Amor bajo sospecha (Hermanas Maxwell 2) Chapter 3 #4
36%

Chapter 3 #4

Dave la miró con una media sonrisa. Estaba preciosa.

Se había quitado el jersey negro con el que la había visto salir de casa y llevaba una sencilla camiseta blanca y unos ajustados vaqueros negros.

Sin nada de maquillaje, el cabello suelto…

Supuso exactamente que esa sería su imagen de recién levantada, y realmente no le importaría comprobarlo algún día.

Opal no sabía ni por qué se estaba acercando, pero lo cierto era que había pasado auténtico terror en los segundos que había durado la escena y necesitaba… No sabía qué necesitaba…

—No sé qué ha sido eso, pero menos mal que estabas aquí —le dijo seria y pálida.

Dave le sonrió.

—No ha sido nada.

—Para lo que podía haber sido, ¿no?

Él lo confirmó con una sonrisa relajada. La camarera le sirvió el café y se alejó dejándolos solos.

Opal se sentía estúpida. No sabía qué decirle, cómo entablar una conversación. Él no le daba ninguna facilidad para ello.

—Yo… eh… bueno… Encantada de haberte visto… —le dijo antes de dirigirse a donde estaba sentada con su hermana, sintiéndose totalmente ridícula.

Dave la vio alejarse. Tenía un cuerpo esbelto y realmente espectacular. No le importaría en absoluto explorarlo en profundidad, muy en profundidad. Sintió una fuerte palpitación en su entrepierna.

—¿No deberías estar descansando? —le preguntó antes de que llegara a la mesa que ocupaba.

Opal se giró, sorprendida por su voz, con una bonita sonrisa.

—Supongo que igual que tú —le respondió manteniéndole la mirada.

—Podríamos descansar juntos —le tentó él sugerente.

Opal amplió aún más su sonrisa y lo miró descaradamente de arriba abajo.

—Creo que no descansaríamos mucho —le sonrió completamente consciente y satisfecha por el deseo que ambos parecían compartir.

—¿Y te importaría no descansar?

Opal sintió cómo las mariposas que había sentido en el estómago se habían convertido en auténtico fuego. Solo pensar en acostarse con él la encendía. Sus ojos brillaban de la emoción ante la expectativa.

—En absoluto —aceptó la tentación—. Pero tendrá que ser en otro momento. —Llegó a su sitio andando de espaldas para sentarse con su hermana.

Amber se giró para ver al hombre que había hecho que a Opal se le iluminara la cara como lo estaba haciendo. Abrió los ojos sorprendida ante su generosa sonrisa y levantó la mano hacia él a modo de saludo.

Dave bajó la cabeza saludándola antes de volver a mirar a Opal.

Realmente tenía que investigarla, así que no se le ocurría nada mejor que acercarse a ella sin implicarse demasiado.

Y un revolcón no le suponía más que pasar un buen rato y poder pasar página.

A fin de cuentas, ella también se sentía atraída por él.

Sexo sin complicaciones y, si podía interrogarla después, sacaría doble partido de la situación.

—¿Y ese quién es? —le preguntó Amber a su hermana, secándose con la mano los restos de lágrimas que había en sus mejillas—. Es guapísimo.

—Sí, ¿verdad? —le respondió Opal—. No sé quién es. Pero hemos coincidido un par de veces en el trabajo. Creo que es amigo de Ray Cross. Te hablé de él.

Volvió a mirarlo. Dave le guiñó el ojo y salió de la cafetería. No creía que esa noche pudiera avanzar más con ella. Opal sonrió viéndole salir. Qué afortunada casualidad encontrarse con él de nuevo, pensó suspirando.

—Te gusta ese hombre —la acusó Amber.

—No, bueno…, no sé —respondió Opal—. Pero estábamos hablando de Michael y tú. ¿qué vas a hacer?

—No lo sé —le contestó triste—. Supongo que volveré a París y seguiré con mi vida… o me iré de allí…

Las dos semanas siguientes transcurrieron muy tranquilas. Los eventos que tenía contratados fueron sencillos y agradables.

Opal había hablado seriamente con Mario.

Él le había perdido perdón unas cuantas veces, muy arrepentido por su falta de profesionalidad.

Decidió no volver a mencionar el tema, pero no estaba dispuesta a pasar por ello otra vez.

No quería que la reputación de su negocio se cuestionara por la apetencia sexual no controlada de un miembro de su equipo.

Ese jueves por la noche tenían de nuevo una exposición en la galería de arte y lo tenían todo preparado.

Tenía especial ilusión por trabajar en esa sala, donde los cuadros de Amber se habían expuesto con gran éxito hacía unas semanas.

Ella solo había sido una mera intermediaria.

El talento artístico de Amber había hecho el resto y la compensación económica para ambas había sido muy gratificante.

También estaba ligeramente emocionada porque suponía, y esperaba, volver a coincidir con el amigo de Ray y quizá esa noche «no descansar» a su lado. Llevaba varios días sin verlo y se había sorprendido pensando en él más de una vez.

No pudo evitar buscarlo con la mirada mientras servían las primeras bandejas de canapés entre los numerosos invitados.

—Disculpe, señorita —le preguntó un joven no tan trajeado como el resto—. ¿Quién se encarga de las exposiciones que se exhiben aquí?

