Amor al primer susto 34
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E l día anterior a la entrevista, Rosemary había aterrizado en el aeropuerto de Atlanta. Durante buena parte del vuelo, alternó entre investigar cómo mudarse al Reino Unido siendo ciudadana estadounidense y ver películas de terror.

La idea de decirle a Ellis que lo amaba y que quería mudarse al Reino Unido —no por él , aunque sin duda era un factor importante— la había llenado de energía.

Sentía el cuerpo más liviano. Así debía ser el amor .

Estaba muy emocionada por ver a su papá y volver a la casa donde había crecido, pero una parte enorme de ella estaba igual de emocionada por el viaje de regreso a Londres.

No era solo Ellis: había estado pensando en mudarse allí en general.

Estar más cerca de Dina y de Immy, sobre todo ahora que los gemelos de Immy estaban creciendo.

Construirse una vida en un lugar que amaba, con personas que amaba.

Tendría que darle la noticia a su papá, por supuesto, y no le entusiasmaba nada esa charla, pero planeaba postergarla hasta después de Navidad.

A solo dos días para las fiestas, el aeropuerto de Atlanta estaba engalanado de pies a cabeza con decoración navideña. Después de los adornos bastante más sobrios del Reino Unido, Rosemary había olvidado lo intensa que podía ser la Navidad en su país natal.

Vio a su papá esperándola junto a la barrera de llegadas; llevaba un solo tulipán amarillo que sabía que él mismo había cortado para ella ese mismo día.

—Hola, mi cielo —dijo, y le dio un abrazo de oso.

Rosemary sabía que había heredado de su papá esa habilidad excepcional para abrazar; Immy y Dina se lo habían dicho muchas veces: un «abrazo a lo Rosemary» era un abrazo muy selecto.

Pero a ella le encantaban esos abrazos, esa sensación de quedar envuelta por completo.

El aroma terroso de su papá se mezcló con el de la flor y suspiró, sintiendo cómo se le aflojaban los huesos, esa calma que solo aparece cuando te abraza uno de tus padres.

—Hola, papá. Te extrañé.

Parpadeó para contener las lágrimas y lo miró.

Russell Shaw era alto y fibroso, mientras que Rosemary había heredado la baja estatura de su madre.

Pero, además del talento para abrazar, también había heredado de su papá el tono de piel: ambos pálidos y pelirrojos, aunque los antebrazos y el rostro de él estaban cubiertos de muchas más pecas, fruto de pasar tanto tiempo al sol.

La última vez que había vuelto a casa había sido seis meses atrás, y desde entonces había pasado de todo.

—¿Qué tal el vuelo? ¿Cómo va el rodaje?

—Bien. Vi un montón de películas. Y el rodaje va genial.

Ellis es perfecto como Alfred. — Cómo cambian las opiniones —.

Y el director es fantástico. —Le había contado por mensaje que estaba saliendo con Ellis, pero sin entrar en detalles.

Por suerte, su papá no había preguntado mucho, aunque ella sospechaba que en ese mismo momento se estaba conteniendo para no soltarle una avalancha de preguntas.

—Ajá... ¿Y estamos hablando de Ellis Finch, la estrella de cine?

—empezó, arqueando una ceja y acomodándose la gorra gastada con la mano libre.

Era una gorra de color verde oscuro con un girasol, el logo de la Granja de Flores y Frutas Shaw.

Había sido la primera gorra que sus padres produjeron como artículo promocional del negocio; más bien un prototipo.

Su mamá había cosido a mano el nombre y las flores, un poco torcidos y desparejos.

Rosemary recordaba que, cuando mandaron a imprimir profesionalmente el primer lote de gorras, su madre intentó darle una nueva a su papá, pero él se negó.

Dijo que la vieja ya era perfecta. Esa misma noche, Rosemary estaba leyendo en el porche cuando vio a sus padres bailando lento entre los girasoles, celebrando una cosecha exitosa.

No había música, pero se movían a un ritmo que solo ellos podían oír, rodeados de pétalos amarillos a la altura de los hombros.

—Sí, la estrella de cine. No te pongas raro con eso, papá.

—No, no. ¿Algún día podré conocerlo y darle la charla de rigor?

—¿Qué soy? ¿Una niña de dieciséis?

—Siempre vas a ser mi niña, cielo —dijo, y le rodeó los hombros con un brazo y le dio un beso en la sien—. Tengo una sorpresa en el auto.

—Ya me trajiste flores, papá.

—Bueno, no me dejaba en paz, así que tuve que traerla.

—¿A quién? —Rosemary miró hacia la camioneta Chevy de su papá, que estaba a unos pasos en el estacionamiento del aeropuerto.

No veía a ninguna mujer adentro. Pero al acercarse, vio una cabecita anaranjada, con orejas puntiagudas y tupidas, que se asomaba justo por encima del borde inferior de la ventanilla del lado del pasajero.

Una señal en la pantalla interna del vehículo indicaba que la temperatura estaba ajustada para el control de mascotas y un aviso decía: «Mi dueño vuelve enseguida».

Y maullando como si le fuera la vida en ello, había una gatita flaca, anaranjada, con los ojos más redondos que Rosemary hubiera visto.

