Capítulo 2
La mujer del otro lado
La primera sensación fue el frío.
No el frío de una noche de octubre, ni el que se colaba por las ventanas mal cerradas de su apartamento. Era algo distinto, profundo, que parecía proceder de un lugar al que no llegaba la luz y en el que el calor jamás había existido.
Daniel intentó respirar.
No pudo.
Abrió los ojos de golpe.
Estaba tendido sobre una superficie negra, lisa como el cristal, aunque bajo su espalda no sentía ni la dureza de una piedra ni la humedad del suelo. Se incorporó bruscamente y se llevó las manos al pecho.
No había heridas.
Su camisa estaba limpia. No tenía sangre en la cara ni en las manos. Tampoco sentía dolor en las costillas, donde recordaba haber recibido el impacto del coche.
Miró a su alrededor.
Nada.
Un vacío inmenso se extendía en todas direcciones. No había edificios, árboles, cielo ni horizonte. Solo una oscuridad grisácea que parecía contener una niebla tan fina que resultaba difícil distinguirla de la propia ausencia de luz.
Daniel tragó saliva.
—¿Hola?
Su voz se perdió sin producir eco.
Esperó.
—¿Hay alguien?
Nadie respondió.
Se puso en pie con cierta dificultad. Al mirar hacia abajo descubrió que llevaba los mismos zapatos que aquella noche, aunque estaban secos. Se palpó los bolsillos, buscó las llaves y encontró únicamente un paquete de cigarrillos aplastado.
No tenía sentido.
Recordaba el coche. Los faros. El golpe.
Recordaba el asfalto acercándose a su cara y una mujer observándolo desde la acera contraria.
Después, nada.
Se llevó una mano a la frente.
—Estoy en un hospital —murmuró—. Me han drogado o algo parecido.
Era una explicación ridícula, pero prefería aferrarse a ella antes que considerar cualquier otra posibilidad.
Comenzó a caminar.
No sabía hacia dónde se dirigía. Allí no había caminos ni señales que seguir, pero quedarse quieto le parecía todavía peor. Avanzó durante un tiempo que no supo medir, hasta que tuvo la impresión de estar recorriendo siempre el mismo lugar.
La oscuridad no cambiaba.
Tampoco lo hacía el suelo.
No había cansancio en sus piernas, aunque tampoco sentía que estuviera haciendo un esfuerzo. Era como caminar dentro de un sueño del que uno sabe que debe despertar, pero no encuentra la manera de hacerlo.
Entonces escuchó una voz.
—No deberías estar caminando.
Daniel se detuvo.
La voz procedía de detrás de él. Era suave, femenina, con una cadencia tranquila que contrastaba con la inmensidad vacía que los rodeaba.
Se volvió.
Una mujer estaba sentada a pocos metros, sobre lo que parecía un banco de piedra.
No la había visto al pasar.
Llevaba un vestido negro de manga larga, sencillo, sin adornos.
Su cabello oscuro caía sobre los hombros y enmarcaba un rostro de una palidez casi irreal.
Tenía los ojos claros, aunque Daniel no habría sabido decir de qué color eran exactamente.
Había algo en ellos que dificultaba mantener la mirada y, al mismo tiempo, hacía imposible apartarla.
La mujer lo observaba con una expresión serena.
No parecía sorprendida de verlo.
Daniel frunció el ceño.
—¿Quién eres?
—Eso no importa demasiado.
—A mí sí me importa.
—Lo imagino.
Él miró a su alrededor, esperando descubrir a alguien más. Una cámara, una puerta, cualquier señal que le permitiera entender dónde estaba.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar al que no deberías haber llegado todavía.
Daniel volvió a mirarla.
—¿Qué significa eso?
La mujer bajó los ojos hacia sus manos. Tenía los dedos entrelazados sobre el regazo y una pequeña cicatriz blanca en el dorso de la mano izquierda.
—Significa que no era tu momento.
Daniel sintió que el estómago se le encogía.
—¿Mi momento para qué?
Ella levantó la mirada.
—Para morir.
Durante unos segundos, Daniel no dijo nada.
Después soltó una risa breve, nerviosa.
—Vale. Muy gracioso.
La mujer no sonrió.
—No estoy intentando hacerte reír.
—¿Es una broma? ¿Estoy en coma? ¿Esto es alguna especie de…?
Se interrumpió.
La palabra le resultaba demasiado absurda para pronunciarla.
La mujer esperó pacientemente.
—¿Estoy muerto? —preguntó al fin.
Ella asintió.
Daniel la miró fijamente.
Había esperado una respuesta distinta. Una explicación médica, una frase tranquilizadora, cualquier cosa que pudiera discutir. No aquella aceptación tan sencilla, pronunciada como si le hubiera preguntado si estaba lloviendo.
—No —dijo.
—Lo siento.
—No, no. No puedes decirme eso y quedarte tan tranquila.
La mujer ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Qué quieres que haga?
Daniel abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Quería que gritara. Que se levantara. Que le dijera que todo era una equivocación y que alguien vendría a buscarlo en unos minutos. Quería despertar en una cama de hospital, con el cuerpo dolorido y un médico explicándole que había tenido mucha suerte.
Sobre todo, quería que aquella mujer dejara de mirarlo como si lo conociera.
—Tengo treinta años —dijo finalmente.
Ella asintió.
—Lo sé.
—Mi madre me espera el domingo. Mi hermana…
La voz se le quebró.
