Amor bajo sospecha (Hermanas Maxwell 2) Chapter 3 #2
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Chapter 3 #2

—¿Dónde está Mario? —preguntó extrañada a Leslie, que estaba con ella en la cocina.

—No lo he visto desde hace un rato —se encogió de hombros mientras vaciaba el contenido de las copas medio llenas por la fregadera.

Decidió salir para explorar con disimulo. Localizó en la sala a Camilla, Violet y Molly. Se dirigió hacia el cuarto de servicio en el pasillo de los aseos para empleados. Llamó a la puerta que parecía atrancada.

—¿Mario? ¿Estás ahí? —preguntó preocupada.

Oyó ruido en su interior y enseguida Mario abrió la puerta arreglándose la ropa.

—Lo siento, Opal… Yo…

Opal se sonrojó y se enfadó por partes iguales.

—Ya hablaremos —le advirtió seria e inflexible, sin atreverse a mirar al interior de lo que parecía un pequeño almacén—. Vuelve a tu puesto, por favor.

Cerró la puerta dejando dentro al acompañante del joven. Cuando lo vio alejarse por el pasillo soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta. Le molestaba la falta de profesionalidad y eso lo había sido.

Volvió a inhalar profundamente, contó hasta diez, y lo exhaló hasta quedarse sin respiración. Continuó un poco más tranquila.

Dave miró la pantalla de su móvil. Tenía que hacer una llamada a su compañero. Él no había avanzado nada en la investigación. Todo parecía demasiado tranquilo. Fue al pasillo del servicio y se encontró a la atractiva camarera encaminando sus pasos hacia la sala.

Ella lo miró sorprendida. Dave no pudo evitar sonreír. Entonces vio que de la puerta del almacén del que ella se alejaba salía uno de los invitados, alto, atlético y, por supuesto, casado, arreglándose la corbata mientras se pasaba una mano por el pelo tratando de ocultar su rostro.

Opal notó que alguien la adelantaba con prisa por la derecha. Se detuvo y se sonrojó. Realmente era mayor que Mario, a juzgar por sus canas. Bastante mayor que él. Esperaba que no se metiera en ningún lío con ese tipo de hombres.

Dave lo miró y la miró a ella. Cuando el hombre salió del pasillo, dirigió la mirada a la promiscua camarera.

—¿Disfrutando del trabajo? —le preguntó cínicamente—. No creo que te paguen por esto —señaló con la cabeza el almacén—, o quizá sí, claro…

Opal abrió los ojos como platos, alarmada por la ofensa. No llevaba todo un año trabajando duro para conseguir mantener una buena imagen de su empresa como para que ahora alguien dudara de su integridad.

Con los brazos en jarras, separó un poco las piernas para encararlo. Por muy guapo que fuera o por muy atractivo que se viera con esa media sonrisa, no iba a consentir que nadie dudara de ella.

—¿Perdone? ¿Qué está sugiriendo?

—Lo que he visto —le dijo acercándose a ella también con los brazos en jarras.

Opal tuvo que levantar la cabeza para mirarle a los ojos. No iba a retroceder. Apenas los separaban unos milímetros. Algo más que las dudas o el cruce de palabras los envolvió, llenando la atmósfera de tensa intimidad.

—No ha visto nada —le señaló altiva, manteniéndole la mirada.

Dave sonrió cínico.

—Yo creo que sí —le confirmó—. Pero es asunto tuyo lo que haces con tu cuerpo —lo recorrió con la mirada— en tus horas de trabajo.

Dave no podía creer que se sintiera atraído y estuviera luchando contra sus deseos más primitivos para no besarla en ese momento, peses a que sabía que acababa de ser besada, o a saber qué más, por otro hombre que le doblaba la edad.

—Es asunto mío, exacto —respondió orgullosa.

En ese momento se apagó la luz del pasillo y una exclamación se escuchó en la sala contigua.

Dave la sujetó por el brazo y se acercó a ella eliminando los milímetros que les separaban mientras todas las alarmas se le disparaban mentalmente.

Opal, sorprendida por la situación y su cercanía, se apoyó en su pecho ligeramente sobresaltada.

Parecía que pudiera escuchar su corazón latiendo desbocado ante la cercanía de aquel hombre.

Esperaba que se encendieran las luces de emergencia, algo que no sucedió.

Eso no pintaba bien, pensó Dave tirando de ella para salir del oscuro pasillo.

Opal se dejó llevar de la mano. No le daba miedo la oscuridad, pero algo en él y su comportamiento le hacían estar alerta.

Sin soltarla, Dave sacó un micro muy pequeño del bolsillo mientras volvía a la sala.

—Joe, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estás?

—Detrás del escenario. Aquí no hay luz —comentó extrañado su compañero.

Opal no entendía lo que ocurría, pero se dejó llevar hasta la sala, que estaba casi totalmente a oscuras.

La cálida y fuerte mano de Dave aferrando la suya le reconfortaba.

La luz de la calle se filtraba por los amplios ventanales y algunas personas habían empezado a encender las linternas de sus teléfonos móviles.

Dave fue sin dudar a la puerta de la sala por la que se accedía al hotel donde se celebraba el evento. La abrió justo cuando un miembro del hotel iba a abrirla desde el lado contrario.

