Amor bajo sospecha (Hermanas Maxwell 2) Chapter 3
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Chapter 3

—¿Qué tal fue ayer? —preguntó Leslie Falcon entrando por la puerta y viendo a Opal colocando en su sitio las últimas copas.

—Muy bien —le sonrió Opal—. ¿Y tú qué tal?

Leslie se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.

—Bueno, han expulsado a Bryan del instituto. Lo he dejado en casa con la vecina. Espero que esté allí cuando vuelva.

—Haberlo traído —le dijo Opal prestándole toda su atención.

A Leslie se le llenaron de lágrimas sus enormes ojos claros. Se sentó en una silla con un suspiro, tratando de que estas no se escaparan de entre sus pestañas.

—A veces me lo hace muy difícil —se sinceró ocultando su cara con sus manos.

—Está en una mala edad —la consoló Opal, colocándose a su lado.

—Lo sé —asintió Leslie—. Y hay tantas tentaciones aquí... A veces pienso en volver a Polson. Allí la vida era más tranquila.

Opal asintió recordando el bonito pueblo en el que ambas habían nacido.

—¿A casa de tu abuelo? —Sabía que había tenido problemas con él al quedarse embarazada siendo tan joven.

—Sí, no sé… Bryan no tiene referentes masculinos. Mi abuelo está muy mayor, pero, no sé, es la única familia que tengo. —suspiró secándose una lágrima que había empezado a resbalar por la mejilla—. Bueno, ya está, empecemos.

Opal la miró con preocupación.

—¿Quieres que antes nos tomemos un café?

Leslie negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas y una fingida sonrisa.

—No, gracias. No es nada. Solo un bajón. Ya pasará.

—Y si no, ya sabes dónde estoy —la animó Opal mientras la veía ponerse el delantal—. Sabes que puedes llamarme a cualquier hora.

—Lo sé, Opal. Gracias.

—Pero no lo harás —pronosticó con el ceño fruncido—. Déjate ayudar, Leslie…

—Ya me estás ayudando —aseguró—. Este trabajo me está ayudando a ahorrar lo suficiente para un proyecto que tengo en mente.

—Esto no es ayuda —le confirmó Opal a su lado con el cuaderno en el que habían apuntado el menú del sábado por la noche—. Esto es un trabajo para el que estás más que cualificada.

—Sí, lo sé, pero gracias igualmente —le respondió Leslie sabiendo que el que fueran antiguas compañeras de instituto había sido la puerta de entrada para trabajar con ella.

Pasaron toda la mañana ultimando detalles del catering para la fiesta benéfica que organizaban los Cross. Esa tarde podían adelantar bastantes elaboraciones y el sábado por la mañana concluirían el resto.

—Tráete a Bryan aquí —le sugirió Opal antes de despedirse de Leslie—. Quizá le guste el mundo de la hostelería y encauce sus pasos.

—Gracias, Opal…, no sé lo que haré. El sábado por la noche sí que lo dejaré con la vecina. Me vendrá bien ese dinero extra.

—Ah, ayer nos dieron cien dólares de propina —le comentó con una sonrisa victoriosa al sacar el billete del bolsillo trasero de su pantalón. Lo metió en la hucha destinada para ello.

—¿Nos dieron o te dieron? —sonrió—. ¿Quién fue? ¿Ray Cross?

Opal le hizo una mueca confirmándolo.

—¿Sigue sin parecerte atractivo?

Opal negó con la cabeza.

—Reconozco que no está mal, pero no es mi tipo y no quiero nada con ningún hombre ahora. Estoy feliz como estoy, con mi trabajo, y no necesito nada más.

—Pero la vida pasa, Opal, y puede haber otros alicientes además del trabajo… una pareja, hijos… Cuando Bryan no está en sus momentos malos, me da fuerzas para seguir adelante.

—Bah, no tengo prisa —le aseguró Opal—. Si tiene que ser, será, como dice Amber.

—¿Qué tal están tus hermanas? —le preguntó Leslie, que también había compartido curso con ellas.

—Muy bien. Amber está en París, creo que está empezando una relación con un compañero de trabajo. Y Jade ya está viviendo con el hombre de mis sueños. —sonrió divertida.

—¿Cómo es eso? —preguntó extrañada Leslie.

—Sí. El escritor Parker Wallace —le respondió—. ¿Lo conoces? Me encantan sus novelas… y me encanta su protagonista… Con alguien así, sí que me plantearía algo serio…, supongo…

—No tengo tiempo de leer —se disculpó, arrepintiéndose, como siempre, de no haber acabado sus estudios universitarios.

Leslie había dejado de estudiar demasiado pronto. El embarazo de Bryan, o más bien su abuelo, al enterarse y echarla de casa, le había obligado a encontrar trabajo para mantenerse y desde entonces no había parado.

—Lo conocí las pasadas Navidades. Hacen muy buena pareja.

—Pero ya lleva tiempo con él, ¿no?

—No… Estaba con otro escritor, bueno, aspirante a ello, pero lo pilló en la cama con otra y lo dejó. Así conoció a Parker.

Leslie asintió mientras escuchaba a su jefa y amiga.

—Y Jeff sigue como siempre; bueno, aunque ahora ya no juega profesionalmente hablando… Te acuerdas de Jeff, ¿verdad? Iba dos cursos por delante de nosotras.

Leslie abrió la nevera para observar si había crecido la masa de los canapés.

—Sí, creo que sí que lo recuerdo… —murmuró distraída.

