37
—D emasiado pequeño. ¿Dónde piensas meter todos tus libros? —Dina miró la pantalla de la computadora por encima del hombro de Rosemary mientras le preparaba una taza de té de rosas en la diminuta cocina del Airbnb londinense.
—Pero está cerca de un parque y aceptan mascotas. Eso no lo negocio —suspiró Rosemary. Dina tenía razón: terminaría ahogada en su propia biblioteca si alquilaba ese apartamento. Cerró la pestaña y pasó a la siguiente—. Este es el que voy a ver hoy por la tarde con Immy.
Dina lo observó sin decir nada.
—Te parece horrible.
—No...
—A mí sí. Se ve frío, clínico. Aunque quizá sea solo la decoración.
Rosemary cerró la computadora y se dejó caer en el sofá.
—Ya casi pasó una semana y todavía no encontré nada. Y sé por qué —se quejó con una mueca.
Dina dejó la taza frente a ella y la miró con expresión expectante.
—En ninguno de estos lugares está Ellis. Fui tan estúpida, Dina. Pensé que estaba siendo egoísta, pero cuanto más lo pienso, más entiendo por qué hizo lo que hizo. Sigo molesta, pero no era imperdonable. Perdí el control; deberíamos haberlo hablado.
—No es demasiado tarde —dijo Dina, y le apretó una mano.
—Sí, es tarde. La cagué. Lo lastimé y creo que ya no se puede arreglar. Ojalá pudiera.
Dina le ofreció una sonrisa cómplice, breve, y sirvió el té. El aroma de los capullos de rosa inundó el aire.
—Vas a salir adelante. Nos tienes a Immy y a mí, y a esa preciosura de ahí —intentó reconfortarla Dina, señalando a Abe, que estaba muy ocupada atacando uno de los calcetines de Rosemary; el calcetín iba ganando.
Dina no podía verla, pero junto a Abe estaba su mamá, a quien Rosemary con cariño había bautizado Cereza.
Mientras empacaba sus cosas en Blossom Ridge, había notado que Cereza ya no vigilaba a sus otros gatitos —ahora convertidos en gatos de granja— con la misma atención que a Abe.
Tal vez porque Abe era la más pequeña de la camada, su mamá necesitaba asegurarse de que saliera adelante.
Rosemary no entendía del todo cómo funcionaba la magia de los animales fantasma, ni siquiera después de Hank, pero Cereza parecía estar unida a Abe; así que cuando se llevó a la gatita color jengibre al Reino Unido, Cereza la acompañó para cuidar a su bebé.
Aun con su red de apoyo, Rosemary se sentía a la deriva, vacía.
—¿El té es mágico? —preguntó, esperanzada. Necesitaba algo que le levantara el ánimo.
—Sí, sí, es un hechizo de amor poderosísimo.
—Dina.
Su amiga levantó las manos en señal de rendición.
—Es broma. Te ayudará a ver el lado bueno de las cosas y a adoptar una postura equilibrada. Pensé que te vendría bien para las visitas a los apartamentos.
Rosemary dio un sorbo. Era dulce y floral.
—Gracias.
—Perdón por no acompañarte a la visita; hoy tenemos la cena mensual con las mamás de Scott y mis padres.
—Son los dos adorables. Te veo el fin de semana.
—Puede que estés ocupada —dijo Dina, con expresión tímida.
—¿Qué estás tramando, mujer? —Rosemary alzó una ceja.
—Nada, nada. —Dina hizo un gesto con la mano y le dio un beso en la mejilla—. Chau, habiba .
Cuando Dina se fue, Rosemary aprovechó el efecto del té y siguió buscando apartamentos en línea. En cuanto encontrara uno, podría organizar el envío de todas sus cosas desde el depósito en Nueva York. Hasta entonces, estaba varada en un Airbnb bastante aburrido.
Sonó el timbre. Era demasiado pronto para que Immy pasara a buscarla; aún faltaba tiempo para ir a ver al apartamento. ¿Tal vez Dina se había olvidado algo?
Abrió la puerta. Ellis estaba en el umbral.
Rosemary sintió que el corazón se le subía a la garganta y se quedó muda.
