Amor Carmesí Capítulo 4
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Capítulo 4

La sed

Los días siguientes se confundieron entre sí.

Daniel dejó de contar las horas cuando comprendió que el sueño ya no acudía a buscarlo.

Al principio intentó mantener sus costumbres: se sentaba en el borde de la cama, se duchaba con agua fría y recorría las habitaciones de su piso con la absurda esperanza de encontrar alguna explicación a lo sucedido.

Pero había cosas que no encajaban.

El espejo del baño le devolvía un rostro demasiado pálido, con unas ojeras que parecían pintadas sobre la piel. Sus ojos conservaban el mismo color, aunque a veces, cuando la luz incidía en ellos de cierta manera, le parecía descubrir algo oscuro en el fondo. Algo que no estaba allí antes.

Tampoco necesitaba dormir.

Ni tenía hambre.

Al menos, no de comida.

El primer día abrió la nevera y se obligó a comer un poco de pan con queso. Masticó despacio, intentando convencerse de que todo volvería a la normalidad si se comportaba como siempre. El sabor le resultó apagado, casi desagradable. Tragó con dificultad y terminó arrojando el resto a la basura.

El segundo día ni siquiera lo intentó.

El tercero descubrió que podía escuchar a los vecinos a través de las paredes.

No eran conversaciones completas, sino fragmentos: el roce de unas sillas contra el suelo, una discusión amortiguada, el llanto de un niño en el piso de arriba. Sonidos que antes habrían pasado inadvertidos y que ahora se abrían paso hasta él con una claridad insoportable.

Y, por encima de todos ellos, estaban los corazones.

Al principio solo los percibía cuando alguien pasaba cerca de él. Un golpe rítmico, tenue, que desaparecía en cuanto se alejaba. Después comenzó a distinguirlos a través de las puertas, de las ventanas cerradas, incluso desde el otro extremo de la calle.

Cada persona tenía un ritmo diferente.

Cada una llevaba dentro algo que Daniel había empezado a necesitar.

La primera vez que lo comprendió de verdad estaba sentado junto al teléfono, con el auricular entre las manos.

Había llamado a su madre.

No sabía qué iba a decirle. Quizá necesitaba escuchar una voz conocida, fingir durante unos minutos que seguía perteneciendo al mundo que había dejado atrás. Pero, cuando su madre respondió, Daniel se quedó en silencio.

—¿Daniel? ¿Eres tú?

Cerró los ojos.

—Sí, mamá.

—¡Dios mío! ¿Dónde te has metido? La policía nos llamó del hospital. Nos dijeron que habías desaparecido. Tu padre lleva dos días intentando encontrarte. ¿Estás bien? ¿Te han hecho algo?

Las preguntas se sucedieron sin darle tiempo a responder.

Daniel apretó el auricular.

—Estoy bien.

La mentira salió con una naturalidad que lo asustó.

—No parece que estés bien. Tienes una voz extraña.

—Estoy cansado.

—¿Dónde estás? Vamos a buscarte.

—No. No hace falta.

Al otro lado hubo un silencio breve.

—Cariño, por favor…

Daniel oyó entonces algo que no tenía nada que ver con las palabras de su madre.

Su corazón.

Lo imaginó latiendo al otro lado de la línea, dentro de su pecho, bombeando sangre caliente por sus venas. Un pulso firme y familiar. Y, de pronto, aquella imagen mental se convirtió en algo mucho más concreto: pudo escuchar cada latido, uno tras otro, como si su madre estuviera sentada junto a él.

Su boca se llenó de saliva.

Los dedos se le cerraron alrededor del auricular.

—Daniel, ¿sigues ahí?

—Tengo que colgar.

—Espera, hijo…

Dejó el teléfono sobre la mesa y se apartó de él como si pudiera morderlo.

Durante varios minutos permaneció inmóvil, con la espalda pegada a la pared y las manos cubriéndole la boca. La respiración, que ya no necesitaba, se le volvió rápida y entrecortada por pura costumbre.

No.

No podía ser aquello.

No podía haber escuchado el corazón de su madre.

No podía haber sentido ganas de beber su sangre.

Cuando volvió a acercarse al teléfono, no descolgó. Se limitó a mirarlo, preguntándose si debía llamar a alguien que pudiera explicarle lo que le estaba ocurriendo.

Un médico. Un sacerdote. La policía.

¿Y qué iba a contarles?

Que había muerto en una calle de Madrid y que una mujer desconocida lo había devuelto a la vida. Que desde entonces escuchaba corazones a través de las paredes. Que tenía colmillos.

¿Quién habría creído una sola palabra?

Nadie.

Y si alguien le creía, quizá acabaría encerrado en algún lugar del que nunca pudiera salir.

Fue entonces cuando pensó en ella.

No había conseguido recordar todos los detalles de aquel encuentro. A veces su rostro se desdibujaba en su memoria, como una fotografía expuesta demasiado tiempo al sol. Sin embargo, había cosas que permanecían intactas: sus ojos claros, la tristeza de su expresión, el contacto de su mano.

Y aquella extraña calidez que había sentido al tocarla.

Daniel se sorprendía pensando en ella a todas horas. Mientras caminaba por el piso, mientras contemplaba la lluvia desde la ventana, mientras trataba de dormir por costumbre aunque el sueño ya no existiera para él.

Se preguntaba quién era.

Dónde vivía.

Si también recordaría aquel instante.

Y, sobre todo, por qué lo había elegido a él.