Opal sonrió satisfecha. Todo estaba saliendo perfecto, como a ella le gustaba. Los camareros extra que le había proporcionado el hotel donde se celebraba la gala benéfica de los Cross eran muy educados y profesionales. Y su equipo estaba haciendo muy buen trabajo, como siempre.

Desde la puerta de la cocina podía ver el ambiente en el que reinaba el dinero y el lujo. Las mujeres, enjoyadas, vestían con sus mejores galas, y los hombres, elegantísimos, sus trajes oscuros. La música no sonaba muy alta y facilitaba que interactuaran entre ellos.

Salió con otra bandeja de canapés salados dispuesta a mezclarse entre la gente.

Dave se llevó la mano a la barbilla, pensativo. No saber qué es lo que estaba buscando exactamente no le gustaba.

Se giró para ver pasar, sin que ella se diera cuenta, a la bonita camarera de la sala de exposiciones.

Le sorprendió verla de nuevo. Ahí estaba con sus largas piernas enfundadas en las tupidas medias, su discreto uniforme y su largo cabello recogido en una coleta alta.

Realmente era muy atractiva. Tampoco a él le importaría nada pasar un buen rato con ella.

Pero ahora estaba trabajando, se recordó.

Una camarera morena de pequeños ojos verdes y gran sonrisa se situó frente a él ofreciéndole su bandeja de canapés.

El negó con la cabeza, serio. En horario de servicio no le gustaba distraerse con otros detalles y era muy firme para las normas que se había marcado a sí mismo.

—Venga, no te arrepentirás —le insistió la camarera excesivamente maquillada.

Dave negó con la cabeza. No le gustaba repetir las cosas, así que se giró para mirar hacia otro lado dando la espalda a la joven, que se sorprendió ante la muestra de desprecio.

Ray se le acercó, cogió un canapé ignorándola y saludó a su amigo.

—Aprovecha para comer algo —le sugirió antes de dar un trago a la copa que llevaba en una de las manos—. No probarás nada igual.

Dave le sonrió cruzándose de brazos.

—No de servicio —le respondió sincero.

—Pues cuando acabe tu servicio entra en la cocina a ver si ha quedado algo —le recomendó terminando de un bocado su canapé—. ¿Se tiene alguna noticia?

Dave negó con la cabeza.

—De momento, no —comentó sin entrar en detalles del caso que estaba investigando.

Opal se cruzó con Molly en la cocina mientras ambas cambiaban de bandeja.

—Realmente es imbécil —le aseguró Molly, tajante.

—¿Quién?

—El tipo ese que iba a ser mi futuro marido —le respondió enojada—. No se puede ser más desagradable. ¿Qué se ha creído? Por muy bien que le siente el traje. ¿Ningunearme por ser camarera? —farfulló.

—¿De quién hablas? —insistió Opal.

—De mi futuro marido, el que estaba en la sala de exposiciones el jueves —suspiró—. El amigo de Ray… Menos mal que aquí hay mucho hombre soltero. Quizá encuentre otro candidato —le guiñó el ojo a Leslie, que había entrado en la cocina a mitad de conversación. Salió apresurada con otra bandeja.

—No lo dirá en serio, ¿verdad? —le preguntó Leslie a Opal mientras se hacía con otra fuente que servir.

Opal sonrió negando con la cabeza.

—No. Es muy correcta y responsable, pero no puede evitar disfrutar de las vistas mientras trabaja.

Leslie sonrió a su amiga y salió tras ella de la cocina que les había prestado el hotel para dejar la comida que habían elaborado.

Si podía preverlo, Opal esquivaba a Ray. Ya se había acostumbrado a hacerlo, pero en ese momento estaba casi frente a él sin posibilidad de evitarlo sin parecer una maleducada.

Estaba junto al hombre del que había hablado Molly, que miraba a su alrededor con los brazos cruzados. Opal evitó mirarlo. Realmente le parecía muy, pero que muy atractivo y ella no quería distracciones de ningún tipo por muy tentadoras que resultaran.

Ray le sonrió dando un codazo a su amigo. Dave se giró para prestarle atención. No pudo evitar sonreír muy discretamente al ver frente a ellos a la preciosa camarera de las piernas largas.

Ray la miró de arriba abajo con descaro ante de elegir un canapé de la bandeja que llevaba.

—Cada día te superas.

Dave levantó una ceja, sorprendido por la chispa de rabia que apareció en los ojos de la bonita joven mientras forzaba una sonrisa de agradecimiento.

—Estos son de salmón, Dave. Prueba uno —le sugirió eligiendo el que más cerca estaba del inexistente escote de Opal.

Opal contó mentalmente hasta diez controlando las ganas de tirarle la bandeja encima. No podía permitírselo. Sería el final de su empresa.

Dave sonrió al ver a la camarera apretar los labios, casi de manera imperceptible, ante el descaro de Ray. Parecía que tenía genio. Quizá fuera cierto lo que le había dicho de que tenía fuego en el cuerpo. Descruzó los brazos y metió las manos en los bolsillos.

—No, gracias.

Opal aprovechó la negativa para seguir su camino mientras recuperaba la compostura. No conseguía acostumbrarse a las insinuaciones sexuales veladas de hombres por los que no sentía ningún interés.

La señora Cross, la anfitriona, le sonrió complacida cuando ella se acercó con una de las bandejas de canapés. Y ella asintió discreta, orgullosa de su trabajo y de su capacidad organizativa.

La celebración transcurrió tranquila. Opal miró el reloj cuando apenas quedaba media hora para empezar a recoger las cosas.