Amor bajo sospecha (Hermanas Maxwell 2) Chapter 3 #3
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Chapter 3 #3

—¡A casa! —exclamó Molly alegre como siempre—. Y Opal, de verdad, ese macizo, ¿sabe tan bien como parece?

Todos se echaron a reír, incluida Opal.

—No lo he probado, Molly —respondió Opal. «Pero sí que huele muy bien», pensó con una sonrisa.

Cuando dejó a todos en sus respectivas casas, disciplinada como siempre, descargó la camioneta en su local.

Estaba pensando que era la opción más cómoda, pues, aunque alguna vez se había planteado que la ayudaran a descargar, pensar en recorrerse después media ciudad para dejar a cada uno en su casa le daba mucha pereza.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Asustada, se giró. No había nadie en la calle, que afortunadamente estaba muy iluminada, pero se sentía observada. Nunca se había sentido así y no le gustaba en absoluto.

Se dio más prisa que de costumbre y, sin detenerse a mirar atrás, subió con rapidez a la camioneta para llegar a su apartamento cuanto antes.

Opal se sobresaltó al oír su teléfono móvil. Tratando de abrir los ojos y palpando a oscuras sobre la mesilla que había junto a la cama, respondió somnolienta.

¿Amber? ¡Amber! El corazón le dio un vuelco de preocupación. Descolgó nerviosa.

—¿Amber? ¿Estás bien? —encendió la luz de la mesilla.

—No… Opal, ¿puedes venir a buscarme?

—¿A París? ¿Ahora?

—No, estoy en Nueva York, en el New York Hospital Medical Center… —sollozó—. ¿Puedes venir?

Asustada, Opal ya había dado un salto de la cama.

—Pero ¿estás bien? —sacó del armario un pantalón vaquero y un jersey.

—Sí… es solo que me quiero ir de aquí.

—Voy —dijo antes de tirar el móvil sobre la cama para empezar a vestirse.

Llegó conduciendo con exceso de velocidad, pero no le importaba.

Se sentía muy segura al volante y solo quería llegar a ver a su hermana.

Un par de veces miró por el espejo retrovisor.

Le daba la impresión de que la seguían. Miró el reloj del coche.

Marcaba las tres de la madrugada. Era una tontería pensar algo así.

Ella no solía salir de casa a esas horas y nadie tendría por qué estar siguiéndola.

Dave no sabía qué pensar. Se había apostado en el coche frente a la puerta de su casa después de seguirla en todo su trayecto y se había sobresaltado al verla salir de casa corriendo hasta su furgoneta con su larga melena suelta y vestida completamente de negro.

Le estaba costando seguirle el ritmo sin levantar sospechas porque conducía a una velocidad exagerada. Sin duda llevaba prisa. La siguió hasta el New York Hospital Medical Center, cosa que también le sorprendió. Eso explicaba su exceso de velocidad.

Decidió esperar a que entrara en el hospital, pero desde la ventana pudo ver que una joven rubia parecía estar esperándola porque en cuanto la vio se le echó en los brazos.

—¡Amber! ¿Qué haces aquí? ¿Qué te ocurre? —le preguntó a su bonita hermana, abrazándola para que dejara de llorar.

—Vámonos, por favor —le pidió Amber—. Me quiero ir de aquí.

La llevó hasta la furgoneta con un brazo sobre los hombros.

Amber se detuvo al llegar a la furgoneta negra con el gran logo plateado y la miró sorprendida.

—Oye, esta furgoneta es tuya, de tu empresa —. Parpadeó limpiándose las lágrimas de la cara—. Eso significa que todo va bien.

—Sí —le respondió Opal orgullosa, aunque preocupada—. ¿Prefieres ir a casa o a tomar un café?

Amber se encogió de hombros.

—No tengo sueño —le respondió triste—. Si al café lo acompañan unas tortitas con mucha nata y chocolate…

Opal asintió antes de entrar en su camioneta. Ya sabía dónde iban a ir.

Dave las siguió. Afortunadamente, Opal ya no tenía tanta prisa por llegar a la cafetería Splash, que permanecía abierta las veinticuatro horas.

Aparcó alejado de la furgoneta del catering .

Suponía que se tomarían su tiempo para salir.

Su intuición le decía que ella no tenía nada que ver con los robos cometidos, sin embargo, el verla esa noche en el hotel donde se celebraba la gala, le había hecho tomar nota de la coincidencia.

Ya tenía a un miembro de su equipo investigando la empresa para la que trabajaba.

Realmente era preciosa y esa seguridad que irradiaba era tremendamente atractiva.

Desde donde estaba podía ver a las hermanas a través de los ventanales de la cafetería.

No parecía que ser promiscua fuera su estilo.

Entendía que Ray Cross podía resultar atractivo a algunas mujeres, pero el hombre con quien la había visto en el pasillo del hotel no parecía del mismo tipo.

No tenía por qué importarle. Hacía tiempo que no estaba con ninguna mujer, pero nunca le habían faltado.

Siempre lo habían buscado y él se había dejado encontrar con facilidad.

No recordaba ninguna que le hubiera merecido el esfuerzo de conquistarla.

Y, de todas maneras, todas sus relaciones acababan en días con la misma excusa: su falta de compromiso.

