Chapter 3 #7
—No ha hecho nada, sea lo que sea, de lo que se le acuse. Es un poco influenciable, pero nada más. Es buen chico. Últimamente se ha acercado mucho a Greg y su banda… Ya le había avisado que iba a acabar mal… —. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—. Estoy tan cansada…
Dave permaneció en su sitio, imperturbable. Las lágrimas no le inquietaban. Era algo normal en cualquier acusación, sobre todo en las mujeres, aunque le sorprendió que la información le llegara de una manera tan sencilla.
—¿Quién es Greg? ¿Y qué hizo Bryan anoche entre las doce y las dos?
—Estaba en casa con la vecina —explicó Leslie secándose las lágrimas—. Seguro. Greg Tyler. Solo sé que a veces frecuenta el instituto de Bryan, tiene un hermano en un curso superior… ¿De qué se le acusa? ¿Es grave?
—Depende —le respondió Dave—. De momento solo hay sospechas.
Leslie se sentó en una de las pocas sillas de la estancia, abatida.
—Sabía que debía volverme al pueblo. Nueva York no es un sitio seguro para criar un hijo sola.
—No estás sola. Por lo que veo tienes amigos —trató de consolarla sin moverse de su sitio.
Una cosa eran las lágrimas que revelaban culpabilidad y otra muy distinta las que mostraban vulnerabilidad.
Y en una mujer, eso era algo que le incomodaba muchísimo.
Prefería las mujeres fuertes, seguras, autosuficientes…
Ya se estaba distrayendo pensando en Opal.
—Opal está sola aquí también. Nos encontramos por casualidad, me ofreció trabajar con ella por horas y a ratos, y me salvó la vida. Llevo limpiando casas desde que llegué a Nueva York, embarazada. Ha habido momentos realmente duros.
—¿Y el hermano de Opal?
—¿Te ha hablado de su hermano?
—No. Pero Bryan…
—Bryan nada —le dijo seria—. Fue una noche. Yo era joven y tonta.
—No lo sabe —le acusó.
—Ni tiene por qué saberlo —le miró agresiva—. No lo he ocultado tanto tiempo para que llegues ahora y…
Dave levantó las manos en señal de rendición justo cuando Opal y Bryan entraban por la puerta.
Leslie se recompuso enseguida, pero no los miró a la cara.
—Se ha ganado su dinero —comentó Opal un poquito extrañada mientras se acercaba a Dave y le daba un fugaz beso en los labios.
—Esto… el siguiente evento es el jueves, ¿no? —preguntó Leslie secándose las manos con un trapo de cocina, con unas ganas enormes de irse y desahogarse sola.
Opal asintió, extrañada, mirando a su amiga. Sabía que estaba pasando por una época difícil con su hijo, aunque él le había asegurado que no era para tanto.
—Sí. Nos vemos allí. Cuento contigo —le recordó dándole un abrazo—. Y si quieres hablar, ya sabes dónde estoy.
Cuando se quedaron a solas, Opal miró a Dave encogiéndose de hombros.
—No sé qué le habrá pasado —comentó terminando de cerrar uno de los armarios bajos.
Dave se encogió de hombros quitándole importancia.
—¿Y ahora qué sueles hacer? Si hasta el jueves no tienes ningún evento… —le preguntó acercándose con una media sonrisa.
Opal sonrió dejándose atrapar.
—Bueno, hay mucho que pensar, que investigar, que probar, que experimentar…
—¿Quieres experimentar conmigo? —le susurró antes de besarla.
Opal se dejó arrastrar por el beso y llevó sus brazos hasta los hombros de Dave.
Segundos después, él se apartó de ella con resignación.
La miró a sus bonitos ojos oscuros. Debía recordarse a sí mismo que era sospechosa en una investigación.
Una cosa era acostarse una noche con ella para saciar su curiosidad y otra cosa era lo que le estaba ocurriendo, que no lograba saciarse de ella, que quería más y más, y eso le incomodaba porque sentía que no llevaba las riendas de su propio deseo.
Eso era algo que no estaba dispuesto a permitirse.
Una parte de él le recordaba que no era buena idea implicarse más, por la investigación en curso y por su adorada vida de soltero.
Pero otra parte de él le impedía, literalmente, separarse de ella.
Opal le estaba manteniendo la mirada mientras su dedo índice le recorría el pecho y se enganchaba en su cinturón.
«Bueno, una vez más, solo una», trató de convencerse Dave antes de abalanzarse sobre ella e instar a su lengua para que invadiera su boca de nuevo.
—No sé si podré volver a mirar esta encimera de la misma forma que antes —susurró Opal poco después, mientras restablecía su respiración y se arreglaba la ropa.
Dave le sonrió con una pizca de culpabilidad.
—Bueno, ya conoces mi lugar de trabajo —le sonrió orgullosa—. ¿A qué te dedicas tú, exactamente?
—Bueno, un poco de allí, un poco de allá… —. No era el momento de entrar en detalles—. Invierto en bolsa —le comentó, hablando de uno de sus hobbies —. No me va mal.
—Te debe ir muy bien —le sonrió ella—. Ray me da la impresión de que no admite a cualquiera en su círculo de amigos.
