Amor Carmesí Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

No venía del piso de arriba.

Estaba justo detrás de la puerta de su casa.

Daniel se incorporó lentamente.

El sonido era débil, acompañado de unos pasos que avanzaban por el pasillo del edificio. Alguien subía las escaleras. Una persona cualquiera, quizá un vecino que regresaba del trabajo.

El corazón se detuvo frente a su puerta.

Daniel dejó de moverse.

Oyó el roce de unas llaves. Un suspiro. El tintineo del metal.

Después, la puerta contigua se abrió y se cerró.

El corazón se alejó.

Y algo dentro de Daniel se revolvió con una violencia que lo obligó a doblarse sobre sí mismo.

No quería aquella vida.

No quería aquella hambre.

Pero, cuando los pasos desaparecieron escaleras abajo, lo único que sintió fue desesperación.

Porque el corazón se había marchado.

Y él seguía teniendo sed.

Salió pasada la medianoche.

No se había convencido de hacerlo. Ni siquiera había tomado una decisión consciente. Simplemente, en algún momento, se descubrió con el abrigo puesto y la mano sobre el pomo de la puerta.

La calle estaba húmeda y casi desierta.

El frío le rozó la cara, pero no lo sintió de verdad. Caminó sin saber adónde iba, siguiendo un impulso que se volvía más fuerte a cada paso.

Había personas todavía despiertas.

Un grupo de jóvenes reía frente a un bar. Un taxista fumaba junto a su vehículo. Una pareja discutía en una esquina.

Daniel pasó de largo.

No los miró.

No quiso escucharlos.

Pero los corazones estaban allí, y cada uno parecía llamarlo desde el interior de un pecho ajeno.

Siguió andando hasta llegar a una calle más estrecha, lejos de las avenidas iluminadas. Allí encontró a un hombre que caminaba solo, con las manos en los bolsillos y el paso torpe de quien había bebido demasiado.

Daniel se detuvo.

El hombre avanzó unos metros antes de percatarse de su presencia.

—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz pastosa.

Daniel no respondió.

Lo observó acercarse.

Podía distinguir las venas bajo la piel de su cuello. El movimiento de la sangre. El pulso que latía bajo la mandíbula.

Uno.

Dos.

Tres.

Cada golpe parecía resonar dentro de su propia cabeza.

—Oye, ¿te encuentras mal? —insistió el hombre.

Daniel retrocedió.

—Vete.

—¿Qué?

—¡Que te vayas!

El desconocido levantó las manos y se apartó, pero Daniel apenas lo vio hacerlo. Algo se había apoderado de sus sentidos. El resto de la calle desapareció y solo quedó aquel corazón.

El hombre intentó pasar junto a él.

Daniel lo agarró del brazo.

Fue un gesto rápido, involuntario. El desconocido soltó una exclamación y trató de zafarse.

—¡Suéltame!

Daniel lo hizo.

Por un instante, ambos permanecieron inmóviles.

El hombre lo miró con miedo.

Ese miedo debería haberlo detenido.

Debería haber bastado para que Daniel se diera la vuelta y huyera, como había hecho otras veces.

Pero el corazón seguía latiendo.

Y la sed ya no le permitía pensar.

Daniel se abalanzó sobre él.

El golpe los llevó contra la pared. El hombre gritó, forcejeó y consiguió golpearlo en la cara. Daniel apenas sintió el impacto. Le sujetó los brazos con una fuerza que no reconocía como propia y lo inmovilizó.

—¡No! —gritó el hombre—. ¡Por favor!

Daniel escuchó aquellas palabras.

Las entendió.

Sabía lo que significaban.

Y, aun así, no se detuvo.

Cuando sus dientes atravesaron la piel del cuello, el hombre se estremeció violentamente. Un sonido ahogado escapó de su garganta y sus manos comenzaron a golpear la espalda de Daniel, cada vez con menos fuerza.

Entonces llegó el sabor.

Caliente.

Denso.

Real.

Daniel había imaginado que beber sangre sería repugnante. Una experiencia insoportable que confirmaría que todavía quedaba algo humano en él, alguna parte capaz de rechazar aquella monstruosidad.

Se equivocaba.

La sangre llenó su boca y, durante un instante, todo el sufrimiento desapareció.

La presión en su garganta cedió. El vacío que lo había devorado durante días empezó a cerrarse. Los sonidos dejaron de herirlo y su cuerpo, por primera vez desde que había despertado en el hospital, dejó de luchar contra sí mismo.

Era alivio.

Un alivio tan profundo que le resultó aterrador.

Bebió más.

No supo cuánto tiempo pasó. Perdió la noción de la calle, del frío y de la lluvia que comenzaba a caer otra vez. Solo percibía el pulso bajo sus labios, cada vez más débil, cada vez más espaciado.

Hasta que dejó de sentirlo.

Daniel se apartó de golpe.

El hombre se desplomó contra él y después cayó al suelo, inmóvil.

Durante unos segundos, Daniel permaneció arrodillado junto al cuerpo.

Tenía las manos manchadas de sangre.

La camisa empapada.

La boca roja.

Miró al hombre esperando que respirara, que se moviera, que abriera los ojos y lo insultara por haberlo atacado. Esperó cualquier señal que le permitiera creer que aquello no había sucedido.

Pero el silencio se extendió por la calle.

Daniel acercó una mano temblorosa al cuello del desconocido.

No encontró ningún latido.

—No… —susurró.

Se apartó, retrocediendo hasta chocar contra la pared opuesta.

—No, no, no…

Se frotó la boca con la manga. Después volvió a hacerlo, con más fuerza, como si pudiera borrar lo ocurrido. El sabor permanecía en su lengua. La sangre seguía caliente en sus manos.

Y lo peor era que ya no tenía sed.

Por primera vez en días, se sentía en paz.

Daniel contempló el cuerpo tendido a sus pies y comprendió que aquella paz tenía un precio.

Había matado a un hombre.

No en un sueño. No en un recuerdo confuso. No en una pesadilla de la que pudiera despertar.

Lo había matado él.

Intentó ponerse en pie, pero las piernas le fallaron. Se apoyó contra la pared y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, mirando sin comprender sus propias manos.

Entonces vio el rostro de la mujer.

No estaba allí. No había nadie al otro lado de la calle, ni una silueta oscura bajo la lluvia. Solo era un recuerdo, una imagen que su mente había rescatado de aquella noche imposible.

Sin embargo, Daniel sintió la misma necesidad que había sentido al tomar su mano en la oscuridad.

La necesidad de encontrarla.

De exigirle una explicación.

De preguntarle por qué lo había devuelto.

—Tú sabías que esto iba a pasar —murmuró.

La lluvia le resbaló por la cara.

—Sabías lo que me estabas haciendo.

Nadie respondió.

Daniel volvió a mirar al hombre muerto. Quiso sentir asco, horror, cualquier cosa que demostrara que seguía siendo el mismo de antes.

Y lo sintió.

Pero debajo de aquel horror, enterrado en un lugar que no quería reconocer, persistía el recuerdo del alivio.

La sed había desaparecido.

Y eso era lo que más miedo le daba.

Porque, aunque acababa de descubrir de qué era capaz, una parte de él ya sabía que no sería la última vez.

Se levantó tambaleándose y echó a andar, dejando atrás el cuerpo y la calle donde había terminado de perderse.

No miró atrás.

No podía.

Mientras la lluvia borraba lentamente las huellas de la noche, Daniel comprendió que la muerte no lo había liberado de nada.

Solo le había enseñado a tener hambre.