Capítulo 2 #3
En las personas que lo rodeaban. En las vendas de un carro de curas. En el interior de sus propias venas, aunque estaba seguro de que ya no debería quedar nada dentro de ellas.
Su garganta comenzó a arder.
—Necesito agua —dijo.
La enfermera se acercó con un vaso.
Daniel lo agarró, pero en cuanto ella extendió el brazo, vio una pequeña herida en su muñeca, apenas cubierta por una tirita.
Un hilo de sangre se había filtrado por uno de los bordes.
El mundo se detuvo.
Daniel miró aquella mancha roja.
Sintió que algo dentro de él se levantaba, despertando de un sueño demasiado largo.
—No te acerques —susurró.
La enfermera frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—He dicho que no te acerques.
Su voz sonó extraña. Más grave. Más áspera.
El médico hizo un gesto para que la enfermera se apartara.
—Daniel, ¿verdad? Te llamas Daniel Bennett. Has sufrido un accidente de tráfico. Necesitamos que te tranquilices.
Daniel lo miró.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
El médico intercambió una mirada con la enfermera.
—Acabas de llegar. Te hemos encontrado inconsciente después del accidente. Has tenido mucha suerte.
Daniel bajó la vista hacia su pecho.
No tenía heridas. Ni vendajes. Ni el dolor que debería haberle impedido moverse.
Se palpó las costillas.
—Eso es imposible.
—Has sufrido un traumatismo importante. Es normal que estés confuso.
—No lo entiende.
El médico se acercó un poco más.
Daniel escuchó el movimiento de la sangre dentro de su cuello.
La sed se hizo insoportable.
Se apartó de él con tanta brusquedad que la cama chocó contra la pared.
—¡No se acerque!
—Daniel, necesito examinarte.
—¡No!
La palabra salió acompañada de un gruñido.
La enfermera soltó un grito.
Daniel la miró y vio cómo el miedo se extendía por su rostro. Vio sus pupilas dilatadas, el temblor de sus labios y la mano que se llevaba instintivamente al pecho.
Entonces comprendió que él era la causa de aquel miedo.
Se miró las manos.
No temblaban.
Aquello lo aterrorizó más que cualquier otra cosa.
—Dios mío… —murmuró.
Buscó su reflejo en el cristal oscuro de la ventana.
Su rostro estaba pálido. Sus ojos parecían hundidos, rodeados de sombras que no recordaba haber tenido. Se tocó la mejilla y después la boca.
Notó algo afilado contra el labio.
Se pasó la lengua por los dientes.
Los colmillos.
Retrocedió hasta golpearse contra la mesilla.
—No. No, no, no…
El médico intentó acercarse de nuevo.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué me han hecho?
—Nadie te ha hecho nada. Has tenido un accidente.
—¡Estoy muerto!
El silencio que siguió fue absoluto.
Daniel escuchó el corazón del médico acelerarse todavía más.
La enfermera se santiguó.
Y él comprendió que no podía quedarse allí.
No sabía qué le estaba pasando. No sabía cómo había regresado de aquel lugar ni por qué podía escuchar los corazones de los demás como si estuvieran dentro de su propia cabeza. Pero sabía que, si permanecía en aquella habitación, terminaría haciéndole daño a alguien.
Tenía que salir.
—Daniel, espera…
El médico extendió una mano hacia él.
Daniel lo esquivó.
Se arrancó la vía del brazo y sintió un pinchazo, pero apenas le prestó atención. La puerta estaba a pocos metros. Corrió hacia ella, la abrió de golpe y salió al pasillo.
Las luces le parecieron demasiado brillantes.
Las voces, demasiado fuertes.
Los latidos, insoportables.
Una mujer empujaba una camilla. Un celador hablaba con un hombre sentado en una silla. Al fondo, un niño lloraba en brazos de su padre.
Daniel se llevó las manos a la cabeza.
Todos aquellos corazones.
Tantos.
Demasiados.
—¡Apartaos!
La gente se volvió hacia él.
Daniel echó a correr.
No sabía adónde iba. Solo necesitaba alejarse de aquellas personas, del olor de su sangre, de la sensación de que su cuerpo estaba esperando una orden que él no quería darle.
Atravesó una puerta de emergencia y bajó unas escaleras de dos en dos. Al llegar a la planta baja, encontró un pasillo vacío que conducía a una salida lateral.
La empujó.
El aire frío de la noche le golpeó el rostro.
Daniel salió a la calle y continuó corriendo hasta que el hospital quedó atrás.
No se detuvo hasta llegar a una calle estrecha, lejos de las luces de la entrada. Allí se apoyó contra una pared y se dobló sobre sí mismo, intentando recuperar el aliento.
No podía respirar con normalidad.
No podía pensar.
No podía dejar de escuchar.
Se miró las manos una vez más, esperando encontrar alguna explicación escrita en la piel. Después levantó la vista hacia la ciudad, hacia los edificios y las ventanas iluminadas, hacia las personas que caminaban bajo la lluvia sin saber que él estaba allí.
Seguía en Madrid.
Seguía siendo Daniel Bennett.
Pero algo había cambiado.
Algo que no sabía nombrar y que, sin embargo, sentía moverse dentro de él.
Cerró los ojos.
Y recordó la mano fría de aquella mujer entre las suyas.
Su rostro.
Su voz.
La tristeza que parecía acompañarla incluso cuando sonreía.
Daniel apoyó la cabeza contra la pared.
—¿Qué me has hecho? —susurró.
Nadie respondió.
La calle permaneció vacía.
Y, por primera vez desde que había despertado, Daniel tuvo miedo de que aquella mujer no volviera a aparecer.
Mucho más miedo del que sentía al pensar en lo que se había convertido.