Se veía tan atractivo como siempre, ocupando todo el umbral con sus hombros anchos, con un jersey verde tejido que se estiraba sobre ese pecho musculoso; era injusto mirarlo.
Rosemary se dejó envolver bajo su mirada con demasiada facilidad, contempló las ojeras nuevas bajo sus ojos y las hebras plateadas que empezaban a acumulársele en las sienes.
Su cuerpo la traicionó: quería hundirse en su abrazo, respirar su aroma a jabón amaderado.
—Hola, bonita —dijo él, con la voz quebrada—. ¿Puedo pasar?
Rosemary no pudo hablar; asintió con un leve temblor. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, él ya estaba adentro, la puerta cerrada, y lo tenía justo frente a ella en el pasillo en penumbra.
Abe fue a investigar y maullaba a los pies de Ellis, empujando su pantorrilla con la cabeza. Él la levantó y la sostuvo contra su pecho.
—¿Esta es Abe? —preguntó Ellis.
—Sí. ¿Cómo llegaste hasta aquí?
Ellis dejó a la gata en el suelo.
—Dina e Immy me dijeron dónde estabas. No te escribí porque me pediste que no lo hiciera, pero necesitaba hablar contigo. Por favor, déjame decir lo que tengo que decir y, si después quieres que me vaya, me voy.
La aspereza de su voz la atravesó. Ellis dio un paso más cerca y el corazón traidor de Rosemary se aceleró; parecía a punto de salirse del pecho. ¿Cómo había podido pensar, siquiera por un segundo, que podría dejar de amar a Ellis Finch?
—¿Qué me querías decir?
Puede que lo amara, pero la rabia todavía la carcomía. Una parte de eso —bueno, una gran parte— iba dirigida contra ella misma, pero le dolía igual.
Él avanzó hacia la pequeña sala de estar del apartamento, donde la cocina, el comedor y el sofá compartían un espacio reducido.
—No pensé que llegaría hasta aquí —bromeó, pero era una broma sin ganas.
Se quedó frente a la ventana y luego se volvió hacia ella.
Rosemary hubiera preferido llevar puesto otra cosa y no ese jersey universitario roído por las polillas y unos leggings viejos de estar en casa; algo que la hiciera verse más armada.
—Te mudaste a Londres —dijo él.
—Siempre fui más feliz aquí —admitió ella. Contigo , le susurró su corazón.
Afuera, las nubes, que habían amenazado tormenta desde la mañana, finalmente cedieron, y una cortina de lluvia golpeó las ventanas con fuerza.
—Esto me recuerda a la vez que te encontré entrando por la ventana en la casa de huéspedes —dijo Ellis.
Se miraron un largo rato.
—Perdón. Perdóname —dijeron los dos al mismo tiempo.
Ellis negó con la cabeza y sonrió.
—Por favor, déjame pedirte disculpas. —Apretó el respaldo de una silla de la cocina—. Tendría que haberte llamado. Tendría que haberte contado lo que pasaba con el supuesto video, y me mata pensar que esa decisión de un momento haya arruinado lo mejor que tuve en la vida.
—Sí, tendrías que habérmelo dicho. —Rosemary sintió que algo en ella se ablandaba.
Tal vez la estaba ayudando el té mágico de Dina, pero estaba cansada.
Cansada de no estar entre los brazos de Ellis.
Cansada de esta pelea que ahora sentía que podían arreglar.
Claro que una parte enorme de ella se preocupaba por su vida y su carrera si ese material salía a la luz, por cómo afectaría a su familia y amigos, pero Brody era un abusador y ya estaba harta de toda su mierda—.
Entiendo por qué lo hiciste, Ellis. Pero necesito que sepas que no me importa.
Por un segundo, Ellis quedó impactado; una sombra de dolor le tensó el rostro, pero ella siguió hablando.
—No me importa si el mundo entero me ve haciéndote sexo oral en la cima de una colina. No me importa el ridículo ni la fama por razones equivocadas. Puedo con todo eso; podemos con todo, juntos.
Ellis se acercó: una sonrisa se insinuaba lentamente en su boca. Con el pulgar, secó las lágrimas de las mejillas de Rosemary. Ella ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando.
—No hace falta, no hace falta —dijo—. No había ningún video.
