Amor Carmesí Capítulo 1
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Capítulo 1

Antes de la eternidad

El teléfono sonó por tercera vez antes de que Daniel consiguiera encontrarlo.

—Joder…

Apartó una camisa del respaldo de una silla, levantó un periódico arrugado y terminó descubriendo el aparato debajo de un montón de facturas. Descolgó justo cuando el timbre empezaba a impacientarlo.

—¿Sí?

—¿Estabas durmiendo?

Daniel miró el reloj de la cocina.

—Son las diez de la mañana, Olivia. La gente normal duerme a estas horas.

—La gente normal trabaja.

—Qué suerte tienes de conocer a alguien tan poco normal.

Al otro lado de la línea, su hermana soltó una carcajada.

Daniel sonrió mientras se dejaba caer en el sofá. Tenía la voz ronca, el pelo revuelto y una resaca que todavía no había decidido si iba a convertirse en dolor de cabeza o en una mañana entera de mal humor.

—Mamá dice que hace dos semanas que no vas a comer a casa —dijo Olivia.

—Fui el domingo pasado.

—El domingo pasado fue hace dos semanas.

—Pues entonces hace dos semanas que no voy a comer a casa.

—Eres imbécil.

—Y tú me has llamado para decírmelo. Qué bonito.

Olivia volvió a reírse.

Daniel se incorporó y buscó un cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta que había dejado tirada junto a la puerta. Encontró uno aplastado, lo examinó con escaso entusiasmo y volvió a guardarlo.

—¿Vas a venir el domingo? —preguntó su hermana.

—Lo intentaré.

—No, Daniel. Vas a venir o no vas a venir. No es una operación militar.

—Tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

Daniel miró a su alrededor.

El fregadero estaba lleno de platos. Había una botella vacía sobre la mesa y una revista abierta por una página que no recordaba haber leído.

En la televisión, un presentador anunciaba algo sobre la situación económica del país, aunque el volumen estaba tan bajo que apenas se entendían las palabras.

—Cosas importantes —respondió.

—¿Como beber cerveza y dejar que tu casa se convierta en un vertedero?

Daniel miró la botella.

—No recuerdo haberte dado permiso para inspeccionar mi vida privada.

—No hace falta. Te conozco desde que naciste.

Aquello era cierto, y precisamente por eso le molestaba.

Olivia era cuatro años menor que él y tenía una habilidad casi sobrenatural para encontrar el punto exacto en el que una broma dejaba de ser divertida y empezaba a resultar incómoda.

No lo hacía por maldad. Simplemente parecía incapaz de aceptar que su hermano pudiera estar pasando por un mal momento sin intentar averiguar qué le ocurría.

Daniel la quería por eso.

También habría querido estrangularla en algunas ocasiones.

—Está bien —cedió—. Iré el domingo.

—¿A la una?

—A la una.

—Y no llegues tarde.

—Sí, mamá.

—Idiota.

—Yo también te quiero.

Colgó antes de que ella pudiera responder.

Durante unos segundos permaneció sentado, escuchando el silencio que volvía a instalarse en el apartamento. Después dejó el auricular en su sitio y se frotó la cara con ambas manos.

No le molestaba que Olivia se preocupara por él. Lo que le molestaba era no tener una respuesta convincente cuando le preguntaba qué estaba haciendo con su vida.

Tenía treinta años, un empleo estable y un piso de alquiler en Madrid. No estaba pasando hambre, no debía dinero a nadie y podía permitirse salir los sábados sin tener que calcular cada peseta.

Sobre el papel, no tenía motivos para estar descontento.

Sin embargo, cada mañana se despertaba con la sensación de haberse quedado atrás mientras el resto del mundo avanzaba.

No sabía exactamente qué esperaba de la vida. A veces imaginaba que necesitaba un trabajo diferente. Otras, que debía marcharse de Madrid, viajar, conocer gente nueva. En sus noches más optimistas llegaba a pensar que bastaría con enamorarse de la mujer adecuada para que todo encajara.

Después amanecía y volvía a encontrarse con el mismo apartamento, el mismo trabajo y las mismas preguntas.

Se levantó del sofá.

Lo primero era preparar café.

Daniel Bennett no era un hombre especialmente complicado, aunque habría discutido con cualquiera que se lo dijera.

Le gustaba el cine, sobre todo las películas de suspense.

Tenía debilidad por los discos de rock que escuchaba durante la adolescencia y todavía conservaba una vieja bicicleta que utilizaba mucho menos de lo que prometía.

Le gustaba caminar de noche, cuando las calles dejaban de pertenecer a las prisas de los demás, y detestaba las conversaciones en las que alguien fingía tener todas las respuestas.

No soportaba a los arrogantes.

Tampoco a los cobardes.

Lo curioso era que llevaba años evitando tomar cualquier decisión que pudiera cambiar de verdad su vida.

Trabajaba como administrativo en una compañía de seguros, en una oficina del centro.

Había conseguido el puesto tres años atrás, después de encadenar varios empleos temporales.

El sueldo era razonable y sus compañeros no estaban mal, pero las horas transcurrían entre expedientes, llamadas y papeles que parecían multiplicarse cada vez que alguien cerraba un archivador.

Daniel no odiaba aquel trabajo.

Simplemente, no recordaba haber soñado nunca con hacerlo.

Mientras el café subía por la cafetera, se acercó a la ventana.

