambiado.

No era que hubieran desaparecido los sonidos de la calle. Era algo más sutil, como si la habitación hubiera dejado de pertenecer al resto del mundo. El aire se había vuelto inmóvil y el ruido lejano de los coches parecía llegar desde una distancia imposible.

Daniel levantó la cabeza.

Al otro lado del salón había una mujer.

Vestía de negro.

Su cabello oscuro caía sobre los hombros y sus ojos claros lo observaban con una serenidad que a él le resultó insoportable.

Durante un instante, Daniel olvidó respirar por pura costumbre.

Ella no dijo nada.

Él tampoco.

La había imaginado tantas veces durante los últimos días que, al verla de nuevo, no supo si debía sentirse aliviado o aterrado. Era exactamente como la recordaba. La misma expresión melancólica. La misma quietud. La misma sensación de que nada de lo que ocurría a su alrededor podía sorprenderla.

—Tú —consiguió decir.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

—Daniel.

Escuchar su nombre en aquella voz le provocó un escalofrío.

Se puso en pie con torpeza.

—¿Cómo has entrado?

Ella miró brevemente hacia la puerta.

—No has cerrado con llave.

Daniel volvió la cabeza hacia la entrada. Sabía que había echado la llave al llegar. Estaba seguro.

Cuando volvió a mirarla, ella seguía allí.

—No me tomes por idiota.

—No lo hago.

—Entonces dime cómo has entrado.

—¿Importa?

Daniel soltó una risa seca, sin humor.

—¿Que si importa? He muerto, he despertado en un hospital con unos colmillos que no tenía antes y esta noche he matado a un hombre. ¿Y me preguntas si importa cómo has entrado en mi casa?

La mujer bajó los ojos.

Por primera vez desde que había aparecido, algo en su expresión pareció cambiar.

—Lo siento.

Daniel se quedó inmóvil.

No esperaba aquellas palabras.

Había preparado decenas de preguntas para cuando volviera a verla. Había imaginado discusiones, reproches, incluso la posibilidad de que ella lo mirara como a un desconocido. Pero no había pensado en aquella disculpa.

—¿Lo sientes? —repitió—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—No.

—Pues habla.

Ella permaneció en silencio.

Daniel sintió que la rabia volvía a subirle por el pecho.

—¡Me has convertido en esto!

Su voz resonó por todo el piso.

La mujer no retrocedió.

—Sí.

La respuesta lo desarmó más que cualquier excusa.

—¿Por qué?

Ella lo miró.

Daniel dio un paso hacia ella.

—Te estoy preguntando por qué. Me encontré contigo cuando estaba muerto.

Me dijiste que tenía que irme contigo y, cuando te pregunté si volvería a verte, no me respondiste.

Después desperté en una cama de hospital, escuchando los corazones de todo el mundo.

He pasado días intentando entender qué me ocurre y esta noche he matado a un hombre porque no podía soportar la sed.

Se le quebró la voz al pronunciar las últimas palabras.

—Lo he matado.

La mujer cerró los ojos durante un instante.

—Lo sé.

Daniel la miró con incredulidad.

—¿Lo sabes?

—Sí.

—¿Y has venido a comprobarlo?

—He venido porque sabía que estarías sufriendo.

Aquello lo dejó sin respuesta.

No sabía qué hacer con la ternura que se escondía en aquellas palabras. No sabía si debía rechazarla, exigirle más explicaciones o aferrarse a ella como había querido hacer la primera vez que la vio.

—No tienes ni idea de lo que estoy sufriendo —murmuró.

—Quizá no.

Ella se acercó despacio.

Daniel permaneció quieto, aunque cada instinto le decía que no confiara en ella. Era la responsable de todo aquello. La causa de su hambre, de su miedo, de la muerte de un desconocido.

Y, sin embargo, cuando la tuvo más cerca, descubrió que lo que sentía no era únicamente rabia.

También había alivio.

Un alivio absurdo, casi vergonzoso, al comprobar que no la había imaginado. Que existía fuera de sus recuerdos. Que había vuelto.

La mujer se detuvo a unos pasos de él.

—¿Puedo acercarme?

Daniel tardó en responder.

—¿Para qué?

—Para ayudarte.

Él soltó una risa amarga.

—¿Ayudarme? ¿Ahora?

—Ahora.

Daniel miró sus manos vacías. Después volvió a mirarla.

—No sé si quiero que me ayudes.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes. No sabes lo que es tener miedo de ti mismo. No sabes lo que es mirar a una persona y pensar que podrías matarla solo por estar cerca.

La mujer sostuvo su mirada.

—Sé lo que es tener miedo de lo que uno puede llegar a hacer.

La respuesta fue tan serena que Daniel no supo cómo interpretarla.

—¿Tú?

Ella no contestó.

—¿De qué puedes tener miedo?

Por un instante, algo antiguo cruzó su rostro. No fue exactamente tristeza. Parecía más bien el recuerdo de una tristeza tan profunda que había dejado de doler de la misma manera.

—De muchas cosas.

Daniel quiso preguntarle cuáles.

Quiso saber si también había tenido una vida antes de convertirse en aquello que era. Si había amado a alguien. Si alguna vez había cometido un error que no pudiera deshacer.

Pero la mujer bajó la mirada y él comprendió que no obtendría una respuesta.

Al menos, no esa noche.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Ella volvió a mirarlo.

—¿Qué?

—Tu nombre. No me lo dijiste la otra vez.

La mujer guardó silencio.

—¿No tienes nombre?

—Tengo muchos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

Daniel suspiró y se pasó una mano por el cabello.

—Siempre haces lo mismo.

—¿El qué?

—Respondes sin contestar.

Por primera vez, ella pareció estar a punto de sonreír.

Fue apenas un movimiento en las comisuras de los labios, tan fugaz que Daniel dudó de haberlo visto.

Pero lo vio.

Y descubrió que quería volver a verlo.

Aquella certeza lo inquietó más que los colmillos, más que la sangre, más que la idea de no volver a dormir. Había pasado días pensando en ella, reconstruyendo su rostro en la memoria, preguntándose si volvería a aparecer.

Ahora estaba allí, a unos pasos de él, y Daniel sentía una necesidad que no tenía nada que ver con la sed.

Quería conocerla.

Quería escucharla hablar.

Quería descubrir qué escondían aquellos ojos que parecían haber visto el final de todas las cosas.

Se apartó, incómodo consigo mismo.

—¿Por qué me elegiste?

La mujer dejó de sonreír.

—No fue una elección sencilla.

—¿Por qué yo?

—No puedo explicártelo.

—¿No puedes o no quieres?

Ella tardó demasiado en responder.

—Las dos cosas.

Daniel asintió lentamente, como si aquella respuesta confirmara algo que ya sospechaba.

—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme a no saber nada.

—No deberías acostumbrarte a eso.

—¿Y qué debería hacer?

La mujer lo miró con una seriedad nueva.

—Seguir adelante.

Daniel soltó una carcajada breve.