—Ay, por favor, ¿es una de las crías que encontraste en el granero? —preguntó, mientras su papá acomodaba la maleta en la parte trasera.

—Sí. Es la más pequeña, estoy casi seguro. Y la única color jengibre; los demás son todos blanco y negro.

—¿Llegaste a encontrar a la mamá?

La sonrisa de su papá se apagó.

—Sí. No sobrevivió. La enterré en el campo de girasoles. Creo que era callejera; debe de haber encontrado el granero y pensó que era un buen lugar para parir. Cuando hablé con el veterinario, me dijo que probablemente ya era demasiado grande para otra camada.

—Qué triste. ¿Los otros gatitos siguen en la casa?

—Sí, les armé una camita en la sala. Pero a esta no —dijo, señalando a la gatita anaranjada a través del vidrio—. Es un peligro y no quiere dormir en otro lugar que no sea la almohada de tu cama, así que espero que no te moleste compartirla.

Lo dijo con un tono gruñón que hizo que Rosemary sospechara en secreto que adoraba a la gatita y que, muy probablemente, él mismo la había puesto en la cama de Rosemary desde el principio, aunque jamás lo admitiría.

Abrió la cerradura y Rosemary se acomodó en el asiento; la gata se le subió encima de inmediato, clavándole las diminutas garras afiladas en las piernas.

—Pero mírate, si eres una preciosura —le dijo con voz dulce, alzándola contra su pecho. De inmediato, la gatita empezó a amasar con sus patitas en los antebrazos de Rosemary y a restregar la cabeza contra su pecho.

—¿Ves? Te lo dije —dijo su padre, acomodándose en el asiento del conductor—. Un peligro con patas.

—¿Qué nombre le pusiste? Es diminuta.

—Diminuta pero brava. Me recuerda a ti —dijo él y soltó una pequeña carcajada—. Le digo Abe, de Abejita, porque la encontré dormida dentro de tus viejas botas de goma negras con rayas amarillas.

—Abe... Me gusta. Le queda perfecto.

Abe estaba claramente agotada después de tanto alboroto y de la emoción del viaje, y no tardó nada en quedarse dormida en el hueco del brazo de Rosemary. No hacía tanto frío como en Inglaterra, pero igual Rosemary estaba bien abrigada y cubrió a Abe con su bufanda como si fuera una mantita.

Durante la hora siguiente, Rosemary charló con su papá de a ratos mientras dejaban atrás Atlanta y comenzaban el viaje de tres horas hasta Blossom Ridge.

Su papá encendió la radio y se puso a tararear viejas canciones country , y la mente de Rosemary se fue aquietando mientras contemplaba las carreteras anchas y vacías.

Debió de quedarse dormida, porque la siguiente vez que abrió los ojos ya estaban girando a la izquierda para entrar en el camino de su casa, con el enorme roble antiguo, cubierto de musgo español, que llevaba allí más tiempo que su familia y cuya copa se inclinaba sobre el buzón y la entrada.

La casa familiar de Rosemary era una casa de granja clásica de una sola planta, con un porche blanco que la rodeaba por completo y persianas verde oscuro.

Árboles altos la protegían del peor calor en verano y la envolvían en invierno.

Detrás de la casa, ahora fuera de la vista, se extendían los campos de flores y calabazas, todos en reposo hasta la primavera.

Los invernaderos de flores quedaban hacia el este de la casa, justo en el límite del terreno.

Y en el centro de todo, el viejo cerezo.

El lugar favorito de su mamá, y donde la habían enterrado.

Rosemary miró las dos sillas vacías del porche y, por un instante, casi esperó ver a su madre sentada en su lugar de siempre.

Había una manta sobre una de ellas, y casi podía imaginar que su mamá simplemente había entrado un momento a preparar una tetera.

Su mamá siempre tenía olor a té dulce y flores de cerezo, y por un segundo Rosemary juró haber oído su risa estridente flotando en el aire.

Pero habían pasado doce años. Había buscado un espíritu, aunque fuera una impronta, y no había nada.

Tal como Cecilia le había dicho, había un lugar después de esto, lleno de paz y tranquilidad, y ahí era donde su mamá estaba ahora.

—¿Estás bien?

Rosemary miró a su papá.

—Es que la extraño.

—Lo sé. Yo también —dijo él, y le apretó la mano.

Bajaron de la camioneta; su padre tomó la maleta mientras Rosemary entraba a Abe, dormida y envuelta en la bufanda.

Enseguida le mandó un mensaje a Ellis para avisarle que había llegado bien, junto con una foto de Abe. Él respondió con una imagen suya con Fig en el jardín.

Empujó la puerta principal, que se abrió con su chirrido familiar, y la recibió el olor de la casa de su infancia: el té de jengibre que tomaba su papá, la ropa limpia secándose sobre los radiadores y el aroma fuerte del barniz para madera que venía del garaje.

Todo se veía igual, desde la manta hecha a mano por su abuela estirada sobre el respaldo del sofá en la sala, hasta las fotos familiares en la pared y la alfombra roja gastada que se extendía por el pasillo hasta la cocina.