Amor Carmesí Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Peor todavía.

Daniel soltó una carcajada.

Martín aprovechó para dejar una carpeta sobre su mesa y regresar a su sitio.

Durante el resto de la tarde, Daniel intentó concentrarse en el trabajo. Lo consiguió a ratos. En otros momentos, su pensamiento volvía a la conversación con su madre.

Siempre esperas a que pase algo para empezar a vivir.

Le molestaba que tuviera razón.

No porque creyera que su vida fuera una desgracia, sino porque empezaba a sospechar que llevaba demasiado tiempo esperando una señal. Algo que le demostrara que había llegado el momento de hacer las cosas de otra manera.

Una oportunidad.

Una persona.

Una casualidad.

Cualquier cosa que le permitiera convencerse de que el cambio no dependía exclusivamente de él.

A las seis menos cuarto, cerró la carpeta que tenía delante.

—¿Te vienes a tomar una cerveza? —preguntó Martín desde la mesa contigua.

Daniel miró el reloj.

Podía volver a casa, preparar algo de cenar y pasar la noche frente al televisor. También podía aceptar la invitación, sentarse en un bar y escuchar a Martín hablar de fútbol, de su hija y de las vacaciones que quería organizar para el verano siguiente.

No era una decisión especialmente importante.

Quizá por eso respondió sin pensarlo demasiado.

—Venga. Una y nos vamos.

Martín sonrió.

—Eso dicen todos.

El bar estaba a cinco minutos de la oficina, en una calle estrecha donde las fachadas antiguas se apretaban unas contra otras. Tenía una barra de madera oscura, mesas pequeñas y una televisión colgada en una esquina. Olía a café, cerveza y aceite caliente.

Era uno de esos lugares en los que el tiempo parecía avanzar más despacio.

Se sentaron junto a la ventana y pidieron dos cañas.

Martín habló durante veinte minutos sobre un partido que Daniel no había visto. Después pasó a contarle que su mujer quería cambiar los muebles del salón, que la niña había empezado a caminar y que estaba pensando en pedir unos días libres para visitar a sus suegros.

Daniel escuchaba, intervenía cuando era necesario y sonreía en los momentos adecuados.

En algún punto de la conversación, Martín se quedó mirándolo.

—¿Tú eres feliz?

Daniel estuvo a punto de reírse.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una pregunta normal.

—No, no lo es. La gente normal pregunta si eres feliz cuando lleva cuatro copas.

—Entonces voy adelantado.

Martín levantó su cerveza.

Daniel hizo lo mismo, pero no bebió.

Miró hacia la ventana. En la calle, una pareja caminaba bajo un paraguas demasiado pequeño para los dos. Ella se había pegado al hombre para evitar la lluvia y él le rodeaba los hombros con el brazo. Discutían por algo, aunque de vez en cuando se miraban y sonreían.

Daniel apartó la vista.

—No lo sé —respondió al fin.

Martín dejó de sonreír.

—¿No lo sabes?

—Tengo trabajo, tengo amigos, mi familia está bien. No me falta nada importante.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Daniel lo miró.

Durante un instante sintió el impulso de contarle la verdad.

Decirle que estaba cansado de levantarse cada mañana con la impresión de que el día anterior no había servido para nada.

Que echaba de menos tener algo que esperar.

Que a veces se preguntaba si la vida consistía realmente en aquello o si había entendido mal las instrucciones.

Pero no lo hizo.

No sabía explicar aquellas cosas sin que sonaran a una queja injustificada.

—Estoy bien —dijo.

Martín lo observó unos segundos más y después asintió.

—Vale.

No insistió.

Daniel agradeció que no lo hiciera.

Se terminó la cerveza y pidió otra.

Cuando salió del bar, la lluvia había empezado a caer.

No era una tormenta, solo una llovizna fina que oscurecía el asfalto y dejaba un brillo amarillento bajo las farolas. Daniel se subió el cuello de la chaqueta y se despidió de Martín en la esquina.

—El domingo nos vemos —dijo este.

—Si sobrevivo a la comida familiar.

—Tu madre te pondrá dos platos y se te quitarán todas las tonterías.

—Probablemente.

Martín se alejó en dirección al metro. Daniel lo observó durante unos segundos antes de echar a andar hacia su casa.

Podría haber cogido un taxi, pero no le apetecía gastar dinero. Además, necesitaba despejarse. Había bebido lo suficiente para notar un calor agradable en el cuerpo, pero no tanto como para perder el equilibrio. El aire frío le vendría bien.

Caminó por calles que conocía de memoria, pasando junto a comercios cerrados y portales iluminados. En una esquina, un vendedor recogía los últimos periódicos de su puesto. Más adelante, un grupo de jóvenes compartía cigarrillos bajo el toldo de una tienda.

La ciudad tenía otro aspecto a esas horas.

Los edificios parecían más altos. Las ventanas iluminadas escondían vidas que Daniel nunca conocería. De vez en cuando, un coche atravesaba la calle y dejaba tras de sí el ruido de sus neumáticos sobre el pavimento mojado.

