Amor Carmesí Prólogo
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Amor Carmesí

Amor Carmesí

Por Jos Antonio Rubio Diaz

© inepub.com

Prólogo

La joven corría como si todavía tuviera alguna posibilidad.

Daniel casi sintió lástima por ella.

Casi.

La lluvia convertía las calles en espejos negros.

A ambos lados de la avenida, las persianas metálicas de los comercios estaban echadas, y los últimos coches pasaban levantando agua junto a las aceras.

Eran más de las dos de la madrugada. Madrid dormía a medias, ajena a la pequeña tragedia que se desarrollaba entre sus edificios.

La muchacha dobló una esquina y estuvo a punto de caer. Se sujetó a una pared, recuperó el equilibrio y continuó corriendo.

Daniel suspiró.

—Vas a hacerte daño.

Ella no se detuvo.

Él tampoco necesitaba apresurarse.

Podía escuchar sus pasos golpeando el pavimento, su respiración entrecortada y el latido frenético que le retumbaba en los oídos desde que la había visto salir de aquel bar. Cada vez que el corazón de la joven aceleraba, algo dentro de Daniel respondía con una insistencia desagradable.

Llevaba toda la noche intentando ignorarlo.

No había funcionado.

La sed nunca desaparecía por completo. Había días en los que apenas era un murmullo, una molestia que podía mantener a raya. Otros, como aquella noche, se instalaba detrás de sus ojos y convertía cualquier pensamiento en una tarea agotadora.

Daniel sabía reconocer las señales.

La tensión en la mandíbula. El dolor que le recorría las encías. La manera en que el mundo parecía perder sus colores mientras la sangre de los vivos adquiría una importancia absurda.

También conocía el final.

Lo había conocido tantas veces que había dejado de contarlas.

La joven se metió en un callejón sin salida.

Cuando comprendió su error, se volvió.

Daniel estaba a unos metros de ella, con las manos en los bolsillos del abrigo y el cabello negro pegado a la frente por la lluvia. Parecía un hombre que había salido a dar un paseo y se había equivocado de calle.

Eso era lo que más desconcertaba a sus víctimas.

Esperaban encontrar colmillos, ojos inhumanos, alguna señal evidente de que debían echar a correr en cuanto lo vieran. En cambio, encontraban un rostro corriente, una mirada oscura y una voz tranquila.

La muchacha retrocedió hasta tocar los ladrillos con la espalda.

—Por favor…

Daniel ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Por favor, qué?

Ella abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Él conocía aquella expresión. El instante exacto en el que una persona comprende que las palabras han dejado de servirle. El momento en que el miedo se vuelve más grande que cualquier esperanza.

No le gustaba verlo.

Tampoco era suficiente para detenerlo.

—No voy a hacerte daño —dijo.

La mentira salió con tanta naturalidad que habría podido creérsela un hombre menos acostumbrado a mentir.

La joven miró hacia la entrada del callejón.

Daniel siguió sus ojos.

—No hay nadie ahí fuera.

—Déjame ir.

Él volvió a mirarla.

Durante unos segundos, solo se escuchó la lluvia.

Daniel podría haberla dejado marchar. Podría haber dado media vuelta, regresar a casa y pasar el resto de la noche mirando el techo, esperando que la sed se calmara por sí sola. Lo había intentado otras veces.

Siempre terminaba igual.

La muchacha echó a correr hacia él.

Fue un error.

Daniel se apartó lo justo para sujetarla por el brazo. Ella gritó y trató de soltarse, pero él la atrajo hacia sí con una facilidad que nunca dejaba de resultarle desagradable. La joven golpeó su pecho, intentó arañarle el rostro y pronunció una palabra que él no llegó a entender.

Entonces Daniel sintió el pulso de su garganta contra los dedos.

Y dejó de escucharla.

La sujetó contra la pared.

Hubo un breve forcejeo, un golpe seco y un silencio roto por la lluvia.

Después, Daniel cerró los ojos.

El primer contacto con la sangre siempre era el peor.

No por el sabor. Ni siquiera por la violencia del deseo, que conocía demasiado bien.

Era por el alivio.

Aquel instante en que el dolor se retiraba, en que sus pensamientos dejaban de luchar unos contra otros y el mundo recuperaba una claridad casi hermosa. Como si, por unos segundos, pudiera olvidar todo lo que era.

Como si todavía existiera alguna manera de regresar.

Bebió hasta que una voz lejana consiguió abrirse paso entre la sed.

—¡Eh! ¡Tú!

Daniel se apartó.

Un hombre se encontraba en la entrada del callejón. Llevaba una gabardina gris y sostenía un paraguas torcido por el viento. Debía de haber oído los gritos.

Los miró a ambos.

Después miró la sangre.

Daniel se pasó el dorso de la mano por la boca.

