35
R osemary se despertó al oír unos golpes en la puerta de su habitación.
—Hola, cielo, ¿puedo pasar?
—Sí —dijo con voz ronca.
Su papá entró con una taza de café y una dona glaseada de fresa con chispas que, con toda seguridad, había ido a comprar al pueblo, tal como solía hacer para animarla cuando ella era chica. Los dejó sobre la mesa de noche y abrió las persianas.
—No voy a preguntarte si estás bien, porque sería una pregunta estúpida cuando sé que no es así.
Solo voy a decirte que te quiero y que Dina e Immy han estado llamando a la casa toda la mañana para hablar contigo.
Dijeron que cuando despertaras, las llamaras.
—Se inclinó y le dio un beso en la frente—. Estoy abajo si me necesitas.
Rosemary gimió y se incorporó en la cama. Había puesto el teléfono en modo No molestar y, cuando lo revisó, vio que había más de cien mensajes de Dina e Immy en el chat grupal. Tocó para iniciar una llamada grupal.
—Voy a matarlo —dijo Immy apenas su rostro apareció en la pantalla.
—Tú lo matas y yo le lanzo un hechizo; no me importa cuáles sean las consecuencias —añadió Dina.
Rosemary se vio reflejada en la pantalla del teléfono. Dios, se veía fatal: tenía el rostro hinchado y enrojecido de tanto llorar.
—Hola —logró decir con un hilo de voz. Abe había saltado otra vez a la cama y ahora amasaba con sus patitas diminutas entre las piernas de Rosemary. Gracias a Dios por esa gatita.
—¿Cómo estás, habiba ? —preguntó Dina, acercándose al teléfono como si así pudiera verla mejor.
—No lo sé. No termino de entender qué pasó.
—¿Terminaron? No entiendo por qué dijo esas cosas.
Rosemary dejó que las lágrimas cayeran sin freno mientras les contaba todo.
—Los hombres son una porquería —dijo Dina—. Dime si quieres que le haga algún hechizo. Cuando alguien lastima a mis mejores amigas, no tengo ningún dilema moral.
—Te aviso —dijo Rosemary. Tomó un sorbo de café y le dio un mordisco a la dona, y poco a poco fue volviendo en sí.
—Lo peor es que yo también iba a decirle que lo amaba.
—Ay, Rosemary.
—Lo sé. Qué tonta.
—No eres ninguna tonta —dijo Immy con firmeza.
—Para nada, habiba . Pero sabes lo difícil que puede ser salir del clóset.
Tal vez sea cierto que hizo lo que hizo porque pensó que era la mejor forma de protegerte.
Eso no significa que tengas que estar de acuerdo, y yo estoy contigo al cien por ciento —le aseguró Dina—. Tómate el tiempo que necesites.
—Lo sé. Sé que tienes razón. Solo necesito espacio para procesarlo todo —dijo Rosemary, con un hipo.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Dina.
—Quedarme aquí un tiempo. Hay gatitos, y es lindo estar cerca de mi papá. Quiero terminar el guion para Julia , y tengo que entregar el borrador.
—¿Y después? —preguntó Immy.
Dina frunció el ceño.
—No la presiones, Imms.
—No pasa nada. Todavía no lo sé —admitió Rosemary.
¿Seguía queriendo mudarse a Londres? Ese había sido el plan antes, pero ahora, después de Ellis.
.. Necesitaba entender cuánto deseaba ese futuro si él no formaba parte, y hasta qué punto su deseo de estar allá había estado ligado a él.
Una parte de ella ya sabía que sí, que todavía quería irse, que estar con sus amigas, en el país que más sentía como un hogar, era el futuro que deseaba. Pero necesitaba tiempo.
—Ya lo voy a resolver.
—Claro que sí —asintió Dina—. Y nos llamas todos los días.
—Si no lo haces, vamos a tener que subirnos a un avión para ir a verte —amenazó Immy.
—Las quiero a las dos.
—Nosotras también.
***
Dos días después, Rosemary ya había dejado de revolcarse en la miseria. Necesitaba aire fresco y sentir el sol en la piel. Se despertó poco después del amanecer, casi al mismo tiempo que su papá, y se quedaron de pie en silencio en la cocina, mirando cómo la luz de la mañana inundaba los campos.