Pensó en su madre.

En Olivia.

En la conversación con Martín.

¿Tú eres feliz?

La pregunta había conseguido instalarse en su cabeza y no parecía dispuesta a marcharse.

Daniel metió las manos en los bolsillos.

No era infeliz. Eso lo tenía claro. Había tenido buenos momentos, había amado y había sido amado, aunque algunas de aquellas historias hubieran terminado mal. Había viajado, se había reído hasta que le dolía el estómago y había pasado noches que recordaría durante años.

Pero tenía la impresión de que todo aquello había ocurrido en otra vida.

Como si los recuerdos pertenecieran a alguien que había sido él, pero que ya no terminaba de reconocer.

Sacudió la cabeza.

No iba a pasarse la noche dándole vueltas a una pregunta que no sabía responder.

Al llegar a una avenida, se detuvo frente a un escaparate. Una tienda de electrodomésticos exhibía televisores, radios y equipos de música. En uno de los aparatos, un presentador sonreía mientras anunciaba las noticias del día.

Daniel miró su reloj.

Las diez y cuarenta y tres.

Todavía podía llegar a casa, preparar algo de cenar y ver una película antes de acostarse.

Una noche perfectamente normal.

Reanudó la marcha.

La lluvia arreció cuando llegó a la última calle antes de su edificio.

Daniel se detuvo bajo el toldo de una tienda cerrada y buscó un cigarrillo en el bolsillo. Encontró la cajetilla, pero solo quedaba uno. Lo encendió protegiendo la llama con ambas manos y dio una calada mientras observaba el tráfico.

La calle estaba casi vacía.

Al otro lado de la avenida, una mujer salió de un portal y abrió un paraguas. Caminaba deprisa, con la cabeza inclinada para protegerse de la lluvia. Un autobús pasó junto a ella, ocultándola durante un instante.

Cuando el vehículo desapareció, Daniel tuvo la impresión de que la mujer estaba mirándolo.

Entrecerró los ojos.

No podía distinguirle bien el rostro desde aquella distancia. Solo veía una silueta oscura y el movimiento del cabello bajo el paraguas.

La mujer se quedó inmóvil.

Daniel apartó la mirada para terminar el cigarrillo.

Cuando volvió a buscarla, había desaparecido.

—Será el vino —murmuró.

Tiró la colilla a una papelera y salió de debajo del toldo.

Su portal estaba a menos de cien metros. Podía ver la luz de la entrada y las ventanas de los pisos superiores. En una de ellas, alguien había dejado encendida una lámpara junto a la cortina.

Pensó en lo que haría al llegar. Se quitaría la ropa mojada, pondría la calefacción y prepararía un sándwich. Quizá llamaría a su madre para preguntarle si necesitaba que llevara algo el domingo.

No era un mal plan.

Avanzó hasta el bordillo.

El semáforo de peatones estaba en rojo.

Daniel esperó junto a una señal de tráfico, mirando cómo los coches pasaban sobre el asfalto brillante. Un taxi giró en la siguiente esquina. Un automóvil oscuro se acercó por el carril central, con los faros reflejándose en los charcos.

El semáforo cambió.

Daniel bajó de la acera.

Dio dos pasos.

Entonces oyó el claxon.

Se volvió hacia el sonido, deslumbrado por dos faros que parecían ocupar toda la calle.

El conductor giró el volante.

Los neumáticos chirriaron sobre el pavimento mojado.

Daniel intentó retroceder, pero el coche ya estaba encima de él.

El impacto lo levantó del suelo.

Durante una fracción de segundo, no sintió dolor. Solo una extraña ligereza, como si el mundo hubiera perdido su peso y la calle se hubiera inclinado bajo sus pies.

Después llegó el golpe.

El asfalto apareció frente a su rostro. Algo crujió en su interior y el aire abandonó sus pulmones. Intentó moverse, pero su cuerpo no respondió.

Escuchó un grito.

Luego otro.

La lluvia le golpeaba la cara.

Daniel trató de enfocar la vista. Sobre él, las luces de las farolas se deshacían en manchas doradas. Alguien se arrodilló a su lado y le dijo que no se moviera. Otra voz gritó que llamaran a una ambulancia.

Quiso contestar.

No pudo.

Pensó en su madre.

En Olivia.

En el domingo al que había prometido acudir.

Le pareció absurdo que todo terminara antes de poder cumplir una promesa tan sencilla.

Entonces, entre las siluetas que se agolpaban a su alrededor, distinguió a una mujer.

Estaba al otro lado de la calle, inmóvil bajo la lluvia.

No llevaba paraguas.

Daniel intentó verla con claridad, pero la oscuridad comenzó a cerrarse sobre sus ojos. Solo alcanzó a distinguir una figura vestida de negro y un rostro pálido que lo observaba sin apartar la mirada.

Quiso llamarla.

No sabía su nombre.

Ni siquiera sabía por qué sentía que debía hacerlo.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

Y todo se volvió negro.