Amor bajo sospecha (Hermanas Maxwell 2) Chapter 3 #9
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Chapter 3 #9

—Laboralmente no me haría ninguna gracia —mantuvo la sonrisa fingida, tratando de suavizar el tono con el que hablaba—. Y eso tampoco le garantizaría una cita conmigo.

Dave se les acercó mientras Ray repasaba de arriba abajo, con gran descaro, el cuerpo de Opal.

—¿Qué opinas, Dave? Creo que la señorita Maxwell me está rechazando.

—Quizá tenga otros planes para esta noche —comentó Dave buscando la mirada de Opal sin conseguirlo.

—Disculpen —les dijo seria y profesional, antes de alejarse de ellos con paso rápido y menos firme de lo que le hubiera gustado.

Visiblemente molesta, entró a la cocina.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Violet mientras rellenaba las copas con las diferentes bebidas.

—Ray ha sido más directo esta vez —murmuró—. Ha dejado caer que si no fuera mi cliente podría tener una cita conmigo.

—¡Mierda! —exclamó Violet—. No será capaz…

—No lo sé —le respondió Opal—. Necesito salir un momento a que me dé el aire… Creo que hoy no tengo un buen día…

Salió por la parte trasera y sintió el aire fresco de la noche metiéndosele en los huesos. Respiró profundamente varias veces.

—¿Dónde está Opal? —preguntó Dave al entrar en la salita habilitada como cocina.

—Ha salido un momento —le respondió Violet extrañada de la familiaridad con la que había nombrado a su jefa y la tranquilidad con la que había entrado en un espacio cerrado al público.

Dave vio la puerta trasera y se dirigió a ella, dispuesto a seguirla. La entreabrió para observarla. Estaba de espaldas a él, con los brazos en jarras, las piernas firmes…

Opal miró el reloj, cogió otra bocanada de aire y se giró para volver a entrar. Vio a Dave en la puerta y lo miró en silencio. Allí, entre sombras, estaba demasiado atractivo como para recordar su enfado, pero no tanto como para olvidar que no había sabido nada de él en los últimos cuatro días.

—¿Querías algo? —le preguntó directa.

Él bajó los cuatro escalones para llegar hasta donde estaba ella.

—¿Tienes planes para esta noche? —le preguntó serio.

Opal lo miró extrañada.

—¿Me lo preguntas porque crees que voy a acostarme con Ray o porque tú quieres acostarte conmigo?

—El otro día no pretendía ofenderte.

—Gracias por la disculpa, pero llega tarde.

—No trataba de disculparme, solo me sinceraba contigo.

—¿Para qué? —le preguntó más molesta todavía—. ¿Para quedarte tranquilo?

Dave notó la rabia contenida en ella. No era momento de hablar ni de explicarle nada.

No sabía cómo acabaría la noche. No podía revelarle que era la principal sospechosa de los robos cometidos, o que todo estaba preparado para detenerla con solo una llamada de teléfono.

Se había implicado demasiado y ahora estaba pagando las consecuencias.

Ante el silencio como respuesta, Opal pasó a su lado y volvió a la cocina para salir con una de las bandejas ya repuestas y tratar de olvidarse de todo.

Pocos minutos después vio a Michael hablar con el guardia de seguridad de la puerta. «¿Otra vez?», se preguntó dirigiéndose hacia allí.

Le pasó su bandeja a Camilla y encaminó sus pasos hacia Michael mirando de reojo que nadie la viera salir.

—Opal…

El guapísimo hombre levantó los brazos como gesto de que le diera tiempo para explicarse antes de hablar.

—No, Michael, ¿qué haces aquí? Te dije que no volvieras a mi lugar de trabajo. Tú ya sabes lo que tienes que hacer…

Dave cerró los ojos con resignación al escuchar entre sombras lo que decían.

Se resistía a creer las evidencias. En otros casos hubieran detenido e interrogado a Opal en la comisaría hacía bastante tiempo.

Él había estado alargando el momento para evitarle molestias, vergüenza o cualquier clase de problema, pero veía que no podía retrasarlo más.

No sabía cómo justificar algunos comportamientos, algunas «coincidencias» …

Y lo cierto era que cuanto antes acabara con todo eso, sería mejor, para él por lo menos, que no podía dejar de pensar en ella, en su sonrisa, en sus ojos, en sus piernas…

Volvió dentro de la sala. Todavía no habían recibido ningún aviso de robo, pero tal y como iban las cosas —miró su reloj—, no tardarían más de veinte minutos en recibir una llamada.

—Ya lo sé… Disculpa… —se sinceró Michael —. Pero no sé dónde buscar a Amber… Tengo que verla…, hablar con ella, pedirle perdón…

—Pues sí que deberías hacerlo —le regañó Opal—. Mira, hoy no tengo buen día. No pareces mal chico —Dave tampoco lo parecía—, pero no puedo ayudarte. Amber ha seguido con su vida, sigue tú con la tuya.

—No ha seguido con su vida, no está en París —le explicó abatido.

Opal lo miró encogiéndose de hombros, extrañada.

—París no era su vida…

Michael la miró en silencio. Era cierto. París no era su vida… El arte era su vida… Sintió cómo la alegría y la esperanza inundaban todo su cuerpo. Casi empezó a temblar cuando se liberó del miedo de no encontrarla o de no poder volver a hablar con ella.