—Lo conocí en la universidad —le explicó mientras se abrochaba el pantalón vaquero—. Hace poco volvimos a coincidir —resumió sin querer darle mayor importancia ni explicación.
—¿No tienes planes para hoy? —le preguntó Opal—. ¿Qué suele hacer un domingo un broker de bolsa?
—Descansar… —. Miró la hora—. Te invito a comer. Han abierto un restaurante italiano en el centro que quiero probar.
Opal asintió risueña y él, decidido, la tomó de la mano para salir del local.
Su mano era fuerte y firme. Se sentía bien a su lado.
Le gustaba estar con él. Ella sabía que no era «de fácil convivencia», como le había dicho su familia con frecuencia.
Cuando se empeñaba en algo, lo conseguía le costara lo que le costara de horas, formación, empeño, perseverancia…
Desde que se había lanzado a crear su empresa de catering había reducido su vida social al mínimo posible.
Eso incluía hombres, amigos, distracciones y casi hasta la familia.
Es más, ahora debería estar enfrascada pensando en nuevos canapés, buscando nuevas recetas y llevándolas a cabo.
«Pero… bueno —se justificó—, es domingo. Un día es un día».
El restaurante estaba decorado de una manera muy tradicional. Tonos cálidos, armazones de madera, fotos antiguas en las paredes… Parecía que estaban en cualquier pizzería del barrio del Trastevere en Roma.
—Qué bien huele… —comentó Opal—. ¿Te gusta viajar?
Dave se encogió de hombros.
—No he tenido mucho tiempo para ello.
—Pero si trabajas en bolsa por medio de internet, puedes llevar tu oficina contigo vayas donde vayas.
Dave titubeó. Se sentía demasiado cómodo con ella, y confiaba en no estropearlo todo si se iba de la lengua.
—Bueno, la bolsa es una de las cosas a las que me dedico… En el trabajo anterior tenía que cumplir horarios muy estrictos. Lo dejé hace casi cinco años.
—¿Por qué? —preguntó curiosa.
—Mi padre murió. Mi madre sufrió mucho… Soy hijo único…
—. No quería recordar la emboscada en la que se había visto implicado su padre.
Cuando pidieron refuerzos, ya era demasiado tarde.
Él formaba parte de ellos. Fue quien avisó a su madre, quien la consoló y le prometió que dejaría de patrullar las calles.
Y, como siempre, cumplió con su palabra y ascendió a detective, aprovechando su conocimiento, su talento y experiencia.
Las manos de Opal cubrían las suyas con cariño y preocupación. Nunca había hablado de ello con nadie y eso le hacía sentir muy incómodo y vulnerable.
—¿Lambrusco? —decidió cambiar de tema.
Opal asintió mientras miraba la carta tratando de decidir qué elegir para comer.
—Esto me trae buenos recuerdos. Cuando acabamos la universidad, mis hermanas y yo nos fuimos de mochileras por Europa. Italia nos encantó.
Dave asintió sin dejar de mirarla. Estaba tranquila y relajada mirando el menú. No daba la impresión de ser la cabecilla de una banda de atracadores. Solo parecía una mujer preciosa, fuerte y muy atractiva, dispuesta a disfrutar de la comida.
—No sé si pedir la pizza napolitana o la vegetal —comentó frunciendo el ceño pensando en qué pizza le permitiría explorar sabores que luego podría probar en sus propias recetas.
—Pedimos las dos y las compartimos —le sugirió Dave—. Si te parece bien, claro.
Opal asintió mirándole mientras él prestaba atención a la carta.
No parecía tan estirado como los hombres que veía en las fiestas donde trabajaba.
Ni recordaba haberlo visto sonreír tanto desde que lo conocía.
Le había dado la impresión de que era más serio, más frío, más distante…
, pero ahí estaba sintiéndose tan cómoda con él como no recordaba haber estado antes en ninguna de sus escasas relaciones anteriores.
Cuando salieron del restaurante ya era mitad de tarde.
Dave había entrelazado sus dedos con los de ella para pasear de la mano.
No quería separarse de su lado. Trataba de justificarse pensando que era porque quería tenerla vigilada, pero algo más profundo se le estaba removiendo y no estaba muy seguro de querer aceptar qué era.
—¿Damos una vuelta por Central Park?
Opal asintió con una sonrisa, dejándose llevar.
—¿Siempre quisiste ser dueña de una empresa de catering ? —le preguntó Dave mientras paseaban relajados por el parque.
—Lo cierto es que no —le confesó ella—. A ver, tenía claro que quería ser mi propia jefa.
No me gusta que me manden —sonrió—. Estudié Administración de Empresas y enseguida empecé a buscar ideas de negocio.
Mientras estudiaba, trabajaba de camarera en algunos bares, así que el mundillo de la hostelería no me era del todo desconocido.
«Una puerta», pensó Dave, sorprendiéndose por el confuso deseo de que no le llevara a ningún sitio.
—El mundo de la noche… —comentó con intención.
Confiada, Opal se encogió de hombros.
—Bueno, he estado en bares de copas durante alguna temporada, pero solía trabajar más en cafeterías, incluso en locales de comida rápida.