Amor Carmesí Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Escuchaba los motores de los frigoríficos detrás de las paredes, el zumbido eléctrico de las farolas, las tuberías de los edificios. Podía distinguir el roce de una cortina al moverse en una ventana y el crujido de una puerta a dos portales de distancia.

Pero eran los corazones lo que más le perturbaba.

Cada vez que encontraba a alguien, el sonido se apoderaba de él.

Una mujer que paseaba a un perro.

Un hombre que cerraba la persiana de un bar.

Un barrendero que empujaba su carro por la acera.

Todos estaban vivos.

Y él no.

Se detuvo frente a una cabina telefónica.

El cristal estaba empañado por la humedad y había varios anuncios pegados en el interior. Daniel apoyó una mano en la puerta y miró el teléfono.

Recordó la llamada.

No bebas sangre.

Se preguntó si había sido real. Si alguien había conseguido averiguar lo que le estaba ocurriendo y había intentado advertirle.

O si, sencillamente, estaba perdiendo la cabeza.

Un ruido a su espalda lo hizo volverse.

Un hombre salía de un bar situado al otro lado de la calle. Caminaba con dificultad, abrochándose la chaqueta mientras intentaba encender un cigarrillo. Debía de haber bebido bastante.

Daniel no le prestó atención al principio.

Hasta que el hombre levantó la cabeza.

Sus miradas se cruzaron.

El corazón de Daniel dio un golpe seco.

No podía escucharlo.

Durante un instante, la ciudad entera pareció desaparecer.

El hombre seguía allí, fumando bajo el toldo del bar, pero Daniel ya no veía su rostro. Solo percibía el movimiento de la sangre bajo la piel de su cuello.

La sed regresó con una violencia que lo obligó a agarrarse a la cabina.

El hombre tosió.

Daniel apretó los dientes.

No bebas sangre.

La voz de la mujer resonó en su memoria.

Retrocedió un paso.

El hombre lo miró con curiosidad.

—¿Te encuentras bien, chaval?

Daniel no respondió.

—Oye, que te estoy hablando.

El hombre dio un paso hacia él.

Daniel sintió cómo su cuerpo reaccionaba antes que su pensamiento. Sus dedos se tensaron, los músculos de sus piernas se contrajeron y algo dentro de él pareció prepararse para saltar.

—No te acerques —dijo.

El hombre levantó las manos, desconcertado.

—Tranquilo, hombre. Solo preguntaba.

Daniel intentó respirar.

No podía apartar la mirada de su cuello.

El hombre dio otro paso.

Y entonces Daniel escuchó el latido.

Uno.

Dos.

Tres.

El sonido lo atravesó como una descarga eléctrica.

Se abalanzó sobre él.

No llegó a comprender lo que estaba haciendo hasta que lo tuvo contra la pared, con una mano cerrada alrededor de su garganta y la otra sujetándole el hombro.

El cigarrillo cayó al suelo.

—¡Pero qué coño…!

Daniel apretó los dientes.

El hombre intentó golpearlo, pero Daniel apenas se movió. Podía sentir la sangre bajo su piel, caliente y cercana, llamándolo con una intensidad que nunca había experimentado.

Abrió la boca.

Los colmillos rozaron la piel del hombre.

Y entonces vio sus ojos.

El miedo.

La sorpresa.

La súplica silenciosa de alguien que no comprendía por qué un desconocido lo estaba sujetando en mitad de la calle.

Daniel se quedó inmóvil.

Durante un segundo volvió a ser él mismo.

El hombre dejó escapar un gemido.

Daniel lo soltó de golpe y retrocedió hasta la acera contraria.

—Vete —dijo.

El hombre se llevó las manos al cuello y lo miró con terror.

—Estás loco…

—¡Vete!

Esta vez no necesitó repetirlo.

El hombre salió corriendo, tropezó con el bordillo y desapareció calle abajo.

Daniel permaneció junto a la cabina, temblando.

No había bebido.

No lo había hecho.

Pero había estado a punto.

Se miró las manos y descubrió que le temblaban tanto que apenas podía mantenerlas levantadas.

—¿Qué me está pasando? —susurró.

Nadie respondió.

La ciudad continuó en silencio.

Y, por primera vez, Daniel comprendió que la mujer del otro lado no era el único misterio que debía resolver.

También tenía que descubrir qué estaba dispuesto a hacer para seguir existiendo.

El amanecer comenzó a insinuarse detrás de los edificios.

Daniel había encontrado refugio en un portal abandonado, donde permanecía sentado sobre los escalones, con la cabeza entre las manos.

No había regresado a casa.

No quería hacerlo.

Le aterraba encontrar otra llamada, otra señal, otra prueba de que aquella mujer podía entrar en su vida cuando quisiera.

Pero le aterraba todavía más no volver a verla.

Cerró los ojos.

Intentó reconstruir su rostro una vez más.

La oscuridad.

El vestido negro.

La mano extendida.

Una voz.

No hagas preguntas para las que no estás preparado.

Daniel abrió los ojos.

Había algo que no encajaba.

Recordaba que ella le había tendido la mano. Recordaba haberla aceptado. Recordaba la sensación de sus dedos entre los suyos.

Pero no recordaba cómo se había separado de ella.

No recordaba el final de aquella conversación.

Ni cómo había pasado de la oscuridad a la habitación del hospital.

Era como si alguien hubiera arrancado una página de su memoria.

Se incorporó lentamente.

Entonces vio algo en el suelo, junto a sus zapatos.

Una pequeña mancha oscura.

Daniel se agachó.

Era una gota de sangre.

La tocó con la yema del dedo y se quedó mirándola. No sabía de quién era. No sabía cómo había llegado hasta allí.

Pero, al sentir su olor, la sed despertó de nuevo.

Se apartó de golpe.

—No…

La gota permaneció inmóvil sobre el suelo.

Daniel retrocedió hasta la pared y se tapó la boca con una mano.

Entonces escuchó algo.

No un corazón.

No unos pasos.

Una voz.

Muy cerca de su oído.

—Todavía no, Daniel.

Se volvió tan bruscamente que golpeó la pared con el hombro.

No había nadie.

Solo el portal vacío, la luz gris del amanecer y el silencio.

Daniel permaneció inmóvil, con los ojos clavados en el lugar donde había escuchado la voz.

La conocía.

Estaba seguro.

Era la misma mujer.

La misma voz que lo había acompañado en la oscuridad, la misma que había sonado al otro lado del teléfono.

Pero esta vez había algo distinto.

No había tristeza en ella.

Había una advertencia.

Daniel se levantó y salió del portal.

El cielo comenzaba a aclararse sobre Madrid.

Por primera vez desde su regreso, no quiso buscarla.

Quiso alejarse.

Porque acababa de comprender algo que no podía explicar, pero que su cuerpo parecía conocer mejor que su mente.

Aquella mujer podía haberle devuelto la vida.

Y quizá también podía quitársela.