Él ya lo sabía, lo tenía claro y no estaba dispuesto a comprometerse con nadie.

No necesitaba a nadie en su vida para ser feliz.

Estaba muy satisfecho y cómodo con su soltería.

Ya estaba acostumbrado a la soledad en su apartamento, a la tranquilidad, al orden, y convivir con una mujer era todo lo contrario a lo que ya tenía y quería.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —le preguntó Opal abriendo los ojos como platos—. ¿No dijo nada?

Amber negó con la cabeza mientras las lágrimas volvían a resbalar por sus mejillas.

—Su padre me hizo sentir sucia —dijo con una mueca—, y luego, cuando apareció su novia, no sabía dónde meterme…

—¿Novia? ¿Te vienes desde París hasta aquí acompañándole y no te había dicho ni que tenía novia? —le preguntó echándose hacia atrás en el asiento—. Joder…

Dave esperaba paciente en el interior del coche.

Le daba la impresión de que esa noche no iba a sacar nada en claro.

Que era amiga de sus amigos ya lo había notado al seguirla mientras dejaba a todos los miembros de su equipo en sus respectivos apartamentos y esperaba a que encendieran la luz y la saludaran por la ventana.

Ese no era el prototipo de ladrón en serie, pero la vida a veces te puede sorprender.

Entonces vio cómo un coche viejo y desvencijado, aparcaba cerca de la puerta. Resopló cuando vio quiénes salían de él. Sin pensarlo dos veces tomó la pistola de su guantera, se la sujetó a la parte trasera de su cintura y entró decidido a la cafetería.

En un segundo se percató de la situación. Los dos hombres desgreñados estaban en mitad de la barra junto a la caja registradora, observando la situación.

Afortunadamente el local no estaba muy lleno. Apenas una docena de personas estaban distribuidas por él.

Dave se apoyó en el extremo de la barra cercano a la puerta, evitando que la situación se agravase. Reconoció a Opal y a su amiga a escasos metros de distancia, ajenas a lo que ocurría a su alrededor.

Bull y Gonzo eran viejos conocidos suyos.

Los había detenido varias veces por atracos en lugares similares en la época en que había patrullado por las calles.

Más de una vez habían llegado a las manos, pero desde su ascenso a detective de la policía no había vuelto a verlos.

Suponía, acertadamente a juzgar por la situación, que ellos no habían dejado su actividad delictiva.

Dave carraspeó apoyado ligeramente en la barra llamando la atención de la pareja de atracadores. Parecía relajado, pero la tensión se apreciaba en su rostro y en su mirada.

Los integrantes de la pareja lo reconocieron de inmediato y dieron un paso atrás, sorprendidos.

—Teniente… —murmuró el más bajo de ellos.

Dave bajó y subió la cabeza ligeramente a modo de saludo.

—¿Todo bien, chicos? —preguntó mientras la camarera rubia y escotada se acercaba a ellos.

—¿Qué os sirvo? —preguntó confiada mientras Dave no quitaba la vista de la pareja.

Sabía que llevaban las pistolas en el mismo lugar que él, a la espalda, sujetas por la cintura del pantalón y cubiertas por sus oscuras camisetas.

Opal había mirado hacia la barra al oír a alguien carraspear. Se había quedado casi sin aliento. El muy atractivo amigo de Ray estaba apoyado en ella manteniendo una mirada amenazadora hacia los dos tipos que estaban junto a la caja registradora.

Todavía llevaba los pantalones negros de su traje, la camisa blanca remangada y sin la pajarita. ¿Se podía estar mejor? Se preguntó sintiendo sequedad en la garganta.

Entonces percibió la tensión en el ambiente. El frío amenazador de la mirada de Dave, su boca firme y seria.

Miró a los dos hombres y comprendió la situación.

Sintió cómo el corazón amenazaba con salírsele por la boca. Ellas eran las que estaban más cerca de la pareja. Asustada, miró a su hermana.

Dave, sin dejar de mirar a la pareja, se percató de que Opal los había visto y comprendido la situación, y confió en que no hiciera nada estúpido.

—Ellos ya se iban, ¿verdad? —preguntó a la conflictiva pareja con una voz penetrante e inflexible sin dejar de mirarlos.

Los dos hombres titubearon unos segundos. Para su alivio, ambos levantaron las manos en señal de no querer buscarse problemas y salieron por la puerta.

Dave los siguió con la mirada hasta que se montaron en el coche y se alejaron.

En ese momento soltó el aire retenido, dejando que la tensión en su cuerpo se relajara. Tomó el móvil para indicar a una patrulla que los siguiera.

La camarera, con una sonrisa amable, se le acercó aliviada cuando colgó la breve llamada.

—Encanto, creo que se merece un whisky doble.

Dave le sonrió sin poder ocultar su atractivo.

—No es necesario.

—¿Quizá un café? —insistió la mujer madura queriéndole agradecer lo que suponía que había evitado—. El whisky me lo tomaré yo —le sonrió—. Muchas gracias por lo que sea que haya hecho.

Dave le devolvió la sonrisa aceptando la sugerencia. A esas horas de la madrugada un café no le vendría mal.

Opal dejó un momento sola a su hermana y fue hacia él. Se le había revuelto el estómago con la tensión percibida.