—Feliz Nochebuena, cielo —le dijo él, pasándole una galleta navideña para acompañar el café.
—Feliz Nochebuena, papá. Pensé que hoy podría ayudarte en el invernadero, si te parece bien.
—Siempre viene bien una mano —dijo él y sonrió.
Pasaron la mañana revisando las hileras de plantas para ver si había daños por la helada.
Había sido un invierno especialmente frío, y solo pudieron cortar unas pocas flores del invernadero, que su papá vendía una vez al mes en el mercado de productores del pueblo.
Si a Rosemary se le cruzaban recuerdos del invernadero de Ellis o del tiempo que habían pasado juntos en su huerto, los hacía a un lado de inmediato.
Después de varias horas de trabajo manual, Rosemary se sentía más ella misma de lo que se había sentido en días.
—Voy a calentar un poco de guiso, si quieres —dijo su papá.
—Gracias, voy en un minuto. Quiero ir a ver a mamá antes.
Él asintió; un destello de tristeza le cruzó el rostro.
Su mamá estaba enterrada bajo el cerezo, cuyas ramas oscuras formaban un arco que protegía el césped bien cuidado.
Habían colocado una pequeña lápida a ras del suelo y sembrado la tumba con semillas de flores silvestres que cada primavera estallaban en una explosión de color. Rosemary se sentó junto a la tumba.
Cuando su mamá le dijo que quería ser enterrada bajo el árbol, Rosemary recordó haberle preguntado por qué, y su mamá le había contestado que, al morir, quería convertirse en parte del mundo que la rodeaba, y a Rosemary le había parecido una forma hermosa de seguir viviendo.
—Hola, mamá —dijo, pasando los dedos por los delicados tallos verdes de las flores dormidas.
Se quedó un rato en silencio, dejando que el frío húmedo se le metiera en el cuerpo y le despejara la cabeza.
Después de tantos días encerrada en la atmósfera cargada de su habitación, era un cambio agradable.
Miró hacia la casa familiar: el sol invernal se reflejaba en las ventanas, pero algo pequeño y anaranjado que avanzaba trotando por el sendero de tierra llamó su atención.
La pequeña Abe, empequeñecida por la hierba alta, la había seguido desde la casa. Y no estaba sola. Detrás de ella, con los bordes brillando en plata, venía la gata fantasma, la mamá de Abe. La gatita corrió hacia Rosemary, que extendió los brazos y la levantó, acunándola contra el pecho.
—Qué valiente eres, viniendo hasta aquí.
Le hizo cosquillas bajo la barbilla diminuta. La gata fantasma se acercó y se sentó junto a las rodillas de Rosemary.
—¿Te estás asegurando de que tu bebé esté a salvo conmigo, mamá? —le dijo a la gata, que la miró con unos ojos demasiado sabios.
Rosemary se quedó bajo el cerezo hasta que el estómago empezó a protestar.
—Vamos, volvamos a casa —dijo, acomodando a Abe en el bolsillo de su enorme abrigo.
La gata fantasma corrió delante de ellas por el camino de tierra.
—¿Está contigo? —preguntó su papá, señalando a Abe cuando Rosemary entró en la cocina por la puerta trasera—. No la veía por ningún lado y me preocupé.
—Me siguió hasta la tumba. Su mamá estaba con ella; creo que está cuidando a su bebé.
Su papá sonrió y se pasó la mano por el pelo, cada vez más ralo.
—¿Lista para comer?
—Por favor.
Se sentaron a la mesa y comieron en un silencio cómodo durante un rato.
Rosemary notó que la mirada de su papá se desviaba una y otra vez hacia un libro que había sobre la encimera, titulado Un libertino para una dama .
Sonrió para sus adentros, pensando cuánto habrían disfrutado Cecilia y Juliet un libro como ese.
—Papá, ¿estás leyendo novelas románticas de época?
—¿Qué? Ah, eh… Es para el club de lectura.
—¿Estás en un club de lectura?
Su papá parecía avergonzado.
—Uno chiquito, local. Se reúnen en el centro parroquial los miércoles por la noche.
Leemos de todo, no solo novelas románticas.
Este lo eligió María. —Fue a buscar el libro a la encimera y se lo mostró a Rosemary.