Opal lo miró confundida ante todos los sentimientos que había percibido en el guapísimo joven. Había metido la pata, y de qué manera, con Amber, pero se le notaba que estaba enamorado, que quería estar con ella. Se alegró por su hermana. Esperaba que le diera otra oportunidad… si la encontraba.

Michael la abrazó con fuerza en un impulso que la sorprendió aún más.

—Muchísimas gracias, Opal, me has salvado la vida.

Opal, sorprendida, se dejó abrazar antes de verlo salir corriendo. No sabía muy bien qué era lo que le había dicho para que reaccionara así, pero por lo menos esa alegría le había animado un poco la noche. Sonrió ligeramente y en silencio, deseándole lo mejor a su hermana.

Dave, en silencio, había presenciado el sentido abrazo desde el otro lado de la puerta.

Había decidido volver, pedirle alguna justificación que la liberara de sospecha.

La había visto abrazando a ese hombre. Opal se dio cuenta de ello con verle la cara, pero no le debía ninguna explicación.

Pasó por su lado, altiva, en silencio. Sin dirigirle la palabra, volvió a su lugar de trabajo.

Decidió cambiarle el puesto a Violet para permanecer más tiempo en la cocina y ser ella la que sirviera de apoyo a sus compañeros.

Así evitaría encontrarse de nuevo con Ray o con Dave, aunque este último no tenía ningún prejuicio a la hora de entrar a buscarla entre las bandejas vacías que se iban apilando en la cocina.

Había trabajado mucho y se sentía muy orgullosa de lo que había conseguido como para que el calentón de un niño rico lo echara todo por tierra.

Tenía más clientes y más eventos, pero los que más continuidad y dinero le ofrecían eran los Cross, y le convenía seguir trabajando con ellos por el bien de su empresa.

Inesperadamente se apagó la luz de la salita en la que estaba y, por lo que dedujo por el murmullo que le siguió, la de la galería de arte también. Las luces de emergencia tampoco parecía que fueran a encenderse.

Se dirigió hacia la puerta cuando vio que una silueta grande entraba y se dirigía hacia ella. Supo quién era antes de sentirlo cerca. Su intuición, su corazón, ya le habían avisado.

—¿No podías esperar un poco más? —le preguntó ligeramente irritado.

—¿Qué? —le preguntó sin entender mientras apoyaba las manos en su pecho fuerte y firme.

A oscuras. A solas. Los dos. Por un momento.

Se miraron a los ojos sin verse. El deseo fue mutuo.

Sus labios se buscaron con hambre. Sus lenguas se encontraron ansiosas.

Opal se le colgó del cuello abrazándolo con fuerza.

Dave la abrazó por la cintura sin querer soltarla.

Era una locura, se repitió. Era cuestión de minutos.

Minutos para perderla. Y no quería hacerlo.

Sonó su móvil y se separó de ella con el ceño fruncido.

La luz de emergencia se encendió tenue. Opal vio a Dave leyendo el mensaje que había recibido.

Dave la miró a los ojos, serio. Le estaba doliendo en el alma.

Conteniendo la respiración, le dio la espalda.

No podía hacer más. Se dirigió hacia la puerta de emergencia para abrirla en milésimas de segundos que le parecieron horas.

Dos compañeros uniformados se dirigieron con rapidez y determinación hacia ella.

Opal, confundida, vio entrar a dos policías que empezaron a recitar algo sobre sus derechos.

La sorpresa era mayor que su incredulidad.

Le pusieron los brazos a la espalda antes de esposarla.

Se le secó la garganta. Su corazón pareció detenerse.

Un ruido sordo la rodeo. ¿Qué estaba sucediendo?

Le parecía estar viendo una película muy real.

No entendía qué estaba pasando. Solo oía un eco de fondo sobre su derecho de hablar con un abogado. Parecía no poder reaccionar.

Molly entró seguida de Mario justo cuando la empujaban hacia la puerta.

—¿Qué está pasando? —preguntó Molly sorprendida.

Opal la miró incrédula, indefensa. Era incapaz de articular palabras. Con firmes empujones de los policías, pasó extrañada junto a Dave que sujetaba la puerta, en frío silencio y la cerraba detrás de ella.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde se la llevan? —le preguntó Molly mientras Violet y Camilla entraban en la cocina en ese momento.

—A la comisaría —les respondió Dave molesto, sin mirarlas si quiera.

—¿Ves? Te lo dije —dijo Mario a Molly—. Los robos se producían justo las noches que trabajábamos nosotros.

Dave le miró serio esperando que siguiera hablando.

—No pensarás que Opal tiene algo que ver, ¿no? —le preguntó Molly, furiosa, a Dave.

Él se limitó a mirarla, serio, sin darle ninguna explicación. Salió a la sala de exposiciones, donde las personas en cuyas casas se había previsto robar empezaban a recibir llamadas telefónicas.

Opal no se lo podía creer. Llevaba más de dos horas esperando en una pequeña y fría sala de interrogatorios. Miró hacia el espejo que tenía frente a ella. Según las películas, al otro lado había alguien observándola, pero ¿qué estaba haciendo allí?