Rosemary se quedó inmóvil y alzó la vista hacia los cálidos ojos cafés de Ellis. Un soplo de esperanza le hizo cosquillas en el estómago.
—¿Era una farsa?
—Era extorsión. Ojalá me hubiera dado cuenta antes. Me pareció raro que nunca me mostrara nada ni entrara en detalles, y cuando me crucé con Jenna en un evento, lo hablamos. Después fuimos a ver a un abogado. Brody confesó que no tenía nada; el muy maldito lo inventó para que no lo despidiera.
Rosemary apoyó las manos en el pecho de Ellis. Su corazón latía a mil.
—Lo despedí. Ya no tiene poder sobre mí. Es más: Jenna y yo hablamos con todos los demás clientes de Brody. Les contamos todo. Todos lo echaron. No va a volver a trabajar en la industria.
—Lo lograste —dijo ella, conteniendo las lágrimas—. Te libraste de él.
—No habría podido sin ti —admitió Ellis y la atrajo hacia él, haciendo que sus narices se rozaran—. Vuelve conmigo, amor. Metí la pata, pero te amo, y voy a pasarme la vida demostrándote cuánto.
—Ellis... —dijo Rosemary con un hilo de voz—. Te amo. —Le rodeó el cuello con los brazos; sus cuerpos se pegaron. Rosemary sintió el calor del cuerpo del hombre que amaba: su piel la encendía hasta el alma.
—Dilo otra vez —exigió Ellis, mordiéndole el labio—.
—Te amo.
Él le rodeó la cintura, amasándole los hoyuelos de la espalda.
—Otra vez.
—Te amo. Te extrañé con desesperación.
Rosemary tuvo la sensación de estar dentro de un sueño: esa sonrisa que arrugaba los ojos de Ellis, estar en sus brazos. Quería guardar cada detalle. Ellis le dio un beso en la frente y bajó por la sien, dejando un rastro de calor.
— Ellis .
Trazó con los labios la curva de su cuello hasta llegar a la clavícula. Rosemary sintió un escalofrío de anticipación recorrerle la espalda y se arqueó contra su pecho. Ellis soltó el aire en un suspiro profundo cuando ella le devolvió la caricia; su abrazo se volvió más posesivo.
—Extrañé cómo dices mi nombre.
Ellis deslizó las manos por la cintura de los leggings mientras le daba besos en el oído.
—Extrañé tu sabor. Extrañé cómo me recibes tan bien. —Al sentir otra vez, por primera vez, sus dedos en la piel desnuda de su vientre, a Rosemary se le escapó un gemido suave y Ellis le devoró la boca.
Fue un beso furioso, y ella sintió que caía en picada. Todas esas semanas de extrañarlo, amarlo y odiarse por eso se desmoronaron de golpe. Cada caricia de Ellis despertaba en ella un deseo incontrolable, pero necesitaba tenerlo más cerca, necesitaba más.
—Ellis, por favor —gimoteó contra sus labios, dándole permiso.
Él la levantó por la cintura y la sentó en el borde de la encimera.
—Quítate esto —ordenó, y le bajó los leggings de una sola vez.
Como un hombre hambriento ante un festín, se arrodilló ante ella y apoyó la boca abierta contra el montículo cubierto por su ropa interior.
La cubrió de besos a través de la tela empapada; el calor de su aliento hizo que Rosemary se retorciera de placer.
Un escalofrío delicioso le recorrió la espalda.
—Ay, por Dios —gritó.
Y miró, hipnotizada, cómo él corría la ropa interior a un lado y le cubría el sexo con la lengua, lamiendo justo en su centro.
Se movía rápido, como si ningún sabor fuera suficiente, y cuando empezó a empujarle los dedos, Rosemary echó la cabeza hacia atrás, con la mente totalmente en blanco.
El orgasmo la sacudió mientras repetía su nombre entre gemidos, una y otra vez.
—Te amo —dijo él, poniéndose de pie y apoyando la frente en la de ella. A Rosemary se le escapó una risa alegre—. ¿Quieres vivir conmigo?
—Pensé que nunca me lo ibas a pedir —respondió Rosemary con una sonrisa, y se hundió en el abrazo de Ellis, preguntándose si era posible morir de felicidad.