Chapter 3 #11
—¿Podré verte algún día? —le preguntó Dave mientras ella recogía la bolsa de plástico con sus escasos objetos personales.
—Tienes ojos, supongo que podrás verme —le dijo con frialdad.
Dave sintió el desprecio y el frío en lo más profundo de su ser. Sabía, mientras sucedían los acontecimientos, que se estaba arriesgando a eso, pero no suponía que le fuera a doler tanto. Lo que tenía claro era que no iba a permitir que las cosas acabaran de esa manera.
Le daría un tiempo para que se lamiera las heridas, provocadas por él, se recordó, pero la convencería para que le diera una nueva oportunidad.
—Leslie, ¿qué haces aquí? —preguntó Opal al ver a su amiga preocupada, yendo hacia ella.
—Pensé que no querrías que yo te acompañara a casa y la llamé a ella —intervino Dave.
Opal lo miró fríamente:
—Esta vez pensaste bien.
Opal se metió en la ducha nada más llegar a casa. Por una parte, había estado muy tranquila. Sabía que era inocente de lo que fuera que la acusaran. Por otra parte, se había dado cuenta de lo sola que estaba.
No había sabido a quién llamar. No iba a preocupar a sus padres o a sus hermanos que vivían tan lejos. No tenía más amigos que sus compañeros de trabajo. Había estado tan concentrada en su trabajo y en sacar adelante su empresa, que no había tenido tiempo de hacer amigos.
Pero, lo que más le había dolido y sorprendido a la vez, era que Dave la había engañado, y ella no solo no había sospechado en ningún momento, sino que le había entregado su cuerpo y su corazón. Y eso dolía.
Ya estaba bien entrada la tarde cuando se despertó, pero le dio igual pasar el resto del día durmiendo o tirada en la cama después de contestar los mensajes de preocupación y cariño de sus compañeros. Quizá no estaba tan sola como creía.
A primera hora de la mañana siguiente recibió la tan temida llamada de la señora Cross.
Le pedía, por favor, hablar con ella en una discreta cafetería en un barrio periférico.
Opal sentía su estómago encogido. No dejaba de recordar que el verdadero culpable era el hijo pequeño de esa familia, pero saber que la policía había sospechado de ella, o recordar su imagen esposada, todavía la avergonzaba.
No pudo negarse y acudió sin ganas y llena de inseguridad.
Cuando salió de la breve reunión, sus nervios se habían templado y sus honorarios, aumentado considerablemente.
No quiso aceptar ninguna compensación económica a cambio de mantener silencio.
Era algo que por ética personal y profesional ya tenía previsto hacer.
Pero ante la insistencia de la señora Cross, que estaba totalmente avergonzada, aceptó un aumento en el precio de sus servicios, algo que, sin duda, le vendría bien a ella y al resto del equipo.
Lo celebró volviendo a meterse entre las sábanas en cuanto llegó a casa, triste y sola.
A la mañana siguiente Dave llamó a la puerta decidido y rezando para que ella le diera la oportunidad de disculparse, aunque sabía que no tenía ninguna justificación respecto a su deplorable comportamiento.
—¿Podemos hablar?
—No quiero hacerlo. Haber hablado en su momento.
—No podía decirte nada. Yo no tuve la culpa de que te vieras en medio de una investigación —se defendió.
—No, claro que de eso no tuviste la culpa —reconoció ella sin dejarle pasar de la puerta—, pero en ningún momento confiaste en mí, me avisaste de ello o me preparaste para lo que iba a sucederme.
De repente me vi esposada en mi lugar de trabajo y saliendo por la puerta de atrás como una vulgar delincuente.
Dave la miró en silencio apretando con fuerza los labios.
Tenía toda la razón. Probablemente podía haber hecho más, o por lo menos podía haber sido más sincero con ella, pero todo se le había ido de las manos.
No contaba con enamorarse, con no poder quitársela de la cabeza, con querer estar a su lado en todo momento.
—Lo siento —se disculpó sincero—, pero no voy a rendirme —. Dio un paso hacia ella—. Me equivoqué. Y me equivocaré más veces, seguro. Lo sé. Te aviso para que lo sepas cuando vuelva a ocurrir.
Dio otro paso más situándose frente a ella. Cerca. Muy cerca. Opal no retrocedió. Levantó la cabeza para mirarle a los ojos.
—¿Por qué no confiaste en mí?
—No te conocía. Pero estaba dispuesto a hacerlo. Sigo estando dispuesto —. Bajó sus labios hasta los de ella.
Opal bajó la cabeza. Sentía su aliento en la frente.
—Yo creo que no lo estoy.
Le cerró la puerta dejándolo allí. Solo. Dio dos pasos atrás sin dejar de mirar la puerta. Las rodillas le temblaban. Negó con la cabeza. Sentía su corazón hecho añicos. Sacudió su cabeza. No quería pensar. Solo quería meterse en la cama todo el día y dormir.
Por fortuna para ella, se había dejado ese fin de semana libre para asistir en Boston a la presentación de la nueva novela de Parker Wallace, su escritor de novela negra favorito y pareja de su hermana Jade.
