Amor Carmesí Capítulo 3
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Capítulo 3

El hambre de los muertos

La primera vez que Daniel oyó su propio corazón, estaba convencido de que iba a morir.

La segunda, comprendió que algo iba terriblemente mal.

La tercera, dejó de esperarlo.

Llevaba casi una hora caminando por las calles de Madrid, sin rumbo y con la ropa del hospital pegada al cuerpo.

Había conseguido robar una chaqueta de un perchero junto a la salida de urgencias, aunque no estaba seguro de por qué lo había hecho.

Quizá porque tenía frío. Quizá porque no quería que nadie lo reconociera como un paciente fugado.

O quizá porque, en algún rincón de su cabeza, todavía intentaba convencerse de que aquello era una noche normal.

La ciudad seguía viva a su alrededor.

Los taxis cruzaban las avenidas. Un grupo de jóvenes salía de un bar riéndose a carcajadas. En una esquina, un hombre rebuscaba en el bolsillo de su abrigo mientras maldecía por no encontrar las llaves.

Daniel los veía a todos, pero ya no los miraba como antes.

Escuchaba sus corazones.

Era imposible ignorarlos. Algunos latían deprisa, otros con una cadencia tranquila. Podía distinguirlos incluso cuando los separaban paredes, puertas o varios metros de distancia. Cada uno tenía un ritmo particular, una especie de firma que su mente reconocía sin necesidad de comprender cómo.

Al principio había intentado taparse los oídos.

Después había corrido.

Ahora simplemente caminaba, apretando los dientes cada vez que el sonido se volvía demasiado intenso.

—Estoy enfermo —murmuró.

La frase le sonó ridícula.

Un enfermo no se despertaba sin heridas después de un accidente de tráfico. Un enfermo no tenía los labios helados ni podía escuchar la sangre recorriendo las venas de una desconocida al otro lado de la calle.

Y, sobre todo, un enfermo no recordaba con tanta claridad el momento exacto en que había dejado de respirar.

Daniel se detuvo frente a un escaparate.

El cristal le devolvió la imagen de un hombre pálido, despeinado y con los ojos hundidos. Parecía alguien que llevara varios días sin dormir. Tenía una pequeña mancha de sangre seca en la manga de la camisa y el cuello del pijama del hospital asomaba por encima de la chaqueta prestada.

Se tocó la cara.

La piel estaba fría.

Demasiado fría.

Se llevó dos dedos al cuello, buscando el pulso.

Nada.

Lo intentó de nuevo, presionando con más fuerza.

Nada.

—No puede ser…

Apartó la mano y se quedó mirando su reflejo.

Por un instante, tuvo la impresión de que el hombre del cristal no lo imitaba exactamente.

Daniel levantó la mano derecha.

El reflejo tardó una fracción de segundo en hacerlo.

Se volvió de golpe.

La calle estaba vacía detrás de él.

Volvió a mirar el escaparate.

Su reflejo permanecía inmóvil, con los ojos clavados en los suyos.

Daniel retrocedió.

Un autobús pasó por la calzada y llenó la calle de ruido. Cuando desapareció, el reflejo volvía a ser normal.

Se quedó quieto, respirando por costumbre, aunque empezaba a sospechar que no lo necesitaba.

—Estoy perdiendo la cabeza.

No era una conclusión tranquilizadora, pero al menos era una explicación.

Echó a andar de nuevo.

Necesitaba llegar a casa.

Necesitaba sentarse, cerrar la puerta y pensar. Quizá allí, rodeado de sus cosas, sería capaz de ordenar lo que había ocurrido. Quizá encontraría una explicación que los médicos del hospital no habían sabido darle.

Lo que más deseaba era escuchar una voz conocida.

La de su madre, por ejemplo.

O la de Olivia.

Pero no podía presentarse en casa de ninguna de las dos con aquella ropa y aquella expresión. No sabría qué decirles. Ni siquiera estaba seguro de poder mirarlas sin escuchar sus corazones.

Y había algo más.

Una parte de él, pequeña pero insistente, le decía que no debía acercarse a nadie.

No todavía.

A las tres y cuarto de la madrugada, Daniel llegó a su edificio.

La puerta del portal estaba cerrada. Sacó las llaves del bolsillo, aunque no recordaba haberlas guardado allí después del accidente. El metal le tembló entre los dedos antes de que consiguiera introducirlo en la cerradura.

Subió las escaleras en silencio.

Al llegar al tercer piso, se detuvo frente a su puerta.

Había luz bajo ella.

Daniel frunció el ceño.

No recordaba haber dejado ninguna lámpara encendida.

Introdujo la llave despacio y abrió.

—¿Hola?

El apartamento estaba en silencio.

La luz procedía del salón. La televisión permanecía encendida, aunque la imagen estaba cubierta de interferencias. Una voz distorsionada surgía del aparato, interrumpida por un siseo constante.

Daniel cerró la puerta detrás de sí.

El olor a café frío y tabaco le resultó familiar. También el desorden, las facturas sobre la mesa y la camisa que había dejado en el respaldo de una silla.

Todo parecía exactamente como lo había dejado aquella mañana.

Excepto la televisión.

Se acercó al aparato y giró el mando. La imagen desapareció, pero el sonido continuó durante un segundo más.

Después, silencio.

Daniel dejó el mando sobre la mesa.

Entonces vio el teléfono.

El auricular estaba descolgado.

Se quedó mirándolo.

