Amor al primer susto Epílogo
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Epílogo

Ocho meses después

—S cott y Eric acaban de escribirme diciendo que ya están todos —gritó Ellis desde abajo a Rosemary, que le estaba dando los últimos retoques a un labial rojo intenso para la noche.

—De acuerdo, bajo en un minuto —dijo, sonriéndole a su reflejo.

¿Labial perfecto? Listo. ¿Vestido sexi, ceñido al cuerpo?

Listo. Era una noche cálida de comienzos de otoño, así que había elegido un vestido color crema claro que hacía resaltar sus tatuajes y su pelo.

Se veía increíble, aunque eso no impedía que los nervios la asediaran por dentro.

Después de esa noche, todo el mundo podría ir al cine a ver La posesión del mal .

Rosemary no podía estar más orgullosa de la película que habían hecho y, como amante del cine de terror, tenía expectativas altísimas.

Había desterrado a Ellis de la habitación durante las últimas dos horas mientras se arreglaba, pero ahora hizo su gran entrada en el pasillo de la planta baja, donde él la esperaba apoyado contra la pared, mirando a Fig y a Abe (y a Cereza) jugar bajo un rayo de sol.

Cuando la vio, se quedó inmóvil, y la miró de arriba abajo con ojos repletos de un calor delicioso.

—Cancela el estreno —dijo—. Volvemos arriba y vas a cubrirme con ese labial.

Ella le dio un manotazo, aunque el deseo ya le ardía en el vientre.

—¿Entonces te gusta el vestido?

Ellis la hizo girar.

—Me encanta. Pareces una diosa de verdad. —Le tomó una mano y la besó, pasando un dedo por el anillo de diamantes que llevaba puesto.

—¿Te preocupa que lo pierda? ¿Por eso revisas todo el tiempo que siga ahí?

Él se rio.

—No, solo necesito comprobar que no estoy soñando y que de verdad vas a ser mi esposa.

Rosemary se detuvo a admirar el traje de su prometido: un tres piezas color borgoña oscuro que le quedaba perfecto.

—La que está soñando soy yo —le guiñó un ojo.

Ellis fingió sorpresa.

—¿Está coqueteando conmigo, futura señora Finch?

—Creo que sí, señor Finch. ¿Crees que Fig y Abe van a estar bien? Vamos a volver tarde.

Ellis le tomó la mano y la llevó del pasillo a la sala.

—Míralos, están perfectos. Sacamos a pasear a Fig, los dos cenaron temprano y van a estar solos unas pocas horas. ¿No será que no estás nerviosa por ellos, sino por el estreno?

Ella asintió, y fue a apoyarse contra su pecho mientras miraba a sus mascotas jugar.

—Tienes razón.

—Va a ser un éxito —dijo Ellis—. Pero no tenemos prisa; podemos llegar un poco tarde si necesitas tomarte unos minutos.

Mientras Ellis hablaba, Rosemary observó cómo Fig se echaba en el piso y dejaba, con mucha paciencia, que Abe se le trepara encima y la pisoteara como si fuera una hermana menor insoportable. La madre miraba desde otro rayo de sol a la más pequeña de su camada, que ya no era tan pequeña.

Cereza se desvanecía un poco más cada día.

Rosemary sentía que pronto despertaría una mañana y descubriría que la gata fantasma ya se había ido a descansar.

Su bebé estaba a salvo, y había tenido tiempo de asegurarse de eso.

Ellis tenía razón: no estaba nerviosa por sus mascotas, sino por el estreno.

Uno más de sus Grandes Momentos de la Vida ® .

Durante todo el trayecto, sintió el corazón en un puño.

Cuando el auto se detuvo cerca de Charing Cross Road, Ellis le apretó la mano y le levantó el rostro.

—Voy a estar contigo todo el tiempo. Si se vuelve demasiado, me aprietas la mano y entramos directo, ignorando las cámaras, ¿sí?

Ella asintió; los nervios le erizaron la piel.

—Estoy muy orgulloso de ti —le dijo Ellis, dándole un beso suave en la parte interna de la muñeca. Rosemary lo habría matado si le arruinaba el maquillaje antes del estreno—. Y soy el hombre más afortunado del mundo.

—También eres el más cursi —bromeó ella—. Te amo.

—Vamos.

Ellis bajó del auto y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie.

—Señor Finch, señorita Shaw, por favor, acompáñenme. —Una mujer muy seria, vestida con un traje negro y con un auricular, los condujo hasta el inicio de la alfombra roja. Los gritos del público eran ensordecedores y Rosemary tuvo que entrecerrar los ojos por los flashes cegadores de las cámaras.

—¿Todo bien? ¿Lista? —le susurró Ellis al oído.

Estuvo a punto de decir que no, que era demasiado, pero entonces vio a Dina e Immy, a Scott y Eric saludándolos, y más adelante, sobre la alfombra roja, a Lyn y Jenna de la mano. Su papá estaba por ahí con María, y sin duda Lance estaría coqueteando con periodistas como el galán que era.

Rosemary pensó en lo que Juliet había escrito en sus diarios; pensó en todos los fantasmas que había conocido y en cómo, al final, se quedaban porque querían más tiempo con las personas que amaban.

Cereza había amado a sus bebés, Hank había amado a su dueño, y Juliet y Cecilia se habían quedado para permitirse amarse como no habían podido en vida.

Esa noche, Rosemary iba a ver su libro en la pantalla grande. Iba a escuchar al público gritar con los sobresaltos. Era mucho más que un sueño hecho realidad.

Le habían dado algo precioso: estaba con la persona que amaba y esperaba tener muchos años junto a él. Le habían dado tiempo. Los nervios se disiparon y solo quedó la emoción. No había ningún motivo para esperar.