Daniel apretó los dientes y desvió la mirada.
No quería llorar delante de una desconocida. Ni siquiera sabía si era posible llorar allí. Pero de pronto recordó la llamada de su madre, la promesa que le había hecho a Olivia y la forma en que había salido de casa convencido de que regresaría en unos minutos.
Había pensado que tenía tiempo.
Todo el mundo lo pensaba.
—No he terminado —murmuró.
La mujer no respondió.
—No he hecho nada —continuó él—. No he… No sé. No he tenido tiempo de hacer nada.
—Nadie siente que ha terminado.
Daniel la miró con rabia.
—¿Y eso se supone que tiene que consolarme?
—No.
La respuesta lo desarmó.
Ella no intentaba consolarlo. No le ofrecía promesas sobre una vida después de la muerte ni le decía que todo ocurría por alguna razón. Permanecía allí, escuchándolo, con una tristeza que parecía demasiado antigua para pertenecer a una sola persona.
Daniel se sentó en el extremo opuesto del banco.
Durante un rato, ninguno habló.
La presencia de aquella mujer le producía una sensación extraña. No era exactamente tranquilidad, aunque su cercanía hacía que el miedo resultara menos insoportable. Tampoco era confianza. No tenía motivos para confiar en ella.
Y, sin embargo, había algo en su voz que le hacía querer seguir escuchándola.
Le resultaba familiar.
No porque recordara haberla visto antes, sino porque tenía la incómoda impresión de haber estado esperándola sin saberlo.
—¿Eres un ángel? —preguntó.
La mujer lo miró con cierta curiosidad.
—No.
—¿Un demonio?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué eres?
Ella guardó silencio.
Daniel soltó el aire por la nariz.
—Vas a hacer esto muy difícil, ¿verdad?
Por primera vez, la mujer pareció a punto de sonreír.
Fue un gesto mínimo, apenas una alteración en las comisuras de los labios.
Pero cambió su rostro de una forma que Daniel no esperaba.
Durante un instante dejó de parecer una figura salida de la oscuridad y se convirtió en una mujer de carne y hueso, alguien a quien podría haber conocido en una cafetería, en una librería o en el metro.
La idea lo desconcertó.
No debería estar pensando en lo hermosa que era.
Acababa de morir.
—¿Tienes nombre? —preguntó.
—Todos los tengo.
—No me refería a eso.
Ella volvió a mirarlo.
—Lo sé.
Daniel esperó.
La mujer no dijo nada más.
—Está bien —murmuró—. Misteriosa y maleducada. Entendido.
Esta vez sí sonrió, aunque la expresión desapareció casi inmediatamente.
Daniel se sorprendió deseando volver a verla.
No sabía por qué.
Quizá porque era la primera persona que encontraba desde el accidente. Quizá porque, en aquel lugar sin tiempo ni espacio, su presencia era lo único que parecía real. O quizá porque, a pesar de todo lo que le había dicho, ella no lo miraba con lástima.
Lo miraba como si hubiera algo en él que mereciera ser contemplado.
Y Daniel llevaba mucho tiempo sin sentirse así.
—¿Voy a quedarme aquí? —preguntó.
La mujer miró hacia la oscuridad.
—No.
—¿Adónde voy?
—No puedo responder a todas tus preguntas.
—¿Por qué?
—Porque algunas respuestas cambian las cosas.
Daniel soltó una risa incrédula.
—¿Y qué más da? Estoy muerto.
Ella volvió la mirada hacia él.
Por primera vez, algo parecido al dolor apareció en su rostro.
—No tienes ni idea de lo que significa eso.
Daniel dejó de reír.
No supo qué responder. La mujer había hablado en voz baja, pero aquellas palabras contenían una certeza que lo hizo sentirse repentinamente pequeño.
Quiso preguntarle qué sabía ella sobre la muerte. Quiso preguntarle si había visto morir a miles de personas, si había acompañado a su padre cuando el corazón dejó de latirle, si sabía lo que era quedarse en una habitación de hospital mientras un médico intentaba explicar lo inexplicable.
Pero algo en su expresión lo detuvo.
No parecía una persona que hablara de la muerte por haberla estudiado.
Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo viviendo con ella.
—¿Estás sola? —preguntó Daniel.
La mujer volvió a mirarlo, sorprendida.
—¿Qué?
—Aquí. ¿Estás sola?
Ella tardó en responder.
—Siempre.
Daniel sintió una punzada en el pecho.
Era absurdo. No la conocía. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Sin embargo, aquella única palabra le produjo una tristeza inesperada, como si acabara de descubrir algo que no debía haberle preguntado.
—Lo siento —dijo.
La mujer lo observó en silencio.
—¿Por qué?
Daniel se encogió de hombros.
—No lo sé.
Era la verdad.
Por primera vez desde que había llegado a aquel lugar, no estaba pensando en sí mismo.
Se preguntó qué clase de vida podía llevar alguien que siempre estaba sola.
Si aquella mujer tenía una casa, si le gustaba la música, si alguna vez se había enamorado.
Se preguntó si también tenía miedo de algo, si existía alguna cosa capaz de hacerla reír sin que después aquella tristeza volviera a ocupar su rostro.
Eran preguntas ridículas para hacerle a una desconocida que afirmaba encontrarse fuera del mundo de los vivos.
Aun así, quería conocer las respuestas.
—¿Y tú? —preguntó ella.
Daniel parpadeó.
—¿Yo qué?
—¿Estabas solo?