Porque empezaba a comprender que aquello no había sido un accidente.

La mujer había sabido quién era antes de que él pudiera pronunciar una palabra. No había mostrado sorpresa al verlo. Ni miedo. Ni la menor duda sobre lo que debía hacer.

Lo había tomado de la mano.

Y él había regresado.

Daniel apoyó la frente contra el cristal de la ventana.

—¿Quién eres? —susurró.

La ciudad no respondió.

Al cuarto día salió de casa.

Necesitaba aire, aunque no estaba seguro de que sus pulmones lo necesitaran tanto como su cabeza.

Madrid seguía con su ritmo habitual. Los autobuses avanzaban entre el tráfico, los comercios levantaban sus persianas y los bares comenzaban a llenarse de hombres que leían el periódico mientras apuraban el café de la mañana. Nadie parecía advertir que el mundo había cambiado para él.

O quizá el mundo no había cambiado en absoluto.

Quizá era Daniel quien ya no pertenecía a él.

Caminó sin rumbo durante horas, manteniéndose alejado de las calles más concurridas. Había aprendido que el contacto con otras personas era peligroso. No porque temiera que pudieran descubrir su condición, sino porque cada encuentro se convertía en una lucha silenciosa.

Una mujer que llevaba a un niño de la mano.

Un anciano que tosía sentado en un banco.

Dos jóvenes que se besaban junto a una parada de autobús.

Sus corazones sonaban en su interior.

Y con cada latido, la sed despertaba un poco más.

Al principio era soportable. Una presión incómoda en la garganta, acompañada de una sensación de vacío en el estómago. Después aparecía un sabor metálico en su lengua, como si hubiera mordido una moneda.

Daniel apretaba los dientes y seguía caminando.

No iba a hacerlo.

No sabía qué era exactamente lo que pretendía hacerle aquella sed, pero estaba seguro de que no podía permitir que lo dominara.

Se repitió que necesitaba ayuda. Que aquello tenía que tener una explicación. Que, si conseguía mantenerse apartado de la gente, encontraría alguna manera de recuperar su vida.

Entonces pasó junto a una carnicería.

El olor lo golpeó antes de que pudiera reaccionar.

Se detuvo frente al escaparate.

En el interior, un hombre con un delantal blanco cortaba una pieza de carne sobre una tabla. Había un recipiente metálico junto a la balanza y unas gotas rojas manchaban el borde de la superficie.

Daniel sintió que algo se quebraba dentro de él.

La sed dejó de ser una molestia y se convirtió en una orden.

Su cuerpo se inclinó involuntariamente hacia el cristal. La lengua le recorrió los labios. Sus manos comenzaron a temblar.

No quería la carne.

No era aquello.

Lo que deseaba estaba en las venas de las personas que pasaban a su lado.

Retrocedió de golpe y chocó contra un hombre que caminaba detrás de él.

—¡Pero mira por dónde vas, hombre!

Daniel levantó la cabeza.

El desconocido era de mediana edad, corpulento, con una chaqueta marrón y una expresión de fastidio. Abrió la boca para decir algo más, pero Daniel ya no estaba escuchándolo.

Podía oír su corazón.

Lo tenía delante.

Vivo.

Tan cerca que le parecía imposible pensar en otra cosa.

El hombre frunció el ceño.

—¿Te encuentras bien?

Daniel dio un paso atrás.

—No se acerque.

—¿Cómo?

—He dicho que no se acerque.

El hombre levantó las manos, desconcertado, y se alejó murmurando una maldición.

Daniel echó a correr.

No se detuvo hasta llegar a una calle poco transitada. Allí se apoyó contra una pared y se dejó caer hasta quedar sentado en el suelo.

Se llevó las manos a la cabeza.

—No soy así —murmuró—. No soy así.

Pero las palabras sonaban vacías incluso para él.

No sabía quién era ahora.

Solo sabía quién había sido.

Y la distancia entre ambas cosas empezaba a parecerle insalvable.

Aquella tarde regresó a casa y cerró las cortinas.

No encendió la televisión. No abrió las ventanas. No volvió a acercarse al teléfono.

Se quedó sentado en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá, esperando que la sed disminuyera.

No disminuyó.

Al caer la noche, la ciudad se volvió más silenciosa. Los ruidos cotidianos fueron apagándose uno tras otro, hasta que solo quedaron los motores lejanos, alguna voz aislada y los latidos dispersos de quienes todavía caminaban por la calle.

Daniel cerró los ojos.

Intentó pensar en su infancia. En los veranos con Olivia, cuando su hermana aún era pequeña y se empeñaba en seguirlo a todas partes. En las comidas familiares. En las discusiones absurdas con su padre. En su primer día de trabajo, en los amigos que había ido dejando atrás sin darse cuenta.

Buscó cualquier recuerdo que pudiera recordarle quién era.

Pero todos terminaban de la misma manera.

En una calle mojada.

Unos faros acercándose.

El golpe.

Y ella.

La mujer de negro.

Su rostro aparecía una y otra vez, siempre al otro lado de aquella oscuridad. Daniel intentaba acercarse a ella, pero nunca conseguía alcanzarla. Cuando estaba a punto de distinguir sus facciones, la imagen se desvanecía.

Abrió los ojos.

—Vuelve —susurró.

No sabía si se lo estaba pidiendo a ella o a la vida que había perdido.

Entonces oyó un corazón.

No estaba en la calle.