Pasaría los dos días con su familia, tranquila, dejándose querer y mimar por ellos.
No les había contado nada, y no pensaba hacerlo, pero solo el hecho de verlos y tenerlos cerca, aunque fuera solo por unas horas, la reconfortaba.
Además, en tres semanas más la presentación tendría lugar en Nueva York, y ella estaría muy orgullosa de preparar el catering .
Afortunadamente, el tiempo pasó rápido.
Opal sonrió a su hermana, feliz de verla tan contenta. Estaba mirando enamorada a su futuro marido mientras lo veía hablar con los dueños de la librería donde tenía lugar la presentación.
Ella había preparado el catering a petición de Parker, gesto que le encantó porque adoraba al escritor desde su primera novela, y ahora que era su futuro cuñado, además de adorarlo lo estimaba muchísimo.
Era un hombre muy agradable, cariñoso y familiar que se había metido en el bolsillo a todos los miembros de la familia en cuanto los había conocido, las pasadas Navidades.
Ahora estaban ahí, las dos de pie, junto a una de las estanterías de libros, mirándolo.
—Qué cruel es la vida. Llevo enamorada platónicamente de Parker desde que leí su primera novela y él te prefiere a ti que ni lo conocías.
—Tú de quien estás enamorada es del protagonista.
—Pues tienes razón —reconoció Opal cruzándose de brazos—.
Me encanta Hunter Brown. Además de que debe estar buenísimo, esa integridad, esa desazón entre el honor y el deber, teniendo que elegir…
—suspiró recordando unos instantes a Dave, del que no sabía nada desde que le había cerrado la puerta de su casa.
—Pues luego te lo presentará.
Opal miró a su hermana abriendo los ojos como platos.
—¿Hunter Brown es real?
—Bueno, creo que es un amigo suyo de la policía. Se basó en él y todo eso que hacen los escritores —hizo una mueca.
—Bah, tendrá mil años —murmuró frunciendo la nariz y volviendo a mirar a Parker—. Hay que reconocer que la última novela es buenísima, y no lo digo porque salgas tú —le comentó a su hermana.
—Bueno, salgo yo… solo más o menos —Jade sonrió—. Siento que no salieran bien las cosas con tu último chico.
Opal se encogió de hombros.
—No era lo que esperaba…
—Ya… —murmuró Jade mientras veía al dueño de la librería hacerle un ligero gesto a su hermana.
—Empiezo a trabajar —sonrió yendo hacia el pequeño almacén donde Mario y Molly estaban preparando las bandejas.
Solo había contado con ellos dos porque el evento no duraría más de dos horas y el espacio donde se desarrollaba no era muy grande.
Salieron impecablemente uniformados, como siempre, y empezaron a fluir entre los fans del escritor y algún curioso que se acercaba.
Opal giró la cabeza sin motivo alguno y vio acercarse a Dave.
Tan guapo, tan atractivo. Con unos simples vaqueros y una camisa oscura.
Si con traje estaba imponente, con vaqueros estaba arrebatador.
Hacía dos semanas que no lo veía, y eso la había frustrado.
Le hubiera gustado que hubiera insistido un poco más.
Ella tenía derecho a estar enfadada y a sentirse utilizada, y que el enfado le durara por lo menos quince días o más…
Pero él, después de ¿cuántas?, ¿dos negativas?
, había dejado de insistir. No se arrepentía de su reacción, pero con el paso de los días recordaba más los pequeños detalles, sus sonrisas, sus momentos de intimidad, que todo lo malo que había ocurrido.
Dave, por costumbre, echó un vistazo rápido a la zona de la presentación del libro para decidir dónde sentarse.
Se sorprendió al ver a Mario y Molly y su corazón palpitó con fuerza ante la posibilidad de volver a ver a Opal.
Sonrió al verla allí, mirándolo, y fue directo a ella.
No se lo esperaba y en su interior dio gracias a la vida por ser tan afortunado.
Se situó frente a ella impidiéndole el paso mientras escogía una de las copas llenas de vino blanco de su bandeja.
—¿No estás de servicio?
—No —le sonrió él—. Así que hoy puedo beber —le mostró la copa— y comer lo que me apetezca, y tratar de convencer a la camarera más bonita de que soy un buen partido.
—No soy una camarera.
—No tengo por qué saber que eres mucho más si trato de empezar de nuevo.
—Tú tampoco eres tan buen partido.
—No lo sabrás si no te das la oportunidad de conocerme.
—No tengo tanta curiosidad —le respondió seria—. Además, yo no busco un buen partido.
—Lo que sea que busques, puedo dártelo —le susurró sin dejar de mirarla a los ojos.
Opal le mantuvo la mirada. No podía evitar sentirse atraída por él, pero a la vez su orgullo todavía estaba dañado por la falta de confianza.
—No creo que busquemos lo mismo —le respondió.
—No lo sabremos si no lo intentamos —casi le suplicó con la mirada.
El micrófono de la librería se abrió pidiendo atención y Opal aprovechó el momento para seguir con su trabajo, dando a Dave espacio para que buscara un sitio entre los asistentes.
Bueno, por lo menos tenían en común el gusto por la novela negra.