—Váyase a casa —dijo.

El hombre no se movió.

—¿Qué coño le has hecho?

Daniel sintió una punzada de irritación. No contra aquel desconocido, sino contra la noche, contra la lluvia, contra el corazón de la muchacha y contra sí mismo por haber permitido que las cosas llegaran hasta allí.

—No es asunto suyo.

El hombre dio un paso adelante.

Fue entonces cuando Daniel levantó la mirada.

No hizo nada más.

No necesitó hacerlo.

El desconocido se quedó inmóvil. Su expresión cambió al encontrarse con aquellos ojos oscuros, y el paraguas resbaló lentamente de sus dedos.

Daniel podía escuchar su corazón.

También podía oír el de la muchacha, débil, irregular, todavía presente.

Por un momento, el callejón entero pareció contener la respiración.

Daniel apartó la mirada primero.

—Lárguese —repitió.

Esta vez, el hombre obedeció.

Sus pasos se alejaron a toda prisa hasta desaparecer tras la esquina.

Daniel permaneció junto a la pared. No sintió satisfacción por haberlo asustado. Tampoco alivio. Solo el cansancio familiar que llegaba después de cada noche como aquella, cuando la sed empezaba a retroceder y le dejaba espacio suficiente para recordar.

Miró a la joven.

No sabía su nombre.

Nunca sabía los nombres de todas.

Se agachó junto a ella y comprobó que seguía respirando. Podría llamar a una ambulancia. Podría quedarse hasta escuchar las sirenas. Podría fingir, una vez más, que el remordimiento era una forma de reparación.

Pero ya conocía aquella mentira también.

Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la sangre de los dedos.

Entonces reparó en la rosa.

Alguien la había dejado junto a una puerta, probablemente caída de un ramo que la lluvia había deshecho. Los pétalos rojos estaban aplastados contra el suelo y uno de ellos flotaba en un pequeño charco.

Daniel se quedó mirándolo más tiempo del necesario.

No sabía por qué ciertas cosas le recordaban a ella.

Una rosa oscura. El olor de la tierra mojada. El silencio que llegaba justo antes del amanecer. Había aprendido a encontrarla en detalles absurdos, en lugares donde cualquier otra persona solo habría visto casualidades.

Hacía años que no la veía.

Años, aunque el tiempo había dejado de significar para él lo que significaba para los demás.

A veces intentaba recordar su rostro con exactitud y se enfadaba consigo mismo al descubrir que los recuerdos se le escapaban.

No su mirada, nunca aquella mirada, sino pequeños detalles: la forma en que inclinaba la cabeza al escucharle, el movimiento de sus labios antes de responder, la temperatura de sus dedos cuando le ofreció la mano.

Todavía recordaba cómo se había sentido al tocarla.

Como si, por primera vez, alguien hubiera visto más allá de todas las cosas que Daniel nunca había sabido decir.

Se incorporó lentamente.

—¿Dónde estás? —murmuró.

La lluvia se llevó sus palabras.

Daniel alzó los ojos hacia los tejados, hacia las ventanas apagadas, hacia el cielo sin estrellas. Sabía que no obtendría respuesta. No esperaba una aparición repentina ni una voz que pronunciara su nombre desde la oscuridad.

Y, sin embargo, seguía haciéndolo.

Seguía hablándole a una mujer que podía estar en cualquier lugar, salvo a su lado.

Una mujer de la que debería haber aprendido a desconfiar.

Una mujer a la que, pese a todo, habría seguido hasta el fin del mundo.

Daniel se abrochó el abrigo y abandonó el callejón sin mirar atrás.

La ciudad comenzaba a vaciarse de lluvia. En alguna parte, un reloj dio las dos y media. Pronto abrirían las panaderías, los primeros autobuses recorrerían las avenidas y la gente saldría de sus casas convencida de que aquel sería un día como cualquier otro.

Él también había creído eso una vez.

Había tenido una casa a la que regresar, personas a las que llamar y un futuro que todavía no le parecía una broma de mal gusto.

Había sido un hombre normal.

Mucho antes de que la sangre se convirtiera en una necesidad. Mucho antes de que la noche empezara a parecerle más real que el día. Mucho antes de que una mujer le tendiera la mano en la oscuridad y él cometiera el error de confundir la eternidad con una segunda oportunidad.

Daniel se detuvo frente a un escaparate apagado.

Su reflejo lo observaba desde el cristal.

El mismo rostro. Los mismos ojos. La misma pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

No parecía un monstruo.

Quizá por eso resultaba tan fácil olvidar lo que era.

Bajó la cabeza y siguió caminando.

Para entender cómo había terminado así, hay que regresar a una noche de 1991.

A una época en la que todavía creía que la muerte era el final de todas las cosas.

Y a la noche en que conoció a una mujer que cambiaría esa creencia para siempre.