Capítulo 2 #2
Pensó en su apartamento. En las llamadas que aplazaba, en las invitaciones que rechazaba y en las noches que pasaba frente al televisor para no tener que enfrentarse al silencio.
—A veces.
—¿Y te gustaba?
Daniel negó con la cabeza.
—No especialmente.
La mujer bajó los ojos.
—Entonces, ¿por qué lo hacías?
Él se quedó pensativo.
Podría haberle dado muchas respuestas. Porque estaba cansado. Porque no quería molestar a nadie. Porque había aprendido a arreglárselas solo y, con el tiempo, había confundido esa costumbre con una elección.
Pero ninguna le pareció suficiente.
—Supongo que esperaba que las cosas cambiaran —dijo finalmente.
—¿Sin cambiar tú?
Daniel la miró.
—¿Siempre haces preguntas tan incómodas?
—Solo cuando alguien necesita escucharlas.
Aquello le arrancó una sonrisa.
Y, por primera vez desde el accidente, Daniel olvidó durante unos segundos que estaba muerto.
No supo cuánto tiempo permanecieron sentados.
Allí no había relojes, ni luz que cambiara, ni hambre, ni cansancio. Las conversaciones parecían prolongarse sin que ninguno sintiera la necesidad de terminarlas. A veces Daniel preguntaba algo y la mujer respondía. Otras veces era ella quien quería saber cosas sobre él.
No le preguntó cómo había muerto su padre, ni si tenía miedo, ni qué había hecho con su vida. Sus preguntas eran más sencillas.
Qué música le gustaba.
Si prefería el invierno o el verano.
Qué era lo último que había comido.
Daniel terminó contándole que había cenado una pizza congelada la noche anterior y que estaba convencido de que, si alguna vez llegaba a ser rico, contrataría a alguien para cocinar por él.
—¿No te gusta cocinar? —preguntó ella.
—Me gusta comer. Son cosas distintas.
La mujer sonrió.
Daniel se descubrió observándola mientras hablaba. Había algo hipnótico en sus gestos, en la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba y en sus silencios, que nunca parecían incómodos.
Se preguntó si ella sería consciente de ello.
—¿Qué? —preguntó la mujer.
Daniel apartó la mirada.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Tengo ojos.
—Ya veo.
Él rio por lo bajo.
Se sentía ridículo. Había muerto hacía lo que podían haber sido minutos o varias horas y estaba sentado junto a una mujer que no quería decirle su nombre, intentando hacerla sonreír.
Pero cuando ella lo miraba, Daniel tenía la sensación de que el resto de las cosas perdían importancia.
Era una impresión peligrosa, aunque todavía no sabía por qué.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
—Puedes.
—¿Por qué estás aquí conmigo?
La mujer dejó de sonreír.
Durante unos segundos, Daniel creyó que no respondería.
—Porque te he encontrado —dijo finalmente.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—Es la respuesta que tengo.
Daniel la estudió.
No parecía estar mintiendo. Tampoco parecía dispuesta a contarle toda la verdad.
—¿Te ocurre esto a menudo? —preguntó él—. ¿Hablar con gente que acaba de morir?
—Sí.
—¿Y qué les dices?
—Depende.
—¿De qué?
—De la persona.
Daniel asintió lentamente.
—¿Y qué me vas a decir a mí?
La mujer lo miró de una forma que no supo interpretar.
—Todavía no lo he decidido.
Él sonrió.
—Al menos eres sincera.
—No siempre.
La respuesta quedó suspendida entre ambos.
Daniel quiso preguntarle qué significaba, pero antes de que pudiera hacerlo, ella se levantó.
—Tenemos que irnos.
Él también se puso en pie.
—¿Adónde?
La mujer extendió una mano hacia él.
Daniel la contempló.
Era una mano delicada, de dedos largos y piel pálida. No había nada amenazador en ella. Sin embargo, sintió que aquel gesto tenía una importancia que todavía no alcanzaba a comprender.
—¿Qué pasa si no voy contigo? —preguntó.
—No puedes quedarte aquí.
—¿Y si quiero hacerlo?