El cable se extendía desde la base hasta el suelo, donde formaba un pequeño círculo junto a la mesa. Daniel estaba seguro de haberlo dejado en su sitio antes de salir.

Se acercó y levantó el auricular.

—¿Sí?

Solo escuchó estática.

—¿Hola?

La estática se volvió más intensa.

Daniel estaba a punto de colgar cuando oyó algo.

Una respiración.

Lenta.

Suave.

Al otro lado de la línea.

—¿Quién es?

La respiración continuó.

Daniel sintió que algo le apretaba el estómago.

—Mira, no estoy para bromas. Si quieres algo, habla.

Un chasquido.

Después, una voz.

—Daniel.

El auricular casi se le cayó de las manos.

Era una voz femenina.

No podía distinguirla con claridad, pero había algo en ella que le resultaba dolorosamente familiar. Una cadencia lenta, una manera particular de pronunciar su nombre, como si cada sílaba tuviera un peso que solo ella conocía.

La misma sensación que había experimentado en aquel lugar oscuro.

La misma voz que había escuchado antes de despertar en el hospital.

—¿Quién eres? —preguntó, apenas en un susurro.

La línea crujió.

—No deberías estar en casa.

Daniel se quedó helado.

—¿Qué?

—Daniel…

La voz se quebró en una interferencia.

Él apretó el auricular contra la oreja.

—¡Espera! ¿Quién eres? ¿Dónde estás?

Durante un instante, creyó escuchar una risa muy suave.

Después, tres palabras.

—No bebas sangre.

La comunicación se cortó.

Daniel permaneció inmóvil.

El teléfono emitió un tono continuo.

No bebas sangre.

Miró el auricular como si pudiera encontrar en él alguna explicación. Después lo colgó lentamente y retrocedió hasta chocar contra el borde de la mesa.

Aquella mujer.

Tenía que ser ella.

La mujer de negro.

La que le había tendido la mano en la oscuridad.

La que había desaparecido antes de que pudiera preguntarle su nombre.

Daniel se pasó ambas manos por el rostro.

—No. No, no, no…

Se sentó en el sofá y se quedó mirando el teléfono.

Durante varios minutos no hizo nada.

Después se levantó de golpe y arrancó el cable de la pared.

No quería volver a escuchar aquella voz.

No quería volver a pensar en ella.

Y, sin embargo, una parte de él deseaba desesperadamente que llamara de nuevo.

No había comida en la nevera que le apeteciera.

Daniel abrió la puerta, examinó el contenido y volvió a cerrarla. Había leche, un trozo de queso, varios huevos y un recipiente con restos de comida del día anterior.

Nada le provocó el menor interés.

Tenía sed.

Una sed abrasadora, concentrada en la garganta y detrás de los dientes. Había intentado beber agua en el hospital, pero el líquido le había parecido insípido. Había probado a beber directamente del grifo al llegar a casa y el resultado había sido el mismo.

Su cuerpo no quería agua.

Quería otra cosa.

Daniel apoyó las manos sobre la encimera.

No podía ser lo que pensaba.

No podía.

Abrió un armario y sacó un vaso. Lo llenó de agua y bebió despacio, obligándose a tragar. El líquido descendió por su garganta sin aliviar la quemazón.

Dejó el vaso sobre la encimera.

Miró sus manos.

Recordó los colmillos. La sangre en la muñeca de la enfermera. El miedo en los ojos del médico.

Y recordó algo más.

Una mujer tendiéndole la mano.

Una piel fría.

Una voz que le decía que no hiciera preguntas para las que no estaba preparado.

Daniel cerró los ojos.

Las imágenes aparecieron de manera desordenada, como fotografías sacadas de una caja y arrojadas al suelo.

La oscuridad.

El banco de piedra.

Unos ojos claros.

Una sonrisa fugaz.

La sensación de que aquella mujer estaba tan sola como él.

Intentó recordar su rostro con precisión, pero cuanto más se esforzaba, más difícil resultaba. Podía recordar la forma de su boca, el cabello oscuro, la palidez de sus mejillas. Sin embargo, cuando intentaba fijar la mirada en sus ojos, algo se interponía.

Como si su memoria se negara a conservarlos.

Daniel golpeó la encimera con el puño.

—¡Joder!

El ruido resonó por toda la cocina.

Miró su mano.

Había dejado una pequeña grieta en el mármol.

Se apartó de golpe.

No había golpeado con tanta fuerza. Ni siquiera había sentido dolor.

Se miró los nudillos, esperando encontrar alguna herida, pero la piel seguía intacta.

Se quedó contemplándolos con una mezcla de fascinación y horror.

¿Qué era?

¿Qué le habían hecho?

Y, sobre todo, ¿por qué aquella mujer parecía saber exactamente lo que iba a ocurrirle?

A las cuatro menos cuarto, Daniel decidió salir.

No sabía adónde ir. Solo necesitaba abandonar aquel apartamento, donde cada objeto le recordaba la vida que había tenido unas horas antes.

Se puso la chaqueta, guardó las llaves en el bolsillo y bajó a la calle.

La lluvia había cesado.

Madrid estaba casi vacía. Los semáforos cambiaban de color para nadie y las luces de los escaparates permanecían apagadas. En la acera había charcos que reflejaban las farolas, y el aire olía a tierra húmeda y gasolina.

Daniel caminó sin rumbo.

Al principio intentó no prestar atención a los sonidos.

Después comprendió que era imposible.