Opal miró con una sonrisa al hombre que le había retenido. Era bastante guapo, de ojos claros, y parecía bastante preocupado.

—Supongo que se refiere a la señorita Peck —se giró un momento buscando con la mirada a la responsable de la galería—. Esa mujer rubia del vestido azul —señaló con un gesto de cabeza.

El hombre se lo agradeció y fue hacia ella. Molly se le acercó.

—¿Quién es mi nuevo marido?

Opal se echó a reír mientras cada una continuaba su camino, organizado de antemano, sirviendo los canapés.

A los pocos minutos, el hombre de ojos claros se le volvió a acercar.

—Perdona, ¿eres Opal Maxwell? —le preguntó con una expresión muy seria y un poco más aliviada que antes.

Ella asintió un tanto preocupada.

—¿Algún problema, señor?

—¿Podríamos hablar un momento? —le preguntó impaciente y metiéndose las manos en los bolsillos.

Opal, extrañada, buscó a Camilla con la mirada y le señaló la bandeja que llevaba y que acababa de dejar sobre una de las mesas altas para que se encargara de ella.

Salió con el desconocido al recibidor de la galería.

—¿En qué puedo ayudarle?

—¿Dónde está Amber? —le preguntó agobiado —. No la encuentro, no sé dónde buscarla.

Opal lo miró sin comprender.

—¿Perdón?

El hombre alto y atractivo se pasó las manos por su rostro agobiado.

—Amber Maxwell. Soy Michael…

Opal sintió cómo la furia recorría su cuerpo y amenazaba con salir por la boca. Puso los brazos en jarras recordando las lágrimas de su hermana.

—No te importa en absoluto dónde está —le interrumpió—. Vete de aquí.

—Opal, por favor, necesito encontrarla. No actué bien…

—Desde luego que no —le dijo furiosa —. Vete de aquí. No vas a encontrar una mujer más generosa y cariñosa que ella y la has perdido. Amber hace bien en no querer verte. ¿Qué os creéis? ¿Que por tener dinero podéis hacer lo que os dé la gana con la gente? Vete. No pienso decirte nada.

—He ido a París, he hablado con todos sus amigos, no sé dónde está, necesito verla, necesito hablar con ella… —siguió insistiendo agobiado.

—A buenas horas, haberlo pensado antes. Creo que ya es tarde.

Dave se paró en seco al oír esa frase y el tono con el que se decía.

Permaneció en las sombras por si era necesario actuar.

No había perdido de vista a Opal desde que había llegado a la sala, más bien en las dos semanas bastante tranquilas por su parte.

Esa chica solo parecía «trabajar» y tener vida social en sus eventos públicos.

¿Y ahora estaba diciéndole a un hombre que ya era tarde?

La había investigado. No era la camarera que creía que era.

Era la dueña de su propia empresa de catering y no parecía tener ninguna pareja.

Este hombre no figuraba en el informe ni lo había visto durante las dos semanas; así que, si no era una pareja, podría ser una puerta a lo que estaba buscando.

Michael se le acercó y la sujetó por los brazos.

—Eres mi única opción. No sé qué más hacer.

—¡Suéltame, Michael! Lo siento por ti —le dijo con sinceridad notando unas marcadas ojeras bajo sus bonitos y tristes ojos—, pero no puedo decirte nada. Vete.

—No voy a irme sin una respuesta —sonaba firme y desesperado.

Dave no esperó más y salió, acercándose a ellos.

Volvía a vestir de etiqueta como las normas protocolarias del evento exigían.

Opal se sintió más segura al verlo, aunque suponía que no tendría mayor problema con el hombre que había hecho llorar a su hermana semanas antes.

Sabía que no era peligroso, y sinceramente no le importaba verlo en ese estado, dando la impresión de que su hermana le importaba por lo menos un poco más que lo que creía ella.

—Creo que la señorita ha sido muy clara —le comentó con voz firme—. Suéltela.

Michael miró a Dave y luego a Opal. La soltó como si quemara.

—Lo siento. Perdona —se disculpó avergonzado—. Yo solo… Disculpa…

Opal lo miró sin piedad, sintiendo incluso algo de lástima por él.

Lo vio salir por la puerta y miró a Dave.

—¿Todo bien? —le preguntó serio.

Ella lo miró sintiendo que se sonrojaba. ¿Cómo se podía ser tan arrebatadoramente guapo? El traje le sentaba como un guante y resaltaba su esbelto cuerpo. «Seguro que bajo la ropa se le marcan los abdominales», pensó distraída.

Opal asintió con la cabeza. Él no parecía tener intención de moverse.

—Necesitaré un minuto —le aseguró preocupada, a la vez que sorprendida, por lo ocurrido—… Eh… —intentó retenerlo—. Me llamo Opal.

Dave asintió. Ya lo sabía.

—Dave —le respondió antes de dejarla sola.

¿Qué era lo que había visto? ¿Un socio tratando de echarse atrás?

¿Otro hombre en su vida? ¿Una expareja? ¿Y por qué le estaba constando tanto a ella arrojarse a sus brazos y ponérsele en bandeja?

Nunca había tardado tanto tiempo desde que conocía a una mujer atractiva hasta que la tenía en su cama sin que él hiciera absolutamente nada para ello.