Ella notó que muchas páginas estaban dobladas y, cuando lo hojeó, vio que había subrayado con lápiz algunos de los pasajes más románticos.
—Parece que lo estás disfrutando.
—Bueno, es uno de los favoritos de María, y pensé que querría comentarlo, así que me pareció que tenía que leerlo y conocer bien la trama y todo eso. —Las palabras le salieron tan rápido y se le enrojecieron tanto las mejillas que Rosemary tuvo que contener la risa. Qué dulce era su padre.
—Por supuesto. —Dio un sorbo lento a su bebida—. ¿Y quién es María? ¿La que organiza el club?
—No, solo va, igual que yo. Es la directora de la escuela primaria del pueblo; reemplazó a Wright cuando se jubiló. —Hizo una pausa—. También es viuda. Perdió a su esposo hace diez años.
Rosemary observó los ojos de su padre y vio esperanza y cautela en su mirada.
—Parece encantadora, papá. Me gustaría conocerla en algún momento, si a ti te parece bien.
Un gesto de alivio le suavizó las facciones.
—Me parece bien, cielo. Quizá el próximo fin de semana podrías ir conmigo al mercado. Suele pasar por el puesto a saludar.
—Claro, papá.
Rosemary lavó los platos mientras su papá limpiaba el desastre que habían hecho los gatitos en el rincón donde comían.
—Oye, sobre Ellis —dijo él, de espaldas a ella.
—¿Qué pasa con él?
—Bueno, sabes que siempre estoy de tu lado.
—Lo sé, papá.
—Y me da la impresión de que ustedes tuvieron algo muy especial durante un tiempo.
Supongo que lo que intento decir es que hay un millón de razones por las que alguien puede tomar una mala decisión, por las que él pudo haberla tomado, y no quiero que estés pensando que es culpa tuya.
Me parece que ahí había mucho más de lo que se ve a simple vista.
Sí, y se llama Brody , pensó Rosemary, pero no dijo nada. Todavía le dolía demasiado hablar del tema.
—Gracias por decir eso, papá.
—Tienes mi apoyo, cielo. Siempre. Incluso si te mudas allá.
Ella abrió los ojos de par en par.
—¿Cómo lo supiste?
Él sonrió y se encogió de hombros.
—Eres mi hija. Y siempre pareces más feliz cuando estás cerca de Dina e Immy, en Londres.
—Quiero volver, es cierto —admitió Rosemary—. No de inmediato. Tengo que planearlo. Y voy a venir a visitarte más seguido. Pero... últimamente, cuando pienso en dónde quiero vivir mi vida, siempre es Inglaterra.
Su papá la estrechó en uno de sus característicos abrazos de oso estilo Russell Shaw.
—Me alegra por ti, cielo. Quizá pueda ir a visitarte y traerme algunos esquejes de rosas inglesas. —Volvió al invernadero, mientras Rosemary terminaba en la cocina. Abe se le enredaba en los tobillos, y la gata fantasma estaba sentada en el alféizar, lamiéndose una delicada pata translúcida.
—Salió mejor de lo que esperaba —les dijo a las dos.
La gata fantasma le respondió con un maullido silencioso.
Se sentía más tranquila con la idea de mudarse ahora que su papá había conocido a alguien. No le gustaba imaginarlo solo a medida que envejeciera, sobre todo si ella iba a estar más lejos.
Y, de algún modo, le alegraba que María también fuera viuda, porque así entendería esa forma particular de duelo.
Su papá había sobrevivido a la pérdida de su mamá; ella podía sobrevivir a lo que hubiera pasado con Ellis.
El dolor tenía una manera extraña de enseñarte cuán fuerte podías llegar a ser.
No había pasado tanto tiempo, y aunque hubiera sido amor, esperaba que con los años pudiera pensar en todo con menos amargura y menos dolor.
¿Y qué si Ellis no iba a ser David en la adaptación de Julia ?
Eso no debía impedirle terminarla y entregarla a su agente como estaba previsto.
También podía terminar el borrador de su novela; la presión por acabarlo ya no lo ocupaba todo.
Otras ideas, para otras novelas, se gestaban en su mente; historias para las que encontraría tiempo.
Todavía no era momento de irse: pasaría Navidad y Año Nuevo allí. ¿Y después? Londres la estaba llamando.