—Señor Malone, no sabemos qué ha ocurrido. Están arreglando el sistema de emergencia, que parece haber sido saboteado. Han saltado las alarmas en el departamento de policía y un par de patrullas vienen hacia aquí.

—De acuerdo, avíseme cuando lleguen. ¿Has oído, Joe? —preguntó al micrófono de su solapa.

—Sí —le respondió su compañero mientras todos miraban al empleado del hotel que subía al escenario donde se había celebrado la subasta benéfica.

Las luces de emergencia de la sala se encendieron mientras les tranquilizaban con escuetas explicaciones.

—¿Estás bien? —preguntó Dave a Opal, a quien aún no había soltado.

Ella asintió confundida. Hubiera pensado que era un simple apagón, pero la actitud desconfiada de él le indicaba que había algo más. Se sentía protegida a su lado, cuidada, aunque no supiera por qué debía estarlo.

Miró hacia la sala tenuemente iluminada y distinguió a su equipo al completo junto a la puerta de la cocina.

—Será mejor que vuelva a mi trabajo —susurró apoyando su mano en el musculoso brazo de Dave antes de soltarse.

Lo cierto es que estando tan cerca del él y viéndole en tensión aún le parecía más atractivo, además de que olía realmente bien, a algún perfume caro que no supo reconocer.

Él asintió apenas sin mirarla y la llevó hasta allí sin dejar de perder de vista la sala. Cuando llegó hasta sus compañeros la soltó sin miramientos y volvió hasta la puerta de entrada. Tenía claro que si algo había ocurrido en esos segundos no había sido a causa de ella.

—¿Estáis bien? —preguntó Opal a su equipo.

—Sí —contesto Leslie—. Solo ha sido un apagón. Estábamos apilando las bandejas.

El señor Cross, el anfitrión, y su hijo Ray subieron al escenario para dar por finalizada la gala muy a su pesar.

Un murmullo de lamentos se escuchó entre los asistentes, pero con discreción y rapidez la sala fue desalojándose.

Opal y su equipo empezaron a recoger con la destreza y la agilidad habitual todo lo que habían utilizado. Opal agradeció la colaboración a los empleados del hotel, y se dejó ver discreta por la sala por si alguno de los anfitriones necesitaba algo de ella.

Quedaban ya muy pocos invitados. Buscó con la mirada al amigo de Ray.

Estaba junto al escenario, con una mano en su cadera y la otra sujetando el teléfono por el que hablaba.

Su rostro mostraba preocupación. Un hombre de su misma estatura, un poco más ancho de espaldas, estaba a su lado con los brazos cruzados y la expresión similar.

Tenía claro que, además de por ser amigo de Ray, había algún motivo más para que estuviera allí.

Junto a una de las ventanas vio al matrimonio Cross hablando con su hijo menor, Andy. Era unos años más joven que Ray, y a ella le parecía más guapo y no tan estirado como su hermano. Sus ojos claros parecían siempre echar chispas de diversión y su actitud era mucho más distendida y afable.

Cuando la señora Cross la vio fue hacia ella para agradecerle su servicio. Opal asintió agradecida. Su intención de retirarse de manera inmediata se vio interrumpida cuando Ray se le acercó de frente.

—Vaya imprevisto —comentó con una sonrisa—. Siempre me había preguntado cómo sería verte a media luz y, mira por dónde, ya lo sé.

Opal apretó los labios para no decirle lo que realmente pensaba de él.

Compuso una sonrisa como pudo y sin decirle nada, volvió hacia la cocina casi rezando para que no la siguiera.

Suponía que era un flirteo inofensivo, pero no quería arriesgarse.

Le hubiera dado una mala contestación hacía tiempo si no fuera porque sus padres les proporcionaban ingresos considerables, continuos y constantes de una manera u otra.

Estaban terminando de recoger cuando la puerta de la cocina se abrió y Dave entró. Buscó a Opal con la mirada.

—¿Todo bien?

Ella asintió extrañada ante la atenta mirada de su equipo.

Dave asintió con la cabeza como respuesta y salió con la misma determinación.

Opal siguió recogiendo mientras sus compañeros la miraban esperando una explicación. Realmente le parecía cada vez más atractivo, pensó. Cuando se dio cuenta de que era la única que recogía, miró a sus compañeros.

—¿Qué ocurre? —les preguntó extrañada.

—¿Nos lo vas a contar? —le preguntó Molly directa—. ¿Por qué mi exmarido viene a preguntarte a ti si va todo bien?

Leslie se echó a reír mientras terminaba de recoger su parte.

—No te has casado con él. No es tu exmarido.

—Un detalle sin importancia —comentó Molly despreocupada—. Pero la verdad es que corta la respiración cuando mira cómo te ha mirado, no me digáis que no.

Todos menos Opal asintieron. Ella negó con la cabeza.

—No hay nada que contar. Estaba cerca de él cuando el apagón.

—¿Cuánto de cerca? —preguntó Molly con los ojos brillantes.

Opal recordó el incidente con Mario. Lo miró y él bajó la vista.

—Lo suficiente —les sonrió ella—. Vamos, acabemos de recoger.

Poco después circulaban sin prisa por las solitarias calles de la ciudad.

—¿Dejo a alguien en otro sitio? —preguntó Opal metiendo la llave en la camioneta de la empresa después de chocar las manos.

Todos negaron sonrientes y ya más relajados. El cansancio y la tensión acumulada empezarían a manifestarse en breve.