La mujer lo miró con una tristeza que, por primera vez, le pareció insoportable.
—No querrás.
Daniel debería haber sentido miedo.
En cambio, sintió una extraña pena al pensar que tendría que separarse de ella.
La conocía desde hacía muy poco. No sabía su nombre, ni dónde vivía, ni si volvería a verla. No tenía sentido que aquella idea le importara tanto.
Pero le importaba.
—¿Volveré a verte? —preguntó.
La mujer no respondió inmediatamente.
Su mano seguía extendida entre ambos.
—Todos volvéis a verme —dijo al fin.
Daniel negó despacio con la cabeza.
—No me refiero a eso.
Ella comprendió.
Lo supo por la forma en que apartó ligeramente la mirada.
—No hagas preguntas para las que no estás preparado.
—Quizá lo esté.
—No lo estás.
Daniel la observó durante unos segundos.
Después miró su mano.
Podría haber retrocedido. Podría haber exigido respuestas, negarse a seguirla y aferrarse a lo poco que todavía entendía. Pero algo le decía que, si dejaba pasar aquel momento, se arrepentiría.
No sabía de qué manera.
Solo sabía que no quería perderla.
Le tomó la mano.
Su piel estaba fría.
La mujer cerró los dedos alrededor de los suyos y, por un instante, Daniel sintió algo parecido a una descarga recorrerle el brazo. No fue doloroso. Fue una sensación breve y cálida, completamente fuera de lugar en aquel vacío helado.
Ella lo miró.
Y Daniel tuvo la impresión de que también lo había sentido.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
La mujer no contestó.
Por primera vez desde que la había conocido, parecía asustada.
El suelo desapareció.
Daniel sintió que caía, aunque no había nada bajo sus pies de lo que pudiera caer. Intentó aferrarse a la mano de la mujer, pero los dedos de ella se deslizaron entre los suyos.
—¡Espera!
La oscuridad se abrió a su alrededor.
Vio destellos de luz, formas borrosas y un resplandor blanco que crecía con una rapidez aterradora. Oyó un ruido continuo, distante, parecido al zumbido de una máquina.
Después sintió dolor.
Un dolor inmenso, brutal, que le atravesó el pecho y le obligó a abrir la boca en un grito que no llegó a escuchar.
Y entonces respiró.
El aire entró en sus pulmones como un golpe.
Daniel abrió los ojos.
Tenía algo pegado al rostro. Una luz blanca le hirió la vista. Intentó moverse, pero un dolor punzante le recorrió el brazo.
—¡Ha despertado!
La voz de una mujer.
Pasos apresurados.
Unas manos sujetándolo por los hombros.
Daniel se incorporó bruscamente y arrancó de su pecho varios cables. Un pitido agudo comenzó a sonar a su lado.
—Tranquilo, tranquilo. Está en el hospital.
Hospital.
La palabra tardó unos segundos en adquirir significado.
Daniel miró a su alrededor.
Estaba en una habitación pequeña, iluminada por tubos fluorescentes. Había una cama, una mesilla metálica y una silla junto a la ventana. Un hombre vestido con bata blanca se acercaba a él, mientras una enfermera intentaba detener el pitido de una máquina.
—¿Puede oírme? —preguntó el médico—. ¿Sabe dónde está?
Daniel lo miró sin comprender.
El médico tenía el corazón acelerado.
Podía escucharlo.
No el ruido del aparato, sino el latido que se escondía dentro de su pecho. Cada contracción, cada pausa, cada aceleración provocada por el miedo.
También escuchaba el corazón de la enfermera.
Y el de alguien que caminaba por el pasillo.
Y el de una persona situada en alguna habitación al otro lado de la pared.
Daniel se llevó las manos a los oídos.
—Que se callen.
El médico se detuvo.
—¿Cómo dice?
—¡Que se callen!
La enfermera retrocedió.
Daniel respiraba de forma entrecortada. El olor de la habitación lo golpeaba con una intensidad insoportable: desinfectante, plástico, sudor, café frío. Y debajo de todo aquello había otro olor.
Sangre.
La notaba en todas partes.