Desde el tercer piso podía ver una parte de la calle, una parada de autobús y la entrada de una panadería.

Un hombre mayor barría la acera mientras una mujer discutía con el conductor de un taxi.

Dos niños salieron corriendo de un portal, perseguidos por una madre que les pedía que no pisaran los charcos.

La vida seguía su curso.

Daniel apoyó la frente contra el cristal frío.

A veces tenía la impresión de que todo el mundo había recibido unas instrucciones que a él se le habían perdido.

La gente se casaba, compraba pisos, tenía hijos y planeaba vacaciones. Hablaba del futuro como si fuera un lugar al que bastaba con llegar a tiempo. Daniel, en cambio, apenas conseguía decidir qué iba a hacer el próximo fin de semana.

No quería casarse por casarse. No quería tener hijos porque todos sus amigos empezaran a tenerlos. Ni siquiera estaba seguro de querer seguir viviendo en Madrid toda la vida.

Pero sí quería algo.

Algo que todavía no sabía nombrar.

El café terminó de hacerse con un borboteo. Daniel se apartó de la ventana y se sirvió una taza.

Entonces sonó el teléfono otra vez.

Esta vez era su madre.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó al descolgar.

—Buenos días a ti también, cariño.

Daniel cerró los ojos.

—Perdona, mamá. Acabo de hablar con Olivia y pensé que…

—¿Que el mundo entero se había puesto de acuerdo para molestarte?

—Más o menos.

Su madre rio suavemente.

—¿Estás bien?

Era una pregunta sencilla. Tan sencilla que Daniel habría podido responderla sin pensar.

Pero ella tenía aquella forma de hacer preguntas que conseguía que las respuestas automáticas parecieran insultos.

—Sí, mamá. Estoy bien.

—Te noto cansado.

—Dormí poco.

—¿Has vuelto a salir entre semana?

—Salgo cuando me apetece.

—Eso no responde a mi pregunta.

Daniel bebió café. Estaba demasiado caliente y se quemó la lengua.

—No te preocupes por mí.

—Soy tu madre. Es literalmente mi trabajo preocuparme por ti.

Sonrió a su pesar.

Podía imaginarla al otro lado del teléfono, sentada junto a la mesa de la cocina de su casa, con una taza de té entre las manos y las gafas apoyadas sobre la cabeza.

Su madre llevaba toda la vida preocupándose por los demás.

Primero por su marido, después por sus hijos y, cuando todos crecieron, por cualquier vecino que tuviera la desgracia de cruzarse con ella y contarle un problema.

Daniel había heredado de ella los ojos oscuros y cierta obstinación. De su padre, la costumbre de esconder las preocupaciones detrás de una sonrisa.

—Voy el domingo —le dijo—. Olivia ya me ha interrogado.

—Me alegro. Hace mucho que no te veo.

—Nos vimos hace dos semanas.

—Pues hace mucho que no te veo bien.

Daniel dejó de sonreír.

No supo qué contestar.

Su madre tampoco insistió. Tenía ese don, aprendido a lo largo de los años, de saber cuándo una pregunta debía quedarse sin respuesta.

—Tu padre estaría contento de verte —dijo al cabo de un momento.

Daniel miró la taza.

—Ya.

—No te lo digo para ponerte triste.

—Lo sé.

—Es que a veces pienso que te pareces demasiado a él.

Aquello sí le hizo levantar la cabeza.

—¿En qué?

—En que siempre esperas a que pase algo para empezar a vivir.

Daniel permaneció callado.

Su madre suspiró.

—No te enfades conmigo, cariño.

—No estoy enfadado.

—Bien. Entonces ven el domingo, come algo decente y deja que te dé un abrazo.

—Trato hecho.

Hablaron unos minutos más sobre cosas sin importancia. Una vecina que se había cambiado de piso, una avería en el edificio, el precio de la compra. Antes de colgar, su madre volvió a recordarle que no llegara tarde.

Daniel prometió que no lo haría.

Cuando dejó el auricular en su sitio, el café se había enfriado.

Se lo bebió de todas formas.

Aquella tarde, en la oficina, Daniel cometió tres errores en un expediente que normalmente habría revisado sin dificultad.

No eran errores graves, pero bastaron para que su compañero Martín se asomara por encima del tabique que separaba sus mesas.

—¿Te pasa algo?

—No.

Martín lo observó con una sonrisa.

—Tienes una cara de funeral que no se puede aguantar.

—Gracias. Siempre es agradable trabajar contigo.

—De nada. ¿Saliste anoche?

—Un rato.

—¿Con alguien?

Daniel siguió escribiendo.

—Con gente.

—Qué misterio. ¿Una mujer?

—Martín, ¿tú tienes trabajo?

—Muchísimo. Pero es más interesante el tuyo.

Martín era un hombre alto, de hombros anchos y pelo castaño, que hablaba como si el mundo entero fuera una conversación en la que todo el mundo debía participar.

Llevaba cinco años casado y tenía una hija pequeña.

En ocasiones enseñaba fotografías de ambas a cualquiera que pasara por su mesa, aunque nadie se las hubiera pedido.

Daniel no estaba celoso de él.

O eso se decía.

—No hay ninguna mujer —respondió finalmente.

—Entonces necesitas una.

—¿Para qué?

Martín lo miró como si acabara de preguntar por qué era necesario respirar.

—Para no acabar hablando solo con las plantas.

—No tengo plantas.